La derecha metafísica está en las antípodas de la derecha liberal. Entrevista a Arnaud Guyot-Jeannin, por Philippe Randa


Se conoce bien a Arnaud Guyot-Jeannin como escritor, ya sea como periodista y ensayista o también como especialista del debate de las ideas, mientras que la editorial Ars Magna lo considera uno de los espíritus más brillantes del movimiento tradicionalista y una de los mejores representantes de la Nueva Derecha… Si añadimos sus colaboraciones en diversas revistas y las emisiones que ha dirigido en medios alternativos, tenemos dificultades para clasificar a este personaje fuera de lo común. De ahí la necesidad de sus explicaciones sobre su relación con la Nueva Derecha, con Julius Evola, el esoterismo, el islam, Europa, el Frente Nacional de antaño, la Reagrupación Nacional de hoy. Entre otros temas...

Su trayectoria suscita algunas preguntas, ya se lo imaginará… e incluso cierta animadversión. ¿Hasta qué punto es cierto?

Es normal que mi evolución intelectual despiste. Empecé a escribir hace casi treinta años. Habiendo sido un tradicionalista evola-guenoniano en los años 90, me convertí al catolicismo a comienzos de siglo. El pensamiento de Evola y el de Guénon siguen influyéndome desde el punto de vista metapolítico. Su crítica de la modernidad es incuestionable. Sin embargo, me he liberado de su metafísica (tradición primordial, iniciación, esoterismo, etc.).

Usted forma parte de un pequeño número de personas que dice pertenecer al catolicismo –tradicional, en su caso– y también ser cercano al GRECE (Grupo de investigación y estudios por la civilización europea), que apoya abiertamente una filosofía pagana. ¿Es fácil conjugar ambas cosas?

Lo que no es fácil es que a uno se le entienda apropiadamente. Soy compañero de viaje de la Nueva Derecha desde hace veinticinco años. Si rechazo su neopaganismo anticristiano, me adhiero a ella en otros muchos puntos capitales: crítica radical de la americanización/occidentalización planetaria en nombre del diferencialismo etnocultural; rechazo del capitalismo liberal en beneficio de un socialismo cooperativo y de una ecología decrecentista, etc. La ND me permitió muy pronto leer a autores como Louis Dumont, Serge Latouche e incluso Jean Baudrillard, que se caracterizan por su crítica profunda de la modernidad y la posmodernidad.

¿Qué entiende usted por “catolicismo tradicional”?

El catolicismo tradicional existe conforme a la Tradición católica, simplemente. Yo soy fiel a la teología mística del cristianismo. Mi fe en el Dios uno y trino responde a una llamada: la del amor y la caridad, de la trascendencia y la inmanencia, de la verdad y la libertad, del perdón y la absolución. Cristo es divino-humano. En cuanto a la Cruz, es vertical y horizontal. Las dos se responden. Por su muerte en la Cruz, Cristo redime a los seres humanos del pecado. Cristo es Amor. Sin embargo, Dios se encarnó para que la encarnación tenga acceso a la contemplación. El relato evangélico es, por tanto, de una fuerza superior. Es por esta razón que se puede aceptar la apuesta de Blaise Pascal. Nos interesa escoger a Cristo. El deseo de fe llama a la fe misma. Hay intereses que son correctos (sobre todo si nos llevan a la bondad, al altruismo, la gratuidad, al desinterés como fin en sí mismo). ¡Unos intereses que engendran la ausencia de interés, en suma!

¿Se considera usted de derechas, de izquierdas o de otro lugar?

Soy un hombre de la derecha integral. Simbólicamente, durante la Antigüedad, pero también en el Antiguo y el Nuevo Testamento, la derecha era designada por sus gestos de honor, de bravura, de valentía. Cristo resucitado se sentó “a la derecha del Padre”; al revés, el traidor Judas es descrito como un zurdo. Por su parte, Platón designa “el caballo de la derecha que es fiable y valiente” mientras que “el caballo de la izquierda es inmaduro y caprichoso”. Esta derecha metafísica basada en la rectitud está en las antípodas de la derecha liberal que, ontológicamente, es una falsa derecha. Desgraciadamente, esta derecha integral sufre actualmente de un déficit de encarnación. Paradójicamente, no me reconozco en ninguna de las derechas existentes. La derecha tradicionalista (y contrarrevolucionaria) es históricamente legitimista. ¿Qué derecha hoy en día puede reivindicar esta filiación o incluso esta inspiración? ¡Ninguna! Está por descubrir, reactualizar y hacerla viva. Queda todavía mucho trabajo por delante...

El esoterismo asusta o, por lo menos, inquieta a bastantes personas, especialmente en los entornos católicos… ¿A usted no, parece ser?

