¿Islamofobia? ¡Una palabra trampa! Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier


La islamofobia, palabra reciente y bastante confusa, tiende a invadir el espacio público. Incluso ya está en el diccionario, Pero, en el fondo, ¿qué es lo que quiere decir?

En sentido estricto, el término hace alusión al temor o a la repulsión (phobos), pero la ideología dominante prefiere inclinarla hacia la detestación y el odio. Entre el miedo contagioso y el odio que genera más odio, falta evidentemente un término para designar el efecto de reciprocidad. Dicho esto, hay gente, por supuesto, que odia, por principio, al islam y todo lo que con él se relaciona, y sus obsesiones convulsivas inundan cada día las redes sociales. Pero, en realidad, la denuncia contemporánea de las “fobias” forma parte, sobre todo, de una táctica bien programada consistente en usar una palabra-trampa para desarrollar una retórica lacrimógena, deslegitimar radicalmente ciertas posiciones y situar en otra dimensión a todos aquellos que se adhieran a la misma. Esto vale tanto para la islamofobia como para la homofobia, la ginofobia, la judeofobia, la catofobia, la americanofobia, la transfobia, la obesofobia, etc.  

En el caso de la denuncia de la islamofobia, se trata, en primer lugar, de representar toda crítica, incluso las moderadas, del islam como algo moralmente insoportable, políticamente odioso y penalmente punible. Según la Comisión nacional consultiva de los derechos humanos, los franceses serían islamófobos en un porcentaje del 86% en lo que respecta al uso del velo integral, pero solamente el 24% en cuanto al ayuno del ramadán (no se precisa si la islamofobia baja todavía más respecto a las bonitas jóvenes de origen magrebí). En un reciente libro, “Islamofobia: intoxicación ideológica”, Philippe d´Iribarne muestra perfectamente que el uso de esta expresión tiene dos objetivos: convencer a los musulmanes de que son objeto de una discriminación omnipresente y que, por tanto, son víctimas (hoy, todo pasa por la “victimización”) e inculcar en los europeos un sentimiento de culpabilidad que les hace incapaces de ver la realidad tal y como es.

Si pensamos, por ejemplo, que hay una relación necesaria entre el islam y el yihadismo, puesto que es de Alá de quien se reclaman los terroristas islámicos, y no de Júpiter o de Buda, entonces se hace una amalgama y un llamamiento al odio contra los musulmanes. Nos encontramos así frente a dos bandos: aquellos para los que nada tiene que ver el islam con el yihadismo, y aquellos otros para los que todo se explica a través del Corán. Y aquellos que, como es mi caso, consideramos que ninguna religión debe estar estatutariamente al abrigo de la crítica (vale lo mismo para las religiones seculares como la religión de los derechos humanos, la religión del progreso o la religión del dinero), nos encontramos sometidos a la obligación de elegir entre dos eslóganes tan simplificadores como inaceptables.  

El llamamiento de Christchurch, lanzado por jefes de Estado y grandes empresarios después de la masacre de 51 musulmanes por Brenton Tarrant en dos mezquitas neozelandesas, ¿es un ejemplo de detestación radical del islam inspirado en los actos de Anders Behring Breivik?

Que yo sepa, Breivik nunca asesinó a un musulmán, sino que lo hizo con sus compatriotas, a los que consideraba favorables a la inmigración. En cuanto al ejemplo seguido por Brenton Tarrant, seguramente habría que buscar en otro sitio.

El 25 de febrero de 1994, un extremista judío ortodoxo llamado Baruch Goldstein irrumpía en la tumba de los Patriarcas en Hebrón y masacraba, con un fusil de asalto, a 29 musulmanes palestinos que se encontraban rezando, hombres mujeres y niños, hiriendo más o menos gravemente a otros 125. Este gesto me parece muy comparable al de Brenton Tarrant. La diferencia es que, hoy, el nombre de Brenton Tarrant es odiado en todo el mundo, mientras que en Israel, la tumba de Baruch Goldstein se ha convertido en un lugar de peregrinaje para un buen número de colonos israelitas que lo consideran como un “héroe”. Hay un llamamiento de Christchurch, pero nunca habrá un llamamiento de Hebrón.

Hablar de islamofobia en lugar de hostilidad o detestación a los musulmanes, ¿cambia algo?

Lo cambia todo. Cada cual tiene sus predilecciones y sus detestaciones, racionales o irracionales, simpáticas o antipáticas, justificadas o perfectamente injustificadas, pero cada cual debería tener el derecho a expresarlas libremente, lo que no implica, evidentemente, que puedan compartirse. La fobia, considerada por Freud como el síntoma de una “histeria de angustia” y frecuentemente asociada a la neurosis, es un término de psicología clínica. Calificar una actitud de detestación como una “fobia” equivale a medicalizar lo que no es, en definitiva, más que una opinión (que puede juzgarse, ella misma, como detestable). La consecuencia perversa es que, desde ese momento, resulta imposible demostrar su falsedad: no se impugna ni refuta una enfermedad. Se la combate. Es lo mismo que sucede cuando, en lugar de medicalizar, se opta por criminalizar. Desde el momento en que se afirma que tal o cual opinión no es una opinión, sino un crimen, se prohíbe, de un solo golpe, refutarla, porque no se argumenta contra un crimen. En ambos casos, el debate es imposible y la libertad de espíritu queda escamoteada. Fuente: Boulevard Voltaire