El feminismo no es un humanismo: la gran derrota de las mujeres. Entrevista a Eugénie Bastié, por David L´Épée


Eugénie Bastié forma parte del equipo de Le Figaro y es jefa de redacción de la revista de ecología integral de inspiración católica Limite. Autora de un ensayo crítico del feminismo, Adiós señorita. La derrota de las mujeres. Conservadora, antiabortista y contraria al mito del patriarcado, forma parte de una generación de jóvenes intelectuales católicos frecuentemente calificados de neorreaccionarios. Próxima al movimiento La Manif pour tous (contra el matrimonio para todos), reivindica como mentores a Élisabeth Lévy y Natacha Polony, así como a Éric Zemmour. Es autora del libro Le porc émissaire: terreur ou contre-révolution.

El feminismo, o más bien lo que queda de él, parece creerse que las mujeres son martirizadas por un poder “heteropatriarcal”. El movimiento ha ganado la partida. Pero no las mujeres. De la ideología de género a los vientres de alquiler, Eugénie Bastié cuenta en un libro sin concesiones, Adieu Mademoiselle, las grandes etapas de esta derrota.

¿No es más fácil articular una crítica del feminismo cuando se es una mujer joven y agraciada que cuando se es un hombre mayor y feo?

Sí y no. Nada molesta más a las militantes que escuchar a una mujer tomar posición en estos temas sin sacrificarse al unanimismo feminista. Me he dado cuenta de que las críticas negativas hacia mi libro venían exclusivamente de parte de mujeres. El principio del feminismo es proclamar que existe un pueblo femenino único en el cual cada una tiene los mismos intereses, lo cual es paradójico puesto que se nos quiere hacer creer, al mismo tiempo, que la mujer no existe, que no hay un ser femenino. Ese es el problema de la paridad: la pertenencia al sexo femenino debería dar, si creemos a quienes lo pregonan, derecho a puentear la igualdad republicana y meritocrática, pero al mismo tiempo se nos dice que las mujeres no existen realmente: pertenecemos a una categoría que conviene deconstruir… La paridad consigue la proeza de negar en la mujer lo universal y lo particular.

Usted piensa que hay una nueva ideología de Estado en materia de política sexual. ¿Cómo la definiría? ¿Y por qué habla de posfeminismo en lugar de neofeminismo?

Ese tipo de feminismo es a la vez grupuscular e institucional, esa buena nueva muy pobre intelectualmente y, a la vez, muy ideológico, que se extiende actualmente en los ministerios, los periódicos y las asambleas. Hablo de posfeminismo ya que me gusta diferenciarlo del feminismo histórico. Es cierto que hay una continuidad entre Simone de Beauvoir y ese feminismo, pero es una continuidad caricaturizada e incoherente como lo son todas las ideologías posmodernas. Desde Pico della Mirandola, a comienzos del Renacimiento, hasta Judith Butler pasando por la Ilustración, es el mismo ser humano como página en blanco, sin ataduras, sin naturaleza real, que continúa radicalizándose hoy. El posfeminismo es posmoderno en tanto que se refiere a varios sistemas de valores sin preocuparse de establecer entre ellos una coherencia ideológica. Lo que le permite ser, en mismo tiempo, libertario en materia de matrimonio para todos, igualitarista cuando se trata de paridad, capitalista si hablamos del mercado de trabajo que acapara a las mujeres, puritano en relación a la represión de la prostitución, y así podríamos seguir. Cuando Simone de Beauvoir dice que no se nace mujer sino que se llega a serlo… Judith Butler se pregunta: entonces, ¿por qué llegar a ello? De la exhumación de la construcción social de los sexos hemos pasado, con el feminismo de la tercera ola y la ideología de género, al imperativo de la deconstrucción.

El enemigo de las mujeres de hoy habría que buscarlo, según usted, en el bando de lo que llama el “doble puritanismo del género y del islamismo”. ¿En qué términos se plantea el problema con el islam?

Las feministas cayeron en un dilema trágico el día de las agresiones de Colonia en aquel fin de año, puesto que no sabían a quién tenían que defender entre la mujer y ese Otro siempre asociado a una figura de víctima. Ellas, que tienen tendencia a ver en cualquier varón blanco un violador en potencia, tuvieron cierto retraso en reaccionar y no hablaron, después de una larga reflexión, más que para relativizar esas agresiones y recordar que las violencias sexuales eran mayoritariamente resultado de relaciones cercanas y de orden doméstico. Esta forma de acercar todas las pretendidas víctimas de una sociedad patriarcal y sexista funda una ideología que llamamos interseccionalidad, que nos viene de Estados Unidos y de la French Theory.

En las universidades americanas, los estudios de género se desarrollan en paralelo con los estudios poscoloniales, que ven en la sociedad occidental actual la expresión de un viejo poder inconsciente (el poder colonial) que continuaría imponiendo una forma de colonialismo cultural, tanto como el patriarcado continuaría existiendo a pesar de la igualdad ante el derecho conseguida entre los sexos. Es la idea muy de Foucault de un biopoder difuso, de una hidra con mil cabezas que parece regir la sociedad. La interseccionalidad quiere que los “pobres de la tierra”, ya sean mujeres, inmigrantes o explotados, formen todos una alianza entre ellos contra el varón blanco heterosexual. Esta alianza ya fue parcialmente realizada en los años 70 bajo la forma de un pacto de circunstancias entre feministas y homosexuales, cuando el Movimiento de Liberación de la Mujer y el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria desfilaban juntos contra el ogro moral “burgués”. Hoy en día, hay una ruptura entre una parte de las feministas y el movimiento LGTB alrededor de la cuestión de los vientres de alquiler; algunos militantes han rechazado de hecho participar en marchas por el orgullo gay que tengan como consigna pedir la legalización de la maternidad subrogada. Esta toma de conciencia, aunque mínima y tardía, explica que una parte de las feministas se descuelguen ahora de la causa gay. En cuanto a las otras, continúan tristemente negando la especificidad de lo femenino que es todavía, hasta prueba de lo contrario, la posibilidad de engendrar en el propio cuerpo. Esta diferencia entre hombres y mujeres no es anodina, no es solo instrumental, es el fundamento de una relación con el mundo muy específica.

