Un debate centrado sobre la ecología y la demografía para evitar hablar de la inmigración, por Pierre Boisguilbert


Los poderes mediático-ideológicos se ponen en marcha. Nos explican que la clave del “gran debate” no es la fiscalidad equitativa ni la justicia social, sino el medioambiente. Dan protagonismo al tema de la ecología multiplicando los reportajes sobre la cuestión y valorizando todas las iniciativas de la juventud en el planeta. Esta temática se impone poco a poco a la manipulada opinión pública, lo cual es aprovechado por las corrientes izquierdistas vestidas de “verde”, son los llamados “ecolos”.

El objetivo es, por supuesto, evacuar del debate, y marginarlo de las elecciones europeas, el tema de los populistas y los nacionalistas sobre la inmigración. A ellos compete, entonces, alertar a los electores y reintroducir en el debate el gran peligro para nuestro modo de vida y supervivencia: la sumersión migratoria. Esta sumersión está ligada, desde luego, a la demografía mundial.

Resulta evidente que la sobrepoblación de nuestro planeta contribuye, sin duda, a la contaminación final. Incluso los “bobos” (burgueses-bohemios) se han dado cuenta. El problema es que quieren aplicar una especie de “aborto ecológico” a determinados países para que, desde ya, no tengan más hijos.

Una focalización sobre el mundo occidental
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Esto no es nuevo. Es la misma razón por la que, cuando China se consideró incapaz de alimentar a los entonces casi mil millones de habitantes, Mao Tse-Tung instituyó la política del “hijo único”. El comunismo abandonado en favor de un capitalismo desenfrenado a la asiática cambió esta política, y la natalidad del “único hijo” volvió a compartir el trono con familias más numerosas, incluso si los hijos son siempre mal bienvenidos. Para “reducir el número de habitantes sobre la tierra”, el diputado europeo de Los Verdes, Yves Cochet, prototipo de “jemer rojo”, declaraba que nosotros, los europeos, “debemos hacer menos hijos” porque, de lo contrario, el «balance-carbono” resultaría demasiado elevado, defendiendo reinvertir nuestra política de incitación a la natalidad, invirtiendo también la lógica de las ayudas a las familias: “cuantos más hijos, menos ayudas, hasta que desaparezcan totalmente a partir del tercer nacimiento”, amenazaba el profeta rojiverde, precisando finalmente que, por descontado, este bello proyecto sólo debía aplicarse a los “países ricos”, culpables y responsables, y extrayendo un mensaje urgente: “¡limitar nuestros nacimientos para acoger a más migrantes!”

Veganismo y esterilización voluntaria
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La misma obsesión de acabar con la natalidad en el mundo occidental, haciendo imposible, aborto mediante, toda renovación de las generaciones, encontramos también en las nuevas militantes del “cero hijos”, convertido en una moda igual que el veganismo.

En los Estados Unidos se les llama Ginks, por Green Inclinations No Kids. Las feministas consideran, con frecuencia, que la sobrepoblación tiene efectos devastadores sobre el calentamiento climático y han decidido no procrear más para salvar al planeta. Para las Ginks, rechazar hacer más hijos es un gesto militante. Ello implica su compromiso climático, evitando contribuir a la explosión demográfica, participando menos en el agotamiento de los recursos naturales… Algunas militantes llegan incluso a sostener que la única salida posible es la esterilización definitiva, para las mujeres, y la vasectomía para los hombres. Lisa Hymas, la fundadora de Ginks, afirma que “la maternidad debería ser más reflexiva. Se trata de una elección que va más allá de una necesidad personal egoísta y debe tener en cuenta el interés de todo el planeta”. Esta doctrina ha encontrado ya cierto eco en personas sensibilizadas con la ecología. «Es un camino que lleva tiempo. Hace años, yo deseaba tener hijos, cuatro o cinco incluso. Pero, después, me dije que no era razonable dar la vida en esta sociedad”, declara Marjorie Zerbib. Muchas personalidades liberal-libertarias han respondido a este llamamiento, obsesionadas por las amenazas que pesan sobre el medioambiente, y han decidido que es su responsabilidad no agravar la situación: no contribuir al aumento de la población mundial negándose a dar la vida.

Como el veganismo, este movimiento se extiende y se convierte en esnobismo… y en una excusa para vivir egoístamente. Pero, como siempre, todo ello afecta particularmente al mundo occidental, de por sí ya muy “malthusiano”. ¿Renunciar a tener hijos? Lamentablemente, una parte de la población, aunque no esté de acuerdo con esta filosofía de la vida, como no pueden alimentar adecuadamente a sus hijos ni darles los medios para acceder a una existencia decente… ya han comenzado. Fuente: Polémia