Contra el liberalismo. La sociedad no es un mercado, por Alain de Benoist (I)


Cuando se afirma que el liberalismo es la ideología dominante de nuestro tiempo, siempre encontramos buenos espíritus indignados alegando, por ejemplo, el aumento del gasto público o el nivel de las retenciones obligatorias en nuestros países. Pero esto es ver el problema a través de unos pequeños anteojos. 

Una sociedad liberal no es exactamente lo mismo que una economía liberal. Es, sin embargo, una sociedad donde domina la primacía del individuo, la ideología del progreso, la ideología de los derechos humanos, la obsesión por el crecimiento, el lugar desproporcionado que tiene el valor mercantil, la sujeción del imaginario simbólico a la axiomática del interés, etc. Principal heredero de la filosofía de la Ilustración, que afirma la supremacía de la razón, estableciéndola como un principio universal al que todos los hombres tienen acceso naturalmente, el liberalismo ha adquirido un alcance mundial desde que «la globalización ha instituido al capital como el auténtico sujeto histórico de la modernidad capitalista, y al valor como norma universal de regulación de las prácticas sociales». Está en el origen de la mundialización, que no es más que la transformación del planeta en un inmenso mercado. Inspira lo que hoy se llama el “pensamiento único”. Y, por supuesto, como cualquier ideología dominante, es también la ideología de la clase dominante.

El problema, cuando hablamos de liberalismo, es que entramos en la trampa de las palabras. Si por “liberal” entendemos un espíritu abierto, tolerante, partidario del libre examen y de la libertad de juicio, o bien incluso hostil a la burocracia y al asistencialismo, como al estatalismo centralizador e invasor, el autor de estas líneas no tendría, evidentemente, ninguna dificultad para adoptar, por su cuenta, este término. Pero el historiador de las ideas sabe muy bien que tales acepciones son triviales. El liberalismo es una doctrina filosófica, económica y política, y como tal, evidentemente, debe ser estudiado y juzgado. 

La vieja división derecha-izquierda es, al respecto, de poca utilidad. Como recuerda Jean-Claude Michéa, los liberales “constituyeron, durante toda la primera mitad del siglo XIX, el ala mercantil de la izquierda original”. Sólo más tarde el liberalismo se encontrará desplazado hacia la derecha ‒al mismo tiempo, por otra parte, que la ideología del progreso‒, al menos en la Europa continental, puesto que, en los Estados Unidos, los “liberales” siguen siendo vistos como “izquierdistas”. Mientras que en Europa los “liberales” ‒que pueden ser “de derechas” o “nacional-liberales”‒ se definen, ante todo, como partidarios de la economía de mercado y del librecambio, en los Estados Unidos el “liberalismo” tiene, en efecto, un sentido exclusivamente político y se refiere únicamente a la doctrina de la libertad individual, del gobierno limitado y del contrato social. Los “liberales” pueden, entonces, ser considerados como los adversarios de izquierda de los conservadores, lo que no es el caso, generalmente, en los países europeos. 

Es, por otra parte, evidente que existe, en el seno del liberalismo, un gran número de autores y de corrientes diferentes: liberalismo “clásico” y liberalismo “moderno”, liberalismo continental europeo y liberalismo anglosajón, liberalismo “evolucionista” y liberalismo “racionalista”, etc. Igual que se ha podido distinguir, incluso oponer, entre liberalismo político y liberalismo económico, algunos han identificado dos grandes y principales corrientes, una que iría de Burke a Hayek, y otra de Locke a los libertarianos americanos. Otros prefieren distinguir entre aquellos que ven en el liberalismo el establecimiento de principios universales y aquellos que ven en él un medio de coexistencia pacífica, o bien entre aquellos que son hostiles a la regulación estatal en nombre de la eficiencia económica y aquellos que le son hostiles en nombre de la libertad. Otros, además, especialmente sensibles a ciertas evoluciones actuales, oponen el “neoliberalismo” al liberalismo clásico. No entraremos aquí en este abundante debate, que es ciertamente apasionante, pero que no es el objeto de este ensayo.

