Librecambismo vs. proteccionismo, por Alain de Benoist (y II)


Desde que la crisis económica mundial estalló, todos los dirigentes del planeta afirmaban estar prestos para adoptar “drásticas” medidas para hacer frente a la “urgencia” y gravedad de la situación. Pero al mismo tiempo, declaraban, en una especie de competición, que no hacía falta cuestionar el principio de la globalización, sino al contrario, luchar contra toda forma de proteccionismo. 

La razón principal de tal actitud es que ellos creían que la crisis se reduciría a un desequilibrio financiero que sería suficiente purgar para garantizar un retorno a la normalidad, cuando la crisis resultaba también de la economía real y derivaba de la naturaleza misma del sistema económico dominante.

Denunciado por los jefes de Estado y de gobierno, el proteccionismo es igualmente rechazado ‒con la excepción del Front National‒ tanto por la derecha, como por los liberales, que son fieles al dogma librecambista, pero también por una gran parte de la izquierda y de la extrema izquierda, trotskista en particular, para la cual la problemática de la protección choca plenamente con sus convicciones mundialistas (En las últimas elecciones europeas, como señalaba Jacques Sapir, el partido de Olivier Besancenot fue el único que rechazó entrar en un debate sobre esta problemática, mientras que el partido socialista, que creía poder resolver los problemas limitándose a militar por una “Europa más social”, consideraba que el proteccionismo era un tema tabú).

De manera más general, es toda la Nueva Clase, de derecha o de izquierda, la que no deja de tronar contra la “amenaza proteccionista”; las simples palabras de “barreras”, “protección”, “regulación”, etc., devienen para ella en sinónimos de recesión y repliegue, de “nacionalismo”, incluso de xenofobia. Evidentemente, para la ideología librecambista, el proteccionismo es el mismo diablo. Y esto va mucho más allá de la simple economía. Desde un punto de vista simbólico, en efecto, el proteccionismo es la frontera contra los flujos ilimitados, la mesura contra la desmesura, el elemento “terrestre” contra el elemento “líquido”.

«La negativa a identificar el librecambio como causa de la tormenta actual, escribe Jacques Sapir, muestra que sus partidarios han salido del universo de la reflexión para entrar en el del pensamiento mágico». En Francia, Jacques Sapir es, en la actualidad, probablemente, el que defiende con más vigor un retorno al proteccionismo. No es el único. Emmanuel Todd, que ya había denunciado el librecambismo en “La ilusión económica”, desarrolla nuevamente los mismos argumentos en su libro “Después de la democracia”. A ellos se unen, en la defensa del proteccionismo, Hakim El Karoui y Jean-Luc Gréau. El Karoui, Sapir y Gréau estuvieron presentes en el coloquio sobre la crisis del librecambismo mundial organizado por la Fundación Res Publica el 27 de abril de 2009, en París, bajo la presidencia de Jean-Pierre Chevènement. Algunos economistas de renombre internacional, incluso, han comenzado a adherirse a la idea de protección, tales como el neoclásico Paul Anthony Samuelson, que ha observado recientemente que el caso chino ha convertido en inoperante la vieja teoría de las ventajas comparativas de Ricardo. En cuanto a la opinión pública, todas las encuestas realizadas en los últimos años muestran que el proteccionismo tiene el apoyo de una mayoría de europeos, particularmente en Francia, donde el 73% de la gente piensa que la mundialización representa una amenaza para el empleo. «El estado de ánimo generalizado está mayormente por el proteccionismo», señalaba ya hace unos años el periódico Les Echos.

«A contracorriente de todo el pensamiento liberal, observa Laurent Cohen-Tanugi, la mundialización es hoy indisociable de un fuerte retorno de la geopolítica, de las estrategias de poder, de los nacionalismos, incluso de los imperios históricos (…) Este retorno está lleno de consecuencias. Ideológicas: en primer lugar, la despolitización de los movimientos económicos, dogma de la mundialización liberal desde la década de los años 1980, se enfrenta de manera creciente a la geopolitización del espacio económico mundial resultante del despegue económico de las naciones-continentes legítimamente animadas por una ambición estratégica».

