La regulación del comercio, por Claude Polin (I)


El dilema del comercio

El hombre es, tal vez, un animal político, pero ¿por qué? Al parecer le corresponde a la filosofía más clásica dar, entre otras razones, a la sociabilidad humana la necesidad elemental que tiene el hombre de otros hombres. A diferencia de los animales que, manifiestamente, no piden a la naturaleza sino lo que ésta les ofrece, los hombres aparentemente necesitan tantas cosas a la vez que ninguno de ellos podría satisfacer todas sus necesidades si no fuera ayudado por sus semejantes. La ayuda mutua parece así nacer con la misma sociedad, y ésta no sería en el fondo sino la quintaesencia de aquella: el hombre sería sociable porque es una criatura débil y desprovista. Teniendo esto en cuenta, el comercio –de bienes y servicios– sería a la sociedad lo que el agua a la vida: sin comercio no hay sociedad.

Las sociedades modernas, las sociedades industriales, serían así aquellas en donde finalmente se realizaría plenamente la sociabilidad humana. Ya que nuestras sociedades no son sino comerciales. ¿Quién no concedería, pues, que su principio profundo de organización es la división del trabajo social? Son sociedades productivas o, frase hecha, industriales: pero ¿por qué lo son sino porque cada individuo está especializado y, en consecuencia, más productivo? De Smith a Durkheim la idea se ha hecho banal, lo que no le impide ser verdadera. Pero decir que esas sociedades son sociedades de división del trabajo supone decir que son sociedades comerciales: cuanto más el individuo se especializa menos es capaz de cubrir por sí mismo todas sus necesidades, más está inclinado a pedir a otros lo que le falta y a ofrecer a cambio lo que produce en exceso. Nuestras sociedades son, pues, dominadas por la ley del “toma y daca”. Los hombres modernos son todos comerciantes, incluso si a menudo lo ignoran; cada cual ofrece algo para conseguir algo. Esto no significa que sean necesariamente sociedades de mercado, sino simplemente que están organizadas de tal manera que el comercio es inevitable. Incontestablemente vivimos ahora una vida de comercios continuos: la división del trabajo ha alcanzado en la actualidad un grado casi inaudito, de tal manera que cada individuo depende para lo más cotidiano de su existencia de otros mil, que están exactamente en la misma situación. Los hombres se han vuelto definitivamente sociales y nuestras sociedades estarían así fundadas en la creencia de que constituyen el estadio definitivo del progreso y la evolución humana.

Esto ya no es digno de destacar: los mismos autores que hacen de la división laboral y, en consecuencia, del comercio, la piedra angular de las sociedades modernas, son unánimes formulando respecto a la misma las reservas más claras y las dudas más explícitas. Uno llega a decir que la especialización embrutece (Tocqueville), otro que aliena y engendra la explotación, especialmente la división entre el trabajo manual y el intelectual (Marx), el tercero, que engendra una dispersión fundamental de las ideas y sentimientos que lo convierten en un agente corrosivo (Comte), otro incluso que comporta formas anómicas (Durkheim) etc. Resumiendo, como un sólo hombre, los mismos que elogian el comercio ven también en el mismo un factor de desintegración de las solidaridades sociales (“división es dispersión”). La convicción cruza el hemiciclo político de la manera más evidente: unos son economistas liberales, y construyen su doctrina sobre el concepto de que el comercio es estéril (los fisiócratas), los otros son socialistas, y apenas en el poder (como Lenin), se proponen, breve pero significativamente, abolir el comercio.