Los textos aquí reunidos tampoco tienen por objeto discutir los buenos fundamentos de tal o cual argumentario económico liberal, ni evaluar los méritos comparados del librecambio y del proteccionismo, ni el interés de la “flat tax”, ni la necesidad de disminuir el alcance del gasto público. Tampoco es un cuestionamiento de autores de primer plano, como Tocqueville o Raymond Arón ‒respecto a los que la etiqueta de “liberal” no es suficiente para definirlos. Es, más bien, un trabajo de filosofía política que se esfuerza en ir a lo esencial, al corazón de la ideología liberal, a partir de un análisis crítico de sus fundamentos, es decir, de una antropología esencialmente fundada sobre el individualismo y el economicismo. Como el teólogo John Milbank, nosotros pensamos, en efecto, que el liberalismo es, en primer lugar, un “error antropológico”. Esta es la razón por la que hablamos de liberalismo (y no de “ultraliberalismo”, fórmula equívoca que podría hacer pensar que el liberalismo sería aceptable en tanto no cayera en ciertas exageraciones) para designar esta ideología y para hablar también de su correlato natural: el capitalismo.

La cultura del narcisismo, la desregulación económica, la religión de los derechos humanos, el colapso de lo comunitario, la teoría de género, la apología de los híbridos de cualquier naturaleza, la emergencia del arte contemporáneo, la telerrealidad, el utilitarismo, la lógica del mercado, la primacía de lo justo sobre el bien (y del derecho sobre el deber), la libre elección subjetiva erigida en regla general (el libre albedrío), el gusto por la basura, el reinado de lo desechable y de lo efímero programado, todo esto forma parte de un sistema contemporáneo en el que, bajo la influencia del liberalismo, el individuo se ha convertido en el centro de todo y ha sido erigido en criterio de evaluación universal. Comprender la lógica liberal es comprender lo que liga a todos estos elementos entre sí y los hace derivar de una matriz común.

El liberalismo, por sí solo, no resume la modernidad, pero es su representante más ilustre (“la forma más coherente del proyecto moderno, dice Michéa, pero no su forma exclusiva”). Con frecuencia, la modernidad ha sido descrita como la época en la que el modo de vida heterónoma cede el lugar al modo de vida autónoma, es decir, como el momento en que se pasa de una sociedad donde los comportamientos estaban normalizados por un elenco de creencias y tradiciones a otra sociedad donde el hombre se concibe como potencia libre para crearse exclusivamente a partir de sí mismo. Esta concepción contiene una parte evidente de verdad, pero encuentra también rápidamente sus límites, porque la modernidad no ha terminado con ciertas dependencias y obligaciones más que para sustituirlas por nuevas formas de alienación: explotación del trabajo, sujeción a la ley del valor, transformación del sujeto en objeto, soledad en la multitud, absurdidad del trabajo forzoso, colapso de la vida interior, inautenticidad de la existencia, condicionamiento publicitario, tiranía de la moda, desaparición de la intimidad, judicialización generalizada, falsedades mediáticas, control y vigilancia social, reino de lo políticamente correcto, etc.

La modernidad se comprende mejor cuando vemos el momento en que la sociedad ya no se sitúa en primer lugar, sino en es el individuo el considerado como precedente de todo hecho social, el cual no sería sino un simple agregado de voluntades individuales. Considerado como un ser fundamentalmente independiente de sus semejantes, el hombre es redefinido paralelamente como un agente que busca permanentemente maximizar su mejor interés, adoptando así el comportamiento del comerciante negociador en el mercado (homo œconomicus). Este giro sin precedentes es precisamente el hecho generador del liberalismo. “La historia europea moderna, en su eje fundamental, puede resumirse en esta fórmula: la concretización del individuo abstracto”, observa Marcel Gauchet. En este sentido no es exagerado hablar de revolución individualista, una revolución que debe apreciarse, evidentemente, en el largo plazo, porque no solamente afecta a la sociedad, sino que también transforma las personalidades, las costumbres y las mentalidades.

El individualismo legitima los comportamientos egoístas, pero sería un grave error concebir esto como un simple sinónimo de egoísmo, o de reducirlo al egocentrismo, al narcisismo de los egos. Hay un individualismo anarquista, e incluso un individualismo aristocrático, pero el sentido pleno del término individualismo del que aquí hablamos está, en primer lugar, vinculado al ascenso de las clases y los valores burgueses. El individuo, además, no es la persona, y el individualismo no se corresponde con un mayor reconocimiento de aquella.

Marcel Gauchet ha mostrado claramente la diferencia entre la individuación biopsíquica y la individualización social. Las sociedades antiguas, donde la legitimidad se basaba en creencias, costumbres compartidas y tradiciones ancestrales, eran sociedades sin individualización social, lo que no impedía que las personalidades individuales se afirmaran de forma eminente. “Las sociedades sin individualismo implican una fuerte individuación, escribe Gauchet, mientras que el individualismo, tal y como lo conocemos, hace muy problemática la individuación”.

En tanto que componente estructural de la modernidad, la individualización social es indisociable del surgimiento del discurso de los derechos, en la medida en que, para el liberalismo, el hombre se define, ante todo, como un portador de derechos, partiendo de que el derecho no reconoce más que a individuos iguales. El liberalismo se funda sobre la convicción de que existen derechos individuales fundamentales e inalienables que son, a la vez, anteriores y superiores a cualquier institución humana, y que el primero de estos derechos es el derecho a perseguir libremente su mejor interés. Estos derechos son, evidentemente, puramente formales (el derecho al trabajo no concede automáticamente un empleo), pero éste no es el punto importante, sino el siguiente: el derecho fundamental es, sobre todo, el derecho a tener derechos.  La sociedad de individuos es, a la vez, una sociedad cuyos individuos constituyen, en última instancia, el único y último componente (el átomo social indiviso) y una sociedad cuya legitimidad se basa exclusivamente en el derecho: “La sociedad producida por los individuos es la sociedad encargada de producir a los individuos que la componen, dándoles los medios para conducirse en tanto que individuos”. Decir que el hombre posee derechos en tanto que hombre implica, en efecto, que ser hombre se define por detentar derechos: una sociedad de individuos es una sociedad donde el individuo portador de derechos es la única fuente de legitimidad, porque sólo es considerado como auténticamente humano el individuo separado titular de derechos. Es la razón por la cual, en tal sociedad, los modos de afirmación comunitaria, incluso cuando no tienen nada de convulsivos, son percibidos enseguida como patológicos. Es también la razón por la que los restos de estructuras colectivas no contractuales, como la familia, están en permanente deslegitimación.

Para los liberales, la soberanía de los individuos reposa, en primer lugar, sobre la propiedad que tienen de sí mismos: es en la medida en que se poseen a sí mismo de donde deriva que tienen derecho a no ser “poseídos” por ningún otro, es decir, a no ser, por principio, dependientes de nadie. Es el principio mismo de la teoría del individualismo posesivo que define al ser humano como propietario de sí mismo. En un libro ya clásico, Crawford Brough Macpherson muestra claramente que el derecho de propiedad en la doctrina liberal no es más que la expresión secundaria de esta propiedad de sí mismo, la cual plantea que el hombre no posee la cualidad de hombre más que si es independiente de la voluntad de los demás y no se encuentra, en modo alguno, endeudado con sociedad ni persona alguna, respecto a su personalidad, sus facultades y sus elecciones. Esta teoría sostiene la idea de que el hombre es, ante todo, lo que elige libremente ser, que es completamente dueño de sus elecciones y que se construye a sí mismo, no a partir de algo o de alguien, sino a partir de la nada.

Las consecuencias son considerables. Dado que las únicas acciones sociales legítimas son las que se fundan sobre la voluntad de los individuos, todo contrato se basa en un cálculo implícito o explícito del interés respectivo de los contratantes. Los derechos individuales pueden, por esta razón, oponerse a cualquier obligación social y a cualquier imperativo político. “Un individuo que se define puramente por los derechos que ostenta originariamente, por el solo hecho de su existencia, constata nuevamente Marcel Gauchet, es un individuo que no debe nada a la sociedad. Tiene su libertad frente a ella. Tiene, por supuesto, capacidad para influir sobre sus decisiones y, si lo desea, puede participar en la vida colectiva y jugar su papel en ella. Pero nada puede obligarle a ello”. En nombre de las prerrogativas individuales, el derecho puede en rechazo de todo poder y de todo límite. “Es así, escribe Pierre Manent, que en nombre del principio de los derechos humanos se quiere prohibir a las naciones hacer las leyes que juzguen eventualmente útiles y necesarias para preservar o fomentar la vida y la educación comunes que proporcionan a cada una de ellas su peculiar fisonomía y su razón de ser”.