Los argumentos antiproteccionistas no se renuevan demasiado. El proteccionismo es siempre acusado de fomentar el “aislacionismo”, de entrañar una contracción del comercio mundial, de crear situaciones provisionales, situando en su lugar sistemas de producción artificialmente protegidos de los efectos positivos de la competencia, de debilitar el poder de adquisición de los más pobres por el hecho del alza de los precios de los productos protegidos, etc. Pero el gran argumento es de orden histórico: encaja en una evocación sesgada del proteccionismo puesto en marcha en los años 1930, pretendiendo que sus medidas agravaron los efectos de la depresión de 1929 y que, finalmente, desembocaron en la guerra. La crisis actual, siendo comparable, por tanto, a la de 1929, impondría automáticamente la lección.

En los Estados Unidos, en junio de 1930, la adopción por el Congreso de la célebre ley de Smoot-Hawley, que fue promulgada por el presidente Herbert Hoover el 17 de junio de 1930, había entrañado la instauración de tarifas aduaneras de hasta el 52% sobre más de 20.000 productos. Tres años más tarde, la producción total del país había caído en un 27%, mientras que las importaciones se redujeron en un 34% y las exportaciones en un 46%. Más de 60 países habían elevado inmediatamente sus aranceles aduaneros, o instaurado cuotas de importación. El volumen global del comercio internacional cayó el 40% entre 1929 y 1932. Los economistas liberales concluyen que estas medidas agravaron la crisis: el cierre de las fronteras habría provocado la implosión del comercio mundial, además de conducir a la guerra. Esta es la razón por la que el proteccionismo fue también duramente estigmatizado en la conferencia de Bretton Woods, en julio de 1944, que sentó las bases del librecambismo después de la guerra.

Esta evocación, decíamos, es sesgada. Esto lo había demostrado ya Paul Bairoch que, en los “Mitos y paradojas de la historia económica”, indicaba que el comercio internacional era, en esa época, retraído con menos rapidez que la producción de los países afectados, y que esta retracción no podía haber sido la causa de la depresión. El autor recuerda que, “en la historia, el librecambio es la excepción y el proteccionismo la regla”. La misma demostración fue hecha más recientemente por Jacques Sapir en un texto datado el 8 de enero de 2009 titulado: “La crisis actual, ¿conducirá a la guerra? Falsas y verdaderas lecciones de los años 1930”. Sapir recuerda que «lo esencial de la contracción del comercio se juega entre enero de 1930 y julio de 1932, ya sea con la puesta en marcha de medidas proteccionistas, incluso autárquicas, en ciertos países». Además, si la parte de las exportaciones de mercancías en el PIB de los grandes países industrializados pasó efectivamente del 9,8% al 6,2% entre 1929 y 1938, hay que recordar que era del 12,9% en 1913. Los partidarios del librecambio olvidan también que, en los años 1930, los intercambios internacionales se hacían principalmente sobre materias primas, que representaban entonces las dos terceras partes del comercio mundial, mientras que hoy, las dos terceras partes del comercio mundial se efectúan sobre productos manufacturados. En efecto, las causas reales del colapso del comercio internacional de los años 1930 fueron, no el proteccionismo, sino el alza brutal de los costes del transporte y del ferrocarril, la desorganización generalizada del sistema financiero que continuó con la acumulación de devaluaciones “competitivas” decididas después del fracaso de la conferencia de Londres de 1933, y la contracción de la liquidez internacional (que cae al 35,7% en 1930 y al 26,7% en 1931) que entrañó una crisis de la demanda conducente a lo que Keynes llamaba el “equilibrio del infraempleo”. Respecto a la ley Smoot-Hawley, ésta no hizo sino aumentar el nivel de proteccionismo en el mundo.

Es, por otra parte, la observación de esta crisis de los años 1930, que provocó la constatación de la importancia de alimentar la liquidez del sistema internacional, la que condujo a Keynes, hasta entonces mayoritariamente favorable al librecambio, a considerar que éste había agotado su contenido positivo y a pronunciarse cada vez más claramente en favor del proteccionismo, especialmente en su célebre artículo de 1933, “Autosuficiencia nacional”. Keynes escribió: «El capitalismo internacional decadente, pero individualista, en cuyas manos hemos caído después de la (Gran) guerra, no es un éxito. Tampoco es inteligente, no es bello, no es justo, no es virtuoso –y tampoco produce más bienes».

La producción americana en 1938 era todavía inferior a la de 1929. Fue, ahora lo sabemos, el esfuerzo bélico el que permitirá relanzar la máquina, al precio, por otra parte, de una explosión de la deuda pública, que no dejará de aumentar. Aquí podemos preguntarnos si no es, en primer lugar, la obstinación de la Forma-Capital en desplegarse en el registro de lo ilimitado lo que nos arriesga a desembocar hoy en una guerra. Viendo, en efecto, un momento en que el capital se enfrenta a la baja tendencial de su tasa de beneficio y a la imposibilidad de asegurarse nuevas ganancias, no hay que rechazar que considere la guerra para encontrar un nuevo estímulo en la producción de armamentos, para después encontrarlos en la reconstrucción posbélica de las destrucciones operadas durante el conflicto. 

Otra táctica de los librecambistas consiste en denunciar el proteccionismo a escala nacional. Ellos no hicieron mal en demostrar lo que hoy sería imposible implementar por ser totalmente ineficaz. Los Estados-nación, en términos de flujos financieros y de intercambio de mercancías, no están a la altura de la economía mundial. No siempre ha sido así. En el pasado, el proteccionismo fue, sin duda, una necesidad para los países emergentes deseosos de construir, lejos de una competencia que no eran capaces de soportar, una industria destinada, en un segundo período, a afrontar la competencia internacional. Este proteccionismo era el de Friedrich List (1789-1846), uno de sus primeros teóricos. Para List, que no era un antiliberal –sus posiciones se distinguían claramente de las adoptadas antes por Fichte en “el Estado comercial cerrado”–, el proteccionismo representaba un arsenal de medidas transitorias que permitiesen alcanzar el umbral a partir del cual la competencia entre los países podía ejercerse sobre bases no falseadas. Tenía razón: todos los despegues económicos de los grandes países industriales, –comenzando por los Estados Unidos y Japón–, se efectuaron en el marco de mercados protegidos, a partir de los cuales podían ponerse a punto las estrategias de inversión.

Pero esto no significa que el proteccionismo haya sido utilizado sólo a título temporal, y que esté reservado a los países que no pueden todavía permitirse el lujo del librecambio (es, por el contrario, siempre indispensable para proteger a las industrias estratégicas, por ejemplo). Hoy es más bien un proteccionismo a escala continental europea lo que se trata de instaurar. Es lo que permite responder al argumento según el cual el proteccionismo sería actualmente “imposible”, porque no existe prácticamente ningún producto estrictamente nacional en razón de la fragmentación internacional de los procesos de producción y de la distribución geográfica de la externalización, que hacen que tal o cual pieza de un automóvil o de un avión esté fabricada en un país, igual que otra lo está en un país distinto, etc.

Una esclusa no es una presa: no impide que el agua pueda discurrir, pero permite establecer un nivel, es decir, una regulación. El proteccionismo, igualmente, no es la autarquía. No consiste en establecer murallas infranqueables que transforman los Estados en ciudadelas impenetrables. En una Europa amenazada por la deflación salarial y las deslocalizaciones, el primer objetivo del proteccionismo sería permitir que la demanda se recuperase y se redireccionase. Sólo una Europa protegida puede, en efecto, relanzar la demanda por los salarios. Como escribe Jacques Sapir, «aumentar los salarios sin tocar el librecambio es, o bien una hipocresía, o bien una estupidez». Se trata, para Europa, de convertirse en un espacio de regulación económica, protegiéndose de los efectos más nefastos de la mundialización económica y financiera, de las consecuencias del dumping y de las deslocalizaciones hacia los países con bajos salarios, así como imponiendo en los intercambios internacionales una regla de reciprocidad. 

Sólo un sistema de protección comercial y de “derechos compensatorios” puede poner término a la desvalorización y la infrarremuneración del trabajo y hacer remontar la demanda interior, controlando los intercambios de bienes y servicios de tal forma que las economías europeas dejen de estar penalizadas por las facilidades ofrecidas a los países donde las condiciones sociales y medioambientales de producción son radicalmente diferentes a las nuestras. El aumento de los salarios y el impulso de la demanda por el consumo sólo pueden resultar de la adopción de medidas de protección aduaneras, compensando, al mismo tiempo, las pérdidas que, eventualmente, pudieran resultar del cierre frente a ciertos mercados extranjeros.

En materia comercial, podemos ciertamente imaginar una nueva tarifa aduanera común, pero este sistema corre el riesgo de enfrentarse a la dificultad de fijar el nivel exacto de las tarifas compensatorias en un sistema de cambios flotantes como el actual: la tasa de cambio entre el dólar, el euro y el yen varía constantemente, por lo que un derecho aduanero sobre los productos importados podría ser rápidamente laminado. Esta es la razón por la que el mejor sistema, preconizado por Maurice Allais, es el de cuotas de importación, eventualmente acompañado de sistemas contingentes de ventas y pujas. A partir del momento en el que los fabricantes de la industria textil china superasen su cuota de importaciones, por ejemplo, ellos deberían pagar una cierta suma de dinero a la Unión Europea o trasladarse a Europa para crear empleo. Otra solución: el establecimiento de una tasa anti-dumping, como la que ya existe para ciertos productos (las bicicletas importadas de China, por ejemplo).

Pero las medidas proteccionistas no se reducen a las tarifas aduaneras y a las cuotas de importación. Pueden también comprender leyes que limiten las inversiones de las empresas extranjeras, subvenciones a los productores o a los compradores, devaluaciones, medidas sociales o fiscales, instauración de normas técnicas y sanitarias, cláusulas de salvaguardia, etc. Para remediar la heterogeneidad de las economías nacionales en Europa, Jacques Sapir preconiza igualmente un retorno a las medidas monetarias compensatorias adoptadas en los años 1960, lo que permitiría crear fondos de convergencia social y ecológica en el seno de la Unión Europea.

El proteccionismo, en fin, debe ir más allá de las medidas puramente negativas. Puede, en primer lugar, ayudar a la relocalización de la producción, a una mayor proximidad de los mercados que disminuya los costes financieros y los riesgos medioambientales que hoy agravan una producción segmentada a nivel planetario (la totalidad de los condimentos consumidos en Francia son producidos en la India, las fresas chinas son mucho más baratas que las producidas en Périgord, pero exigen 20 veces más de su equivalente en petróleo), lo cual puede permitir también un mayor control de la calidad de los productos. Puede también favorecer la puesta en marcha de una auténtica soberanía europea en materia industrial, gracias a un reforzamiento de la cooperación entre los grandes actores industriales, que podrían así adoptar estrategias comunes en materia de producción y de conquista de mercados exteriores. El proteccionismo, en una palabra, es la adopción de la preferencia comunitaria europea en todos los dominios. 

El objetivo es generalizar el principio de las economías autocentradas y «regular los intercambios comerciales imaginando grandes zonas geográficas de suficiente amplitud para evitar la creación de situaciones de deuda y recesión, –el riesgo del proteccionismo–, haciendo de ello una forma de organizar el mundo». Hay, evidentemente, una gran coherencia entre un proteccionismo organizado a escala continental y el advenimiento de un mundo resueltamente multipolar donde los diferentes polos jueguen también un rol de regulación por relación a la globalización en curso. El proteccionismo, en este sentido, no es solamente un arma económica, sino también un arma política, que permite dotar de fronteras a una zona de influencia o a un bloque de cultura o civilización. Como ha escrito Raphaël Wintrebert, «las políticas comerciales son, ante todo, políticas y no pueden ser reducidas a las cuestiones técnicas reservadas a los expertos».

