Los «resignados» que impiden la victoria de Reagrupación Nacional (RN), por Pierre Desavoye


Más allá de las decisiones partidistas, un espíritu derrotista impregna a los franceses. ¿Volver a encontrar un espíritu de confianza y de ofensiva sería un paso previo a una conquista electoral? 

Los partidarios de la inmigración incluyen varias categorías. Los miembros de la clase dirigente que desean, suscitan y organizan la inmigración están en la primera de ellas, la de los traidores. La inmigración es parte integrante del proyecto globalizador que persiguen con el objetivo de acrecentar más todavía su poder y maximizar sus beneficios. Los inmigracionistas que, sin pertenecer a la clase dirigente, colaboran con ella con entusiasmo para establecer la inmigración de masas, componen el segundo grupo. Estos colaboracionistas adhieren a la utopía absurda de un mundo sin fronteras donde parecería que reinan la paz y la justicia y de donde estarían erradicados la pobreza y el racismo.

Pero pensamos menos en la última categoría de inmigracionistas, y sin embargo la más numerosa, la de los resignados. No son los organizadores de la inmigración, no colaboran con frenesí y no perciben los riesgos. Saben bien que, en realidad, Europa está siendo invadida por la inmigración. ¿Cómo podrían no saberlo, por cierto? Es imposible no verlo. La realidad de la invasión salta a los ojos y la tenemos delante. Basta con coger el metro o caminar algunos minutos en las calles de las grandes ciudades. El comportamiento de los resignados muestra lo que ya saben.

La elección del barrio donde viven, los amigos que frecuentan, la escuela que seleccionan, el ocio que practican, todas estas elecciones de la vida cotidiana están estrechamente guiadas por el objetivo implícito de evitar lo más posible la frecuentación de inmigrantes. Y, sin embargo, los resignados siguen siendo inmigracionistas. En público o en su círculo privado, repiten el discurso dominante. O bien, como mucho, se callan. Y en los dos casos continúan votando por partidos inmigracionistas, de izquierdas, de centro o de derechas, y rechazan a la Reagrupación Nacional (RN) de Marine le Pen y al populismo. ¿Por qué, entonces?

Los resignados son inmigracionistas por puro cálculo
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Si los inmigracionistas resignados continúan votando por partidos inmigracionistas, cuando ya saben que la inmigración es una catástrofe, es porque hacen unos cálculos. Este cálculo se basa en tres elementos. En primer lugar, la edad. Entre los resignados hay muchos jubilados. En caso de que estuvieran en activo, ya han llegado o pasado los cincuenta años.

Esos resignados saben que las cosas seguirán degradándose. Que la delincuencia va a aumentar. Que la degradación de las ciudades va a acrecentarse. Que el número de barrios bajo el control de los imanes y los jefes de bandas va a seguir aumentando. Que el islam va a estar cada vez más presente, arrogante y reivindicativo en el territorio. Que la inmigración será masiva incluso en los territorios todavía relativamente tranquilos. Pero se basan en el hecho de que la degradación de la situación se hará a un ritmo suficientemente lento para permitirles, a título personal, no verse afectados demasiado directamente durante los veinte o treinta años de esperanza de vida que todavía les quedan.

El segundo parámetro del cálculo de los resignados es su situación material que es, en general, satisfactoria. Propietarios de su vivienda en un barrio potable, contando con una pensión de jubilación suficiente o con un ahorro considerable, los resignados estiman que este bienestar material debería permitirles escapar a las zonas difíciles durante el tiempo que les queda de vida.

El tercer parámetro viene a continuación. Los resignados estiman con razón, sin duda, que la llegada al poder de los populistas conllevaría el riesgo de provocar un alza considerable de las tensiones, provocar sublevaciones y puede ser que incluso se desate una guerra civil abierta y se desemboque en el caos. Pero el caos es, precisamente, lo que los resignados quieren evitar: quieren una situación suficientemente estable para poder conservar lo que tienen y disfrutar de su pensión y su patrimonio durante el tiempo que pueden esperar vivir.

Por otra parte, los resignados saben que si se unieran al populismo deberían renunciar a toda perspectiva de carrera, serían apartados en la función pública o despedidos en las grandes empresas. Considerados como unos apestados, serían rechazados por sus amigos y relaciones. Y, sobre todo, reconocerse hostil a la inmigración les conduciría a renunciar a su identidad humanista y antirracista, alrededor de la cual se han desarrollado.

El resultado de la comparación coste-beneficio de la resignación es pues, sin duda, positivo. Y lo es incluso los resignados son víctimas, con centenares de miles de personas cada año, de una agresión, un hurto o un robo con violencia, o cuando son insultados, amenazados, humillados, en la calle o en el transporte público, hechos cometidos casi siempre por inmigrantes. Conscientes de que la pasividad es, todavía y a pesar de todo, la opción menos costosa, los resignados escogen, una vez el miedo y la vergüenza asimilados, no cambiar en nada sus posiciones inmigracionistas y poner lo que han sufrido bajo los efectos de “el alcohol, la droga o la estupidez”. El cálculo de los resignados es simple, en resumen, y muy racional: apostar a una degradación suficientemente lenta de la situación más que correr el riesgo de cargárselo todo.