He creído durante mucho tiempo que existía un esoterismo cristiano. No es el caso hoy en día. Cristo se dirigió a todas las personas sin tener que recurrir a ningún secreto. La salvación personal se le ofrece a todo el mundo.

La gnosis suscita polémica. ¿Qué piensa usted?

Ese concepto abarca interpretaciones muy diferentes. Existe en verdad una gnosis cristiana –aquella que Jean Borella llamó “La gnosis de verdadero nombre–, que hay que distinguir de la gnosis hegeliana, cientifista. “Gnosis”, en griego, quiere decir “conocimiento”. Platón y Aristóteles emplean palabras cercanas (epistemé, gnomé, sophia, etc.). La Biblia habla de Dios como del “Dios de la gnosis”. “El Señor es un Dios que sabe” (I Sam., II, 3). El Nuevo Testamento, en particular la primera y segunda Cartas a los Corintios, la Carta a los Colosenses y la primera Carta a Timoteo, ven aparecer por primera vez la palabra “gnosis”. En San Lucas, Cristo afirma: “ ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis”. San Pablo, en su epístola a Bernabé, invita a tener “junto con la fe… un conocimiento perfecto”. San Clemente de Alejandría, Padre de la Iglesia en el siglo II, confirma que ella es una tradición enseñada por Cristo a los apóstoles, como el mantenimiento de la vida espiritual y el cumplimiento de la gracia eucarística: “El primer paso hacia la salvación es la fe; después, el temor, la esperanza y la penitencia que, preparándonos a través de la templanza y la paciencia, nos conducen a la caridad y a la gnosis”. San Ireneo de Lyon, San Dionisio el Areopagita o San Gregorio de Nisa, San Agustín, etc. divulgaron lo que abarcaba la gnosis cristiana.

¿Usted no se ha metido en política? ¿Por qué?

Entré en el Frente Nacional cuando tenía quince años. Estuve durante cinco años. Mis lecturas y las discusiones que pude tener con amigos me convencieron de abandonar esta experiencia. Habiéndome convertido en crítico con el nacionalismo moderno –que conduce al etnocentrismo y al subjetivismo tribal– no podía ya formar parte de un movimiento que lo defendía. Además, desaprobaba radicalmente el liberalismo económico de Jean-Marie Le Pen. Pude comprobar igualmente que el militantismo podía ser estupendo por su dedicación, pero resultaba ser alienante por su falta de espíritu crítico. Queriendo independencia y libertad, me vi empujado a escoger la reflexión antes que la reacción. Sin embargo, tengo mucho respeto por los afiliados que sacrifican una parte de sus vidas a sus ideas. No lo rechazo. Reconozco que el Frente Nacional fue el primer partido en llamar la atención sobre los problemas causados por la inmigración de poblamiento. Después de haber sido atlantista en la época en la que el comunismo todavía estaba vivo, Jean-Marie Le Pen denunció acertadamente el mundialismo estadounidense, sobre todo bajo su forma imperialista en Irak, Serbia, Afganistán, Libia, etc.

¿Qué piensa usted del actual partido Reagrupación Nacional?

Estoy de acuerdo con el populismo social de Marine Le Pen, pero no me gusta su jacobinismo así como la estrecha concepción que tiene de la laicidad. Su nacional-republicanismo se opone a la identidad de los pueblos autóctonos y alógenos. Su asimilacionismo añadido a la islamofobia no puede resolver el problema de la inmigración y sus patologías sociales. Los inmigrantes extraeuropeos están desarraigados y aculturados por el modelo mercantil occidental. Caen entonces en la delincuencia, el mestizaje y la anomia social. Sería más acertado defender una integración comunitaria subordinada a la ley común. De hecho, rechazar el reconocer a las comunidades es la manera más segura de encerrarlas en el comunitarismo. Por una vez, Nicolas Sarkozy, estuvo muy inspirado cuando declaró esto siendo ministro del Interior: “Una identidad negada es una identidad radicalizada”. Frente a la exclusión –la mayor parte de los inmigrantes no volverán a su lugar de origen (no tienen ya ese lugar ni siquiera entre nosotros, dicho de paso)– y frente a la asimilación no deseable, imposible y anticuada –era el modelo de la Tercera República francesa– hay que codificar las relaciones entre la República y sus ciudadanos inmigrados. El islam popular tradicional puede hacer frente al yihadismo como al occidentalismo marcado por este. Todas las estadísticas prueban que cuanto más elevada es la tasa comunitaria en un barrio, más débil es la inseguridad.