Debemos decididamente insistir. Cuanto más pensemos en ello, más vemos que un extraordinario consenso agrupa las doctrinas más variadas y contrarias, en ese punto preciso, y decididamente crucial; sean cuales sean las virtudes de las sociedades industriales, sufren de un vicio congénito, que es su mismo industrialismo. Por poco los autores modernos podrían parecer gente de otro tiempo; no es que la filosofía clásica haya sido particularmente crítica de la división del trabajo, ya que la ignoraba en gran manera (la diferenciación social que le parecía deseable era demasiado rudimentaria y natural como para acceder a la dignidad de un principio organizador); sin embargo, es bastante claro que si hubieran conocido los desarrollos modernos, hubieran enunciado al respecto el tipo de crítica que se encuentra hoy en las plumas modernas. La división del trabajo, es decir, la sistematización del comercio como forma de las relaciones sociales, pasa por ser un hecho providencial, pero que no es suficiente, ni para los mismos que lo declaran providencial, como para hacer viables las sociedades que lo practican. Así, todo pasa como si se abriera paso la conciencia difusa pero irresistible de que las sociedades fundadas sobre el comercio son sociedades enfermas.

¿Por qué todos esos temores y todas esas críticas? El motivo es elemental y eterno (lo reencontraremos ilustrado hasta en las prácticas del comercio arcaico tal y como lo describen los etnólogos), y es tan evidente que es casi una barrera: cuando se intercambia, no se dona; en un intercambio, cada cual busca únicamente su interés: en un intercambio, quiero siempre dar lo menos posible para obtener lo más posible; un intercambio debe ser siempre ventajoso, un buen comerciante es un hombre que compra a buen precio y vende caro; poco importa que todo el mundo gane, lo que no contestaremos: en un intercambio, nadie considera al otro como un fin, sino siempre como un medio. Dicho de otra manera, todo intercambio es lucha, ya sea entre individuos o entre clases. Y todos los autores contemporáneos, desde el siglo XVI, lo han comprendido sin comprenderlo, creo, pero sí han visto correctamente que el comercio nacido de la división del trabajo no se desarrollaba siempre sin problemas, nunca han tenido verdaderamente el valor de ir a buscar el remedio al comercio sino en el comercio. ¿Cómo hubieran podido hacerlo, por lo demás, los mismos que creen que el contrato, es decir una relación social de la cual el comercio es el prototipo, haría cesar la guerra entre los hombres?

Las aporías modernas

Aquellos de nuestros contemporáneos que se han dado cuenta más lucidamente de los efectos perversos del sistema comercial de la división del trabajo pueden ser divididos en tres grupos.

a) Ante todo, aquellos que han estimado que el mal comportaba su propio remedio. Así, de crecer a Adam Smith, y tras él a todos los liberales, el comercio tiene ciertamente un coste psicológico y humano, pero los beneficios compensan los costes: todo es para bien en el mejor de los mundos económicos posibles, porque la sistematización del comercio dicta las normas, en cada transacción, en el nivel más ventajoso para todos los participantes. Hay como una “mano invisible” que hace que todos se sientan igualmente satisfechos con el estado de las cosas, es decir, con el estado que el mercado les permite.

Veamos de pasada una curiosidad conceptual: bajo esa luz, un cierto marxismo no está tan lejos del liberalismo. Lo que denuncia un Marx economista y crítico del Capital es la desigualdad de los términos del comercio. Pero habiendo reducido el valor de una cosa al trabajo, piensa que le basta con asegurar comercios equitativos o morales para establecer una medida rigurosa y equitativa, que precisamente el trabajo le parece dar bajo la forma del trabajo medio. Desde el instante en que se comercia cantidad de trabajo medio contra cantidad de trabajo medio, parece realizarse el milagro; ya no puede haber un comercio injusto, y la sociedad puede construirse sobre ese comercio. Así, de nuevo para Durkheim, la división del trabajo constituye una solución providencial a las dificultades nacidas de la estructura morfológica de las sociedades modernas (volumen y densidad de las poblaciones): diferenciando indefinidamente a los individuos, les ahorra a todos la lucha por la vida y la inhumana selección de los más fuertes; ciertamente, la anomia amenaza, y la división del trabajo siempre puede engendrar divergencia y competencia de intereses entre los sectores productivos (cuyo límite extremo sería entonces la lucha de clases): pero no puede tratarse sino de una situación anormal, y la solidaridad orgánica no puede sino vencer frente a las hostilidades recíprocas nacidas de las situaciones comerciales. La forma moderna de la sociedad, la división del trabajo, prohíbe por sí misma al individuo concebirse como un absoluto, y lo forma para pensarse como un órgano que tiene su función determinada y para no querer sacrificar todo a uno mismo sin arriesgar la muerte del organismo entero, incluido él mismo.

