El librecambio no conduce necesariamente a la paz. Entrevista a François Lenglet, por Alain Lefebvre y Guillaume Travers


Periodista y cronista económico, François Lenglet es autor de varios ensayos, como El fin de la mundialización (2013). Su última obra, Tout va basculer! (2019) es un análisis del momento político-económico: el fin de un paréntesis liberal y el retorno de las fronteras.

Usted ha sido un reputado liberal. Sin embargo, desde hace algunos años, nos hace escuchar una música más iconoclasta en la que la tonalidad antiliberal va in crescendo hasta llegar a la publicación de su último libro. ¿Supone un cambio de opinión ideológica?

Efectivamente, procedo de la familia liberal. Me alejé de ella a partir de marzo de 2007, tras haber constatado y anunciado la gran crisis financiera que se avecinaba. Sentía que estábamos viviendo el fin de un ciclo. Entonces, intenté comprender los mecanismos del librecambio y del proteccionismo. Mi auténtico viraje data de 2012, cuando opero un cambio de posición. Así que escribí el libro El fin de la mundialización. La idea fundamental era la siguiente: el abatimiento de las fronteras genera considerables desplazamientos de riqueza, que yo personalmente subestimaba en los años 1990. Estos movimientos han contribuido al alza de las desigualdades y son cada vez menos tolerados en la medida en que siguen creciendo.

Lo que es particularmente llamativo en su obra es la visión cíclica de la historia, que contrasta singularmente con la visión lineal de los liberales y de los progresistas. Para ellos, el futuro siempre será necesariamente mejor que el pasado. ¿Cuál es su posición?

Mi visión de la historia es, efectivamente, cíclica, y quizás porque no soy economista de formación, no se limita simplemente a los ciclos económicos como en Kondratiev o Schumpeter. Tengo en cuenta la psicología de las masas, los movimientos de la sociedad. Contrariamente a muchos liberales, no pienso que la economía se imponga a la sociedad. Me inclino, incluso, por la explicación inversa: los ciclos son, ante todo, de origen demográfico, psicológico y societal, y se imponen a continuación a la economía. La economía es una construcción humana. Refleja las modas y las ideologías dominantes. La finanza, por ejemplo, se aprovecha de los espacios vacíos que otras fuerzas le dejan.

El movimiento de la historia del que yo hablo no data de hoy mismo. Desde el siglo XV y los grandes descubrimientos, se han conocido fases de apertura, de desarrollo comercial y de rápida acumulación de riquezas que pudieron escandalizar a la población. Estos procesos engendraron reacciones: uno de los primeros textos de Lutero, por ejemplo, era una denuncia de los deletéreos efectos del comercio. Este sesgo entre deseo de libertad y necesidad de protección es consustancial a la sociedad humana. Es muy difícil encontrar un equilibrio. Los beneficios de un sistema son rápidamente confiscados por una pequeña clase de rentistas. Durante los ciclos de centralización, por ejemplo, aquellos que se benefician son los funcionarios y los agentes del Estado; a la inversa, los ciclos liberales benefician a categorías de población diferentes, desencadenando así reacciones de otro tipo.

Los excesos de libertad que están en el origen de lo que usted llama el “teorema Mbappé”…

En efecto, yo he comparado a un futbolista como Kylian Mbappé con su lejano predecesor Dominique Rocheteau, también jugador de fútbol en el PSG durante los años 1980. Los dos eran delanteros excepcionales; el “ángel verde” tenía un salario anual equivalente a 125.000 euros, mientras que el del joven prodigio parisino supera actualmente los 17 millones de euros. En cuarenta años, la remuneración de un futbolista de alto nivel se ha multiplicado ¡por 136! Este tipo de efectos se ha generalizado y sucede lo mismo en el ámbito de los grandes empresarios. Todo el mundo lo entiende: la mundialización ha hecho aumentar considerablemente el tamaño de los mercados. Desde ese momento, una minoría lo gana casi todo: Rocheteau jugaba para el público francés, Mbappé juega por un público mundial. Cuando la lógica del mercado mundial se generaliza, se generan a continuación desigualdades que son insoportables para la mayoría. Por otra parte, en el nivel inferior de la jerarquía, los no-cualificados europeos entran en concurrencia con los no-cualificados del mundo entero, cuyo salario puede llegar a ser veinte veces inferior. Mecánicamente, el capital se desplaza hacia las zonas donde las perspectivas de rentabilidad son más elevadas. Esto explica que una gran parte de la Francia periférica, por ejemplo, sea sacrificada.

