¿Por qué se oculta el origen de los criminales?, por Olivier Marchand


Los medios de comunicación no hablan de ello, como si se tratara de algo irrelevante. Pero es una evidencia la ocultación del origen étnico o religioso del criminal o delincuente. Lamentablemente, se trata de un asunto bastante habitual y frecuente.

Ejemplo. Un joven es gravemente herido en un tiroteo o en una reyerta con cuchillos. Muere al día siguiente como consecuencia de las heridas recibidas. Hay varios sospechosos. La policía sospecha que han podido huir a Marruecos o Argelia. Los fiscales alegan que, en muchas ocasiones, el motivo ha sido sólo una “mala mirada” o un “mal gesto” del agredido hacia el grupo de agresores. En otras ocasiones, ni siquiera hace falta una cuestionable provocación como esas. Un motivo fútil que demuestra hasta qué punto los jóvenes han perdido el sentido y los valores.

Otro ejemplo. Los jóvenes de origen magrebí o subsahariano (los llamados “menas”) son mayoría en esos grupos de violadores (“manadas”) que agreden sexualmente a mujeres jóvenes (casi siempre menores de edad), casualmente nunca del mismo origen que sus agresores. Estos jóvenes, internados en centros de acogida pero que tienen libertad para salir al exterior, representan el 70% de los integrantes de estos grupos de violadores (cuando sólo representan porcentajes entre el 10 y el 15% de la población). Prácticamente, ningún “medio” hace alusión a su origen inmigrante.

Ya no se trata de señalar la habitual responsabilidad de los jóvenes de origen inmigrante en este tipo de trágicos sucesos. Pero, ¿qué sucedería si la víctima fuera de origen magrebí y el agresor de origen europeo? En cualquier caso, en los ejemplos expuestos, las autoridades y los “medios” se guardan bien de precisar el origen de los sospechosos o de los detenidos.

Incluso se puede llegar a comprender la voluntad de las autoridades de evitar cualquier discriminación y de no provocar reacciones hostiles por parte de la población. Pero su “neutralidad” corre el riesgo de ocultar la realidad de una juventud no arraigada que ya no respeta los valores humanos más elementales y de acabar convirtiéndose en una actitud contraproductiva que termina atizando el resentimiento del conjunto de la población contra los responsables.

Es forzoso constatar que los ajustes de cuentas entre bandas rivales, la violencia desencadenada por una simple mirada o por la negativa a dar un cigarrillo, provienen frecuentemente de individuos o grupos que se niegan a integrarse en su país de acogida. No reconocerlo es extender los prejuicios a todos aquellos que, incluso en los barrios más problemáticos, se esfuerzan por integrarse y respetar las leyes.

En cualquier caso, las autoridades políticas y mediáticas aplican, sin que ninguna ley les obligue (aunque sí que existen los protocolos de buenas prácticas), un cuestionable principio de precaución… pero en un único sentido. Podemos imaginar, por ejemplo, la validez de este principio de precaución si el sospechoso o el detenido fuera de extrema-derecha.

No sirve de nada ocultar los orígenes étnicos o religiosos de los criminales y delincuentes, antes al contrario. En primer lugar, porque ocultando la verdad, nos hacemos sospechosos de ceder ante las intimidaciones, incluso a la complacencia. A continuación, porque demostramos nuestra impotencia para combatir eficazmente un fenómeno delictivo que corroe nuestra sociedad: un separatismo multicultural que se extiende cada vez más. En perjuicio de aquellos que, sea el que sea su origen y sus creencias, se sienten auténticamente nacionales y respetan los derechos y los deberes del país en el que viven.