Siendo el individuo propietario de sí mismo, cada cual debe ser completamente libre de elegir sus preferencias, siempre y cuando no obstaculice esa posibilidad para que los demás hagan lo mismo. La concepción liberal del derecho individual se resume en esta fórmula: en tanto que yo no pretendo impedir a los otros que hagan lo mismo, yo tengo el derecho de hacer conmigo todo lo que me plazca (drogarme, vender mis órganos, alquilar mi útero, trabajar el domingo, desheredar a mis hijos, etc.). No tengo, por principio, ninguna regla colectiva que respetar, y ningún poder público puede ordenarme que sacrifique me vida por cualquier causa. El derecho de propiedad de sí mismo no tiene, pues, ninguna consideración del carácter loable o degradante del uso que pretendemos hacer de nosotros mismos. Del mismo modo, con todo el rigor liberal, no hay forma de limitar la financiación de las campañas electorales por parte de empresas privadas o grupos de presión industriales, ni de oponerse al tráfico de drogas ni, como señala irónicamente Michael J. Sandel, de poner objeciones al canibalismo consentido entre adultos… La noción de sociedad política desparece así ante la de “sociedad civil”, lo que es perfectamente lógico, puesto que la sociedad civil no es más que una adición de intereses privados, y no una comunidad política a la cual los ciudadanos deban lealtad para hacer el bien común. El resultado es el constata Pierre Manent: el reino indiviso de los derechos individuales pone automáticamente en peligro de desaparición la idea del bien común. 

Al mismo tiempo, se ilumina la concepción liberal de la libertad. El liberalismo, por supuesto, no es sinónimo de libertad, igual que el igualitarismo no es sinónimo de igualdad, el comunismo sinónimo de bien común o el humanismo de la humanidad. El liberalismo no es la ideología de la libertad, sino la ideología que pone la libertad al servicio del individuo. La única libertad que proclama el liberalismo es la libertad individual, concebida como la liberación frente a todo lo que exceda del individuo.

En octubre de 1841, en una carta dirigida a John Sterling, el joven John Stuart Mill ya definía el liberalismo como la doctrina “que está a favor de permitir a cada hombre ser su propio guía y soberano” y “actuar exactamente de la manera que considere mejor para él”. “Un hombre no puede ser legítimamente obligado a actuar, o a abstenerse de actuar, con el pretexto de que sería bueno para él, de que le haría más feliz o de que, desde el punto de vista de los demás, actuar de esta manera sería sabio o incluso justo... Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su mente, el individuo es soberano, diría incluso más tarde, en uno de los pasajes más conocidos de su libro Sobre la libertad (1859). Esta visión es común a todas las tendencias liberales. “Un grupo no puede ser liberado, escribe L. Susan Brown. No puede, como grupo, ejercer su libertad, sólo los individuos pueden ser libres”. “Los liberales niegan la idea de que el orden social sea constitutivo de la libertad individual”, añade Jeremy Waldxon. Desde el punto de vista liberal, “ni el bien de la colectividad, ni el de la patria, ni de ningún otro valor, podrían justificar la restricción de la libertad”.

Los liberales, sin embargo, enfatizan con insistencia que la contrapartida de la libertad es la responsabilidad, pero está claro que, en materia ética, no pueden, sin contravenir sus principios, desarrollar la menor concepción del bien. Léon Walras, en sus Elementos de economía pura (1874), ya decía que, desde el punto de vista de la economía liberal, “no hay necesidad de tener en cuenta la moralidad o inmoralidad de la necesidad a la que responde la utilidad de la cosa y que ella permite satisfacer”. El elogio del egoísmo alcanza cotas casi caricaturescas en Ayn Rand, ídolo de los libertarios, que llega incluso a afirmar que “el altruismo es incompatible con la libertad”.

