Psicología del «conspiracionismo», por Alain de Benoist (y III)


En fin, el uso freudiano que hace el conspiracionismo de la sospecha sistemática, la forma de interpretar toda prueba negativa, todo desmentido, como una confirmación suplementaria ‒la denegación como "repetición" de la confesión‒ podría bien encontrar su origen en esa idea típicamente cristiana de que la suprema astucia del Diablo es hacer creer que no existe. 

Si la inexistencia de la conspiración es impensable en una perspectiva conspiracionista, no es entonces planeado de antemano que el objetivo primero de los conspiradores es mantener la ilusión sobre la existencia misma del complot.

No está mal, entonces, reconocer la figura del Diablo en los diversos avatares del "director de orquesta clandestino". En la literatura conspiracionista, el complot es a menudo calificado regularmente como "satánico", la asimilación de judíos y masones a Satán es también frecuente en la literatura católico-conservadora del siglo XIX. La conspiración persigue así el sueño de dominación de Lucifer, el ángel caído. Ella conduce al mundo a su perdida, y para hacer esto, como el mismo Diablo, se consagra sobre todo a seducir. Ella utiliza todas las debilidades humanas para realizar una verdadera captura del alma: el orgullo, el deseo de poder, el deseo de placer. La insistencia con las que las teorías del complot describen el recurso a métodos de seducción sexual es, en sí misma, significativa. El Diablo es el maestro de la voluptuosidad. los "sabios de Sion" utilizan a las hijas de Israel para corromper a los Gentiles. A principios de 1918 , el diputado inglés Pemberton Billin sostenía, en el periódico Vigilante, que los judíos pagados por los alemanes mantienen un "ejercito de prostitutas" encargadas de transmitir las enfermedades venéreas entre el ejército inglés...

Evocando el mito de la conspiración, Raoul Girardet escribe: "¿El orden que el Otro es acusado de querer instaurar no puede ser considerado como el equivalente antitético de aquel que desea uno mismo poner en su lugar? ¿El poder que nosotros damos al enemigo no es de la misma naturaleza que aquel que soñamos poseer?" Esta cuestión permite interrogarse sobre el efecto espejo que constatamos estudiando la difusión de las teorías conspiracionistas. Efecto suficientemente ambiguo, suficientemente turbio. donde la fascinación parece alimentar una cierta tendencia al mimetismo. Puede ser excesivo atribuir a los adeptos al conspiracionismo las ambiciones y los proyectos que atribuyen ellos mismos a los miembros del complot que denuncian. Pero el hecho es que ellos se organizan a menudo como ellos. No hay más que contar las "masonerías blancas" que se supone luchan contra la masonería, las sociedades secretas cuyo objetivo es combatir la acción de las sociedades secretas, grupos tales como los völkisch de la Alemania de los años veinte que criticaban con virulencia el "complot masónico" organizándose ellos mismos bajo el modelo de las logias. Podemos también citar en ejemplo del Ku Klux Klan, que se presenta ordinariamente como el "imperio invisible", o recordar la existencia de sociedades secretas católicas integristas como la célebre Sapiniere (Sodalitum Pianum) de Mgr Benigni. Puede ser necesario igualmente señalar que el abad Barruel pertenecía a esta Compañía de Jesús que era a menudo presentada también como el motor de una "conspiración internacional". La idea general inspiradora de la mayor parte de esas organizaciones es aparentemente que la conspiración no puede ser verdaderamente combatida más que en su propio terreno: el complot llama a un contra complot organizado con la misma formidable eficacia. No podemos combatir eficazmente al adversario más que devolviendo contra él sus propios métodos, lo que implica, en cierta manera, identificarse con él. Pero si somos como él ¿podemos oponernos a él?

Por consiguiente, no es sorprendente que los anticonspiradores son acusados frecuentemente de conspiración. Llegamos así a situaciones bien cómicas, como el debate, citado por Raoul Girardet, que tuvo lugar el 17 de junio de 1904 en la Cámara de Diputados, "donde, ante los ataques furiosos de la derecha denunciando la influencia oculta de la masonería, los acusados responden, aproximadamente en los mismos términos, evocando la necesidad de combatir con las mismas armas las maniobras subterráneas, las prácticas de delación y de espionaje de las congregaciones y sociedades piadosas".