Hoy en día, la línea de fractura ¿está todavía entre “derecha e izquierda” o, como lo repiten cada vez más observadores, entre “europeístas” y “soberanistas” y todavía más entre “mundialistas” e “identitarios”, lo cual va más allá de las antiguas divisiones políticas?

Esas divisiones tienen una parte de verdad pero son demasiado binarias, reductoras, estériles e incapacitantes. Como me incluyo en una perspectiva escatológica y resueltamente antimoderna, defiendo un tradicionalismo revolucionario frente a la hipermodernidad tecno-capitalista. En efecto, la Tradición es revolucionaria (incluso cuando es contrarrevolucionaria). El término “revolución” lleva etimológicamente a revolvere, es decir, volver al punto de origen. Sin embargo, la Revelación cristiana fue la primera revolución. Me opongo, pues, tanto al progresismo burgués como al conservadurismo moderno. No se trata de volver a no se sabe qué edad de oro de la Tradición sino de perpetuar los valores tradicionales portados por los pueblos: arraigo espiritual, familiar, local y nacional. Esta antropología tradicional debe acompañarse de un ecosocialismo en ruptura con el productivismo y el consumo de masas. Ningún sistema político o económico ha sobrevivido a su propia desmesura históricamente. La hipermodernidad que se caracteriza por la huida hacia adelante en lo infinito terminará agonizando por sus propios excesos. La cuestión, por supuesto, es saber cuándo.

¿Considera usted entonces que el islam puede tener “su lugar, todo su lugar” y “nada más que su lugar” en Francia?

No sirve de nada esconderse de la verdad. El Islam es la segunda religión en Francia. Hay que vivir con ello en las mejores condiciones. La política es el arte de lo posible. El Estado francés debe prohibir la poligamia y el velo integral en el espacio público. Son contrarios a las costumbres francesas. En su libro sobre la situación en Francia, Pierre Manent apunta a propósito de este último: “Si este es inadmisible no es solamente, o no principalmente, porque afecta exclusivamente a la mujer y constituye una negación de la igualdad, es sobre todo porque impide los signos por los cuales un ser humano reconoce al otro ser humano”. No se trata del simple pañuelo que llevaban las mujeres católicas en otros tiempos. En cuanto a las mezquitas salafitas financiadas por Arabia Saudita, deberían desalafizarse con una financiación del Estado francés que permita así ser controladas y evitar toda radicalización potencialmente terrorista. Así pues, hace falta una política de ajuste, no de sumisión. Manent llama a utilizar el discernimiento que el laicismo impide: “[...] Las cosas estaban ya en un punto en el que deberíamos aceptar que los musulmanes que lo deseen, seguramente la mayoría, tengan la actitud de seguir sus costumbres propias en público mientras respeten las leyes generales de la República”. Construir más república siendo musulmán se ha convertido, pues, en un objetivo importante. Pero hacer república no debe confundirse con la inclusión de valores republicanos modernos que no traen nada más que individualismo narcisista y materialismo práctico. Hacer cristiandad y república deben poder conjugarse. Una república cristiana tolerante con las minorías religiosas y comunitarias es lo que hay que defender. Manent concluye su libro con estas palabras: “Mientras los muros del mundo árabe-musulmán caen y los musulmanes parecen tener cada vez más dificultades para producir una forma política a partir de ellos mismos,  acogerles sería la mejor oportunidad de una vida cívica en lugar de abandonarlos en una Europa sin forma ni bien común. Para reunir a los seres humanos no es suficiente con declarar o incluso garantizar sus derechos. Tienen necesidad de una forma de vida en común. El futuro de la nación de sello cristiano es un reto que nos reúne a todos”. 

¿Es usted partidario de seguir con la aventura europea, a pesar de las debilidades o incluso de los peligros de la actual Unión Europea… o piensa usted que a los países europeos les interesaría más volver a sus fronteras de antaño para desarrollar mejor sus relaciones económicas, políticas y comunes según sus intereses?

“La aventura europea” actual no tiene nada de buena. Está contra los intereses europeos. Sin embargo, Francia debe quedarse en la Unión europea reformándola y reorientando su política. En efecto, una vuelta al Estado-nación encogido sobre sí mismo no sería apropiada para los múltiples retos europeos y mundiales. Hay que dirigirse hacia una confederación de naciones europeas en la globalización actual. Por el momento, un grupo de países europeos entre los que estaría Francia puede formarse para llevar a bien proyectos comunes, siguiendo el ejemplo del Grupo de Visegrado. Una Europa-potencia podrá entonces emerger y hacer contrapeso a la hiperpotencia americana en un mundo multipolar. Pero no hay que engañarse. En último término, solo una federación o un imperio europeo puede devolver la soberanía y la identidad a los pueblos europeos. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: eurolibertés.com