Cómo se protegen los resignados de la esquizofrenia
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A los resignados les interesa objetivamente seguir siendo inmigracionistas. Aunque tengan todavía que arreglarse con esta situación poco gloriosa: son inmigracionistas por cálculo sabiendo que la inmigración es una calamidad.  

¿Cómo hacen los resignados para vivir esta situación lo mejor posible y no sufrir demasiado de esta esquizofrenia?

El primer método es el que se ha evocado antes. Los inmigracionistas se protegen lo mejor posible de la inmigración por elección de su lugar de vida, de la escuela de sus hijos o por su red de relaciones. Así protegidos, los resignados pueden más fácilmente pensar en otra cosa y extraer la cuestión de la inmigración de sus preocupaciones principales.

El segundo método utilizado por los resignados consiste, de alguna forma, en mirar a otra parte.

Los resignados se apartan cuidadosamente de la prensa regional y de sus sucesos. Evitan evidentemente la lectura de los medios no conformes que podrían desestabilizarles. Tienen en la calle una mirada particular que consiste en mirar sin ver. En las conversaciones, los resignados se protegen detrás de fórmulas ya hechas: “Las cosas son más complicadas que todo eso”; “los extremismos no son nunca la buena solución” ... En el tema de la inmigración, los resignados tienen en reserva una batería de afirmaciones aprendidas, sin relación con la verdad, pero recitadas con energía una detrás de otra: “lo que hay que hacer es ayudar a los países pobres a desarrollarse”; “la mayor parte de los inmigrantes desean integrarse”; o incluso el célebre: “las cosas irían mejor si la extrema derecha no echara aceite al fuego...”.  

Sin embargo, el argumento más importante detrás del cual se parapetan los resignados es el siguiente: “De todas formas, ya no se puede hacer otra cosa: es imposible parar la inmigración ya sea de forma material o moral; es un tema inevitable”.

Para demostrar la imposibilidad material de parar la inmigración, los resignados ponen por delante el aumento sin freno de la presión migratoria por culpa de la demografía mundial, de las hambrunas y de la degradación del clima. Cuando se les dice que la mayor parte de los inmigrantes llegan a Francia de forma legal y que sería muy fácil, por ejemplo, no facilitar más visados ni permisos de residencia y suprimir el derecho al reagrupamiento familiar, los resignados pasan entonces al registro de la imposibilidad moral, invocando los “valores”. Cuando se les hace ver que esos valores son absurdos puesto que conducen a dejar instalar, sin reaccionar, el desorden, la violencia y la desestabilización, se bloquean y cortan la conversación, denunciando el odio y el fascismo.

Desde hace algún tiempo, los resignados han descubierto un nuevo subterfugio para eliminar cualquier malestar existencial: se movilizan ahora todos por la causa del medio ambiente. Es ahí donde despliegan todos sus ímpetus de sinceridad, su capacidad para la indignación, su celo militante, su sed de verdad. Es en el tema del clima que se permiten confesar su pesimismo y sus miedos. La cuestión del medio ambiente presenta para los resignados, pues, doble interés. Les permite ocupar el espíritu y pensar menos en el tema de la inmigración. Sirve para frenar las angustias que la invasión de Francia provoca, tanto en los resignados como en cualquiera: temerosos, como todos los europeos, con la idea del caos que se ve venir y que se está instalando, los resignados eligen desviar sus miedos hacia la cuestión del clima y de la “huella de carbono”.

Por todo ello, la victoria electoral del RN es imposible. Cualquiera que sea su líder, su discurso y su programa, los “populistas” no pueden ni vencer ni convencer porque a la mayoría de franceses no les viene bien que lleguen al poder y que se produzcan los problemas que esto podría provocar. Es el caso de los jubilados. Es el caso de las personas pudientes de cierta edad, que piensan tener los medios para que a ellos no les toque. Y cuando se trata de jóvenes, los que tienen dinero dicen que, de todas maneras, si la situación en Francia se degradara demasiado, siempre les quedaría el recurso de establecerse en Estados Unidos, Canadá o Australia. Esa juventud de las clases pudientes está viviendo desde ahora en otro mundo, el de las metrópolis cosmopolitas, y ya han establecido sus distancias con cualquier tipo de identificación nacional.  

En cuanto a los inmigrantes, cuyo número aumenta en mil personas cada día, gracias a los nacimientos y a las llegadas legales e ilegales, tienen todo el interés, por supuesto, en que el sistema inmigracionista continúe en el poder. Es por ello que el electorado del RN está compuesto, en su mayor parte, de aquellos para los que el futuro constituye una amenaza: las clases medias y populares de origen europeo que se ven lejos todavía de la jubilación… Todos ellos saben que no tendrán los medios para protegerse de las catástrofes que ya se ven venir. ■ Fuente: L´Incorrect