Esta anécdota muestra por si misma que los mecanismos psicológicos intervinientes en la teoría del complot son susceptibles de volver en circunstancias y medios muy diferentes. La parte tomada por los medios tradicionalistas en la difusión del tema del "complot judeo masónico" no deben ser olvidados. La Iglesia Católica que ha jugado un papel en primer plano en esta propaganda, ha sido acusada constantemente de "conspirar" contra el género humano; " el complot de los sacerdotes" es un tema recurrente de la propaganda anticlerical. Inversamente, si bien la mayor parte de las teorías conspiracionistas denuncian el racionalismo masónico, ciertos autores racionalistas también han hecho conspiracionismo. No hay más que citar aquí en Ensayo sobre la secta de los iluminados publicada por Luchet en 1789. Todos los demás saben que, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, racionalismo y ocultismo siempre se llevaron bien.

Pero para decir la verdad, es en todo momento que vemos resurgir en el discurso político, si no teorías conspiracionistas, al menos, tesis reposando sobre los modos de razonamiento típicamente conspiracionistas. En la Alemania de los años 1918-20, por ejemplo, la teoría de la "puñalada en la espalda" revela un razonamiento similar. Más recientemente, el tema del "director de orquesta clandestino" reaparece en innumerables ocasiones a propósito de diversas "manipulaciones" políticas, reales o supuestas, que se comporta bien desde la derecha imaginando la "mano de Moscú" en los asuntos internos de tal o cual país, o desde la izquierda especulando sobre los "complots " fomentados por la CIA o sobre las prácticas "subterráneas" del capitalismo internacional. La "bestia inmunda" evocada por Bertolt Brech toma frecuentemente la apariencia del "pulpo" con innumerables tentáculos o de la "araña" con ventosas chupadoras de sangre de la literatura conspiracionista más clásica, y las especulaciones mantenidas sobre la acción "secreta" de las internacionales de diversos colores no tienen nada que envidiar a los que se ha escrito desde hace dos siglos sobre el "gobierno invisible" o el "jesuitismo mundial".

En fechas recientes, es sobre todo en los Estados Unidos que el tema de la "conspiración invisible" parece haber hecho fortuna. Libros desarrollan, por centenares, las variaciones más delirantes sobre el tema, y se añaden revistas especializadas. Esta literatura no toca solamente los medios extremistas de derecha. Una personalidad de la izquierda bien conocida, Mae Brussell, directora de un centro de investigación en Santa Cruz (California), fallecida a principios de 1988 en Carmel, sostuvo durante más de veinte años que los Estados Unidos estaban dirigidos por un "grupo invisible" de 5000 personas cuyo objetivo era instalar un gobierno fascista en Washington, este grupo también había encargado el asesinato de John F. Kennedy y el secuestro de Patricia Hearst. La muerte de Kennedy, como sabemos, da nacimiento a otras especulaciones haciendo intervenir múltiples complots, cada uno más misterioso que los otros. Anteriormente, en el clima de la Guerra fría, del macarthysmo, como sistema de sospecha generalizado, apela igualmente a modos de razonamiento de tipo incontestablemente conspiracionista. Finalmente, el cine americano, especialmente las películas de espionaje y las de aventuras, explotaron de innumerables formas el tema de la manipulación "invisible" o del complot "secreto" dirigido contra la sociedad y el Estado.

También podemos igualmente citar ejemplo de interpretaciones conspiracionistas que muestran como los mecanismos psicológicos trabajando en las teorías del complot pueden resurgir en contextos o circunstancias a veces inesperados. Uno de ellos permite ver como el conspiracionismo puede utilizar el tema de la "quinta columna" en un contexto de guerra. Como en la campaña muy violenta, pero hoy en día algo olvidada, que fue dirigida, durante la Primera Guerra Mundial, contra la población de origen alemán residente entonces en Inglaterra.

