Por un proteccionismo europeo. Regular los intercambios comerciales, por Hakim el Karoui


Después de los primeros estragos de la crisis iniciada en 2008, tuvo lugar un coloquio en la Fundación Res Publica, bajo el título Crisis del librecambio mundial, ¿cómo salir?, en la que intervinieron Jean-Pierre Chevènement, Jacques Sapir, Jean-Luc Gréau y el autor de este artículo con el tema Las ventajas de un proteccionismo europeo.

Proteccionismo y teoría económica
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La crisis actual plantea la cuestión de la regulación de los intercambios: el librecambio integral no puede ser ya un dogma indiscutible, porque no se adapta a la situación actual, que ha visto la emergencia de países con fuerte capacidad tecnológica, pero con costes salariales muy bajos, en una economía internacional donde el precio de los transportes y de las telecomunicaciones ha caído de forma vertiginosa. De golpe, la puesta en competitividad de salarios venidos de horizontes muy diversos se ha vuelto posible y, con ella, el estancamiento de las remuneraciones… y el desarrollo del endeudamiento para remediar, pese a toda esta crisis, la demanda interior.

Maurice Allais, premio Nobel de economía en 1988, recordaba: «una liberalización total de los intercambios y de los movimientos de capitales no es posible, sólo es deseable en el marco de conjuntos regionales que agrupen a países económica y políticamente asociados, así como de desarrollo económico y social comparable». 

Como recuerda Bruno Amable, «la teoría económica nos dice que el librecambio es beneficioso a condición de cumplir ciertas condiciones. Especialmente, puede haber beneficios del librecambio si permite una mejor relocalización de los factores de producción. El problema es que, si el librecambio sólo conduce a que, en un país, los factores de producción no sean relocalizados sino infrautilizados –típicamente, cuando conduce a la gente al desempleo– está claro que entonces está lejos de los beneficios del librecambio. Si a ello unimos las dificultades de readaptación de la mano de obra hacia otras actividades, está claro que la protección es no sólo deseable, sino legítima, desde un punto de vista de la teoría económica».

El horizonte europeo
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No se trata, evidentemente, de reconstruir muros infranqueables e imaginar una absurda autarquía. No se trata de intentar un proteccionismo nacional absolutamente inadaptado al horizonte económico actual, que es mundial. Se trata, simplemente, de regular los intercambios comerciales imaginando grandes zonas geográficas de tamaño suficientemente importante para evitar la creación de situaciones de deuda –el riesgo del proteccionismo–, haciendo de ello un modo de organizar el mundo: ésta es la razón por la que no puede ser imaginado sino a nivel europeo, o americano, o asiático.

Desde este punto de vista, las reacciones proteccionistas de ciertos dirigentes europeos, que desean, de una manera u otra, instaurar una regulación comercial en el interior de Europa, son peligrosas: en primer lugar, porque son ineficaces –el mercado interior está demasiado desarrollado para permitirla– y, a continuación, porque estas medidas podrían poner en cuestión el proyecto europeo –como las reacciones de los países de Europa del este al “plan del automóvil” francés– en un momento en que es necesario pensar la recomposición de la economía mundial.

Europa no es, ciertamente, una zona regional ideal: presenta en su seno disparidades salariales que reflejan brechas de competitividad, lo que entraña una ola bastante importante de deslocalizaciones, en principio alemanas, pero también del resto de países de Europa del oeste. Sería irrealista querer regular los flujos comerciales en el interior de Europa –la unión política no lo resistiría, aunque pudiera hacerlo a escala mundial. Además, las disparidades salariales, cuando son razonables, son un bien para la economía: impulsan la innovación y limitan la creación de deuda que es una pesadilla para los consumidores, especialmente para los más modestos.

En fin, la historia de la integración europea y su ampliación es la prueba de que el librecambio puede funcionar, a una escala regional, si está regulado, organizado y reúne a actores de nivel económico, tecnológico y demográfico comparables.

Un conjunto económico fuerte, con competencia interna y un compromiso con la innovación, una Unidad Económica fuerte, ésta es la condición necesaria para una eficaz regulación del comercio internacional, sabiendo que otros grandes conjuntos ya existen. Como la Alena y Mercosur (América del norte y del sur), o el conjunto China-Corea-Japón en vías de una acelerada integración que irriga su potencia por toda Asia del sur y del este.

Y tal vez mañana, el conjunto europeo pueda integrarse con el sur, mediterráneo, incluso sahariano, para la gran recomposición regional que se impone. Es, en efecto, escandaloso que el proteccionismo agrícola, por ejemplo, trate casi sin distinción a los aliados naturales e históricos en África y a los países con los cuales tiene grandes intereses compartidos. Como se habrá comprendido, el proteccionismo es un arma económica, pero también política, que permite dotar a las fronteras de una zona de influencia seleccionada.

No se trata, pues, de ocultarse detrás de muros irrealistas que nadie acepta en una economía mundial integrada, sino, sobre todo, de definir, de común acuerdo, ciertas esclusas: una esclusa no es una presa de embalse, ni una muralla china, es un dispositivo que deja correr el agua, pero con distintos niveles. Una regulación comercial a nivel europeo puede dar protección durante un tiempo, el tiempo para ponerse al nivel asiático: si este período se alarga, la esclusa continuará más tiempo. ¿No queríamos una regulación económica? Aquí hay una. ¿Por qué privarnos de ella? 

La implementación
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La implementación de esta política no debe ser brutal ni grotesca: no se trata de encerrar a Europa, de renunciar a los intercambios y de generar deuda. Hace falta encontrar el buen nivel de protección, con análisis, sector por sector, antes, durante y después de evaluaciones regulares. El proteccionismo no puede ser más que parcial. Debe ser dosificado de tal forma que cada economía pueda beneficiarse de una competencia efectiva y de las ventajas proporcionadas por los intercambios con el exterior. Debe ser concomitante con un librecambio también parcial, al que aporta un límite y un freno.

Cuando se mira con detalle, un cierto número de dispositivos a considerar pueden reagruparse en cuatro sectores: el comercial, el financiero, el industrial y el jurídico. En materia comercial, se podría imaginar una nueva tarifa exterior común en fase experimental. El inconveniente es que se trataría igual a China que a Noruega. Otro problema: es prácticamente imposible proceder a una evaluación de los precios de cada producto en cada país. Las decisiones serían arbitrarias, deberían ser modificadas constantemente y serían muy difíciles de negociar. A continuación, y sobre todo, el sistema de cambios flotantes haría imposible cualquier cálculo de tarifa compensatoria: resultaría complicado determinar la tasa de cambio y de equilibrio entre el dólar frente al euro o al yen.

Probablemente, el sistema más eficaz sería el de las cuotas de importación, solución que preconizaba Maurice Allais. El sistema de contingentes vendidos en subasta es el sistema más fácil de establecer, el más eficaz y el más compatible con los principios generales de una economía de mercado. No implica más que una decisión por producto: determinar la fracción máxima del consumo comunitario de ese producto susceptible de ser garantizada por las importaciones. No habría contingentes para los productos que la comunidad no produzca, por ejemplo, las materias primas, los productos tropicales y los productos artesanales. Para todos los demás, la protección reposaría sobre la venta en subasta de los contingentes por cada producto o grupo de productos.

Dentro de la comunidad, la competencia sería, por supuesto, completamente libre. Este sistema permitiría evitar la desaparición parcial o total de sectores enteros de actividad. No habría ninguna subvención interna. Este sistema no tendría coste presupuestario.

Otra solución es la aplicación de tasas anti-dumping que ya existen para ciertos productos. El principio motivador de esta tasa podría ser extendido para luchar contra el dumping social.

