Michéa, por el honor del pueblo. Entrevista a Kévien Boucaud-Victoire, por Alexandre Devecchio


Kévin Boucaud-Victoire ha publicado el libro «Misterio Michéa», un ensayo en el que analiza la obra de Jean-Claude Michéa, autor cuya originalidad de pensamiento le ha convertido en uno de los pensadores más iconoclastas de nuestra época.

Como usted explica en la introducción, para un cierto público Michéa se ha convertido en un pensador de culto. ¿Qué es lo que le vale esta calificación?

Creo que hay que tomar esta idea con pinzas. La gran mayoría de la población no sabe quién es Michéa y, aunque sus ventas progresan, todavía no ha publicado ningún best-seller. Pero, en efecto, Michéa ha adquirido una cierta notoriedad entre un público fiel, hasta el punto de que hay gente, sobre todo entre los jóvenes, que se declaran como “michéistas”. Esto se explica por dos cosas. En primer lugar, la originalidad del pensamiento de Michéa. En una época caracterizada por ser un verdadero “desierto de la crítica”, por parafrasear a Renaud Garcia, y por una victoria del “consenso liberal”, el filósofo desentona.

Michéa es, pues, uno de los últimos representantes de una crítica radical del capitalismo, que tiene en cuenta tanto los aspectos económicos como los aspectos culturales y antropológicos de este sistema. La otra dimensión es que el filósofo es una puerta de entrada hacia otros pensadores originales: Orwell, Debord, Castoriadis, Pasolini, Ellul, Lasch, Clouscard, etc. Los lectores serios de Michéa descubren toda una tradición intelectual de pensadores radicales.  

Pero Michéa es, según usted, mal comprendido tanto por la izquierda como por la derecha. ¿Cuáles son los contrasentidos que se hacen habitualmente sobre su obra?

De hecho, yo comparo a Michéa con Marx ‒sin olvidar que el pensamiento de este último es más rico que el del primero. Parafraseando a Michel Henry: “El marxismo es el conjunto de contrasentidos que se han hecho sobre Marx”.

Michéa es frecuentemente percibido por sus detractores y sus defensores ‒que no le hacen así ningún servicio‒ como un reaccionario o como un auténtico conservador (Laetitia Strauch-Bonart o Chantal Delsol), calificativos que él rechaza. Le han hecho pasar incluso por un inspirador de la “Manif para todos”, cuando es bastante evidente que la mayoría de los integrantes de este movimiento ni siquiera lo ha leído y que el matrimonio homosexual está lejos de ser uno de sus caballos de batalla. Además, muchos piensan que el filósofo se opone, por principio, a todas las reformas “societales”, que serían necesariamente liberales. En realidad, Michéa piensa que son importantes, pero “que no deberían imponerse a las clases populares sobre las únicas bases de la ideología liberal, es decir, situándolas bajo el único punto de vista del derecho abstracto y axiológicamente neutro de todos sobre todo”. Él se opone, así, a las reformas societales que se sitúan en una lógica liberal, es decir, que refuerzan el individualismo, la atomización de la sociedad y la influencia del mercado o de la tecnología sobre nuestras vidas. Es el caso de la liberalización de la prostitución y del mercado de las drogas, del trabajo en domingo, de las cuotas étnicas, de la “procreación médicamente asistida para todas” o de la gestación subrogada. Pero no hay que olvidar que el pensador estima que ninguna sociedad decente puede adaptarse al racismo, al sexismo o a la homofobia, cuyos testimonios son las numerosas citas de Pasolini sobre la cuestión.

En fin, Michéa se define como un “socialista fiel al principio de una sociedad sin clases, fundada sobre los valores tradicionales del espíritu del don y de la ayuda mutua”, así como un “demócrata radical”. Se opone a la explotación, a la dominación y a la alienación. Aunque Michéa no sea progresista, es bastante difícil hacer de él un conservador.

Las críticas más virulentas vienen, incluso, de la izquierda. ¿No piensa usted que Michéa nutre hoy con sus lecturas a una parte de la derecha?

La derecha aprecia, generalmente, más al panfletario que el pensador. Michéa es lo bastante fuerte como para burlarse de las incoherencias de la izquierda. Heredero intelectual de George Orwell, reprocha a la izquierda su implícito desprecio por las clases populares y sus tomas de posición pequeñoburguesas. Añadamos que, además, le gusta maltratar los tótems de la izquierda: Mayo del 68, Bourdieu o Foucault. Para una parte de la derecha, esto es bienvenido, a condición de silenciar algunas partes de su pensamiento filosófico: la dimensión socialista evocada siempre por Michéa.

Por otra parte, el antiguo profesor recuerda frecuentemente que cuando una cierta derecha retoma su crítica de Mayo del 68 ‒que Michéa no rechaza en bloque, pues defiende la herencia situacionista‒, aquella debe ocultar las consecuencias económicas derivadas del acontecimiento, a saber, la extensión del liberalismo. Además, el filósofo no es anti-Ilustración, aunque invite a una crítica dialéctica de la misma. Según Michéa, hay que defender los aspectos igualitarios y libertarios y rechazar los aspectos individualistas y alienantes. Por eso, hay también una pequeña parte de la izquierda social, libertaria y decrecentista que se inspira en Michéa. En fin, si para Michéa es imposible “superar el capitalismo por su izquierda”, tampoco es posible hacerlo “por su derecha”. Rechaza, por tanto, ambos campos ideológicos, para situarse en el plano de la lucha de clases y, en consecuencia, de la defensa de las clases populares.

Uno de los temas predilectos de Michéa es su crítica del liberalismo. ¿Qué tiene de original?

Es comúnmente admitido que existen dos liberalismos: un liberalismo político y cultural mayoritariamente defendido por la izquierda y un liberalismo económico defendido por la derecha. Para Michéa, los dos no son más que uno, porque se juntan lógicamente. Lo resume así: “La filosofía liberal siempre presenta un doble pensamiento o, si se prefiere, un cuadro con doble fondo: de una parte, un liberalismo político y cultural (por ejemplo, el de Benjamin Constant o el de John Stuart Mill), y de la otra, un liberalismo económico (por ejemplo, el de Adam Smith o el de Frédéric Bastiat). Estos dos liberalismos constituyen, en realidad, las dos versiones paralelas y (lo que es más importante) complementarias de una misma lógica intelectual e histórica”.

Para explicar lo que debe entenderse por esto, hay que volver a las definiciones de los dos liberalismos, consecuencias, para Michéa, de las guerras de religión herederas de la Ilustración. Tenemos, en primer lugar, el liberalismo político, que se funda sobre la idea de que cada cual debe poder vivir “como quiera”, bajo la única reserva de que él no “perjudique a los demás”. Es, por tanto, generador de un liberalismo cultural. Para este último, cada cual debe ser totalmente libre para elegir el modo de existencia que le conviene. El filósofo considera que esta lógica conduce inevitablemente a la “desagregación de la humanidad en mónadas, cada una con un principio de vida particular y un fin particular” y a la “atomización del mundo”, según las palabras de Friedrich Engels. Los partidarios de estos liberalismos se encuentran entonces enfrentados a la obligación filosófica de buscar, en la esfera del derecho abstracto, un principio de mínima armonía que, por sí solo, pueda evitar que el liberalismo cultural no conduzca mecánicamente a aislar a los individuos unos de otros, bajo una forma inédita de la vieja “guerra de todos contra todos”, que precisamente el liberalismo intentaba impedir mediante la juridización de las relaciones humanas.

Para Michéa, no existe más que una sola solución: adoptar el lenguaje comercial “Cuando se trata de dinero, todo el mundo es de la misma religión”, explicaba Voltaire. El “dulce comercio” de Montesquieu, es decir, el intercambio comercial, aparece entonces como el único fundamento antropológico posible de una sociedad que, de partida, se proponía solamente proteger las libertades civiles y la paz civil. Por el contrario, el liberalismo económico exige la extensión sin fin del mercado y el levantamiento de todos los tabúes morales y culturales que lo obstaculizan. Se reúne, así, con el liberalismo cultural.

El liberalismo, ¿es realmente un bloque? ¿No puede hacerse una distinción entre liberalismo cultural y liberalismo económico? ¿O, al menos entre el librecambismo mundializado y el liberalismo nacional regulado por las fronteras y las medidas proteccionistas?

Estas distinciones pueden verse a corto plazo, pero no a largo plazo. Se puede, en efecto, defender el liberalismo económico sin defender el liberalismo cultural, y a la inversa. Solo que al establecer uno de ellos, aun sin quererlo, se establece el otro. Además, hemos conocido un “liberalismo nacional regulado por fronteras y protecciones”. Sólo que ahora, con un cierto grado de acumulación de capital y de saturación de los mercados nacionales, este sistema acaba por mundializarse. Esto es lo que sucedió en los años 1970-80, con lo que algunos llamaron el “giro neoliberal”.

En efecto, para sobrevivir, el capitalismo ‒es decir, el “liberalismo realmente existente”‒ tiene siempre la necesidad de ir hacia adelante, que es el concepto de “crecimiento”. Pero todavía los mercados nacionales encuentran límites. ¿Qué pasará cuando todo el mundo esté equipado con los mismos automóviles, electrodomésticos y dispositivos tecnológicos? La verdad es que siempre hay innovaciones y nuevos productos, el capitalismo siempre busca nuevas soluciones y nuevos mercados mundiales.

Cuando Michéa critica en bloque a la izquierda, hace una distinción entre ésta y el socialismo. ¿Cuál es la diferencia?

Para Michéa, “el socialismo es, por definición, incompatible con la explotación capitalista. La izquierda, desgraciadamente, no”. De hecho, para él, la división decisiva no estaría entre la derecha y la izquierda, sino entre los “azules”, los “blancos” y los “rojos”. Los primeros agruparían a los burgueses partidarios de la “razón”, el “progreso” y los derechos humanos. Son las fuerzas liberales y republicanas. Los segundos designarían a los aristócratas, reaccionarios y conservadores, nostálgicos del Antiguo régimen. Los últimos, en fin, serían los socialistas, nacidos del movimiento obrero y de la Revolución francesa. Como los “azules”, son herederos de la Ilustración. Las ideas de emancipación de igualdad y de libertad, están en el centro de su discurso. Denuncian, por el contrario, el individualismo y la atomización llevada a cabo por la burguesía. En este aspecto, pueden acercarse a los “azules”, Pero contrariamente a éstos, ellos no mantienen ninguna nostalgia por el Antiguo Régimen.

La alianza entre los “rojos” y los “azules”, que dará nacimiento a la izquierda moderna, no se opera hasta 1899, en pleno affaire Dreyfus. El peligro de una toma del poder por la derecha reaccionaria, anti-dreyfusiana, así como el rechazo de toda injusticia, motiva esta elección. En 1902, el “bloque de las izquierdas” gana las elecciones legislativas. Sin embargo, los socialistas libertarios rechazan esta alianza con la burguesía republicana y progresista. Por ello, “la entrada de los socialistas en los gobiernos burgueses no es, como se cree, una conquista parcial del Estado por los socialistas, sino una conquista parcial del partido socialista por el Estado burgués”.

Así, el socialismo termina por integrarse perfectamente en la izquierda, especialmente gracias al Frente popular y al antifascismo. Hasta el punto de que los dos terminan por confundirse. Pero Michéa considera que la izquierda dominante ha vuelto al campo de la burguesía progresista. Además, la izquierda tiene tendencia a concentrarse en las cuestiones llamadas “societales” y a despreciar las cuestiones sociales. Evidentemente, hay que matizar estas palabras. La Francia Insumisa de Mélenchon, por ejemplo, no ha caído en este defecto. Es por estas razones que Michéa considera que los herederos del movimiento obrero tienen todo el interés en separarse de la izquierda burguesa. En esta lógica, la unión de la izquierda o la reagrupación de un “pueblo de izquierda” no es más que un señuelo engañoso.

Michéa se dice defensor del “populismo”. ¿Qué definición hace del populismo?

Como Christopher Lasch, Michéa se sitúa en la órbita de los “narodniks” rusos (gente del pueblo) y del “People´s party” americano (o “Populist party”). Oponían un socialismo agrario al socialismo industrial de los marxistas. Al final de su vida, incluso Marx encontró interesante a estos movimientos y escribió a sus principales teóricos. El populismo americano, menos revolucionario que su homólogo ruso, denunciaba el mundo de la finanza, la corrupción de los políticos, la traición del ideal democrático americano, y defendía a los campesinos, a los obreros, a los pequeños productores y a los “oprimidos”, cualquiera que fuera su “raza”. Detrás del populismo de Michéa hay una voluntad de refundar el socialismo en torno, no sólo del proletariado, sino de las clases populares, que también comprenden a los empleados asalariados, las clases medias inferiores, los campesinos y los artesanos. Para Michéa, la asimilación del populismo a la demagogia y a la xenofobia, por una parte importante de la izquierda, del mundo mediático y de los intelectuales universitarios, es un síntoma más del desprecio del pueblo y de la democracia.

A Michéa le gusta calificarse de “anarquista-conservador”. ¿Es realmente conservador? ¿Es realmente anarquista?

Como Orwell, del que toma esta expresión, Michéa no es realmente ni anarquista ni conservador. Esta expresión, ante todo, es “una fórmula deliberadamente provocadora, una piedra alegremente lanzada contra el jardín intelectual de la izquierda biempensante de nuestra época”. Pero, para el filósofo, es también una sensibilidad, que juega un importante rol en la formación de las ideas, y que tiene dos dimensiones. Combina el “sentimiento legítimo de que existe, en la plurimilenaria herencia de las sociedades humanas, un cierto número de logros esenciales que deben preservarse”, con “un agudo sentido de la autonomía individual (o colectiva) y con una desconfianza, a priori, hacia todas las relaciones de poder”. Si bien para Michéa el “anarquismo-conservador” no forma una familia política, sí que es una sensibilidad compartida por muchos intelectuales, en general socialistas, a veces cristianos. Por citar sólo a algunos: Pasolini, Camus, Simone Weil, Proudhon, Chesterton, Paul Goodman, Debord, Lasch, Ellul, Arendt, Walter Benjamin, Günther Anders, Jaime Semprun o Castoriadis.

Pero Michéa también puede ser considerado como un “anarquista-conservador” por otra cosa. Para él, toda revolución debe contener un “momento conservador” y un “momento anarquista”. Michéa cree que, en las fuentes revolucionarias se encuentra, con frecuencia, “el deseo de proteger las cosas antiguas que conduce a las transformaciones más radicales”.

Algunos de sus admiradores ven en Michéa a un gurú. ¿Existe realmente un sistema de pensamiento Michéa?

Intento precisamente demostrar que el interés del filósofo se sitúa más en las críticas que proyecta sobre nuestra sociedad que en las pistas o las soluciones. La obra de Michéa es, ante todo, una invitación a redescubrir una tradición intelectual antiliberal marginada por el marxismo-leninismo y olvidada a causa de las victorias universitarias del “deconstructivismo” y del “estructuralismo”. A continuación, nos invita a un análisis intelectualmente exigente de nuestros fenómenos sociales, en los que se entremezclan causas de diferente naturaleza: económica, tecnológica, cultural y política. Fuente: Le Figaro