A la derecha de Marx, a la izquierda del Capital. Entrevista a Diego Fusaro, por Adriano Scianca


Diego Fusaro es una de las estrellas en ascenso de la filosofía italiana. Investigador en la universidad San Raffaele de Milán, este joven especialista turinés se define como un “discípulo independiente de Marx y de Gramsci”. Discípulo también de Costanzo Preve, ha teorizado sobre la superación del paradigma derecha/izquierda, lo que le ha valido su condena al aislamiento y al ostracismo por parte de los guardianes de las ortodoxias.

Uno de sus últimos ensayos se titula El futuro es nuestro. Filosofía de la acción. ¿Qué espacio queda para la acción en un mundo donde todo camino parece estar vallado y donde el dispositivo tecnoeconómico tiende a enmarcar siempre y cada vez más la libertad humana?

La absolutización monoteísta del mercado se acompaña, en efecto, de una crisis del concepto de praxis (en Marx, el conjunto de las prácticas por las que el hombre transforma la naturaleza y el mundo) que constatamos por todas partes. Tal crisis de despliega en el momento mismo en que el reino de la técnica impone de forma omnipresente el código jungeriano de la “movilización total”: un asunto que no conserva de la praxis más que la apariencia y el nombre. En este “mundo completamente tecnificado”, como lo calificaba Carl Schmitt, todo está a merced de una actuación frenética, funcional e infinitamente nefasta de la producción como un fin en sí mismo, coesencial al nihilismo capitalista, que siempre debe destruir y recrear en el fondo el mundo de los objetos. En este marco del delirio técnico, impulsado por el discurso capitalista, la destrucción de los productos ―la obsolescencia programada― se plantea como la única condición para continuar produciendo sin límites. El capital, como podemos leerse en los Grundrisse de Marx, ¿no reposa sobre la “revolución permanente de sus principios existentes como condición de su reproducción?

¿Qué espacio queda entonces para una praxis que no se encuentre ya enervada por el hecho técnico, ni sometida a las leyes de valorización del capital? En El futuro es nuestro, yo penetro, sobre las pistas de Gramsci y Gentile, en los fundamentos de una posible filosofía de la acción. La alienación en la que nuestro mundo está sumergido quizás pueda ser superada cuando conozcamos su génesis y sus modalidades. ¿De qué forma? Adquiriendo la conciencia colectiva de que las objetivaciones son libremente planteadas por el Yo, es decir, por la “totalidad del sujeto” (Hegel), el objeto siendo Gegenstand (que es el producto de la objetivación) y no Objekt (que determina pasivamente la sensibilidad), según Marx. El fin del carácter fatal de la existencia, hecha posible por el redescubrimiento de la identidad idealista del sujeto y del objeto, constituye la condición necesaria para superar la “apraxia” (la incapacidad para actuar” que se extiende por todas partes. El pesimismo de la inteligencia debe, en consecuencia, funcionar como fermento de un optimismo de la voluntad ―voluntad consciente de los desafíos.

Se define como un “discípulo independiente de Marx”. Y escribiste el libro ¡Bentornato Marx! Renacimiento de un pensamiento revolucionario. ¿Cuál es la importancia de Marx hoy en día y, por contra, que es lo que está superado de su pensamiento?

Marx es inevitable para cualquiera que quiera conservar lo que mi maestro Costanzo Preve llamaba la “pasión duradera del anticapitalismo” y Gramsci la búsqueda activa de una “ciudad futura”, alternativa a la presente miseria ― esta edad del último hombre (el consumidor febril dispuesto a todo para conseguir a crédito el último teléfono móvil). Volver a Marx es la primera cosa que hay que hacer para preparar la vía de un anticapitalismo dialéctico que asuma como telos del pensamiento y de la acción, la emancipación del género humano, entendido universalmente, la única manera de acabar con la dictadura del capital. 

Catalizando el sentido general según el cual, en esta época que se presenta como la última de la historia, todavía falta algo para continuar ocultándola, la figura de Marx ―cuya presencia se determina hoy in absentiam― se alza como emblema de dos determinaciones inalienables. De una parte, el rechazo incondicional del presente como fatalidad inexorable; de otra parte, la búsqueda de una reparación posible a las humillaciones sufridas. Frente a la hegemonía del pensamiento único, Marx viene a recordarnos con una fuerza inigualable el pesado balance del capitalismo, un poco como las manos manchadas indeleblemente de sangre de Lady Macbeth. Su obra nos ofrece una crítica implacable de un presente irreparablemente alienado, pero que permite un futuro posible. En la era post-1989, la cuestión del conflicto capital-trabajo perdura, tal y como la Marx la describió. La lucha de clases no ha desparecido, como lo repite la verborrea neoliberal: sólo que ahora es gestionada unilateralmente por el capital en detrimento de los dominados, desprovistos de conciencia de ellos mismos, incapaces, por la misma razón, de oponerse a un enemigo que ya no es designado como tal. En ausencia de la respuesta adecuada, la lucha de clases se transforma en una “masacre de clase” en beneficio de los dominantes. En este asunto, no son sólo los trabajadores los que arrojados a las heladas aguas del capital, sino también los pueblos. Miren a Grecia, sacrificada en el altar del Señor Capital en nombre de los sacrosantos dogmas de Bruselas.