El positivismo había aportado un matiz original a ese optimismo: siendo como son los hombres sería vano, decía Comte, esperar que las cosas se organizasen por sí mismas, es decir, que los beneficios del comercio constituyen un remedio a los efectos necesariamente perversos del comercio. Mediante las orientaciones positivas, más o menos coercitivas y, en todo caso, dirigistas, de una autoridad espiritual, no desesperaba de que cada miembro del gran taller comprendiese que la inevitable cooperación lleva en su seno los gérmenes de la devoción, y que los hombres toman conciencia de que, en suma, trabajan más para los otros que para sí mismos. Así se habría realizado concretamente, por primera vez en la historia de la humanidad, el sueño de una fraternidad universal de la que el cristianismo constituiría una versión anacrónica (carente de bases concretas) pero, pese a ello, profética. Resumiendo, si el comercio individualista conduce al enfrentamiento, la reciprocidad general, quitándole al individuo su papel de competidor, e imponiéndole la imagen general de una sociedad en la que todos los miembros trabajan los unos para los otros, tiene la naturaleza de transmutar el acto comercial en un signo concreto de amor.

b) En un segundo grupo sería necesario colocar a todos aquellos que, de manera contraria, juzgan que si todas las sociedades históricas son dominadas por ese fenómeno de la lucha de clases, es porque todas ellas han sido sociedades en las que se ha dado la división del trabajo, y, en otros términos, que no puede esperarse nada del comercio sino rivalidad, antagonismo y hostilidad recíprocas; y en consecuencia, el fin de la historia será el momento de la sociedad sin clases, es decir en realidad, de la sociedad en que todo comercio propiamente dicho será abolido. O sea, que el socialismo ha nacido de la crítica de la economía política clásica, como decía Marx, lo que significa que consiste, en principio, no en un arreglo de la economía, sino en su pura y simple supresión, en la desaparición de la división del trabajo social que permita el crecimiento indefinido de la producción. La idea deja de ser extraña y abstracta desde el instante en que se la comprende como el sueño de una organización social en la que las relaciones entre los hombres cesarían de ser relaciones comerciales porque, de manera extremadamente simple e incluso un poco infantil, la abundancia reinaría (concepto que los mismos socialistas, a pesar de algunos discursos existencialista-marxistas, no les gusta evocar, aunque sin el mismo el socialismo cesa de ser portador de cualquier esperanza). Abolir la división del trabajo, como quiere el Marx de “La ideología alemana”, es abolir el comercio. Ningún comercio es necesario cuando cada cual puede simplemente coger a medida de sus necesidades, e incluso de sus deseos.

Veremos de pasada una versión curiosa del socialismo, rara vez percibida como una de sus variantes. Quiero hablar de esa doctrina, a menudo difusa, pero cuyos elementos emergen sin cesar aquí y allá, que, a partir de esas mismas premisas, y porque en el origen del comercio está la necesidad y la multiplicación de las necesidades, y del que la guerra o la servidumbre del hombre derivan, concluye en la necesidad de la frugalidad. Tomando su origen en un cierto espíritu rousseauniano, nace una corriente en los márgenes del socialismo, donde la voluntad de abolir el comercio toma la forma de una apología de la austeridad, la simplicidad y frugalidad.

Radicalmente opuestos a ese socialismo, que merece instantáneamente ser llamado utópico, encontramos a los socialistas pragmáticos. El futuro radiante de la abundancia, siendo un horizonte, pero inaccesible antes de las calendas griegas, se limitará simplemente a intentar, con el éxito que ya conocemos, una división centralizada de los bienes producidos de manera igualmente centralizada.

Que una mano invisible acabe por hacer que cada cual reciba lo que se merece es muy posible, digamos probable, diremos incluso que cierto. No hará nada, sin embargo: es a través de la fría competencia, y de la determinación de quedarnos con todo el pastel, que los beneficios nacen del sistema. ¿Qué responderles entonces a todos aquellos que se sienten perdedores en este juego de fuerza, y que ven como otros prosperan porque han sido capaces de imponer términos onerosos en los intercambios que les han enriquecido? Y no se habrá adelantado nada el problema cuando junto a Marx pretendamos encontrar una justa medida en la igualdad comercial; si esa medida existiese en realidad, lo que es más que dudoso, si existencia no cambiaría nada a la mentalidad librecambista, en cuanto en esta nadie intercambia sino en búsqueda de un provecho personal. No podemos ser obligados a no recibir nada a cambio de lo que nos dan, sin quitar nada del deseo, así pues, del descubrimiento de los medios de tener, pese a todo, más.

El socialismo sale naturalmente de esa evidencia dotada de la completa apariencia del sentido común. Pero el socialismo a su vez, no se salva sino soñando una abundancia manifiestamente utópica (¿no decía el mismo Marx que una necesidad nace siempre de la satisfacción de una necesidad anterior?), y no le queda sino convocar la presión en socorro de la sociedad, lo que no tan sólo no resuelve nada (¿quién haría un elogio de la tiranía?), no tan sólo engendra una nueva explotación por parte de nuevas clases dirigentes, sino que sobre todo y simplemente entra en contradicción con la movilización de las energías necesarias para desarrollo económico de el que todos los socialistas creen ver el mismo sentido de la historia. Aunque abandonen la contemplación de ese futuro radiante por los encantos teóricos de la frugalidad, aún haría falta que esa frugalidad fuera esperada y querida, y una línea de retirada a la que uno se ve condenado cuando el combate de vanguardia se ha perdido. A menos evidentemente (os remito en este punto a mis diferentes escritos) que el espectáculo de la carencia ajena haga olvidar la propia, y la satisfacción de la igualdad en la penuria supere los encantos del disfrute efectivo inicialmente prometido. Aun así, de qué clase de infierno se trata...

Así lo menos pragmático no es, por más que eso contradiga las apariencias, la invocación comteana al amor a la humanidad, pero a condición evidentemente de ver que su reino supone la instauración de un poder espiritual, es decir de un poder, convertido en necesario —y constituyendo la prueba misma del carácter ilusorio del proyecto— por la ausencia de toda inclinación espontánea, en el seno de la sociedad industrial, a esa devoción hacia el otro y a ese amor, del que el mismo Comte no encuentra rastro alguno salvo en las mujeres (a condición de que permanezcan ajenas al medio ambiente) y entre los proletarios (a condición de que escuchen más su corazón que sus intereses inmediatos y directos). El elixir de la salud es tal vez el bueno, pero se discierne mal cual puede ser su fuente en nuestras sociedades.

En el fondo, lo vemos, todas esas doctrinas sufren de una incoherencia fundamental: quieren mantener los beneficios del comercio, que suponen una mentalidad economista, pretendiendo al mismo tiempo anular los efectos psicológicos y morales del comercio, es decir su misma mentalidad.

c) El último grupo, que es el menos numeroso, pero sin duda el más rico en ideas profundas y originales, es identificable por su declaración de fe: es dentro de las tradiciones más antiguas de la humanidad más inmemorial, aunque de una manera menos primitiva, que hace falta ir a buscar un sustituto a las relaciones de comercio individualistas y utilitarios. Habremos adivinado que se trata de buscar un sustituto a las relaciones comerciales individualistas y utilitaristas. Habremos adivinado que se trata de todos aquellos que, como Marcel Mauss, estiman que toda verdadera sociedad entre los hombres supone instituciones encargadas de alguna manera de balancear y aniquilar lo que las relaciones comerciales tienen de maléfico y cimentar la sociabilidad a través de la reprobación pública y ceremonial de procedimientos comerciales. Mauss ha heredado a través de Durkheim una profunda visión comteana. Leyéndolo, nos vemos convencidos de que ninguna sociedad que se funde sobre el utilitarismo individual tan querido por los modernos es viable: ¿Acaso no llama en su Essai sur le don a un retorno al pasado? Sin embargo, creo que, si su pensamiento está bien orientado, no duda sin embargo en seguir suficientemente lejos el camino que abre.

