Contra la revolución vegana, por Mathieu Bock-Coté


El tema es de actualidad: ¿hay que convertirse en vegano? Los medios insisten mucho en el asunto, en todo caso, anunciándonos que la revolución vegana no ha hecho más que comenzar.

Lo sabemos, la dieta vegana se basa en la exclusión de productos de origen animal de nuestras comidas. ¡Adiós a la ternera, adiós al cerdo, adiós al queso, adiós a los huevos! Si se tratara simplemente de un régimen alimenticio como existen otros, podríamos decir: ¡buf! ¡Que cada uno coma como quiera! Podríamos incluso concederle ciertas virtudes a esta dieta, y encontrar algunas razones para cambiar nuestros hábitos alimenticios. ¡Ya lo he probado y no me pasado nada!

Pero el veganismo no es solo una dieta; es una ideología y una doctrina política. Los que se unen enseguida se convierten. Entran en la religión. Y, también hay que decirlo, muchos caen en el fanatismo. Para ellos, la carne pertenece a la prehistoria de la humanidad, y se comprende entonces que los que la comen no están lejos de la barbarie. El carnívoro se convierte en el primo del caníbal.

La dieta vegana no es solo un posible régimen, sino que es el único compatible con el futuro de la humanidad. Razones éticas y climáticas deberían conducirnos a él imperativamente.

Si muy a menudo los veganos me exasperan no es a causa de lo que comen, sino por su manía de culpabilizar a aquellos que no se someten a su forma de comer. La lucha contra el sufrimiento animal es esencial, pero no debería confundirse con el rechazo a los productos animales.

¿Cómo no ver en esta revolución una forma de puritanismo, como si la humanidad, para lavar sus pecados, debiera tener como objetivo una existencia aseptizada? La persona se aburre sin grandes proyectos colectivos, por lo que politiza su vida cotidiana. Y ahora quiere convertirse en un ángel.

Hay que defender nuestras comidas como si fueran una forma de vida, una tradición viviente, un saber elaborado a lo largo de los siglos para descubrir y conservar los sabores. Los grandes platos de cada país pertenecen a los tesoros de la Humanidad. Chesterton decía que “lo más valioso y lo más querido ante nuestros ojos es el hombre, viejo bebedor de cerveza, hacedor de religiones, pecador, sensual, respetable”. Quien come sin entusiasmo me es sospechoso. No hay nada más bello que un banquete donde los amigos festejan algo alrededor de unas carnes a la parrilla bien condimentadas.

Y ya que estamos metiendo la política en el plato, ¿por qué no hacer frente común contra la comida basura que envenena nuestra civilización? En lugar de luchar contra la cocina europea y sus delicias refinadas, podríamos movilizarnos contra la americanización de nuestras comidas.

Y ahora, ¡pasemos a la mesa!