El nacional-liberal-soberanismo, por Justine Lacroix


Articulada en torno a la idea central de que no puede disociarse el ejercicio de la autonomía democrática de su anclaje nacional histórico, esta corriente de pensamiento destaca por su rechazo de toda dicotomía entre el concepto de nación “cívica” y el de nación “histórica”. 

En opinión de sus partidarios, sólo la existencia de una identidad nacional compartida permite asegurar la estabilidad de una comunidad fundada sobre el principio de la soberanía popular; autorizar el ejercicio de la autonomía democrática; realizar los principios de justicia social y resistir a todas las formas de regresión identitarias.

El renacimiento, en el curso de esta última década, del interés por la “nación” es, sin duda, uno de los principales rasgos del pensamiento político. Después de la Segunda guerra mundial, el concepto había desaparecido progresivamente del campo de la teoría política ‒víctima, entre otras causas, del descrédito que había adquirido, después del traumatismo del nazismo, todo llamamiento a las identidades nacionales fuertes. La idea según la cual el nacionalismo sería “la gran vergüenza política del siglo XX” parecía ampliamente aceptada ‒al menos, entre los pensadores “liberales” que, siguiendo a Haye, y Popper, no consideraban al nacionalismo más que como una forma de tribulismo renovado y ampliado. Si quedaban voces que se elevaban contra el europeísmo abstracto y el internacionalismo, se reducían, hasta hace poco, a las de los conservadores euroescépticos en Gran Bretaña y a los reaccionarios de extrema derecha en Francia.

Desde el fin de la Guerra fría, sin embargo, se han dibujado actidudes más ambivalentes. En primer lugar, la efervescencia nacional que siguió a la caída del mundo comunista ‒y que señala la facilidad con que se traspasa la frontera entre la simple adhesión a la comunidad de origen y las formas más exacerbadas y agresivas del nacionalismo‒ vendría a reforzar el argumento de aquellos que abogan por una desvinculación de los principios liberales y democráticos de su anclaje nacional. Sin embargo, los acontecimientos sobrevenidos desde la caída del muro de Berlín han planteado también dudas sobre los valores de un Occidente postnacional unificado ‒una imagen ahora rechazada como demasiado abstracta como para suscitar el entusiasmo popular. De ahí la paradoja señalada por Erica Benner: es en el momento en que el nacionalismo manifiesta nuevamente su potencial de división y de exclusión en el Este cuando las cualidades integradoras de la nación son redescubiertas en el Oeste. Este fenómeno, por supuesto, se ha amplificado por el surgimiento de reticencias populares frente al proceso de integración europea desde la ratificación del tratado de Maastricht. En un contexto de desencantamiento frente a las instituciones postnacionales, el concepto de nación se impone nuevamente en tanto “que espacio de obligación política demasiado pequeño para ganarse las mentes y los corazones y demasiado grande para superar el localismo, la estrecha política de la identidad étnica, religiosa y social”.

Sobre todo, son ahora las personalidades llamadas de “izquierda” ‒republicanos, liberales de izquierda o socialdemócratas‒ los que desarrollan argumentos nacionales y antiuniversales, al menos, tanto como los conservadores, Los referéndums francés y danés de 1992 parecen haber marcado el inicio de un deslizamiento de una buena parte del mundo intelectual de los valores del “universalismo cívico” hacia los valores del “nacionalismo cultural”. En 1995, David Miller deploraba las reticencias de la gente de izquierdas a reconocer sus adhesiones nacionales. Ahora, está de moda considerar, sin vergüenza, a la nación como el marco de integración y de participación política más adecuado. Tanto en Francia como en Inglaterra, hemos visto afirmarse la misma voluntad de reapropiación del lenguaje nacional abandonado, después de más de un siglo, a los antidemócratas y a los reaccionarios.

En Francia, es sobre todo en la oposición a las formas adoptadas por el proceso de integración europea donde se ha forjado una corriente de ideas que toma sus fuentes de inspiración en el “nacionalismo republicano de izquierdas”. Un movimiento durante mucho tiempo marginal en el escenario político pero que ha adquirido una amplitud inesperada en el campo intelectual, ilustrado, especialmente, por Paul Thibaud, Max Gallo, Emmanuel Todd, Pierre André Taguieff y Régis Debray. En este país, la cuestión europea parece haber sido el catalizador de una recuperación, por parte de una fracción de la izquierda intelectual, del término “nación” que, desde finales del siglo XIX, había abandonado a la derecha, sustituyéndola por el de “patria”, considerado menos agresivo. Este retorno de la nación en los escritos y los discursos de los intelectuales de izquierda testimonia, como mínimo, su voluntad de volver a las fuentes del “primer nacionalismo” francés que, a finales del siglo XVIII, se confundía con el ideal democrático. Entienden que, antes que la palabra “República”, o incluso de la de “pueblo”, fue la de “nación” la que inauguró la Francia moderna, en tanto que beneficiaria de la amplia transferencia jurídica y emocional que hizo pasar los atributos de la soberanía y de la legitimidad de la persona del rey a la colectividad de los hombres.

En Gran Bretaña, los debates teóricos sobre la nación fueron más complejos. Por una parte, es forzoso constatar que el pensamiento político, con raras excepciones, ha estado muy influido por la apuesta europea. La abundante literatura publicada sobre la nación ha mostrado que el nacionalismo y el liberalismo pueden ser reconciliados y combinados en la medida en que ya lo fueron en el pasado, especialmente a finales del siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX, cuando los llamamientos a la nación se expresaban a partir, y en su seno, de un compromiso liberal o republicano. Sin embargo, y teniendo en cuenta el descrédito durante mucho tiempo atribuido a la palabra “nación”, y más todavía a la de “nacionalismo”, la mayor parte de los autores anglosajones alineados con la defensa de una concepción democrática de la pertenencia nacional, han preferido renunciar a estos términos en beneficio del de “patriotismo” o el de “nacionalidad”, entendidos como formas respetables y recomendables de las adhesiones particularistas ‒de las que el nacionalismo sería una forma degenerada y agresiva.

En el seno de este debate, particularmente vivo, conviene distinguir entre una primera categoría de autores que reconocen en sus pertenencias nacionales una función instrumental para la realización de los valores democráticos y liberales, y otra categoría de los que parecen conferir a la identidad nacional un valor normativo insistiendo sobre el vínculo conceptual, y no solamente pragmático, que une la idea nacional y la idea democrática.

En el seno de la primera categoría figuran, en primer lugar, los “nacional-liberales”, tales como Yael Tamir o Neil MacCormick, para los que el “nacionalismo”, sin embargo, abiertamente reivindicado, no es único. Estos autores, en efecto, separan la nacionalidad de la soberanía señalando que es precisamente la “voluntad de hacer coincidir las naciones con los Estados” la única fuente de todos los peligros causados por el nacionalismo. La reivindicación central que funda este “nacionalismo liberal” es, pues, que el legítimo reconocimiento de los horizontes contextuales (por tanto, nacionales) en los que se inscriben los individuos, no debe ser confundido con las reivindicaciones por la soberanía política. En su opinión, el Estado-nación soberano debería ahora ceder el lugar a los sistemas federativos o confederativos en los que sus poderes económicos, políticos y estratégicos serían devueltos a organizaciones supranacionales tales como la Unión europea, y sus poderes culturales a las “auténticas naciones”, que son, para Tamir y MacCormick, Córcega, Cataluña, Escocia o País vasco. En otras palabras, este “nacionalismo liberal”, muy favorable al proceso de integración europea, aboga ante todo por una defensa en favor de una forma de regionalismo cultural bajo el paraguas supranacional que implica una real renovación de la problemática nacional.

Una segunda categoría de autores británicos, por el contrario, se alinea estrechamente con los “nacional-republicanos” franceses. Como estos últimos, se les puede calificar de “nacionalistas” en el sentido que Ernest Gellner daba a este término, a saber, “un principio político que afirma que la unidad nacional y la unidad política deben ser congruentes”. Estos pensadores han sido frecuentemente bautizados como “nacional-cívicos” (civic nationalists). La ventaja de esta expresión es indicar, de entrada, que su crítica del cosmopolitismo y del postnacionalismo no se opera ya en nombre de identidades regresivas y cerradas, sino más bien en nombre de la democracia misma. Si, no obstante, han elegido separarse de esta fórmula es porque la expresión de “nacionalistas cívicos” oculta el hecho de que la reflexión de estos autores se funda precisamente sobre el rechazo a disociar, en el seno de la nación, los elemento puramente “cívicos” de las afiliaciones comunitarias en el seno de las cuales adquieren su significado concreto. En cuanto a la expresión de “nacional-republicanos”, si bien permite abrazar todo el campo de la reflexión francesa sobre este tema, no autoriza, sin embargo, a tener en cuenta a todos los autores británicos analizados, de los que la mayoría se reclaman del liberalismo y no del republicanismo.

De ahí la elección de la expresión “nacional-soberanistas” que demuestra que, cualesquiera que sean las divergencias existentes entre estos autores franceses o británicos ‒divergencias ligadas, especialmente, a las diferentes tradiciones nacionales en las que se inscriben‒, todos tienen en común la consideración de que el Estado-nación debe continuar siendo el principal, si no el único, lugar de ejercicio de la soberanía. El término de soberanía no debe ser apreciado aquí según el grado de independencia del Estado en la escena internacional, sino más bien en virtud del principio según el cual “el Estado no extrae su fuerza más que del pueblo que le ha investido y que le controla”. Considerado bajo esta perspectiva ‒la de la soberanía popular‒, este movimiento intelectual se reúne en torno a la idea central de que no puede disociarse el ejercicio de la autonomía democrática de su anclaje nacional e histórico. Pero conviene precisar que esta corriente de pensamiento no se adhiere sin más a esta tesis de indisociabilidad entre la identidad nacional y el ideal democrático, porque estos autores se preguntan sobre los medios para hacer realidad el ideal democrático más allá de las fronteras nacionales.

No puede comprenderse la posición nacional-liberal-soberanista sin asumir que se ha forjado en oposición directa al concepto puro de “nación cívica” sobre el que se apoya Jürgen Habermas para construir su discurso en favor de un patriotismo constitucional a escala europea. El pensador alemán analizaba el futuro y el pasado del Estado-nación, mostrando que el concepto de nación podría tener dos significados distintos. Por un lado, la nación podía ser comprendida como una entidad prepolítica caracterizada por una comunidad histórica de destino. Según esta concepción “romántica”, la nación designa una comunidad histórica particular que precede a sus miembros individuales a los que ha contribuido a forjar su identidad. Por otro lado, la nación reenvía a una comunidad organizada sobre un modo democrático y a una asociación voluntaria entre individuos autónomos. Esta perspectiva corresponde a la concepción “revolucionaria” de la nación que, tomando a contrapié la etimología, desarraiga a los individuos y los sitúa más por su comunidad humana que por su lugar de nacimiento. Pero, ciertamente, Habermas reconoció que las ideas de democracia, autodeterminación y soberanía popular no podían realizarse históricamente más que en el seno de la nación entendida en el primer sentido. Es al Estado-nación al que se debe, en efecto, el establecimiento del sustrato cultural relativamente homogéneo que hizo posible la movilización política de los ciudadanos y la forma de integración social que asumía la democratización del Estado a partir del siglo XVIII. Simplemente, para él, no existe vínculo conceptual entre esta nación “histórica” y el principio de autonomía democrática. La fusión originaria de una conciencia nacional particular con la convicción republicada sólo juega el papel de catalizador: “El estrecho vínculo creado por el Estado-nación democrático entre el etnos y el demos no constituyó más que un tránsito”.