Segunda línea de actuación: la soberanía europea en materia industrial. Podríamos empezar a organizar en el interior de Europa la cooperación entre grandes actores industriales para que se repartan la conquista de los mercados exteriores, conjuntamente. ¿Por qué no imaginar un grupo de la Comisión europea encargado de coordinar los esfuerzos de las grandes empresas europeas a fin de evitar una competencia entre las mismas? ¿Por qué no pueden aliarse, por ejemplo, Alstom y Siemens para evitar la competencia de China? ¿Por qué no pueden aliarse los campeones nacionales de la energía para hacer frente a gran escala a la era del petróleo y prever cooperativamente las consecuencias de la era postpetróleo?

En materia jurídica, por último, hay mucho que hacer para que Europa imponga sus normas, establecer una preferencia comunitaria para los mercados públicos y luchar de manera más eficaz contra la falsificación y la imitación: los falsos productos de lujo, pero también los medicamentos falsos, juguetes o piezas de automóvil, todo ello hace perder más de 300 millardos de euros por año a la economía del planeta (más de 6 millardos a la economía francesa, por ejemplo). Cada año, la falsificación destruye más de 200.000 empleos en Europa. Son trabajos robados. La mayor parte de las falsificaciones viene de Asia, como sabemos, con China a la cabeza. Es hora de que Europa imponga grandes multas a aquellos que toleran este tipo de prácticas.

Se objetará que el sur sufriría con esta elección. No olvidemos que el norte es mucho más “abierto” que el sur y que no puede ampliarse el círculo europeo sino caso por caso. Se dirá también que el auténtico peligro reside en las medidas de represalia: es aquí donde hace falta estudiar la naturaleza de las importaciones en los países emergentes y sus determinantes. Contrariamente a las importaciones en los países desarrollados, lo determinante no es el precio sino la calidad y, en ciertos casos, el hecho de que no haya, simplemente, otras fuentes de aprovisionamiento. China no va a gravar los Airbus en represalia por las medidas proteccionistas europeas, por la simple razón de que no tiene ningún interés en encontrarse frente al Boeing.

Conclusión
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Desde el inicio de la crisis financiera de 2008, los dirigentes de las grandes potencias económicas mundiales no han dejado de adoptar compromisos para luchar contra el proteccionismo. Obviamente, no saben que el proteccionismo de los años 30 del siglo pasado se dirigía principalmente a las materias primas, y que ese proteccionismo era, ciertamente, brutal: un muro, no una esclusa. Deberían, por tanto, recordar y mirar la realidad de frente: nadie tiene interés en el desequilibrio actual, donde los consumidores están en el norte, y los ahorradores en el sur, donde el dumping social y salarial de China y la India hace recaer, sobre los medios más modestos y las clases medias, una amenaza estructural sobre su futuro, cuando ellas son las que constituyen, con toda evidencia, el fundamento social de nuestras democracias. 

La forma en que se trata reducir la crisis es singular: reendeudando el norte –esta vez a los Estados, en mayor medida que los particulares, pero la deuda pública no es mejor que la deuda privada cuando aquella es excesiva– para que puedan seguir consumiendo productos que no producen y que son fabricados en el sur, para mayor felicidad de una nueva élite económica emergente que no ve que este sistema es insostenible. Y no hacen nada, o casi nada, para fomentar el consumo de las clases medias y populares del sur impulsando, por ejemplo, la creación de un auténtico sistema de solidaridad social y generacional en los países emergentes más integrados en la mundialización. Y las desigualdades aumentan, tanto al norte como al sur. Cuando viene la crisis, crece la revuelta.

Para la Unión europea es la hora de tomar conciencia. En plena depresión mundial, en el momento en que se busca desesperadamente un sentido a Europa, la crisis actual puede proporcionar la oportunidad de afirmarse como espacio político hecho a base de solidaridad y de intereses nuevamente compartidos. Aparentemente, todo ello está lejos. En realidad, quizás algo menos: hace falta confiar en la lucidez de las opiniones públicas que reclaman la regulación comercial. Son, con frecuencia, más lúcidas que los responsables políticos. Pero, ¿serán escuchadas? ■ Fuente: Fundación Res Publica