Las ambigüedades de la «derecha radical» frente al islam, por Stéphane François y Olivier Schmitt


Para una parte de la derecha radical, el islam es una religión viril que combate la creciente feminización de nuestras sociedades, antioccidental, antimaterialista y antimoderna, próxima a la tradición, un análisis que se aproxima a la franja radical de los católicos franceses. Desde finales del siglo XIX, la derecha radical francesa siempre ha tenido ambiguas y/o fascinadas relaciones con el mundo árabo-musulmán, visto como una entidad etnorreligiosa homogénea en el contexto de una moda orientalista de la época.
 
En el curso de la década de los años 80 del siglo pasado, la Nueva Derecha, por ejemplo, mostraba ambiguas relaciones frente a los árabes y el islam bajo la contradictoria influencia de los tradicionalistas y de los diferencialistas. En efecto, la ND tenía una relación ambivalente frente al islam, fundada, al mismo tiempo, en el rechazo y la fascinación, relación de la que depende, en gran parte, la tendencia de la ND que aquí estudiamos: Guillaume Faye es antimusulmán y se aproxima a la extrema derecha judía; Alain de Benoist es relativamente tolerante frente al islam; Christopher Gérard califica al islam de “monoteísmo casi perfecto” pero rechaza su proselitismo; los "perennalistas" lo aceptan en nombre de René Guénon y Frithof Schuon  (el islam es considerado por los perennalistas norteamericanos como formando parte de Occidente. Insisten, además, sobre el sentido de la palabra Magreb, el Poniente, muy próxima del sentido del término Occidente, ambos utilizados por algunos de ellos como sinónimos), los dos convertidos al islam, como Claudio Mutti. Christopher Gérard, por su parte, reconoce estar interesado en el sufismo, como lo demuestra una entrevista con el universitario sufí iraní Seyyed Hossein Nasr (es también uno de los filósofos perennalistas mundialmente más conocidos) y la recensión en su revista de libros sobre este tema. Esta diversidad de posiciones muestra claramente la relación de fascinación/repulsión que la Nueva Derecha experimenta frente a esta religión. Es interesante señalar que el análisis de las fuentes pone en evidencia que la nebulosa neoderechista no ve en el islam más que a sus fundamentalistas conservadores y no a la diversidad de sus practicantes.

El universitario Claudio Mutti, que representa el polo tradicionalista-revolucionario de la Nueva Derecha italiana (es el traductor y editor de textos consagrados a la Guardia de Hierro rumana) escribió, en 1985, un artículo sobre su evolución espiritual titulado “Por qué he elegido el islam” (Pourquoi j’ai choisi l’Islam, Éléments n° 53), en el cual explica las razones de su conversión. Estando su tradicionalismo nutrido por las teorías guenonianas, consideraba lógicamente que «el islam se me revelaba, no como una nueva religión ligada al medio humano árabe, sino como la forma más reciente (adaptada a las condiciones de la fase actual de nuestro ciclo de humanidad) adoptada por la Tradición Primordial de la que derivaron las tradiciones indoeuropeas». Además, este autor se enorgullece de su itinerario religioso, que compara al de sus prestigiosos predecesores: «[…] yo recordaría aquí los nombres de René Guénon y de Michel Vâlsan (de origen rumano), del suizo Titus Burckhardt y del holandés Martin Lings, del alemán Ludwig-Ferdinand Clauss…».

Este tradicionalismo esotérico es un poderoso estimulante en la fascinación que experimentan algunos neoderechistas por esta religión. Sin embargo, René Guénon ha influido en una gran cantidad de personas que no tenían ninguna relación con las derechas radicales: por ejemplo, los hippies se reconocían en su obra en los años 60.

Mutti se refiere también, en otros textos, a la islamofilia de Julius Evola, este último, a semejanza de Guénon, viendo en el islam una forma tradicional completa, es decir, exotérica y esotérica. Además, Evola estaba fascinado por la yihad y su doble interpretación: la pequeña guerra santa (la guerra material) y la gran guerra santa (la guerra espiritual interior), constituyendo la yihad, según él, un «tardío renacimiento de una herencia aria primordial». Este tradicionalismo esotérico sería un poderoso estímulo en la fascinación que algunos autores de la Nueva Derecha experimentarían por la religión islámica.

