La procreación médica asistida al servicio de los mercados. Entrevista a Sylviane Agacinsk, por Natacha Polony


Mientras se anuncia la presentación en el Parlamento francés, en otoño de 2019, de un proyecto para la extensión de la PMA (procreación médica asistida) para parejas de lesbianas y mujeres solas (sin pareja masculina ni femenina), la filósofa Sylviane Agacinski publica El hombre desencarnado. Una reflexión sobre la producción de niños en laboratorio.

La opinión parece mayoritariamente favorable a esta evolución que se nos presenta como un progreso y el acceso a un derecho por parte de personas que no lo tenían. ¿Qué tiene que decir sobre esta lógica?

Desconfío de un progresismo para el cual la ciencia y la técnica son la única fuente de verdad. Por supuesto, necesitamos las ciencias, particularmente en el ámbito médico, pero ningún conocimiento científico, ningún procedimiento técnico, puede decirnos lo que está bien o mal, o lo que es justo o injusto. Sin embargo, vemos que cierta ideología progresista está ciega ante las exigencias éticas, jurídicas y políticas que constituían la base de nuestra civilización desde los griegos. Todo sucede como si no tuviéramos otra ambición que dominar la naturaleza y cambiar nuestra propia naturaleza gracias al poder tecnocientífico.

De ahí los sueños más locos del transhumanismo, que nos promete cambiar la vida humana, frágil y sensible, en favor de unos seres fabricados y cada vez más perfeccionados. Esta ideología elimina las cuestiones fundamentales, es decir: ¿cómo vivir humanamente unos con otros? ¿Cómo establecer en la sociedad leyes e instituciones justas? Son cuestiones éticas que me interesan, las que realiza la filosofía, desde Aristóteles hasta Paul Ricoeur. Si las abandonamos, caeremos en el relativismo total. Vea en qué se ha convertido el Comité consultivo nacional de ética. A partir de ahí, el Derecho ya no tiene brújula y se encuentra obligado a no frenar las “demandas societales”, es decir, los deseos y las fantasías individuales. De alguna forma nos dice: las tecnologías permiten fabricar el objeto de sus deseos (no solo objetos de consumo, para más beneficio de los mercados) sino también todos sus deseos, incluido el deseo de engendrar. Francia no está en ese punto todavía pero, empujada por el Tribunal europeo de Derechos Humanos, nada miedoso de los mercados con el cuerpo de las mujeres, se pliega poco a poco al modelo californiano, un Estado donde la reproducción humana se ha convertido en un sector económico importante. En los “institutos de reproducción humana” la biomedicina está al servicio de la producción y de los mercados que ella genera. Nuestra idea es diferente. Pensamos que, gracias a las biotecnologías, el hijo no es forzosamente un ser engendrado por un hombre y una mujer; puede ser fabricado en un laboratorio.

El argumento prioritario es que se trata de un nuevo derecho y que no se le quita nada a nadie.

Ya, pero no sabemos producir vida a partir de la materia inerte. Para “hacer” bebés, hacen falta “recursos” biológicos, es decir, unos gametos en forma de esperma y ovocitos, para una inseminación o para una fecundación in vitro (FIV). En Francia, desde hace unos años, gracias al método de inyección directa de espermatozoides en el óvulo (ICSI), la casi totalidad de las parejas infértiles (95%) que recurren a una PMA lo hacen con ayuda de sus propias células y no tienen necesidad de recurrir a donantes, 4% necesitan donación de esperma y 1% donación de ovocitos. Sin embargo, no tenemos suficientes donantes.

Si la PMA saliera de su marco médico para responder a una demanda societal de mujeres solas y de parejas de mujeres, tendríamos que enfrentarnos a falta de esperma. Algunos sugieren ya “indemnizar” a los donantes, es decir, a remunerarlos como en España. Entonces se abriría un mercado de esperma, y después de ovocitos.