Contabilizamos en 1914 en Gran Bretaña alrededor de 50.000 personas de origen alemán. Esta población ya había sido objeto a principios de siglo de manifestaciones de xenofobia clásica, por otra parte, con frecuencia teñidas de antisemitismo. A partir de 1915 una campaña de prensa de gran amplitud acusa a los alemanes instalados en Inglaterra de realizar actividades de espionaje en beneficio de su país de origen. Esto provoca manifestaciones en las calles, medidas de boicot, denuncias individuales y arrestos preventivos. En febrero de 1915, un libro de William Le Quex titulado German Spies in England vendió 40.000 ejemplares en el espacio de 8 horas. La campaña rebota en el mes de mayo, después del naufragio del "Lusitania". En noviembre, 32.000 alemanes residentes en Inglaterra son encerrados en campos de internamiento. Es como, a partir de una situación del todo punto banal teniendo en cuenta las circunstancias, que vemos desarrollarse en la prensa y en la edición toda una serie de teorías que, más allá de acusar de espionaje a la población de origen alemán, desarrollan argumentos de tipo abiertamente conspiracionistas. Desde noviembre de 1915, el tema de la "mano invisible" o de la "mano escondida" hace su aparición en las columnas del muy influyente Financial News dirigido por Ellis Powell. Este último explica que toda la población alemana de Gran Bretaña obedece a las órdenes del misterioso "director de orquesta". Precisa, asimismo, en un artículo aparecido en febrero de 1917 en National Review que este "director de orquesta" es una persona identificable ‒del que evidentemente no da el nombre. En 1916 y 1917, el mismo tema es desarrollado largamente en los libros de Arnold White, The Hidden Hand, y de Kirton Varley, The Unseen Hand. En junio de 1918, una obra de teatro extraída del libro de White será representada en Liverpool. Paralelamente, en libros de éxito titulados The Germans in England, 1066-1598 o The Unseen Hand in English History, un tal Ian Colvin reinterpreta toda la historia de Inglaterra bajo la base de un "complot alemán" remontándose hasta la época de la Liga Hanseática, en plena Edad Media, complot dirigido, como bien se entiende, a dominar el pueblo inglés. Estas teorías se colorean, por otra parte, nuevamente de antisemitismo: las palabras "judío", "alemán" y "espía" se convierten en sinónimos, y en 1918, J.H. Clarke afirma, en otro libro de éxito, que Alemania y Prusia no son "naciones cristianas", sino "naciones judías" dominadas por los "Hunos-Askenazis". Encontramos de nuevo aquí un esquema conspiracionista típico.

Tesis muy semejantes a las de Ian Colvin resurgirán en el contexto de la Segunda guerra mundial. Citaremos aquí el libro de Paul Winkler, The Thousand Year. Secret Germany Behind the Mask (New York 1943, y London 1944), que explica la Alemania hitleriana por un complot que se remonta a la época de la Santa Vheme medieval y hace de Hitler su última encarnación producto de una conspiración secular fomentada por los "Prusoteutones" para apoderarse de la humanidad. La obra puede leerse como una suerte de paralelo invertido de los Protocolos de los sabios de Sion.

Otro ejemplo que podemos también citar concierne precisamente al III Reich. Se trata de esa literatura abundante, inaugurada en cierta manera por El retorno de los brujos (1960), que tiende a representar el régimen hitleriano como una empresa manipulada bajo mano por "superiores desconocidos", detentadores de "poderes mágicos"  (herederos, si procede, de ¡"maestros tibetanos"!); esta tesis, reelaborada sin cesar bajo las variantes más diversas, ha dado origen a una multitud de obras en las que los autores se copian unos a otros sin jamás verificar sus fuentes y pone de relieve también, sin discusión, el delirio de interpretación conspiracionista. Hay, en general, gran presencia de sectas ariosóficas de principios de siglo y de las tendencias más extravagantes del movimiento völkisch. Repite, por ejemplo, que Hitler fue "iniciado" en la Sociedad Thule (Thule-Gessellschaft) por intermediación del geopolítico Karl Haushofer, que le habría hecho el "centro mágico del nazismo". Autores más rigurosos, como Nicholas Goodrick-Clarke, han hecho justicia a estas aseveraciones más sensacionales las unas que las otras, que no tienen más que el inconveniente de estar desprovistas de todo fundamento. Independientemente del hecho de que Hitler muestra constantemente desdén por los iluminados völkisch, sabemos actualmente muy bien que la Sociedad Thule fue un grupúsculo muniqués sin gran audiencia que desapareció hacia 1925 , y al que Haushofer no perteneció ni de cerca ni de lejos. Pero estos desmentidos no son evidentemente suficientes para terminar con las especulaciones. Como todas las teorías conspiracionistas, la tesis del "nazismo mágico" tiene todavía más hermosos días por delante.