Encontramos en Claudio Mutti otro interés por los países árabes: el apoyo al terrorismo de Estado de ciertos países árabes, en particular el libio. En efecto, como otros revisionistas, Mutti mantuvo, en la década de los años 80, vínculos con países árabes como Libia, animando, por ejemplo, la Asociación Italia-Libia que luego se convertirá en la Asociación Europa-islam (Boutin, 1992). Esta corriente arabófila incitaba a la yihad en nombre del combate contra el “plutojudaísmo” (Duranton-Crabol, 1991). Continuando este combate, Claudio Mutti fundará en 1984 la revista neofascista Orion que se convertirá, a continuación, en el punto de encuentro del revisionismo de derecha, pero donde también encontramos páginas de revisionistas procedentes de la ultraizquierda (Milza, 2002). De hecho, Claudio Mutti es un viejo militante de la ultraderecha. Es también uno de los mejores conocedores de la recepción de la obra de René Guénon en Rumanía y un especialista en Hungría. Es, en fin, conocido por sus estudios sobre Corneliu Codreanu (y la Guardia de Hierro), así como del fundador de las Cruces Flechadas, Ferenc Szálasi. Próximo también a Giorgio Franco Freda, un editor de extrema derecha, y como él, un partidario de la estrategia de la tensión. La islamofilia de Mutti debe ponerse en paralelo con un antisemitismo persistente en los círculos de la derecha radical. En la década de los años 80, Mutti jugó un importante rol en tanto que referencia intelectual en las franjas radicales de la extrema derecha francesa, en particular entre los nacional-revolucionarios, en los tradicionalistas-revolucionarios de la revista Totalité (que se transformó, a principios de los años 80 en la casa editorial Pardès) y en la tendencia esotérica de la Nueva Derecha. Esta importancia todavía es visible en los nacional-revolucionarios franceses de Avatar, que editaban la versión francesa de la revista geopolítica de Mutti bajo el nombre Eurasia (salieron tres números entre 2006 y 2009).

Por otra parte, el tradicionalista evoliano Bernard Marillier, reconocía en 1985, en una carta enviada a la revista Eléments reaccionando a un artículo de Sigrid Hunke (Lo que Europa debe a los árabes, Éléments, n° 53), que la aportación de la civilización musulmana a la civilización europea, en dominios científicos tales como la óptica, la física, la química, y en los progresos de las ciencias experimentales, era innegable, además de insistir en que “si bien todos los árabes son musulmanes (o islámicos), no todos los musulmanes son étnicamente árabes” (carta de B. Marillier publicada en Éléments, n° 54-55) Desde este momento, pone de relieve el aporte de las poblaciones indoeuropeas “arabizadas”, en particular los indopersas de origen indoeuropeo. Encontramos así un cierto etnocentrismo racial que niega a ciertos grupos étnicos, no indoeuropeos, la capacidad para fundar grandes civilizaciones. Y concluía su carta afirmando que «[…] el innegable avance que el mundo islámico poseía en numerosos dominios era el resultado de elementos étnicamente no árabes, sino indoeuropeos, tales como los iraníes (y en algunos casos, hindúes). Esto explicaría que ciertas innovaciones, de carácter indoeuropeo, pudieran ser extrapoladas y explotadas por los europeos, surgidos de la misma cepa indoeuropea.

Actualmente, la tendencia völkisch de la Nueva Derecha, de la que forma parte Bernard Marillier, bajo la cobertura de apoyo al diferencialismo radical, desarrolla un racismo antiárabe/antimusulmán. Así, en diciembre de 2001, en una tribuna libre de la revista regionalista Utlagi, Pierre Vial afirmaba: «Toda cultura es respetable y nosotros combatimos por el derecho a la identidad de todos los pueblos, frente al mundialismo nivelador, esterilizador, destructor. Pero tenemos la debilidad de tener preferencia por nuestra cultura ‒porque es la nuestra y la única que tenemos. Somos conscientes de que esa identidad está hoy amenazada de muerte. Estamos comprometidos en una guerra de resistencia y de reconquista. Simplemente para poder ser nosotros mismos. Esta afirmación es totalmente incompatible con el sistema establecido y la ideología que lo sostiene, por lo que hay que hablar claramente de una necesaria revolución identitaria. La expresión quizás pueda asustar. Pero corresponde, simplemente, a la realidad. Resta saber si queremos mirarla a la cara o meter la cabeza bajo el sable». En el mismo texto, el autor da este aviso: […] si mis ancestros son los galos, comprendo más fácilmente por qué no tengo inclinación, a priori, por las costumbres y creencias procedentes del sur del Mediterráneo…».