Para los nacional-liberal-soberanistas, el concepto de “patriotismo constitucional” sería precisamente indisociable del fenómeno nacional alemán. No sería comprensible más que a la luz de la historia específica de una comunidad histórica particular, la de la nación alemana. Son las circunstancias contingentes, y sin duda únicas, las que explican que la Alemania de la posguerra se mostrase particularmente receptiva a una forma de lealtad tan abiertamente abstracta y universal. Sin embargo, Habermas asumía la existencia de la misma comunidad cultural prepolítica que rechazaba, como la mayoría de los defensores de la idea cívica de nación, en nombre de una comunidad fundada sobre el consentimiento racional y el principio político.

Los nacional-liberal-soberanistas no se limitan a recordar esa relación original entre nación y democracia. Para ellos, existe claramente un vínculo conceptual y necesario, y no sólo histórico y contingente, entre la realización de los valores liberales y/o republicanos, por un lado, y la existencia de una identidad nacional, por otro.

En definitiva, uno de los efectos más probables de una separación de la esfera nacional y de la esfera política sería, para los nacional-liberal-soberanistas, favorecer el aumento de los nacionalismos identitarios fundados sobre la exaltación del origen más que sobre un destino común. Un divorcio tal correría el riesgo de fomentar lo que Pierre-André Taguieff llama los “neonacionalismos”. Por oposición al “paleonacionalismo”, que fue la ideología política que acompañó la construcción del Estado-nación, el “neonacionalismo” se impondrían como una forma de reacción exacerbada a los efectos desintegradores producidos por el quebrantamiento de los Estados-nación y la aceleración de la mundialización. Por un extraño retorno, este nacionalismo “cerrado” y “étnico” se revelaría como el resultado del postnacionalismo.

El Estado-nación podría ser entonces considerado como “una forma de superación” de las pertenencias etnoculturales que, sin él, serían “dejadas en su estado bruto, como pasiones naturales”, y por tanto, como un medio adecuado para responder a la necesidad de pertenencia, permitiendo superar los miedos y las frustraciones identitarias.

Pero hay que señalar que la forma en que el movimiento nacional-liberal-soberanista concibe la comunidad política, no permite responder a los desafíos lanzados al principio de autonomía democrática por las vanguardias de la mundialización económica. Como había mostrado Habermas, la separación del ejercicio nacional democrático de su anclaje nacional histórico se ha hecho necesaria por la pérdida de poder del Estado-nación, devenido en incapaz de proteger a sus ciudadanos de las reacciones en cadena suscitadas por los procesos que encuentran su origen en el exterior de las fronteras nacionales. De ello resulta una crisis de legitimidad democrática marcada por una creciente brecha entre una integración sistémica de la economía y de la administración a nivel supranacional y una integración política que no se opera más que a nivel nacional. De ahí los llamamientos a las uniones políticas de nivel superior y a las formas de gobernanza transnacionales susceptibles de compensar “las pérdidas funcionales experimentadas por el Estado nacional, sin que la cadena de legitimidad democrática sea condenada a romperse”. Esta es la razón por la que, evitando la tarea de “pensar Europa” en nombre de una pretendida indisociabilidad conceptual de la identidad nacional y del ideal democrático, el nacional-liberal-soberanismo no parece subsistir más que en el derrotismo de aquellos para los que el declive del Estado-nación marcaría, al mismo tiempo, el del proyecto de autonomía cívica.

Sólo queda por añadir que los nacional-liberal-soberanistas señalan que la democracia no es solamente un conjunto de instituciones y procedimientos, sino que implica igualmente una cultura compartida y valores propios. Aunque su concepción de la identidad política es, sin duda, demasiado estrecha respecto a las mutaciones contemporáneas, tienen, al menos, la virtud de forzar a los “postnacionalistas” a plantear más seriamente los valores morales y políticos susceptibles de “nutrir” el ideal democrático más allá de las fronteras del Estado-nación. ■ Fuente: Revue internationalede politique comparée