Mientras que el proceso de mundialización reduce y degrada las fronteras entre los países y reduce las diferencias de nivel de vida media entre China y Francia, por ejemplo, por contra reestablece las fronteras en el interior de nuestros países. Ya no son fronteras políticas, sino fronteras económicas, que son mucho más infranqueables. Hay barrios y residencias para los ricos y otros para los pobres, que cada vez se mezclan y se cruzan menos. Hay regiones enteras que divergen inexorablemente. Pero todas las regiones francesas crecen o decrecen un poco al mismo tiempo, aunque en proporciones variables. Durante la crisis, la región de la Isla-de-Francia tuvo un crecimiento superior al de Alemania, mientras que el Lemosín se hundía en la misma proporción que Grecia.

Entre las explicaciones del fin del ciclo liberal, usted apunta el factor demográfico. ¿Cómo lo explica usted?

En el ciclo liberal que se acaba, el deseo de libertad ha sido el dogma estandarte, grosso modo, de la generación del baby-boom. Esta generación se construyó contra la de sus padres. Mientras que la generación precedente había manifestado el deseo de orden, la del baby-boom pensaba en su realización personal, en su libertad individual. Esta generación llegó al poder en edades comprendidas entre los 40 y los 60 años, liberalizando masivamente la economía entre los años 1970-1980. El triunfo de esta generación fue la caída del muro de Berlín en 1989, que proporcionó un auténtico golpe de acelerador a la mundialización. Antes de ellos, China balbuceaba y no empezará a despuntar hasta los años 1990. Hoy, a la inversa, la nueva generación constata los desórdenes causados por los excesos de libertad, y demanda más orden. Hay, pues, factores demográficos tras la alternancia de los ciclos: cada generación se construye por oposición a la precedente y puede bascular de un extremo al otro.

Estos cambios de ciclo se acompañan también del eclipse de unos autores y el redescubrimiento de otros pensadores. ¿Cuáles son lo que deben valorarse y cuáles devaluarse?

Los dos grandes pensadores del período liberal que se acaba son, incontestablemente, Milton Friedman y Friedrich von Hayek. Friedman está hoy casi completamente olvidado y todo indica que será así durante bastante tiempo. Hayek todavía tiene algo de tirón, porque su obra presenta una dimensión filosófica. Pero el que más interés recobra tras la crisis es Keynes, porque toda la respuesta a la crisis financiera fue de inspiración keynesiana. Por otra parte, no sé quiénes serán los grandes pensadores del retorno de las fronteras.

¿No habláis nada de Francis Fukuyama que, en 1992, profetizó el “fin de la historia”? Para él, el capitalismo liberal mundializado se había convertido en un horizonte insuperable. ¿Qué queda de su obra?

Probablemente, hemos sido un poco injustos con Fukuyama. Finalmente, sus libros sobre el fin de la historia y sobre el último hombre han captado maravillosamente el espíritu de los tiempos. En el fondo, ¿no quería simplemente explicar lo existente? Era, en parte, una metáfora filosófica. Por el contrario, su último libro, Identity, es una explicación bastante profunda de los movimientos populistas. Él mismo abraza estos movimientos. Su libro sobre el fin de la historia era un síntoma: se puede leer como una crónica de su época.

El fin del paréntesis liberal se acompaña también de un vuelco de la geopolítica, sobre un fondo de enfrentamiento entre los Estados Unidos y China. Al respecto, usted menciona que China excluye de su mercado interior a buena cantidad de empresas americanas, como Google, Facebook, Amazon, etc.

La relación de los Estados Unidos con China cambia muy rápidamente, con un claro retorno de las fronteras. Donald Trump, sea consciente o no, acompaña el fin de este ciclo rompiendo progresivamente los vínculos con China. No sólo lo hace respecto a las importaciones, sino que lo acompaña con el movimiento de la historia. Uno de los efectos colaterales de las reacciones de Trum es un tímido despertar de los países europeos, que han comprendido también que China ha tomado el control de ciertas empresas y entienden que ha llegado la hora, también para ellos, de retomar el control de sus fronteras.

Esta reacción, ¿puede desembocar en conflictos armados?

A medio o largo plazo, los conflictos armados son siempre imprevisibles. Probablemente no en Europa, porque los conflictos no se desencadenan en los países envejecidos y sin crecimiento. Dicho esto, la Europa de Maastricht puede vivir otro tipo de conflictos, porque las tensiones de naturaleza económica que genera entre sus países son demasiado importantes. Los riesgos más importantes que pueden preverse están en China, en el océano que no hace honor a su nombre, el Pacífico. En China, la retórica nacionalista sube de tono cada vez que Trump anuncia una nueva medida proteccionista. Si, como yo pienso, una auténtica crisis económica explota en China, ¿podemos excluir aventuras armadas para unir y soldar a la población? Es posible. Nos encontramos cada vez más inmersos en un mundo hobbesiano donde las grandes potencias chocan. Asistimos al fin del mito: el librecambio no conduce necesariamente a la paz. En realidad, no conduce a nada.

Volvamos a Europa y a su pesimismo sobre el euro…

Hay factores que yo no aprecié bien en el pasado. Durante tiempo anuncié la salida de Grecia de la zona euro. Pero, mientras los alemanes se quejaban, los griegos depositaban sus ahorros en los bancos alemanes. Insisto, sin embargo, en pensar que el sistema monetario europeo se verá sometido a contradicciones cada vez más flagrantes. Es posible que el futuro se dirija hacia menos independencia de los bancos centrales y hacia más inflación.

Entre las especificidades francesas, usted menciona el hecho de que siempre estamos contracorriente. ¿Cuáles son las razones por las cuales, a principios de los años 1980, mientras el mundo adoptaba la poción mágica liberal (Thatcher, Reagan), nosotros elegíamos a Mitterrand y hoy, mientras los populismos ganan terreno, elegimos a Macron?

Igual que Mitterrand no pudo proseguir durante mucho tiempo con su programa de nacionalizaciones y se alineó parcialmente con el espíritu de la época, Macron se verá obligado a cambiar de retórica. Es casi ya un hecho: hemos pasado de la competitividad al poder adquisitivo, hemos abandonado la reducción del déficit, y Macron incluso habla ¡de una Europa de las fronteras! Es difícil resistirse al signo de los tiempos. Macron se encuentra frente al problema contrario al de Mitterrand en 1983: el presidente socialista impuso su terquedad sobre las restricciones financieras y se vio obligado a dar un giro en su rigor, el presidente liberal, sin embargo, impone su terquedad sobre las restricciones sociales.

Con la demanda de un retorno de las fronteras, muchos evocan similitudes con los años 1930. Usted lo matiza. Los “chalecos amarillos” y los movimientos populistas, ¿no testimonian una necesidad de comunidad, de vínculos orgánicos y objetivos comunes?

La misma idea del mercado hace nosotros seres calculadores y solitarios. Todos los acercamientos, todas las interacciones sociales son hoy arbitradas por el mercado, por el juego de la oferta y la demanda. Esto conduce, mecánicamente, a un sentimiento de soledad muy profundo, que no sólo es física, sino también filosófica y política. El éxito de los movimientos populistas viene porque se rebelan contra esta situación. Hay, evidentemente, diversos tipos de regímenes populistas, pero creo que tienen un punto en común: quieren poner límites al libre juego del mercado y recusan la idea de una sociedad donde el hombre se encuentre solo ante el capital.

La ola populista, que invade hoy toda Europa, ¿es un fenómeno positivo o negativo?

No se puede hablar de populismo sin hablar de las élites. En el fondo, la demanda política ha cambiado de forma subrepticia y las élites no se han enterado, por buenas y malvadas razones. La malvada razón es, evidentemente, que el orden actual les conviene totalmente. Y, mientras que la demanda de protección aumenta, los únicos que responden a esta demanda son los populistas. Mecánicamente, las fuerzas populistas deben entonces progresar forzosamente para mover el juego político tradicional. Así que, en un momento determinado, los partidos políticos clásicos se verán obligados a adaptarse a esta nueva situación. ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne