Las regiones y Europa contra el Estado-nación, por Pierre-Henri Picard


Todos los grandes países europeos parecen estar hoy bajo la amenaza de los regionalismos que vehiculan reivindicaciones autonomistas e, incluso, independentistas. 

Frente al riesgo de desmembramiento de los grandes Estados nacionales del Viejo continente, se trata de comprender las dinámicas que engendran estos planteamientos secesionistas. El cuestionamiento de los fundamentos de los grandes Estados-nación europeos ha conducido, en efecto, a una situación casi anómica de pérdida de referencias y de frustración galopante.

Las naciones entre dos frentes

En primer lugar, conviene constatar, muy a nuestro pesar, que los grandes países europeos se encuentran hoy entre dos frentes, entre el enconado internacionalismo impuesto por la Unión Europea y las fuerzas centrífugas que en parte derivan de este proceso. En efecto, antes de la aparición de la UE, incluso cuando una región era más rica que el resto en el seno de un gran Estado, dicha región recuperaba enormes beneficios indirectos gracias al acceso a un gran mercado interior para sus empresas, a las economías de escala sobre la administración, o incluso a la poderosa política de defensa nacional. Con la UE, por el contrario, el mercado único y la paz europea, no implica que todos esos beneficios indirectos deriven ahora directamente de la pertenencia a la UE. 

Ahora lo que se produce es el desequilibrio presupuestario entre contribuciones al Estado central y las aportaciones recibidas en retorno, que los gobernantes de las regiones ricas no se privan en denunciar como insuficientes y humillantes. Estos gobernantes, cuyo ego les dispone a soñar con el destino de su territorio, al que ellos conducen hacia la independencia, alimentan la frustración creada por ese desequilibrio. El carácter tragicómico de esta situación sólo tiene parangón con la extraordinaria incompetencia de dichos dirigentes. Esta cínica percepción, puramente contable, es todavía más reforzada por el hecho de que los fondos europeos estructurales van directamente a las regiones, cortocircuitando a los Estados nacionales. Estos últimos se encuentran, entonces, vacíos tanto de su sustancia como de su razón de ser.

Los depositarios de la confianza

No obstante, en la medida en que el Estado central continúa siendo el nivel principal de la representación política, la responsabilidad política estatal se encuentra desconectada de la capacidad para actuar. De ahí las promesas sistemáticamente traicionadas y la pérdida de confianza en la acción política que de ello resulta. Desde ese momento, no hay nada de sorprendente en el hecho de que una gran mayoría de ciudadanos europeos residencien un poco de su confianza en el nivel local. En este sentido, la capacidad para actuar sobre la cotidianeidad real sigue siendo el criterio principal por el que los ciudadanos todavía tienen algo de confianza en la acción política.

Entonces, el déficit de acción y de responsabilidad en el nivel de la política nacional, ¿ha sido compensado por una legitimidad aumentada en el nivel europeo? Más bien al contrario: cuanto mayor “integración europea”, más boicoteamos las elecciones europeas, observamos con desdén las constantes maniobras del Parlamento europeo para arrogarse todavía más poder en lugar de representarnos efectivamente, y levantamos acta del hecho de que la Comisión siga siendo un órgano puramente tecnocrático. Así, asistimos, impotentes, a la despolitización de las cuestiones económicas, sobre las que el poder de decisión es retirado a los gobernantes nacionales para ser confiado al Banco Central europeo y a la Comisión europea.  

Europa, déspota ilustrada

Esta europeización de las cuestiones económicas y el reforzamiento de las prerrogativas locales participan, de este modo, en el mismo movimiento, dirigido a producir un “despotismo ilustrado” donde los ciudadanos conservarían, pese a todo, la ilusión por controlar su destino por la vía de la representatividad local. La descentralización y la regionalización consisten así, en realidad, en una peligrosa estrategia, incluso mortífera, para los Estados-nación, cuyos regionalismos se dirigen al desmembramiento de los grandes países multiseculares.

El viejo sueño de una Europa de las regiones, impensable hace unas décadas, se convierte así, no sólo en pensable, sino, sobre todo, en realizable. Como recuerda Paul Dirkx, el Comité de las regiones, asamblea consultiva de los representantes locales y regionales de la UE, instituido en 1994, es hoy la correa de transmisión de las reivindicaciones de los autonomistas y de los separatistas con la UE, a fin de que «Europa (…) pueda sacar provecho plenamente de la diversidad territorial, cultural y lingüística que hace su fuerza y su riqueza y que es prueba de identidad para sus ciudadanos».

Arrepentimiento y relativismo cultural

Siguiendo esta lógica de construcción identitaria a escala local, el sentimiento de pertenencia a una nación, por sus ciudadanos, resulta menos sorprendente. Y más si, al mismo tiempo, los representantes políticos de los Estados meten el dedo en la llaga del arrepentimiento. ¿Quién osaría, por ejemplo, identificarse con una nación que “entregó a sus protegidos a los verdugos” durante la Segunda guerra mundial, según las palabras de Jacques Chirac? ¿Quién desearía reclamarse de un pueblo cuyos ancestros cometieron un crimen contra la humanidad durante la trata de esclavos negros? ¿Quién, en fin, podría estar orgulloso de pertenecer a una nación que hoy es acusada de los grandes horrores del siglo XX durante las guerras coloniales? Asimilando las artimañas de ciertas élites, que extienden ciertos crímenes de Estado a todo el pueblo, los políticos y los intelectuales contribuyen a llevar la responsabilidad de estos sucesos sobre toda la nación, a fin de desacreditarla mejor todavía.

Si durante la Segunda guerra mundial, una parte importante de los movimientos bretón y flamenco hicieron la opción por la Europa nazi, los catalanes, vascos o corsos alegan haber sido reprimidos por los regímenes fascistas para así poder reafirmar su identidad en un proceso de alteridad que falsea su propia historia.

Desde entonces, la persistencia de un discurso de arrepentimiento y la emergencia del relativismo cultural en la mayoría de la intelligentsia mediática y política han fragmentado las sociedades de los Estados-nación europeos.

La cara oculta de la mundialización

También es cierto que entre los que rigen los destinos de nuestros países afirman, sin complejos, que “no existe una cultura nacional, existen culturas diversas”. Un discurso contrario a nuestra historia y que lleva en sí mismo el germen del comunitarismo, legitimando la idea de que la cultura nacional no sería más un agregado de subculturas. A través de estas declaraciones, nuestros dirigentes políticos se inscriben en la línea de los que niegan, no sólo las aportaciones de la historia y los valores compartidos que han fundado las culturas nacionales europeas con su singularidad, sino también, y sobre todo, el edificio del gran relato nacional, como recordaba Jean-Pierre Chevènement.

La reapropiación de nuestra cultura debería pasar siempre por una reflexión sobre los efectos de la mundialización y sobre ls fracturas sociales, culturales y geográficas que engendra, y que van contra nuestro modelo tradicional igualitario. Un buen ejemplo es el movimiento de los Bonnets rouges bretones, cuyas reivindicaciones sociales y económicas derivan hacia las reivindicaciones identitarias, ilustrando así la crisis cultural que inunda la Francia periférica. Sucede algo parecido con los corsos, que testimonian la persistencia de un poderoso discurso identitario y de la voluntad de afirmar su diferencia con los continentales, juzgados como demasiado tolerantes con las reivindicaciones religiosas comunitaristas. 

Hacia los nacionalismos regionales

Queriendo acabar con los nacionalismos, los eurofederalistas no han hecho más que provocar el nacimiento de los nacionalismos regionales, más deletéreos incluso que los estatales. En efecto, la identidad es una necesidad fundamental de todo ser humano. Así, incluso cuando los internacionalistas llegan a restringir las identidades nacionales, otras identidades surgen para llenar el vacío dejado. Estas identidades de sustitución, sin embargo, nunca llegarán a ser factores que propicien el “vivir-juntos”, y no conducirán más que al impasse de la alienación y a la desaparición del bien común. Frente a esto, la reapropiación de nuestra cultura común se presenta como la única solución. Hay que reencontrar imperativamente nuestros valores, asumirlos nuevamente, y lanzar una gran ofensiva cultural para recuperar los territorios perdidos de la nación. Fuente: Causeur