¿Conservadurismo liberal o populismo conservador?, por Frédéric Pichon


La debacle de Los Republicanos, el partido liberal-conservador francés, en las elecciones europeas, revela sustanciales contradicciones e importantes interrogantes: entre una corriente conservadora y soberanista moderada y una corriente mundialista, libertaria y compatible con La República en Marcha de Emmanuel Macron. No se trata de una simple disputa de “egos”, sino de incompatibilidades de fondo.

Ejemplo. Nicolas Sarkozy resultó elegido siguiendo la línea anti-sesentayochista marcada por Patrick Buisson, y terminó abriéndose a la izquierda y a Kouchner, encarnación de ese mismo espíritu sesentayochista. Estas permanentes contradicciones han acabado pagándose a un alto precio.

Mientras la fracción burguesa de Los Republicanos ahora se adhiere a Macron, pensando en sus intereses a corto plazo, una parte no desdeñable de militantes y de votantes de los republicanos se siente huérfana. Nicolas Dupont-Aignan, líder de Francia en pie, partido gaullista y soberanista, no ha podido, o no ha sabido, sacar provecho de esta debacle de Los Republicanos, implementando una línea exitosa inaugurada por Philippe de Villiers.

Como bien dice Marion Maréchal (Le Pen), es importante que exista, en los márgenes de la Reagrupación Nacional de su tía Marine Le Pen, un espacio autónomo susceptible de forjar diversas alianzas. Esto supondría, por parte de RN, un cambio de cultura política: no tratar a los aliados como vasallos o simples adjuntos, sino como compatriotas con sensibilidades propias, con los que es posible componer un frente común.

Esta convergencia entre populistas y conservadores es coherente en el plano doctrinal: frente al nihilismo mundialista y destructor, los patriotas arraigados deben defender, al mismo tiempo, las fronteras, su identidad, pero también combatir los procesos de destrucción social (desempleo, deslocalizaciones, absorción de la industria por multinacionales…), antropológica (gestación subrogada, fecundación asistida, teoría de género…) e incluso ecológica. Aunque en el plano sociológico pueden subsistir las divergencias, el denominador común debe ser la identidad.

Las cuestiones económicas pueden ser un elemento divisor, pero éstas no deben estar en primer plano: las civilizaciones son mortales y si bien un país puede recuperarse de una crisis económica, difícilmente lo hará si se produce un cambio de población y de cultura. Aparte de la adhesión a la libertad de empresa, la hostilidad a la burocracia y a la asfixia fiscal, el término liberal resulta ansiógeno para aquellos que lo sufren y recubre tal multiplicidad de definiciones que sólo aporta confusión. En Inglaterra, la línea liberal-conservadora de Margaret Thatcher, por ejemplo, acabó absorbida por la finanza y benefició más a los traders de la City que al pueblo inglés.

Ciertamente, el populismo debe estar atemperado por la razón y la responsabilidad si no quiere convertirse en una reacción epidérmica y compulsiva, pero una línea liberal-conservadora tendría un efecto de contrapunto para la mayoría de los ciudadanos en vía de pauperización. Es fundamental, entonces, que los liberal-conservadores tengan sentido de la responsabilidad y eviten encerrarse en un callejón sin salida liberal-conservador inaudible para los ciudadanos más allá del 5 o el 6% de la población.

Éric Zemmour ya lamentó la ausencia de convergencia entre los “Chalecos amarillos” (Gilets jaunes) y la Manifestación para Todos (La Manif pour Tous). Por su popularidad, tanto entre los medios populares como entre los decepcionados por Los Republicanos, Marion Maréchal podría encarnar, providencialmente, esta convergencia entre el conservadurismo liberal y el populismo conservador. ■ Fuente: Boulevard Voltaire