En esta dirección, Guillaume Faye desarrolla un discurso similar, aunque más violento, En efecto, más de la mitad de su ensayo “Por qué combatimos. Manifiesto de la Resistencia europea”, está consagrado a esta cuestión, mientras que otra de sus obras “La colonización de Europa. Verdadero discurso sobre la inmigración y el islam” se focaliza exclusivamente en este tema. Faye está convencido de que esta religión intenta colonizar Europa: «Más que de inmigración hay que hablar de colonización masiva de población por parte de los pueblos africanos, magrebíes y asiáticos, y reconocer que el islam ha emprendido la conquista de Francia y Europa; que la delincuencia de los jóvenes no es más que el inicio de una guerra civil étnica; que estamos invadidos tanto por culpa de las maternidades como de las fronteras porosas; que, por razones demográficas, existe el riesgo de un poder islámico instalado en Francia, en primer lugar en el nivel municipal y, quizás después, en el nivel nacional […] Si nada cambia, corremos para precipitarnos en el abismo. En dos generaciones, Francia ya no será un país mayoritariamente europeo por primera vez en su historia. Alemania, Italia, España, Bélgica y Holanda seguirán la misma funesta ley con algunos años de retraso […] Jamás la identidad étnica y cultural de Europa, fundamento de su civilización, había estado tan gravemente amenazada». En consecuencia, según Guillaume Faye, Europa corre el riesgo de sufrir un auténtico etnocidio.

Estos ejemplos muestran la complejidad de las relaciones entre el mundo árabo-musulmán y la derecha radical. En efecto, la derecha radical francesa siempre ha tenido, desde finales del siglo XIX, relaciones ambiguas y fascinadas con los árabes. Así, el escritor Edouard Drumont (1844-1917), fascinado por esta civilización, soñaba con una alianza entre los cristianos y los árabes para combatir el judaísmo (P. Birnbaum, L’extrême droite, les Juifs et les Arabes, L’Histoire n°162) Algunos antisemitas seguirán sus pasos, como Henri Rochefort (1831-1913) y Abel Clarin de la Rive (1855-1914), animador de la revista La France antimaçonnique. A principios del siglo XX, aparecen en Argelia, siguiendo a los publicistas François Gourgeot y Georges Meynié, los colonos antisemitas y arabófilos. Charles Maurras (1868-1952) mismamente, sucumbió a la arabofilia, como lo demuestran sus Páginas Africanas, relato de su estancia en Argelia en 1935. Gustave Le Bon (1841-1931) también fue arabófilo: defendía la identidad y la independencia de los árabes y deseaba una alianza con ellos para luchar contra el judaísmo. Por ello, así como por su defensa de la separación de las culturas francesas y árabes, se le considera un precursor del diferencialismo.

De hecho, «el nacionalismo explícito de los países del occidente europeo ha cambiado de sentido y de orientación en el curso de los años 80 y 90: ya no se centra en una xenofobia sobre los países vecinos, sino sobre la defensa de la identidad nacional percibida como amenazada por una inmigración supuestamente incontrolada y masiva» (P.-A. Taguieff, L’effacement de l’avenir, 2000). Estas tesis fueron elaboradas por la tendencia más radical de la Nueva Derecha, como son los tránsfugas del GRECE (asociación de la ND) que se pasaron al Front National, Así, por ejemplo, Dominique Venner, a la vez próximo de las ideas nacional-revolucionarias, pero retirado de la vida política, no dudaba en escribir que «los historiadores del futuro dirán que la invasión de Francia y Europa por las masas africanas y musulmanas comenzó en 1962 con la capitulación francesa en Argelia» (D. Venner, L’histoire n’est jamais finie, La Nouvelle Revue d’Histoire n° 8). Pero, según él, «lo impensable era, sin embargo, en las décadas que siguieron a la independencia, la llegada de varios millones de argelinos a Francia. Lo impensable hoy es, por ejemplo, el retorno de estos argelinos y de otros inmigrantes africanos. Retengamos del pasado que lo impensable puede, un bello día, convertirse en realidad». No hay que olvidar, sin embargo, que este racismo antiárabe es una herencia de Europe-Action, el grupo fundado por Dominique Venner y Jean Mabire.

Las acusaciones de racismo son violentamente rechazadas por el GRECE durante la campaña de 1979 contra la Nueva Derecha. Así, Alain de Benoist insistía, en el prefacio de su libro Les idées à l’endroit, «que la Nouvelle Droite se ha pronunciado constantemente, y de forma explícita, contra toda forma de totalitarismo y de racismo […]». Pierre-André Taguieff, sin embargo, está convencido de que ese racismo estaba presente en los orígenes del GRECE: según él, la crítica del racismo, teniendo por corolario el elogio del diferencialismo, aparece hacia 1977, después de la publicación de la obra colectiva Raza e inteligencia, firmada bajo el seudónimo (también colectivo) de Jean-Pierre Hébert.

Encontramos también, en la derecha radical, una arabofilia ligada a una forma de tercermundismo bajo la influencia de las tesis del teórico belga Jean Thiriart. Él nunca estuvo interesado en el islam en su conjunto, porque apoyaba el régimen de Nasser y el Baas, pero abogó siempre por una alianza con los nacionalistas árabes, en particular sirios y palestinos, en una empresa de “liberación” de Palestina y de Europa respecto a una ocupación, por así decirlo americano-sionista. Sus simpatías por los regímenes laicos árabes y turcos se explican, entre otros motivos, por su detestación nunca desmentida del islam. Pese a todo, existen algunos discípulos fascinados por esta religión. Uno de ellos es Christian Bouchet, el cual ha sido proiraquí y prolibio. En 2002, publicó un estudio sobre el islamismo que minimizaba su peligrosidad: 

«Hoy, Occidente tiembla ante el islamismo, cuando éste ya no es más que la sombra de su grandeza (…) Que se nos entienda bien. El islamismo, tal y como lo definimos, ha existido siempre y siempre ha sido capaz de movilizar a las masas. Sus elementos más extremistas son capaces de organizar operaciones mediáticamente impresionantes. Pero los jóvenes iraníes o los jóvenes paquistaníes (incluso, en menor grado, los jóvenes afganos) tienen todos algún pariente próximo en el extranjero y ellos ven las cadenas occidentales por satélite. El mundo moderno y sus valores no les son extraños (…) En el país en el que accede al poder, el islamismo no “cambia la vida”, no aporta una alternativa al mundo moderno, sino que únicamente recubre con una capa de moralina la modernización de la sociedad. En este sentido, su fracaso es total y es por ello que, a término, está condenado a desaparecer» (Bouchet, 2002).

Christian Bouchet, que ha sido miembro del Front National, representa la minoría proárabe y promusulmana de este partido. Por otra parte, impartió en 2007 una conferencia sobre el tema “el islam y el combate nacional” en el marco de la asociación Égalité et Réconciliation. También se aproximó, durante un período, al ensayista Alain Soral y participó en el difunto bimestral Flash.

Próximo a Bouchet está Arnaud Guyot-Jeannin, un católico discípulo de Guénon y Evola y antiguo miembro de la Nouvelle Droite, que publicó una tribuna libre en el periódico Flash, en el cual afirmaba que había que acabar con la islamofobia (Guyot-Jeannin, 2009). Según Guyot-Jeannin, esta actitud está ligada a la voluntad de los Estados Unidos de encontrarse frente a un nuevo chivo expiatorio, tras la desaparición de la Unión Soviética. Leyendo esta tribuna, destaca especialmente que Guyot-Jeannin condena la “americanización” del mundo, el “mundialismo americanocéntrico”, y que ve en el islam a un aliado en este combate. De hecho, un cierto número de tradicionalistas de extrema derecha se convirtieron al islam, detestando por tanto a Occidente, al materialismo y al ateísmo.

Otros autores de la derecha radical no comparten necesariamente esta línea, especialmente sobre la cuestión del islamismo. El caso de Alexandre del Valle, ensayista que se presenta como “geopolítico”, es un ejemplo interesante. Este autor, cuyo nombre real es Marc D´Anna, comenzó publicando sus escritos en la revista pagana de derecha Muninn y en la revista neofascista Réfléchir et Agir, participando en diversos acontecimientos militantes de estos grupos ultraderechistas en la década de los años 90, como en las universidades de verano de Synergies Européennes (movimiento disidente del grupo principal de la ND); el Fórum de la Nación en Lyon en 1999, coorganizado por L’œuvre française, en presencia de Pierre Sidos, del antiguo SS Jean Castrillo y del revisionista Vincent Reynouard; o en una reunión del Fórum de la Juventud lepenista (Monzat, 2002). Del Valle se adhirió después a las filas de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), donde cofundó el movimiento La Droite Libre, que se presentaba como una corriente de “la derecha desacomplejada”. Su primera obra, inicialmente publicada en 1997 y titulada Islamisme et États-Unis, une Alliance contre l’Europe, establecía el vínculo entre una religión musulmana presentada como fundamentalmente agresiva y la instrumentalización política que se hacía de ella por la “democracia totalitaria” de los Estados Unidos, que alentaba el islamismo (fundamentalmente compatible con el capitalismo mundializado) a fin de forzar a las naciones europeas a integrarse definitivamente en el orden euroatlántico bajo dominio norteamericano (Del Valle, 1997). En la visión totalizante tradicional de la geopolítica, donde “todo está vinculado”, los movimientos sociales de variada naturaleza (ascenso del islam político, surgimiento del fenómeno yihadista internacional) son asociados a la mano invisible, pero voluntarista, de los Estados Unidos que favorecen conscientemente el “fascismo verde”.

Si bien Del Valle ha atenuado sus proclamas antiamericanas después de los atentados del 11-S (reaproximándose a la derecha conservadora israelí), su caballo de batalla sigue siendo la lucha contra el islamismo, que le sirve de criterio interpretativo de los peligros, por ejemplo, que plantearía la entrada de Turquía en la Unión europea (Del Valle, 2004). Del Valle no proclama ya, como hacía antes, la alianza islamo-americana, pero su interpretación continúa influyendo en los círculos de las derechas radicales. Así, el sitio complotista Réseau International, anunciaba disponer de pruebas de que los Estados Unidos sostenía, de hecho, al grupo Daesh en Irak en lugar de combatirlo, mientras que Thierry Meyssan afirmaba que había sido la CIA la organización que había impulsado la creación del grupo islamista radical.

Es en este contexto de ambivalencias frente al islam que debe comprenderse la controversia que agitó los medios derechistas radicales en 2014 en torno al “Manifiesto por una nueva política extranjera de Francia", presentado como una potencial doctrina del FN sobre el tema (Chauprade, 2014). En este manifiesto, Aymeric Chauprade escribía que el 11-S era la consecuencia de la “probable colusión entre el Estado profundo americano y el Estado profundo saudí”, y la lógica consecuencia de “la alianza monstruosa nacida en la guerra de Afganistán”, una posición en la línea de Del Valle en 1997. Sin embargo, en el mismo texto, afirmaba apoyar la participación de Francia en las operaciones militares contra el grupo Estado Islámico y una reaproximación a Israel en nombre de la lucha contra el islamismo (la línea post-11-S de Del Valle), una proposición que fue muy rechazada por aquellos que consideran que el enemigo principal sigue siendo el imperialismo americano-sionista. Para los partidarios de este enfoque, conviene distinguir entre los “buenos” musulmanes conservadores y patriotas, y la “escoria islamista”, “esa nueva generación perdida” […], portadores de una ideología delincuente americano-liberal prolongada ahora en un salafismo superficial […] y su odio revanchista sobre la Francia colonial que nunca fue de su agrado» (Soral, 2011). El bucle se cierra, siendo el islamismo, finalmente, una invención americana, haciéndose posible oponerse a él sin contravenir una cierta arabofilia ultraderechista, y reinterpretar los acontecimientos recientes según el criterio interpretativo de la objetiva alianza entre el americanismo y el islamismo. El apoyo “oficial” de los radicales derechistas, o de una buena parte de los mismos, al régimen de Bachar El Assad, apoyado además por la admirada Rusia, tiene la doble ventaja de resistir al imperialismo yanqui, y presentarse como una muralla contra el islamismo, todo lo cual encaja perfectamente en este cuadro. ■ Fuente: Interrogations