La adopción de estas medidas no plantea técnicamente ningún problema particular. Pero se enfrenta a la ausencia total de voluntad de la mayor parte de los dirigentes europeos. Es, en efecto, en el seno de la Comisión europea, igual que en el seno de las empresas multinacionales, de la Banca mundial y del FMI, donde se encuentran los partidarios más convencidos del librecambismo. Si exceptuamos la política agraria común, Europa es hoy “el continente librecambista en un mundo proteccionista”. Esta orientación librecambista domina desde el principio, puesto que el tratado de Roma de 1957 preveía ya la “supresión progresiva de las restricciones a los intercambios internacionales”. El tratado de Ámsterdam de 1997 fue más lejos al derogar el único artículo del tratado de Roma que hacía referencia a la “preferencia natural”. Hoy, la “preferencia comunitaria” contradice, al mismo tiempo, las disposiciones de los tratados y los compromisos adoptados después por la Organización mundial del comercio. Esto es lo que explica que Europa, estos últimos años, haya sido el mejor alumno del librecambismo preconizado por la OMC: en el seno de la Unión Europea el total de derechos de aduana no representa más que un 2% del valor total de los intercambios (en los que, por solo citar un ejemplo, resulta un déficit comercial con China superior al 80%). La doctrina oficiosa de la Unión Europea es la de consentir la desaparición de un cierto número de industrias con fuerte poder de empleo para concentrarse sobre las industrias de alto valor añadido, pero que no utilizan sino a un pequeño número de empleados. En estas condiciones, los empleos obtenidos en los sectores innovadores no pueden, evidentemente, compensar los empleos perdidos en los sectores abandonados. Esta es la razón por la que la Unión Europea siempre ha sido incapaz de distinguir claramente entre actividades mercantiles y no mercantiles, y de determinar si ella debe o no protegerse contra una competencia que se torna destructiva para los Estados miembros. Más sorprendente, incluso, cuando su industria se reduce drásticamente y sus clases medias caen en la pobreza.

Emmanuel Todd no duda en decir: el futuro será el proteccionismo o el caos, –o el proteccionismo sucediendo al caos. Jean-Luc Gréau afirma por su parte: «El retorno de un nuevo proteccionismo es inevitable». Jacques Sapir escribe: «Frente a la crisis que se desarrolla actualmente, la combinación de proteccionismo y de un retorno a los sistemas de control sobre los capitales, estableciendo la convertibilidad de las monedas sobre la base de las transacciones comerciales de bienes y servicios, aparece como la base de toda solución, como fue el caso después de la crisis de los años 1930. Pero, como en 1944, tal posición no puede sino encontrar la oposición de los Estados Unidos (…) La defensa de la soberanía económica no es compatible con los objetivos de la política americana (…) No hay posibilidad de reforma y de salir de la crisis sino sobre la base de un enfrentamiento con la política americana».

Todos esos espíritus convencidos con los que cuenta la Nueva Clase continúan arremetiendo contra el diablo proteccionista, regularmente descrito como la “peor de las soluciones” (Jean-Marie Colombani) y el “veneno mortal de la economía” (Claude Imbert). Observando esta unanimidad, Emmanuel Todd no hace mal en mostrar que el auténtico obstáculo al proteccionismo reside finalmente en un estado mental ideológico, que no podemos calificar sino de liberal-libertario: narcisismo, individualismo, obsesión por el dinero, desprecio por el pueblo. «Para mí, declara, el ultraindividualismo, ese que no es sino una adhesión primordial a la economía de mercado, en el rechazo a todas las barreras aduaneras, es una adhesión a la idea del individuo-rey absoluto, a la idea de que está prohibido prohibir, a ese fenómeno de narcisización de los comportamientos analizado por Christopher Lasch, una cosa extremadamente masiva y difusa a la vez (…) El gran factor pesado y negativo es esta atomización, esta narcisización de los comportamientos, ese sesgo tan pesado contra la acción colectiva». Pero este individualismo es, de hecho, un individuo-universalismo, y el universalismo está también en consonancia con el librecambismo, en el que las naciones y los países serían inevitablemente “superados”. Todd observa igualmente: «Sobre el plano internacional, el universalismo y el antirracismo tienen una relación con la dominación del librecambio, una relación directa. La idea de apertura, de superación de todas las diferencias, conduce a lo mismo».

La regulación proteccionista no es, ciertamente, sino un correctivo y una variante de la economía de mercado, no una alternativa a esta economía. No cuestiona fundamentalmente todas las prerrogativas del capital ni las relaciones de poder en las empresas. El proteccionismo es, por esta razón, un reformismo. En las condiciones presentes, sin embargo, es impulsado por el deseo de evitar lo peor. Fuente: Krisis