¿Podemos todavía creer en el neoliberalismo? No, la mundialización no es “feliz”, por François Martin


Se nos intimida para creer en el neoliberalismo y en la “feliz mundialización”. Todo indica, sin embargo, que ha fracasado: los que sufren gritan en la calle y cada vez son más numerosos. 

Como única respuesta, se les pide con lo hagan con una sonrisa. Vivimos una deriva general de la política, de la que el escritor Mathieu Baumier ha encontrado la clave en su libro Viaje al fondo de las ruinas liberal-libertarias.

La democracia no es más que la imagen de sí misma

En primer lugar, dice algo que ya sabemos, pero que se expresa cada vez más claramente: «La ideología liberal-libertaria es, con toda evidencia, la ideología de nuestro tiempo, la que estructura nuestra sociedad, Para Jean-Claude Michéa, es el encuentro entre el pensamiento económico liberal y lo que conocemos como pensamiento libertario, por referencia al primado del deseo individual que se impone (…) Esta primacía del individuo es el punto común entre el social-liberalismo, que encontramos habitualmente en la izquierda, y el liberalismo-social, que lo encontramos generalmente en la derecha. Estas son las dos caras de una misma ideología». La crisis de la revuelta de los “chalecos amarillos”, consecutiva a la desaparición fáctica izquierda/derecha por parte de Emmanuel Macron durante las elecciones presidenciales francesas, pone finalmente de manifiesto la auténtica y principal amenaza interna de nuestra sociedad. lo que generalmente llamamos la derecha. Así, como dice Matthieu Baumier: “los últimos años no han supuesto la victoria de una nueva forma de hacer política, sino la búsqueda del mismo poder ideológico liberal-libertario por otros medios”.

A la siguiente pregunta, si “esta ideología ha distorsionado paradójicamente el ideal de libertad hasta el punto de presentar una deriva totalitaria”, Matthieu Baumier responde: «Una minoría de individuos, a escala planetaria trabaja para instituir este modo de funcionamiento (...) apoyándose en la industria de la felicidad, en la "happycracia"». Y es este concepto de "happycracia" lo que es interesante. Baumier precisa a continuación su pensamiento, mostrando «cómo se nos impone una imagen virtual del mundo que pretende ser realidad», el papel que la tecnociencia (¡y de la prensa”) en este proceso y lo que sucede entonces: la “desrealización de la realidad cotidiana”, añade el autor. «Estamos en un momento postdemocrático que guarda las apariencias de la democracia representativa y liberal, pero donde la democracia no es más que la imagen de sí misma». Vivimos en una imagen de un mundo que creemos que sigue siendo el mundo real. Hemos salido de la realidad, en beneficio de una realidad imaginaria y entretenida.

La “happycracia” de los malhechores y de los gentiles

Más que el “debate-espectáculo”, es precisamente esta deriva, en tanto que es sorda, permanente, cotidiana, que nos hace “salir de la realidad”, sin siquiera darnos cuenta, en beneficio de otra realidad imaginada y más divertida, lo que todavía es más grave, porque es el signo de un miedo al riesgo y al conflicto, derivado de nuestra inmadurez, que es también la propia de nuestra sociedad posmoderna.

Sabemos que las relaciones entre los pueblos y las naciones siempre se han basado en relaciones de fuerza, donde el débil es irremediablemente aplastado, y sin embargo nos dejamos atrapar por la ideología de la “feliz globalización”, con sus malhechores, por un lado, y sus bienhechores, por otro. Cuando algunos dicen que es importante hacerse respetar por los demás, que hay que estar preparados, que debemos mostrar nuestra fuerza para no dejar que los agresores tomen confianza, entonces nos dicen que eso es “fascismo” y que debemos decir a nuestros enemigos: “No nos odiéis” (pero ellos seguirán odiándonos…). Vemos todos los días, en algunos suburbios europeos, en Oriente Próximo y en África, los estragos que produce el islam político, y, sin embargo, seguimos creyendo, cuando se nos presenta con algo de convicción, que el islam es una “religión de paz y amor”.

La horda de los sacrificados

Mientras que nuestro orden público se basa en los principios del estado civil, de la administración y de las fronteras, tenemos en nuestro suelo a miles y miles de personas que han entrado ilegalmente y no están inscritas en el sistema civil. Estas personas han sido entregadas sin escrúpulos, a menudo por sus propias familias, con el apoyo tácito de sus gobiernos, a viles contrabandistas y mafiosos, que las dejan morir de sed en los desiertos o ahogados en los mares, antes de ser explotados en los países de acogida por las mafias empresariales sin escrúpulos. Cuando algunos dicen que hay que detener este horror, cueste lo que cueste, entonces se les dice que eso es “racismo”, y seguimos dejando que suceda.

Seguimos creyendo en el liberalismo, mientras que aquellos que son sus víctimas gritan y se indignan ante nuestros impávidos ojos.

Un debate con trampa

¿Realmente pensamos que 67 millones de franceses, 60 millones de italianos o 47 millones de españoles, pueden ponerse a debatir, en sus barrios, en sus ciudades, en sus regiones, las propuestas que pueden sacarles del atolladero, como si fuera un milagro, mientras que los gobiernos nos dicen que “no debemos cambiar el rumbo? ¿Realmente pensamos que la puesta en marcha de esas ideas, si es que existen, se haría de forma imparcial? ¿Cómo podemos decir, al mismo tiempo, que ya no creemos en nada de lo que viene de la política, por su doblez (ni en los medios que los acompañan en este oprobio), y pensar que saldrá algo válido de un debate nacional mediatizado y desviado de sus fines desde el principio?

El problema es nuestra profunda inmadurez, nuestra preferencia por “una realidad imaginaria y divertida”, que nos hace, sobre todo, no querer ver y no querer saber. Como nuestros jóvenes, que se refugian en los paraísos artificiales de la droga o del mundo digital, de donde viene su incapacidad para afrontar el mundo real, la “happycracia”, entonces, nos sirve de “alucinación” o de “ficción”. ¡Pero no os preocupéis, mañana todo será posible! Es el gran debate-espectáculo, el que interesa a nuestros gobiernos. Debatir y debatir, para que los problemas continúen. Mientras tanto, el mundo real: nuestros conciudadanos, que trabajan, que sobreviven a duras penas, que malviven en algunos casos, ante la falta de respuestas, ya no quieren debates, y van a sublevarse. Esta es la única realidad posible. ¿Cuándo saldremos, por fin, del sueño? ■ Fuente: Causeur