En el pasivo de Marx: la tendencia economicista, que parece superada, la cual encontramos, sobre todo, en los escritos posteriores a 1845, principalmente en El Capital, a la que preferimos otra vertiente: la amplitud filosófica. Giovanni Gentile y Antonio Gramsci ya lo habían comprendido a través de su relectura de Marx como “filósofo de la praxis”, pero también Ernst Bloch y Georg Lukàcs por su insistencia en el hegelianismo de Marx. Igualmente superada: la visión “ingenua” de la técnica y del progreso. Como buen hijo de su tiempo, Marx no captó ―a diferencia de sus heterodoxos discípulos de la Escuela de Francfort― el carácter intrínsecamente negativo de una técnica estructuralmente aliada con el capital.

Marx y Gentile: ¿Qué lugar subterráneo une al autor de El Manifiesto comunista con el filósofo del fascismo?

Este es el tema central de mi ensayo sobre idealismo y praxis (Idealismo y praxis. Fichte, Marx y Gentile). Para sintetizar, yo diría que el actualismo de Gentile (doctrina fundada sobre un inmanentismo radical, asimilando historia y filosofía, pasado y presente, espacio y tiempo, los cuales se resuelven por la acción) se forma como una metabolización de la filosofía de la praxis marxista. La filosofía de Marx (1899) está en el fondo del manifiesto del actualismo in statu nascendi, en estado embrionario. Este texto de Gentile es, sin duda, el principal texto sobre Marx publicado en Italia (y quizás no sólo en Italia). Marcó el debate de forma decisiva: si, a lo largo de toda la primera mitad del siglo XX, Marx era leído en Italia como un filósofo, será gracias a la genial interpretación de Gentile.   La lectura de Gentile convierte a Marx, "idealista nato" y "metafísico", en uno de los grandes representantes del idealismo alemán junto a Fichte y Hegel. Gentil reconoce, en el concepto de praxis, el secreto metafísico de Marx. Esta es la tesis según la cual la realidad es siempre el resultado histórico de un hecho ―la acción social: es Gegenstand y no Objekt, como enuncia la primera de las tesis sobre Feuerbach (traducidas primeramente por Gentile al italiano). Sujeto y objeto, lejos de ser opuestos, son las dos caras de una misma moneda: tenemos al sujeto si miramos la acción en su desarrollo; y tenemos al objeto si miramos la acción en su resultado. Es precisamente en La filosofía de Marx que Gentile, discutiendo el pensamiento marxista, sostiene que el destino no está escrito (fatum non datur) y que la historia es el resultado ―nunca definitivo― de la acción humana.

¿Cuáles son los puntos en común entre Marx y Gentile? La praxis como fundamento de la realidad, pero también la atención prestada a la historicidad, es decir, a una concepción de lo real no concebida como un dato extrahistórico sino como el producto de un devenir. A ello se añade un aspecto que hoy debería ser señalado con fuerza: la firme e incondicional oposición a las lógicas individualistas que fragmentan la sociedad en un agregado amorfo de átomos sociales. Marx y Gentile, sean tomados en conjunto o separadamente, son dos pensadores de la comunidad: el hombre no existe más que bajo su forma comunitaria, lo que Gentile llamaba, bajo una espléndida fórmula, la “sociedad transcendental”.

Minima mercatalia. Filosofía y capitalismo, es el título de otra de sus obras. ¿Qué puede decirnos la filosofía sobre la dominación de la Forma-Capital?

Recordando constantemente el modelo propuesto por Costanzo Preve en su Historia de la Ética, intenté, en este libro, una división periódica y filosófica del capitalismo, descomponiendo este último en tres fases. Se trata de tres fases dialécticas que, como sugería Preve, pueden ser libremente presentadas bajo la forma de una tesis, una antítesis y una síntesis.