El principio de igual libertad se funda también sobre la primacía del individuo, en la medida en que ya no se le considera como un ser político y social, sino como un átomo que no está, por naturaleza, intrínsecamente ligado a ningún otro. “Solo los seres concebidos como independientes pueden considerarse como semejantes, puesto que tal es el alma de la igualdad… La independencia individual reconocida a los individuos significa que no hay más legitimidad que la que deriva de los derechos que ellos detenta por razón de su igual y primigenia libertad”. El vínculo social, ahora, depende totalmente del sistema contractual. El liberalismo afirma, de hecho, que todo puede ser negociado ̶salvo la libertad individual, que por naturaleza no es negociable (siendo entonces la paradoja que sólo puede garantizar4se la libertad individual a condición de que todos estén de acuerdo en considerarla como un valor esencial, lo que raramente es el caso).

Pero el principio de indiferencia no sólo se ejerce en el dominio moral. La primacía del individuo abstracto opera también en el sentido de una neutralización generalizada, de la expansión de lo neutro implementada por la ideología de lo “mismo” a costa de las diferencias. Borra las singularidades colectivas entre los pueblos y las culturas, igual que relativiza las diferencias de sexo, porque los individuos de derecho están desprovistos de caracteres sexuados: “El orden de las prioridades se invierte. Se supone tácitamente que somos, en primer lugar, individuos abstractamente idénticos y, a continuación, accesoriamente, seres de sexo femenino o masculino”. Como bien escribe Laurent Fourquet, “ir siempre más lejos en la neutralización del hombre: lo que significa arrancar del conjunto de hombres concretos sus particularidades no racionales, para que los hombres se asemejen, cada vez más, a ese hombre único e ideal que, en la doxa humanista, es el único llamado a poder gobernar racionalmente un mundo racional”. 

Del mismo modo que el proteccionismo no es la autarquía, la autonomía no debe confundirse con la independencia. La primera responsabiliza, la segunda separa. Los liberales se enorgullecen de emancipar al hombre y hacerle así más autónomo. No ven que la autonomía no reside en el hecho de separarse de sus semejantes, sino en la capacidad de pensar y de actuar por sí mismo sin, no obstante, suprimir toda relación con los otros (es, en este sentido, por ejemplo, que oponiéndose al “esclavismo del asalariado”, los primeros socialistas combatían por la autonomía del proletariado). El liberalismo pretende aspirar a la autonomía, pero, de hecho, es la independencia de los individuos, entre ellos, lo que convierte en un ideal. La iniciativa individual no es fecunda sino cuando está encuadrada por reglas colectivas, pues la interacción de los egoísmos estimula la rivalidad mimética y el deseo de eliminar a los competidores, al mismo tiempo que aumenta las desigualdades, en mucha mayor medida de lo que favorece la autonomía de los agentes. Así como la libre competencia conduce inevitablemente a la formación de oligopolios y monopolios, la libertad abstracta entraña el aumento de las desigualdades e incrementa las influencias de clase. “El mercado no puede emancipar a los seres humanos más que siguiendo sus propias leyes”, por retomar la bella fórmula de Guy Debord, según la cual “la economía transforma el mundo, pero sólo en el mundo de la economía”. En la sociedad liberal, el hombre no se emancipa, ni se hace más autónomo, sino que se transforma en mónada, se atomiza.

“Para los griegos, explica Pierre Manent, la naturaleza es lo que nos liga, nos conecta, nos reúne… Para nosotros, los modernos, es lo contrario: la naturaleza es lo que nos separa, porque somos individuos naturalmente separados”. De ahí la paradoja del lema moderno de la “convivencia multicultural” sobre la “exclusiva base de un principio que es estrictamente separador y disociativo”: “Deseamos rehacer el vínculo social y rechazamos la única idea que podría dar sentido y contenido a este vínculo: esa naturaleza humana asociativa en la cual encontramos los bienes y los fines”. (Continuará…)