El auge del nacional-populismo intelectual y mediático, por Nicolas Truong

Tanto en la prensa como en los medios audiovisuales, los polemistas del movimiento soberanista e identitario se imponen contra la dictadura de la “biempensacia”. ¿Reequilibrio ideológico o nueva hegemonía cultural? El autor se alarma del éxito intelectual y mediático que, en Francia, está teniendo la tendencia “neoderechista” y nacional-populista. Que un artículo de esta factura se publique en el izquierdista Le Monde indica que el pánico está cundiendo entre sus filas.

Más que una pequeña sinfonía se trata de una auténtica ofensiva ideológica. Francia parece tomada por el auge del nacional-populismo mediático. No pasa un trimestre sin que alguna editorial publique una obra contra la “dictadura de la biempensancia” progresista. No pasa un mes sin que algún polemista fustigue el “derechohumanismo” de las élites. No pasa una semana sin que algún semanario ataque la “tiranía del arrepentimiento”, a los “tontos útiles” del comunitarismo y del islamo-izquierdismo. No hay una emisión de debate sin que sea denunciada la empresa de lo “políticamente correcto” o las derivas del “feminismo victimista”. No pasa un día sin que las “cadenas de información alternativa” impongan sus problemáticas.

El nacional-populismo tiene sus partidarios, su credo, sus héroes, sus redes, sus autores y sus aficionados. Pero, intelectualmente, esta corriente ha salido del gueto. Y, mediáticamente, se siente llevado en volandas y se extiende por las ondas y las pantallas, y no solo en las de extrema-derecha. Este pensamiento de la “nueva derecha”, en las revistas L´Incorrect, mensual próximo a Marion Maréchal, o Causeur, tocan el tono nacional-soberanista. Pero, con notables variantes, esta galaxia “se despliega también en Valeurs Actuelles, semanario liberal-conservador considerablemente derechizado, e incluso en algunas páginas de Le Point y Le Figaro. Su influencia también gana terreno en otros diarios, históricamente anclados en el centro o en la izquierda, como Marianne y otros varios, donde algunos editorialistas invitan a “levantar los tabúes” —de la inmigración, frecuentemente— y a liberarse del “izquierdismo cultural”.

No se trata solo de una tendencia, de una corriente, de una movida, sino de un “hecho cultural” total, analiza Pierre Ronsanvallon, “Este populismo intelectual y mediático no tiene un órgano oficial ni está directamente asociado a un proyecto político, pero se difunde ampliamente en todo el espacio público”, prosigue el historiador, que ha publicado el libro titulado El siglo del populismo. “Está en el mismo corazón del campo político y mediático que el catecismo neorreaccionario prospera”, se alarma el historiador Daniel Lindenberg, autor del folleto Llamada al orden. «No es nuestro campo, sino la realidad la que se ha convertido en reaccionaria”, señala Elisabeth Lévy, directora de redacción de la revista Causeur. Tras “los años de negación, por parte de la izquierda intelectual, de la islamización de las ciudades y la cuestión identitaria, se ha vuelto imposible decir que ya no se ve lo que se ve, de ahí el reequilibrio de las relaciones de fuerza ideológicas a las que asistimos, prosigue la periodista —que se define como “nacional-liberal”. Así, insiste, “el colapso de la izquierda no viene de la victoria de los reaccionarios, sino del hecho de que ya no tiene nada que decir sobre los que está pasando”.

Pero ¿cómo llamar a esta movida donde los editorialistas de derecha y los ensayistas clasificados a la izquierda comulgan en el rechazo del “inmigracionismo” y, a veces también, en la confusión entre islam e islamismo, incluso con el terrorismo? Forjada por el filósofo Pierre-André Taguieff, la noción de “nuevo nacional-populismo” designa “la forma adoptada por la demagogia en las sociedades contemporáneas” cuando la “dimensión nacionalista” se revela “central”. Es “una denominación posible” del fenómeno, asegura Clément Viktorovitch, profesor de retórica en Sciences Po. Para este, se trata de un “populismo identitario” desde lo alto, el de una parte de las élites mediáticas. “No les dejemos apropiarse de la nación ni del pueblo calificándoles de nacional-populistas”, reclama Jean-François Kahn. No, esta galaxia heteróclita está compuesta de izquierdistas derechizados, de reaccionarios, de maurrasianos, pero también, hay que decirlo de auténticos neofascistas que articulan el autoritarismo de derechas, xenófobia y antiliberalismo de izquierdas».

La batalla por la hegemonía cultural de la extrema-derecha está, hoy en día, claramente fijada y visualizada. Redactor-jefe de la revista Éléments, gerente de La Nouvelle Librairie y ensayista que glorifica el “neofascismo” del movimiento italiano CasaPound, François Bousquet asegura: “Es el espacio público el que nos hace falta ocupar” [¡Coraje! Manual de guerrilla cultural, su última obra, cuya versión española publicará próximamente la editorial Eas]. En la estela del “gramscismo de derecha”, teorizado en 1981 por Alain de Benoist, se trata, a la manera del filósofo comunista italiano Antonio Gramsci, de conquistar “la hegemonía cultural”, a saber, “la facultad de transformar la ideología de un grupo social en sentido común, en creencias espontáneamente aceptadas”, indica Bousquet.

Hoy, el poder se toma por la sociedad civil, las redes sociales, los medios y la cultura popular. La ambición es imitar el militantismo de las minorías —postcoloniales, interseccionales y LGTBI— alimentadas por la French Theory —nombre de ese pensamiento francés que, de Foucault a Derrida, se impuso en los campus americanos—, a fin de servir a la causa identitaria. Sin olvidar la referencia al “ejército de trolls de Donald Trump”. Porque, sobre el modelo de la “revolución conservadora americana” que permitió a Ronald Reagan tomar el poder en los años 1980 y el de la “nueva derecha” estadounidense que, a golpes de “propaganda reaccionaria” radiofónica, televisiva e internética, preparó la victoria de Trump, “el nuevo extremismo de derecha busca, mediante esta guerrilla cultural y mediática incesante, favorecer la llegada al poder, en Francia por ejemplo, de Marine Le Pen o de Marion Maréchal”, indica el historiador Antoine Lilti, autor de La herencia de la Ilustración. Ambivalencias de la modernidad.

¡La extrema-derecha es chic!

La revista Éléments —subtitulada “Por la civilización europea”— se ha convertido en uno de los epicentros de los nuevos enfoques intelectuales, donde ensayistas y politólogos, de derecha y de izquierda, son entrevistados, entre un artículo sobre el “romanticismo fascista”, un dossier sobre la “paleogenética de los indoeuropeos” y un ataque contra “el partido de los medios”. ¡La extrema-derecha se ha convertido en lo más chic!, ironiza Jean Jacob. Este politólogo subraya esta tendencia tanto entre las jóvenes generaciones (Eugénie Bastié, Alexandre Devecchio, Natacha Polony, etc.) como en el seno de las más viejas, “aparentemente tetanizadas por las reformas societales llevadas a cabo por la izquierda, pero a las que no les repele conversar con la nueva derecha”.

De hecho, se puede leer en Éléments al filósofo Marcel Gauchet considerando que “la inmigración es uno de esos temas tabú sobre el hace falta reflexionar”; al historiador Jacques Julliard asegurar que “el debate sobre el lugar de los inmigrantes en la sociedad actual ha sido completamente escamoteado”; al geógrafo Christophe Guilluy explicara que “la demonización del Frente Nacional es un revelador de clase social”; al politólogo Jérôme Sainte-Marie considerar que Mélenchon «hace imposible cualquier estrategia populista mayoritaria”, en tanto que la cuestión migratoria es “negada” por los Insumisos; o incluso al politólogo Jérôme Fourquet revelar “la permanente demagogia promigrantes” de Benoît Hamon. «No tengo mala conciencia por contribuir a Éléments, aseguraba Jacques Julliard, no solo porque Alain de Benoist es un hombre cultivado, sino también porque siempre he luchado contra los que me decían: “haciendo eso, les haces el juego…”. Muchos intelectuales de renombre son solicitados por esta revista de muy buena factura”.

Una especie de odio al Sistema

Igual que el filósofo Michel Onfray, que encadena portadas de la revista Éléments, pero también en Le Point o en Valeurs Actuelles. “Es imposible reducir esta galaxia a la extrema-derecha, señala el sociólogo Luc Boltanski, en tanto que hay convergencias entre sensibilidades procedentes de la derecha dura, pero también sensibilidades procedentes mayoritariamente de corrientes que se reclaman de la izquierda, incluso de la extrema-izquierda”. ¿Punto de encuentro o de convergencia? “Una especie de odio al Sistema”, una palabra que trae malos recuerdos. Una migración intelectual que afecta igualmente a la antigua familia de la izquierda moderada. “Frente a la deserción de la izquierda sobre la cuestión del islamismo, del comunitarismo y del antisemitismo, se constituye, en efecto, un tercer partido intelectual donde encontramos a Jean-Pierre Le Goff, Alain Finkielkraut o Pascal Bruckner, autores que no se reconocen en la derecha, pero que escriben en las publicaciones de la derecha”, explica Jacques Julliard, editorialista en la revista Marianne y cronista en Le Figaro.

Retórica del antitotalitarismo

Por supuesto, la voluntad de Emmanuel Macron de reducir la oposición al “partido de la reacción”, es manifiesta. Igual que la estrategia de resumir el enfrentamiento político al que tendría lugar entre progresistas y populistas, Macron vs. Le Pen, es evidente. Pero, como dice el historiador Patrick Boucheron, “designar a tu adversario equivale a elegir a tu sucesor”.

Sin contar con que “cree poner un dique mientras lanza un puente”. Así se explica la entrevista concedida por el presidente francés a la revista Valeurs Actuelles, semanario conocido por sus portadas sobre los “Naturalizados, la invasión que nos ocultan”, “El nuevo terror feminista” o “El millonario que conspira contra Francia”, un dossier sobre George Soros.

El nacional-populismo mediático reutiliza así la retórica del antitotalitarismo. Todo es calificado de totalitario: el feminismo, la ecología o los movimientos prominorías migrantes. La forma de descalificar a la joven militante ecologista sueca Greta Thunberg es, al respecto, muy ilustrativa. No solo es criticada por sus ideas, sino que es reenviada a un supuesto totalitarismo: su “ideología” es “de esencia totalitaria”, declaraba Ivan Rioufol, cronista de Le Figaro, mientras que el director de redacción del diario, Alexis Brézet, considera que “ya conocimos, en la época de Mao, a los guardias rojos que denunciaban a sus familias; hoy tenemos una generación de guardias verdes”.

¿Odio a la democracia?

El uso de la gramática antitotalitaria es un clásico en la materia, especialmente analizada por el filósofo Jacques Rancière. Tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, una parte de la intelligentsia dirigió sus críticas hacia la Unión soviética con formas tomadas del individualismo democrático, perceptible desde los años 1990, durante la disputa escolar que opuso a los “pedagogos” con los “republicanos”, en el curso de la cual los institutos universitarios de formación de maestros fueron calificados de “gulags del conocimiento”. Los efectos de la democratización escolar, de la igualdad de condiciones y de la aparición de signos religiosos en las poblaciones derivadas de la inmigración, han sido, según Jacques Rancière, los reveladores de un auténtico “odio a la democracia”. De ahí el recurso a una expresión que recuerda, al mismo tiempo, al anticomunismo o al propio comunismo: la crítica de los “tontos útiles” del islamismo reenvía a la de los “tontos útiles” del comunismo, que designaba a los “compañeros de viaje” del Partido comunista francés, mientras que la denuncia de los bobos (burgueses-bohemios) multiculturalistas se hace eco de la de los “pequeño-burgueses” vilipendiados por la vulgata marxista.

A la “retórica de la inversión”, señalada por el historiador Gérard Noiriel (“las minorías son mayoritarias”), a la “resistencia” y la “disidencia” (frente a la “nueva inquisición” de los “Torquemadas” de lo “políticamente correcto”), se añade una “argumentación mediante el ejemplo”, explica Clément Viktorovitch: «Se esencializa el comportamiento de una población a partir de un hecho concreto”. En esta retórica, son menos importantes las víctimas (de violación o de discriminación) a proteger, que la “ideología victimista” que conviene denunciar. Todo, para esta movida, es censura (“no se puede decir nada”) y coerción (“no se puede hacer nada”).

La máquina de linchamiento funciona a pleno rendimiento

Sin embargo, Eric Zemmour y Alain Finkielkraut continúan expresándose libremente. El primero, en Le Figaro sobre todo, el segundo, en Causeur. Sin contar con que “la izquierda es casi inexistente políticamente”, reconoce la polemista Lévy. “Pero la máquina de linchamiento funciona a pleno rendimiento, en particular sobre las cuestiones ligadas a la violencia sexual, prosigue. Una acusación de acoso o una sospecha de pedofilia pueden valer la muerte social sin la menor prueba. Así que sí, es una forma de terror, incluso sin haber gulag”.

Añadamos a estos procedimientos retóricos una forma de ceguera ideológica. Así, en el affaire Matzneff, la periodista de Le Figaro, Eugénie Bastié, ha atribuido la “descriminalización” de la pedofilia al izquierdismo cultural de los años 1960-70 que, de Sartre a Cohn-Bendit, habría cubierto crímenes inmorales, olvidando señalar que la derecha literaria, especialmente encarnada por Jean d’Ormesson, escritor al que no puede calificarse de “sesentayochista”, elogiaba, como tantos otros, a Gabriel Matzneff, ese “aficionado a las bellezas” que para él eran “las menores de 15 años”. El nacional-conservadurismo mediático es un pensamiento tuerto. Una ideología que, como decía Hannah Arendt, consiste en someter la realidad a la lógica de una idea. Y en ver el mundo en blanco y negro, como una frontera que separa a los buenos de los malhechores. Porque se puede criticar perfectamente el discurso sobre la “invasión migratoria” rechazando las derivas del comunitarismo, igual que puede defenderse la presunción de inocencia denunciando los estragos del sexismo.

La influencia del nacional-populismo mediático no es una fatalidad. No afecta al conjunto de la prensa ni, de lejos, a todas las cadenas de televisión. Frente al conformismo ideológico de derechas, otros medios se crean. Pero como decía el filósofo alemán Theodor Adorno, que en El nuevo extremismo de derecha (una conferencia de 1967), recordaba que nuestras sociedades no están inmunizadas contra la regresión identitaria, “hay que observar con una vigilancia particular los síntomas de la reacción cultural”. Porque, si de momento, se refugia especialmente en la esfera mediática y audiovisual, podría, sin embargo, un día, convertirse en el programa político de un poder muy real. ■ Fuente: Le Monde