Tesis: del siglo XV al XVIII, el capitalismo se afirmó por sus propios medios liberándose del modelo feudal, dotándose al mismo tiempo de una teoría filosófica que los “naturalizaba”. La oposición dialéctica burguesía-proletariado todavía no se planteaba, salvo de forma virtual: sólo preexistía la burguesía, que se despojaba progresivamente de sus últimos vestigios feudales. En el plano de la producción material, el desarrollo del capitalismo se opera a partir de la “acumulación primitiva del capital” estudiada por Marx en su libro El Capital. En el plano de la producción intelectual, esta fase verá también forjarse una moral individualista y anticomunitaria (auténtica transición de la antropología aristotélica precapitalista ―el hombre como zoon politikon― a la antropología hobbesiana del homo homini lupus), con, paralelamente, la progresiva desestructuración simbólica de toda “sustancia” comunitaria preexistente al sistema de mercado.

Antítesis: entre los siglos XVIII y XIX, el capitalismo contempla a una clase levantarse en su contra (el proletariado), dándose por misión abatirla, porque esta clase es consciente, tanto de las contradicciones internas del capitalismo, como de su propia posición de “clase esclava” en el interior del modo de producción. Así, la unificación ideal-abstracta del capitalismo como nuevo modo de producción se escinde en dos polaridades complementarias, autónomas y conflictuales (burguesía y proletariado), en lucha recíproca y dialéctica, constituyendo cada una de las dos partes una polaridad conflictual que busca “negar” a la otra en el interior de la totalidad capitalista. La burguesía defiende sus prerrogativas de clase, mientras que el proletariado lucha por la emancipación universal, en la medida en que la defensa de su intrínseca especificidad coincide con la superación del capitalismo. Emerge también, en el interior de la burguesía, una reacción filosófica al capitalismo, la cual encuentra su más alta expresión en tres autores: Fichte, Hegel y Marx. La revolución bolchevique de 1917 encendería a su vez la contradicción bajo una forma sui generis, destinada rápidamente a dar lugar a lo que Sartre, en su Crítica de la razón dialéctica, definió como lo "práctico-inerte", es decir, el residuo de la praxis: la realidad objetiva que se configura como objetividad muerta.

Síntesis: desde 1968 hasta la actualidad, el capitalismo ha “superado” la contradicción que él mismo había engendrado durante su fase antitética y dialéctica. En el modelo de Preve, el actual capitalismo totalitario-absoluto se caracteriza por el eclipse del nudo simbiótico entre las dos instancias de la “infeliz consciencia” burguesa y de las “luchas por el reconocimiento del trabajo servil”, instancias unidas por la tensión hacia un futuro no estructurado por el capitalismo. Los actuales "esclavos asalariados" (desde los obreros de las fábricas hasta los trabajadores precarios de los call centers) no constituyen ya una clase “en sí y por sí misma”, consciente de su importancia y teniendo como intención y como proyecto la superación del capitalismo. Este último ―fortalecido al haberse alimentado de lo que Hegel llamaba la fuerza mágica del “inmenso poder de lo negativo”― se ha convertido en un capitalismo totalitario-absoluto: totalitario, porque se ha apoderado de todos los campos de la producción, de la existencia y de la imaginación (tanto de la real como de la simbólica); absoluto, porque se corresponde ahora plenamente con su propio concepto (su Begriff, según la terminología hegeliana).

Sucede lo mismo con la producción intelectual. La “infeliz consciencia” se ha disuelto. A la clase dialéctica de la burguesía le ha sucedido una clase globalizada, ya no burguesa, sino ultracapitalista. La alianza, ahora disuelta, entre la "infeliz consciencia” burguesa y las luchas por el reconocimiento del trabajo servil se ha vuelto dialécticamente en conformidad con el orden capitalista como horizonte insuperable. Desde entonces, el capitalismo no ha conocido ninguna resistencia social (con toda evidencia, falta una clase que tenga como objetivo contrarrestarlo), ni oposición política (la derecha, la izquierda y el centro comparten la misma visión ultracapitalista del mundo), ni deslegitimación filosófica (salvo raras excepciones, los intelectuales, privados de la “infeliz consciencia” se han convertido en “orgánicos” del sistema vigente, en el sentido gramsciano del término).

Se declara discípulo de Costanzo Preve. ¿Qué herencia ha dejado?

