Una feminista contra las derivas del feminismo. Entrevista a Sylviane Agacinski, por Eugénie Bastié


Sylviane Agacinski es una filósofa, feminista y escritora francesa de origen polaco, profesora de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Discípula de Gilles Deleuze, sus trabajos la relacionan con los deconstructores como Jacques Derrida. Como filósofa feminista, Agacinski se identifica con el diferencialismo, una rama importante del feminismo francés, el cual argumenta que la condición humana no puede ser entendida de manera universal sin una referencia hacia ambos sexos. En este sentido se opone al feminismo conductista, el cual basa la liberación de la mujer en la negación de su identidad sexual, siendo su obra más conocida Política de sexos. En 2014, fue una de las firmantes de una carta abierta al entonces presidente de la República François Hollande para exigirle que no admitiera la llamada GPA, un contrato de maternidad subrogada. En ese documento afirmaron que «el contrato de subrogación es contrario al principio de respeto a las personas, tanto de la mujer que lleva al niño como del propio hijo, encargado por otras personas, que se desarrolla en el vientre de la mujer portadora. Los seres humanos no son cosas»

La filósofa se preocupa por la voluntad de hacer desaparecer la alteridad sexual en algunos ámbitos, sobre todo en la parentalidad y la procreación. Ella que teorizó la necesidad de la paridad en la política a finales de los años 90, vuelve para hablar del aumento de la presencia femenina en los medios de comunicación, nuevo reto de la igualdad. Pero advierte contra la ruptura que constituye la “queer theory” que desconecta totalmente el género del sexo, en relación al feminismo tradicional. Se alegra por la decisión tomada de feminizar los nombres de las profesiones. Finalmente, explica su postura sobre la cuestión del velo recordando que, siempre y en cualquier lugar, el velo ha representado una sumisión a la autoridad masculina.

Según una investigación reciente, las mujeres representan en televisión y en la radio algo menos de un tercio del tiempo de palabra. ¿Hay que seguir imponiendo la paridad?

En el ámbito mediático, es decir, en el que hay cierto poder intelectual, la presencia de las mujeres ha crecido de manera espectacular. Pero esto es gracias a los objetivos que se fijan las cadenas, y no a una ley de paridad. En el ámbito político, en 1996 alrededor del 95% de los parlamentarios eran hombres. La paridad de candidaturas, impuesta aquí por ley en las listas, ha permitido corregir ese cuasi-monopolio masculino de la representación democrática.

En una concepción universalista y republicana, ¿no es la paridad una forma de carta blanca para actuar?

No, es una manera de construir una democracia mixta, como lo es toda nación. Ni la República ni la democracia nacieron de repente universalistas. El sufragio llamado “universal” fue, primero, exclusivamente masculino. Cuando Tocqueville cita a los excluidos del sufragio en la democracia americana (esclavos, indigentes, sirvientes) no se acuerda ni siquiera de mencionar a las mujeres. La igualdad democrática había sido establecida únicamente entre los hombres.

En 1887, el Tribunal Supremo en Francia recordaba tranquilamente a las mujeres que reclamaban el derecho de votar y ser elegibles que la ciudadanía siempre había estado reservada a los “ciudadanos de sexo masculino”. La igualdad de sexos en la vida política parecía entonces inimaginable, ya que las mujeres estaban todavía estrictamente sometidas a la autoridad marital. La subordinación social de las mujeres estaba atada por la familia. Es por lo que algunos parlamentarios proponían dejar votar a las solteras y a las viudas… La igualdad entre hombres y mujeres no es posible salvo si es asegurada también, legalmente, en la esfera privada.

¿Hay que llegar hasta el punto de querer convertir los comportamientos individuales en el interior de un hogar?

No, no hay que llegar ahí ya que, en la esfera privada, todo no se regula con leyes, afortunadamente. Yo añadiría que lo más tremendo, hoy, es la dominación que la economía tiene a ejercer sobre el conjunto de los individuos en nombre del crecimiento, de la competitividad y de la carrera sin fin por conseguir mayor beneficio. La vida de todos está amenazada cuando se la convierte en “recurso” y en “capital humano”. Al mismo tiempo, existen formas de dominación específicas sobre el cuerpo femenino: presión de las empresas para retrasar la maternidad, por ejemplo, o formas organizadas de mercantilización del cuerpo femenino.