De una manera más general, hay que observar que todo proceso de intención, desde entonces, deviene sistemático, siempre toma prestada, más o menos, la psicología conspiracionista. En los dominios del discurso o de la práctica política, el proceso de intención consta generalmente en hacer decir a un individuo aquello que precisamente no dice específicamente. El método empleado reporta la sospecha sistemática y la investigación policial de lo "no dicho". Esto implica así una descodificación. delante del texto a "decodificar", partimos de la idea que, si el texto dice cualquier cosa, en realidad quiere decir otra cosa, Atribuimos a su autor una estrategia del recurso a la "eufemización", a la "distancia enunciativa", a la "sustitución léxica". Buscaremos las ideas "reales", subyacentes, a las que se supone que se refieren sutilmente las palabras "aparentes", gracias a todo un sistema de correspondencias en el que el "descodificador" se atribuye por supuesto el secreto. Diremos entonces que es suficiente para comprender lo que es "saber leer", saber "leer entre líneas". saber leer "más allá de las palabras ‒igualmente se dice saber leer otra cosa de lo que está escrito. El paralelo con la concepción conspiracionista es, por lo demás, bastante obvio. Igual que en las teorías del complot, el acontecimiento es "en realidad" otra cosa distinta de lo que parece ser, en el proceso de intención, el discurso no es en sí mismo más que un simulacro detrás del que se encuentra el "verdadero" enunciado. Este discurso debe por consiguiente ser tratado en un segundo grado. Debe ser tomado como "síntoma". Hay que buscar los "indicios". Todas las hipótesis se hacen posibles, a menos por supuesto, el de la sinceridad del enunciador, el cual no puede ser más que un disimulador, ya que no dice francamente aquello que te gustaría que dijera, pero para que la imagen que uno quiere dar de él sea exacta, es necesario que también tenga las convicciones de que se le atribuyen. Si se defiende solo puede ser por "habilidad". Por lo tanto, al "descodificar" su discurso lo haremos admitir a pesar de sí mismo. Método eminentemente productivo, ya que permite hacer salir lo más de lo menos y de hacer aparecer, en la elección de consignas implícitas donde no hay consignas, opiniones inconfesables que no son expresadas, intenciones perversas disimuladas por palabras inocentes, Hermenéutica de pobre. Como en el conspiracionismo clásico, todo puede así ser "demostrado".

Disipemos, para acabar, un eventual malentendido. Lo que precede no tiene evidentemente el propósito de pensar que la historia humana no tiene ninguna continuidad más allá de sus apariencias inmediatas. No se trata de negar la existencia de sociedades secretas, lobbies, organizaciones transnacionales y de grupos de influencia de ayer o de hoy. Esta bien claro que todos los actores de la historia no se ponen necesariamente delante de la escena, y sabemos bien que la ·transparencia" de la cual a veces se jactan las sociedades modernas se acompaña de zonas opacas bien persistentes. Tampoco se trata de recusar por principio hipótesis o interpretaciones metafísicas sobre la "historia invisible" en el sentido que Raymond Abellio, por ejemplo, puede dar ese tema. No hace falta decir, finalmente, que los complots no son siempre mitos y que las conspiraciones no son siempre puras invenciones. Pero la literatura conspiracionista va más allá de una legitima interrogación sobre lo que pasa en segundo plano de la vida política y social. Por su sistematismo, por el carácter global de sus afirmaciones, por lo modos de razonar que pone en marcha, se sitúa inmediatamente en un plan que excede largamente a la vez lo razonable y lo probable. Intentamos mostrar aquí que el conspiracionismo pone en juego mecanismos psicológicos bastante específicos. Estos mecanismos arraigan en los trazos permanentes del espíritu humano. Es la razón por la cual hay muchas razones para pensar que las teorías del complot siempre reaparecerán bajo una u otra forma. Por absurdo que sea, su poder mítico siempre les dotará de una evidente capacidad de seducción. Traducción: Juan Luis Manteiga.