Costanzo Preve ha sido, para mí, un amigo y un maestro. Cuando yo era estudiante de filosofía en la universidad de Turín, nunca perdí la ocasión de hablar con él. Nuestra pasión era pasar horas debatiendo. Costanzo no era sólo un profesor de filosofía: era un filósofo. Podría decirse de él lo que Lukàcs decía de Bloch: filosofaba como Platón y Aristóteles. Su herencia es inmensa, pero inversamente proporcional al reconocimiento que obtuvo en vida. Sin duda alguna, ha sido uno de esos pensadores “inactuales”, según la expresión de Nietzsche, es decir, no alineados con su propio presente. Fiel al pensamiento dialéctico hegelo-marxiano, nunca renunció a la pasión del anticapitalismo ―incluso si la izquierda ha pasado, de manera tragicómica, de la lucha contra el capital a la lucha por el capital―, ni cedió a los cantos de sirena de las modas filosóficas y culturales, privándose, por esa razón, de la posibilidad de un prestigio mediática y académico. Costanzo creía profundamente en la verdad filosófica; para él, la filosofía era una práctica de la verdad ligada a la dimensión histórica y social. Su época no le comprendió, sin duda porque él la había comprendido perfectamente y la había descifrado. Era un hombre en guerra, que no dejaba de combatir el presente ―la “época del pecado consumado”, siguiendo la expresión de Fichte―, rechazando pasarse con armas y bagajes al campo del desencantamiento, de la resignación y de la aquiescencia, como desgraciadamente hicieron muchos hombres de su generación. Siempre se adhirió al proyecto marxiano de rejuvenecimiento y de renovación del mundo, persiguiendo un futuro menos indecente que la miseria de los tiempos actuales. Y nunca renegó de ello, siempre a la altura de sí mismo, no adquiriendo ningún compromiso, evitando tomar cualquier atajo ―he aquí al hombre.

Preve declaró, en su época, que la división derecha/izquierda había perdido todo significado…

Estoy totalmente de acuerdo. En la era del capitalismo absoluto, esta dicotomía se ha vuelto vana e inútil. Por mucho que tuviera sentido para comprender la fase histórica que se extiende esencialmente desde la Revolución Francesa hasta Mayo del 68 ―época que yo denomino como “capitalismo dialéctico”―, esa división ha perdido todo sentido actualmente. El capitalismo ya no es sólo de derechas, como lo repiten las mentes perezosas. En la medida en que se ha convertido en totalitario-absoluto, el capital se reproduce: a) a la derecha, en economía (hegemonía del liberalismo económico más indecente, “Estado mínimo”, desmantelamiento del Welfare State, el laissez-faire planetario a expensas del bien común); b) en el centro, en política (bajo la forma de reagrupamientos intercambiables de centro-derecha y de centro-izquierda, según lo que Balibar denominaba el “extremismo del centro”); c) a la izquierda, en la cultura (contestación antiburguesa, individualismo libertario, hedonismo sin límites, desmantelamiento de los valores, defensa a ultranza del nihilismo).

Bajo tal horizonte se produce la desaparición de la división derecha/izquierda, una oposición que no expresa hoy más que una misma visión del mundo bajo formas diferentes, duplicando de forma tautológica una pluralidad truncada de perspectivas. La prueba más llamativa de ellos, propia de los últimos “Treinta penosos” (el trágico período comprendido entre 1980 y 2010, que recuerda a la fórmula de Hobsbawn, por contraposición a los “Treinta gloriosos”), reside en el hecho de que el capital y sus políticas neoliberales salvajes se han impuesto con una fuerza inigualable, siguiendo el principio de la alternancia sin alternativa, con gobiernos que un día son de centro-derecha y otro de centro-izquierda. El antagonismo derecha-izquierda no existe más que de forma virtual, como una prótesis ideológica que permite manipular el consentimiento de los pueblos y domesticar las mentes en beneficio del capitalismo, según el típico dispositivo de la tolerancia represiva, que consiste en dar al ciudadano de la sociedad global la apariencia de la posibilidad de “elegir libremente” su adhesión a la ley del Sistema. ¿Qué significado puede tener tal apuesta cuando los dados están trucados?

El abandono de las viejas divisiones partidarias debe constituir la base de la crítica del capitalismo y guiar el ideal universalista de una humanidad emancipada como fin en sí mismo. Esta obsoleta dicotomía debe sustituirse por nuevas líneas de fractura: por un lado, el anticapitalismo; por el otro, la aceptación del reino animal como el mejor de los mundos posibles y como el único destino. Con la Gramsci de las Tesis de Lyon (1926), hoy hace falta, más que nunca, “reunir y conducir a todos los elementos que, de una forma u otra, estén comprometidos con la revuelta contra el capitalismo”, a fin de favorecer “una acción general de todas las fuerzas anticapitalistas”, más allá de la derecha y de la izquierda. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne