Frente al «matrimonio para todos»… por el «matrimonio con todos» (o con todas), por Jérôme Leroy


Aunque la “ideología de género” y la tolerancia pública con las distintas opciones u orientaciones sexuales no parecen dejar sitio al humor, siempre cabe la posibilidad de abordar estos escabrosos temas desde una perspectiva llena de ironía y de sarcasmo. Llegados al extremo al que nos conducen las teorías deconstructoras, ¿por qué no abogar por un “matrimonio con todos (y con todas)?

Puesto que se nos pide que nos pronunciemos sobre el tema del matrimonio gay, les recuerdo que, en primer lugar, no se trata del matrimonio homosexual, sino del "matrimonio para todos". Con tal denominación, hace falta tener auténtica mala fe para no ver los esfuerzos de nuestros gobiernos, que quieren impedir cualquier confinamiento comunitario, como era el caso en el momento del Pacs (el “pacto civil de solidaridad” es, junto con el matrimonio civil, una de las dos formas de unión civil admitidas en el derecho francés). Así que, en lugar de criticar esta denominación, de rechazarla en bloque, busquemos mejorarla: será una actitud positiva, constructiva, cívica, como debería ser en una república moderna.

Lo que me molesta en la expresión "matrimonio para todos" no es el "todos", sino la preposición. Creo que deberíamos sustituir "para" por "con".

El "matrimonio con todos" (o con todas), lo firmo con las dos manos. No veo por qué, como macho blanco heterosexual, no puedo casarme con varias mujeres. Ya lo sé, se llama poligamia y está prohibido, Vale, pero esto es un grandísimo error. Es una reivindicación que se repite en el Occidente cristiano desde hace mucho tiempo y que encuentra, por ejemplo, su expresión más franca en el Don Juan de Molière, porque sabemos que no hay nada más cristiano que la figura de Don Juan, ya que es por el amor universal que él pone fin a las hipocresías de este mundo y acaba por ser llevado al infierno. Si no hubiera sido cristiano, no habría ido al infierno, pues éste sólo existe, evidentemente, para aquellos que creen en él.

Pero mejor escuchemos a aquel a quien el discurso puritano quiso limitar ser un vil seductor: «Para mí, la belleza me deleita allí donde la encuentro, y me dejo llevar fácilmente por esta dulce violencia a la que nos conduce. Aunque estoy comprometido, el amor que tengo por una mujer hermosa no compromete mi alma hasta el punto de hacer injusticia con las demás; yo conservo los ojos abiertos para ver el mérito de todas, y rindo a cada una los homenajes y los tributos a los que nos obliga la naturaleza. Cualquiera que sea, yo no puedo negar a mi corazón todo aquello que es amable; y tan pronto como un bello rostro me lo solicita, si tuviera diez mil, todos ellos le daría».

Porque se comporta mal con su esposa Doña Elvira, se ha querido ver en este pasaje un rechazo del matrimonio clásico. Es, evidentemente, un contrasentido. Don Juan es un pionero, no del matrimonio para todos, sino del matrimonio con todos, o con todas, como ustedes deseen. Lo que le decepciona del matrimonio no es el hecho del matrimonio en sí mismo, ni siquiera la institución, sino que éste implica la monogamia. Y, en consecuencia, el adulterio y la hipocresía que lo acompañan. 

Se me objetará que la poligamia existe ya y se resume en un truco ilegal para los inmigrados de Mali, más o menos clandestinos, que molestan a todo el mundo con sus ruidos. Me gustaría señalar dos cosas sobre este tema.

Primero, los más virulentos contra los polígamos malienses son más o menos los mismos que no tenían objeción a que los Estados Unidos fueran dirigidos por un mormón, blanco y cristiano, pero cuya Iglesia le recomendaba la poligamia hasta finales del siglo XIX, antes de prohibirla en un momento de debilidad frente al poderoso lobby monógamo.

Segundo, al votar por un “matrimonio con todos” que implicase derechos y deberes como el matrimonio clásico, nosotros estaríamos dando un paso hacia la integración e incluso la asimilación de este maliense polígamo. Sólo restaría conseguir que vote en las elecciones para haber conseguido, finalmente, una perfecta integración nacional.

El “matrimonio con todos” podría aplicarse, obviamente, a las mujeres heterosexuales, homosexuales, bisexuales, lesbianas, transexuales… El hombre bisexual podría así tener a su esposa y a su marido bajo el mismo techo, incluso si la esposa, también bisexual, estuviera casada, a su vez, con un hombre banalmente heterosexual y un transexual brasileño a la espera de su operación de cirugía.

Evidentemente, esto supondría una nueva política de vivienda y de la infancia. Para la vivienda, habría que solicitar una ley que contemplase un 25% de los alojamientos para los “matrimonios con todos”, es decir, viviendas con una superficie habitable proporcional al número de personas afectadas, porque no es cuestión de que el “matrimonio con todos” sea la excusa y la ocasión para la práctica de una detestable y malsana promiscuidad que nos reenviaría, precisamente, a nuestro trabajador maliense.

Para la primera infancia, también sería muy beneficioso. Conocemos los daños psicológicos observados entre los niños criados en familias monoparentales, en las que han desaparecido todas las referencias masculinas. También sabemos del sufrimiento que representa para ellos, a pesar de la propaganda mediática, el divorcio convertido, desgraciadamente, en el destino de la mitad de las parejas antes de los famosos siete años de reflexión.

Gracias al "matrimonio con todos", se hace evidente, por la multiplicidad de combinaciones que propone, que la familia monoparental será estadísticamente muy rara porque, realmente, requeriría una gran y malvada voluntad, cuando uno podría casarse con una o varias mujeres o con uno o varios hombres. En cuanto a los traumas del divorcio para el niño, serían diluidos en gran medida, puesto que el proceso sólo afectaría, por ejemplo, a uno o dos de sus ocho o nueve padres/madres. 

Se habrá entendido, espero, que el "matrimonio con todos" parece ser hoy la única medida posible para adaptarse a las metamorfosis de nuestra sociedad de una manera a la vez racional y moral. ■ Fuente: Causeur