La muerte del campesinado es el fin del país, por Claude Bourrinet


El campesinado ha sido sacrificado en el altar de la modernidad económica. Asistimos, así, al fin de una civilización vinculada a la tierra que nos legó una identidad, a la cual estamos adheridos como por una arteria vital.

¿Deberíamos seguir hablando de "campesinos"? A menudo se hace referencia a ellos como "agricultores", "productores agrícolas", "empresarios agrícolas”. ¡La productividad ante todo!

Por lo tanto, los agricultores no serían más que productores de alimentos. En mis años jóvenes, mi aldea todavía era de lo más bucólica. Hoy, con los enormes “estabulados” que se proliferan como champiñones, tengo la impresión de vivir en una gran fábrica de carne.

Los "agricultores" se han convertido, de hecho, en ciudadanos urbanos como el resto. Bueno, casi… Porque, con frecuencia, les faltan muchos de los atractivos que caracterizan a las ciudades: las tiendas, la agitación de la calle, las multitudes, los placeres, el ocio, las vacaciones… Es cierto que estos pequeños patronos trabajan todos los días del año, y a veces incluso por la noche. Y frecuentemente, por unos ingresos modestos, grandes deudas, una precariedad angustiante, ridículos controles europeos ‒contrapartida de las primas y de los préstamos bancarios.

En una generación, no sólo se ha alterado la realidad económica y social del "campesinado", sino que también han cambiado las mentalidades y las actitudes, hasta el punto de que es difícil distinguir, en las formas, a un joven campesino de un joven urbano. Porque la difusión exponencial de la “cultura joven”, a través de la televisión, internet, etc., ha producido el mismo resultado que en la ciudad: la desaparición de las tradiciones llamadas “folclóricas”, de la canción tradicional, en beneficio de la música electrónica y de la subcultura americana. Las fiestas, las celebraciones (bautizos, bodas, etc.) son ahora animados por los DJ, asemejándose a cualquier discoteca de carretera. Las distintas generaciones, aquí como en cualquier otra parte, ya no se reúnen ni se encuentran. Y no estamos hablando de familias separadas o recompuestas.

El abad del pueblo me indicaba que la región era, en los años 60, una de las más conservadoras, en el dominio religioso, y se llenaba de multitudes para asistir a las fiestas de los santos y los peregrinajes locales. Ahora, no hay gente, salvo en los funerales.

En cuanto a la cocina, ciertamente, en el campo se come mucho mejor y los platos son más auténticos y variados, aunque sólo sea porque todavía hay huertos cultivados y se practica la caza. Pero la furgoneta de platos precocinados y congelados recorre con frecuencia las carreteras vecinales, abundan los robots culinarios y las personas obesas son tan numerosas como en cualquier ciudad.

Después de la guerra, el campesinado fue sacrificado en el altar de la modernidad económica. Pero es toda una civilización la que ha desaparecido y, en consecuencia, la memoria multimilenaria de nuestras naciones (como Francia, España e Italia). La Unión europea siempre ha estado dominada por los países neoliberales. A estos países liberales no les gusta demasiado los países campesinos, agrícolas y ganaderos. Para los mercados mundiales, por otra parte, y siguiendo la lógica de la división planetaria del trabajo, Europa ya no tiene vocación de alimentar saludablemente a su población. Las toneladas de comida preparada de origen estadounidense son suficientes.  

Asistimos, así, al fin de un universo, aquel que nos legó una identidad, a la cual estamos adheridos como por una arteria vital. Fuente: Boulevard Voltaire