Usted intenta una comparación entre la imagen de la mujer en Balzac y en Houellebecq. ¿Qué aprendemos con este ejercicio comparativo?

Balzac y Houellebecq son autores interesantes ya que describen cada uno la “comedia humana” de su época, son unos novelistas-sociólogos; pienso, de hecho, que la literatura es la verdadera sociología. En Balzac, la mujer está en el centro del juego social, ya sea seductora, manipuladora, ya siga a su razón o a su corazón. En Houellebecq, la mujer siempre queda reducida a una prostituta o a una pesada. Al contrario que Éric Zemmour (que se confunde en este punto, en mi opinión), Houellebecq ha comprendido que no vivimos en una fase de feminización de la sociedad. La profesora desilusionada, la musulmana, la prostituta tailandesa, la periodista, etc.: personajes diferentes que atestiguan en sus novelas una reducción radical del imaginario femenino, síntoma de lo que ha provocado el feminismo, es decir, una desvalorización de la mujer.

Usted opone el silencio o las vacilaciones de las feministas alrededor de asuntos graves en los que las mujeres son atacadas violentamente (como en las agresiones de Colonia) y sus intervenciones tan espectaculares como anecdóticas como la lucha contra el impuesto sobre los tampones o la exigencia de paridad en los concursos. ¿Esta desconexión con las prioridades de la realidad no lleva a cierto feminismo de clase?

Es un problema que viene de la hegemonía de las ciencias sociales, que consideran que la dominación simbólica es equivalente a la explotación física y material. Una alusión pesada de un periodista es colocada en el mismo plano que una violación en Colonia o una agresión en el metro o la esclavitud sexual de una extranjera. Se dice que existe una continuidad en la violencia entre la broma tonta, el insulto sexista y la violación, y yo no creo que sea así en absoluto. De hecho, las posfeministas no entienden que la diferencia entre los sexos pueda ser una riqueza ya que piensan que se trata de una discriminación organizada socialmente para debilitar a las mujeres. La mayor debilidad de las mujeres es debida a la biología, a la necesidad que tiene de proteger a la criatura que puede llevar dentro de ella, y esta vulnerabilidad ha llevado a la sociedad a construirse, durante siglos, como protección de la mujer. Como esta debilidad biológica es hoy menos visible que antes tenemos tendencia a negar la diferencia que se encuentra detrás. Y como la sexualización tiende a desaparecer en el mundo de los adultos existe la tendencia a querer consolidarla en la infancia, en la sexualización de los juguetes, proceso en el cual el mercado se desarrolla. Comercialmente, nunca los universos de niños y niñas han estado más separados. Mientras que antes la diferencia de sexos estaba organizada por la cultura, hoy se deja en manos del mercado y resurge de manera brutal y caricaturizada, ya sea en los juegos para niños, en la pornografía, en la publicidad, en la telebasura, etc. La mujer es más que nunca un objeto, rebajada a su única dimensión sexual, en esta no-cultura mercantilizada.

¿Cómo se entiende su crítica del feminismo con el elogio que hace de Simone de Beauvoir?

Siento admiración por la intelectual que fue Simone de Beauvoir ya que he trabajado la idea de que se puede admirar a alguien sin estar de acuerdo con esa persona. Aprecio su libertad en la forma de hablar, su profundidad, su erudición: ella lo había leído todo, mientras que sus herederas solo la han leído a ella. En su trabajo filosófico hay algo de enciclopédico que me impresiona. Estimo su genio así como ese existencialismo libertario que ella encarnaba y que hoy se ha transformado en orden moral puritano. Mientras que ella tenía sed de libertad y le gustaba ir contra la doxa de su época, sus herederas se arman de estadísticas y apuntan a la más mínima broma sexista. Otras cosas, sin embargo, me disgustan en Simone de Beauvoir.

Cuando se sentaba a fumar en la terraza del Café de Flore acompañada por Sartre, decía que todas las mujeres debían existir en la sociedad, que debían ser poetisas o artistas (ya que consideraba que la mujer en el hogar “no produce nada”), pero estaba viviendo lejos de la realidad concreta de lo que es el trabajo de las mujeres. El primer oficio femenino en Francia es el del trabajo en el hogar, 85% de las familias monoparentales están a cargo de mujeres y son las familias más precarias. Las mujeres están siempre en el primer plano de la violencia social debido, entre otras cuestiones, al divorcio y al aborto, que han beneficiado sobre todo a los hombres. Como lo explican muy bien Clouscard y Houellebecq, el feminismo se ha aliado con el liberalismo libertario surgido de mayo del 68, cuyo objetivo ha sido destruir la última barrera que se oponía al mercado, es decir, la familia. Consiguiendo este aliado, el feminismo ha permitido la extensión de la lucha hasta el interior mismo del hogar familiar. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne