¿Iliberalismo o nacionalismo?, por Henri Feng


Emmanuel Macron ha iniciado una campaña contra lo que se conoce como “iliberalismo”, que está muy presente en el horizonte de las elecciones europeas. En un discurso dirigido a la prensa, Macron afirma que la “fascinación iliberal” está causando estragos.

Macron habla de iliberalismo como Mitterrand hablaba de nacionalismo en 1995 («¡El nacionalismo es la guerra!»). En ambos casos, se trata de elogiar los fundamentos liberales de la Unión europea. El término natio, en latín, tiene el inmenso defecto de reenviar a la tierra de nacimiento, incluso a la raza. De Rusia a Italia pasando por Hungría, la aspiración de pueblos y regímenes tan nacionalistas como autoritarios derivaría del inevitable resurgimiento del fascismo. Desde ese momento, las oposiciones ideológicas fluyen: federalismo contra soberanismo, democracia contra populismo, cosmopolitismo contra nacionalismo, multiculturalismo contra identitarismo, etc., en fin, liberalismo contra iliberalismo. O sufragio censitario contra “democradura” (presunto oxímoron entre democracia y dictadura). El Bien contra el Mal. Nos llenamos de palabras en un mundo de imágenes y eslóganes. Pero estas oposiciones, ¿no acaban por convertirse en una falsa ilusión? ¿Por qué la mundialización no deja ya de disolver las naciones?

Los intelectuales intentan legitimar la emergencia de las democracias iliberales mediante la descalificación del juridicismo y del procesalismo consustanciales a las democracias modernas desde su creación. La extensión de los derechos sociales y la limitación de la libertad de expresión, por ejemplo, son sus manifestaciones más evidentes. Todo está programado para que las minorías étnicas y societales se conviertan en mayorías postnacionales, una Europa terra nova. En esta perspectiva, el líder húngaro Viktor Orbán y el italiano Matteo Salvini, aparecen como los jefes de una nueva Europa, la de los pueblos, o dicho de otra forma, la de las naciones. En teoría, la democracia (representativa o no) debe reconocerse, después de cada elección (local o nacional) en el genio del pueblo. La representación política, por sus incesantes circunvoluciones, termina por traicionar a su propia nación. El pueblo votaría mal si lo hiciera contra el federalismo o el progresismo. Es forzoso constatar que la Unión europea está constituida sobre el odio a las naciones, incluso al cristianismo.

Dos crisis se manifiestan: la de la representación y la de la cristiandad. En un reflejo pavloviano, la propaganda occidental contra el proyecto eurasista del presidente ruso Vladimir Putin se muestra cada vez más agresiva. Émil Cioran escribía en 1941: «El mundo eslavo se levanta amenazante para Europa por su exceso de alma». Si Francia y el resto de Europa occidental han perdido su alma, y esta alma era predominantemente católica, ¿no será en razón de su progresiva sumisión al orden liberal-libertario desde la Revolución francesa? El pasado sería siempre superado. ¡Qué arrogancia de nuestra época considerar que el pasado es necesariamente más insignificante que el presente! Nuestras élites condenan los totalitarismos del siglo XX para mejor disimular los de nuestra era: los de ayer se imponían por la fuerza, los de hoy lo hacen por la ley.  

Es cierto que los pueblos europeos se encuentran claramente en un giro crucial de su historia. Que el Parlamento europeo sea mayoritariamente “populista” no cambiará nada la situación: el arsenal jurídico europeo anulará los votos de los representantes de las soberanías nacionales. En suma, el Estado de derecho aniquilará, ante nuestros ojos, las acciones de los jefes de los Estados-nación: aquel crea la fluidez alimentando el temor a la solidez. Los individuos han suplantado a los pueblos: los nómadas han sustituido a los soldados.