En su libro Mujeres entre sexo y género de 2012, usted criticaba la “queer theory” que pretende eliminar cualquier distinción entre sexo y género. ¿La indiferenciación de los sexos es una desviación del feminismo?

Sí, pero nuestra época vive esto con un doble movimiento paradójico. Por un lado, no se ha hablado nunca tanto de las mujeres y atacado los sexismos con la paridad, la lucha contra la violencia sexual y conyugal, los esfuerzos por reducir las desigualdades económicas de género y la feminización de los nombres de las profesiones. Este movimiento prolonga lo que los antropólogos y sociólogos han comenzado con la crítica del género como “sexo social” (el estatus social y los atributos culturales de hombres y mujeres en una sociedad). Se trata de disolver la jerarquía social y simbólica entre hombres y mujeres.

Por otro lado, con la “queer theory”, extraída de los trabajos de Judith Butler, el género ha tomado un sentido nuevo: es una identidad personal construida sobre las prácticas sexuales de cada uno con independencia de la diferencia sexual hombre/mujer; por ejemplo, la identidad homosexual, bisexual, transexual o transgénero. Esas distinciones tienen su pertinencia, pero no pueden borrar ni reemplazar la distinción de sexo. Al contrario, la confirman ya que no tendría sentido llamarse bisexual, por ejemplo, si no hubiera, por lo menos, dos sexos. Al mismo tiempo, si las palabras heterosexual, homosexual o transexual tienen un sentido es porque el otro sexo está siempre presente. Es decir, si se elimina la categoría de las mujeres, no se puede analizar ya las formas de alienación o de violencias que afectan a las mujeres como tales. De ahí la ruptura del pensamiento queer con el feminismo.

¿De dónde viene esta noción de género?

Para comprenderla, hay que situarse en los trabajos de Money y de Stoller sobre el síndrome transexual, en los años 1950, es decir, sobre el desajuste doloroso sentido por una persona entre su sexo de nacimiento y el sentido. Se llamó entonces “identidad de género” a esta identidad de orden psíquico o, si se quiere, mental. Con Butler, esta identidad se ha convertido en teatral o de performance: mi género, es lo que juego a ser o lo que yo digo que soy.

La sobrevalorización de la cuestión transgénero en algunos progresistas, ¿no consiste en la voluntad de liberarse de cualquier determinismo, incluso el biológico?

El deseo de determinar por uno mismo su género traduce, en efecto, una voluntad de escapar a los límites de nuestra condición humana: la de un ser carnal y viviente, para quien el sexo y la muerte significan su finitud. Desde la aprobación del matrimonio para las parejas del mismo sexo, nuevas demandas societales traducen una aspiración a sobrepasar el rol de la alteridad sexual en la procreación. Parejas de homosexuales y personas solteras piden poder recurrir a la procreación médica asistida (PMA), hasta ahora destinada a resolver los problemas de infertilidad de origen médico.

Concretamente se trata, para las mujeres, de acceder a la inseminación artificial con donante o, para las parejas de mujeres, a la fecundación in vitro (si una quiere donar sus ovocitos y la otra asumir el embarazo). En este caso, para respetar los derechos del menor, no se podría mantener el anonimato del don de gametos. Para cierto militantismo homosexual masculino, se trata de hacer reconocer la legalidad de recurrir a una madre de sustitución en el extranjero, esperando que esta práctica sea legalizada en Francia, con menosprecio de los derechos fundamentales del ser humano.

Precisamente, algunos diputados han propuesto reemplazar las palabras “padre” y “madre” por “progenitor 1” y “progenitor 2” para responder a una petición de algunas asociaciones que representan a familias homoparentales. ¿Qué piensa usted sobre esto?