Por otra parte, sabemos que los niños nacidos de esperma donado quieren conocer quién es su progenitor, incluso cuando tienen un padre y una madre. Rechazan el pensar que han nacido de “materiales biológicos”. El problema sería todavía más grave para aquellos que no tuvieran más que una madre, o dos madres y cuya filiación sería exclusivamente femenina, a diferencia del resto de niños. Podrían sentirse víctimas de una desigualdad. Las mujeres deberían reflexionar sobre ello. También hay que considerar la paradoja que hay cuando se crea deliberadamente, y de alguna forma médicamente, familias monoparentales. Ya existen, por supuesto, pero la responsabilidad incumbe a los progenitores, a través de lo que nos puede suceder en la vida. ¿Le corresponde al legislador y al médico institucionalizar formas de procreación artificial de las que los niños podrían algún día sufrir?

Los partidarios de la “PMA para todas” dicen que este procedimiento está, por el momento, prohibido a algunas mujeres por razón de su orientación sexual y, como dice Irène Théry, que debería basarse en la donación, como para los heterosexuales.

Es una interpretación sesgada: en Francia, la procreación asistida responde, hasta el momento, a una lógica médica de lucha contra la infertilidad, es decir, a patologías que afectan a uno u otro miembro de la pareja “en edad de procrear”. La noción de infertilidad no tiene sentido más que para una pareja potencialmente fértil, es decir, mixto, compuesto de un hombre y una mujer. La procreación, ya sea en un laboratorio o de otra forma, requiere la participación de los dos sexos. Es así. En este ámbito, los dos sexos no son ni equivalentes ni intercambiables.

Es por ello que los partidarios de la PMA generalizada quieren sacar la procreación del marco de la asistencia médica. Además, como dice con todas las letras el diputado Jean-Louis Touraine en su informe encargado por la Asamblea nacional de enero de 2019, se trata de “superar los límites biológicos de la procreación”. Según este informe, la paternidad ya no debe estar ligada a las condiciones de la procreación sino a la voluntad de los individuos. Así, por el simple hecho de que hubieran declarado ante notario que quieren un hijo, gracias a un don de esperma, dos mujeres se convertirían en madres del hijo. Contra toda verosimilitud. Es un copia-pega del vocabulario jurídico norteamericano que llama “progenitores de intención” a aquellos que han utilizado a una madre de sustitución para hacer nacer un niño, y que figuren en el estado civil del hijo. La voluntad, como la intención, rodea el rol asimétrico de los dos sexos en la procreación y en la filiación. La voluntad no tiene sexo; está desencarnada. El sexo de los “progenitores de intención” no tiene ninguna importancia. Si importamos esta concepción de la paternidad intencional en materia de procreación asistida, y si juzgamos de forma irracional que existe una “igualdad entre las parejas” (ya sean de sexo diferente o del mismo sexo), entonces la “PMA para todas” llevará a la “maternidad subrogada para todos”. Ya no importa a casi nadie, especialmente a los medios, que las parejas se vayan al extranjero para comprar el servicio de una madre portadora y comprar un niño como quien compra una propiedad inmobiliaria.

Tanto el legislador como los militantes afirman que PMA y gestación subrogada no tienen nada que ver, y que una no tiene por qué llevar a la otra.

Todo el mundo sabe que el mercado globalizado de la procreación está en pleno auge y que, finalmente, son niños por los que se realiza el pedido y que se compran. Muy caro. Hay que ver en internet las páginas web de estos institutos, desde Los Ángeles hasta Kiev y en otros lugares, para darse cuenta de la amplitud del fenómeno y no dejarse engañar por la retórica de la donación.

Un último punto: ¿Por qué se pide hoy en día a la medicina el fabricar unos niños? ¿De dónde ha venido esta demanda societal? Está atizada por la oferta comercial que existe en otros lugares. Esperma en España, vientres en Estados Unidos, en Ucrania y otros sitios. Dado que existen industrias y mercados de la procreación, en Francia algunos exigen del médico y de la asistencia pública que se proporcionen gratuitamente las mismas prestaciones que las que son propuestas por empresas privadas y comerciales. Pero esto es incompatible con nuestro sistema de salud y con nuestras leyes. Tendríamos que poder, por lo menos, debatirlo antes.  Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Marianne