Esta proposición respondía quizás a la voluntad de neutralizar la relación padre-madre, es decir, el rol asimétrico de los dos sexos en cualquier procreación, y de sustituirla por la palabra neutra “progenitor”. De ahí el eslogan: “Dos progenitores, suficiente”. En realidad, dos progenitores del mismo sexo no son suficientes, en cualquier caso, no para tener un hijo. Hace falta la participación de una tercera persona. En California, este cuerpo humano por parcelas se ha convertido en un recurso biológico disponible en el mercado. Este sistema es difícil de transponer en nuestro derecho.

¿Por qué es importante conservar las palabras “padre” y “madre”?

A los filósofos les gusta decir, como a Hegel, que “es en las palabras donde pensamos”. Pero las palabras tienen el poder ambiguo de mostrar lo real, o de disimularlo. La distinción léxica entre padre y madre viene del hecho de que una palabra no puede sustituir a la otra ya que sus roles no son equivalentes.

La Academia francesa ha aceptado la feminización de los nombres de las profesiones. Visibilizar lo femenino en el lenguaje, ¿puede tener realmente un impacto en la condición de las mujeres?

Yo diría más bien que la lengua se adapta a las transformaciones sociales y a las mentalidades, más que cambiarlas directamente. Los académicos escribían en 1961: “Las mujeres han conquistado su posición y situación en la política, la administración, la industria, el comercio, el deporte y en otros lugares, por lo que habrá que feminizar lógicamente los nombres que correspondan” [...] Digamos que la feminización de los nombres no tiene un efecto mágico sobre el lugar de las mujeres: a la inversa, su promoción efectiva pone en valor lo femenino en la sociedad y en el lenguaje. Ocupando numerosos puestos importantes en la sociedad, las mujeres han dado lustre al género femenino en la lengua.

Cierto pero, ¿no se tiene todavía necesidad del masculino neutro, por la belleza de la lengua?

No seamos ingenuos: el masculino llamado genérico o neutro, capaz de expresar lo masculino o los dos géneros (como lo era la palabra “hombre”), guarda la huella de los orígenes filosóficos y teológicos de nuestra cultura. El hombre ha encarnado desde siempre, en nuestra civilización y más allá, el género humano por excelencia. Dicho esto, al no disponer nuestra lengua del género neutro, es cierto que necesitamos el masculino genérico, por ejemplo, para nombrar una función con independencia de aquel o aquella que la ejerce. También necesitamos términos neutros como “contribuyente” aunque solo sea para los textos reglamentarios y legislativos. Se respeta así cierta economía del lenguaje. Lo que importa, en el uso eventual del masculino neutro, es el sentido de la frase y su contexto. Hagamos un buen uso del género femenino, y espero que se me comprenda. Yo no insistiré en el lenguaje inclusivo ya que, para mí, la causa está archivada: es un lenguaje oralmente impracticable.

La cuestión del velo parece dividir más que nunca al movimiento feminista. ¿Qué nos puede decir sobre este debate?

Se dice a menudo que el velo busca esconder a las mujeres o, por lo menos, el cabello pero, al mismo tiempo, las hace visibles, visibles como musulmanas. Sucede entonces cierta segregación en la vestimenta. En el caso del velo especial vendido para corredoras, la marca Decathlon pretendió participar en la “democratización del deporte”. Sí, en los países donde el velo es obligatorio, se podría entender que ese complemento contribuya a la emancipación de las mujeres al permitirles hacer deporte. Pero no es así en Europa.

La laicidad impone el respeto de las convicciones y de las prácticas religiosas, pero ninguna religión puede cuestionar la igualdad entre los dos sexos, ni imponer una condición de vestimenta que permita el acceso de las mujeres a una actividad. Este principio no es negociable. Sabiendo que, siempre y en todas partes, el velo ha sido un signo de sumisión de las mujeres a la autoridad masculina, y no al poder divino: en las culturas paganas, en la Roma antigua, e incluso entre los primeros cristianos. La lógica de Decathlon, en este caso, era puramente comercial: ya que había demanda, el mercado intentó satisfacerla, sin realizar otras consideraciones. Me parece positivo que la opinión pública se movilizara en contra de su comercialización, pero a condición, una vez más, de no cuestionar la libertad religiosa. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Le Figaro