Ese Essai sur le don es una rara cosa, ya que la conclusión real, pero velada, es muy diferente de lo que se podría espera de la economía del proyecto. Adoptando mi lenguaje, lo resumiría en los términos siguientes: Nuestras sociedades están enfermas, sufren del intercambismo, afección letal.

Las sociedades arcaicas, en su aplastante mayoría, y hasta algunas sociedades del derecho romano o germánico, nos revelan un remedio: la práctica ritual y ritualizada del don, al lado del comercio habitual, y como una forma de antídoto de lo que este último tiene de corrosivo para la sociedad (lo tiene de “no noble”, como dice Mauss). Muy bien, se dirá, ¿pero acaso eso no es decir que toda sociedad supone instituciones caritativas? ¿Y no es decir que no hay sociedad sino entre los santos?

No, en absoluto, contesta Mauss: eso sería demasiado poco realista, y hace falta comprender lo es el “potlach”, ese regalo ritual aparentemente sin contrapartida: lo es esencial en el mismo, es que engendra la obligación de devolver (la obligación de devolver es todo el “potlach”). Pero no inmediatamente: más tarde, a plazo, el año próximo, de tal manera que las apariencias del regalo queden a salvo. Y esa es la verdadera magia del “potlach”, del “kula”: en verdad, en realidad, esos dones son comercios diferidos o escondidos; esos dones que no son ni libres ni desinteresados, son una manera de obligar al comercio. Pero la idea genial, dice finalmente Mauss, es que se hace como si no se hiciera: aparentemente no se intercambia, se da. Salvar las apariencias es esencial: se trata de desdentar el comercio. A partir de ahí esos comercios pueden ser tan interesados como se quiera, Mauss no se niega un cierto cinismo cuando los describe: se trata de rivalizar en generosidad aparente. Porque esta producirá consideración y poder (el don que es crédito, liga al acreedor, hace de él alguien obligado, lo que induce la célebre idea de lo alto, del “mana”: en la cosa dada está la marca del que la ha dado), y porque la obligación de devolver es la obligación de devolver siempre más, de manera que todo don es provecho en potencia, incluso económica, y constituye un poderoso motivo de enriquecimiento.

Lo hemos comprendido: esos dones ofrecidos y dados, es la forma arcaica del comercio, pero al mismo tiempo no tan arcaico: las sociedades modernas la necesitarían ya que es un comercio que une en vez de oponer, que vuelve solidario y no enemigo. Y he aquí la conclusión: entre guerra e comercio, hace falta escoger, excluyendo cualquier tercera opción (“luchar o comerciar”); resumiendo, los pueblos arcaicos han logrado sustituir la alianza, el don y el comercio, a la guerra el aislamiento y el estancamiento (“para comenzar hay que saber dejar las lanzas”). En otras palabras: hay un comercio bueno y uno malo, un comercio bueno y uno malo, un comercio utilitarista y un comercio moralista.

¡Qué pena! Tanto genio y dotes de observación para acabar afirmando que el comercio puede hacernos solidarios o, para ser más preciso, que puede engendrar un sentido comunitario. Que las funciones del comercio pueden ser cubiertas por el disfraz de una “prestación hecha pensando en otro”. Sin embargo, ¿No demuestra el mismo Mauss la facilidad con que “esa gente pasa, en grupo, y de golpe, de la fiesta a la batalla”? ¿Cómo después de haber escrito que bastaría con una mesa redonda para que los pueblos, clases, familias, individuos puedan enriquecerse juntos “sentados alrededor de la riqueza común”? Es confundir comunidad y derroche, amistad y asalto amistoso o asalto suntuoso (donde el objetivo no es manifiestamente sino asegurar una superioridad sobre el otro).

Hacer del comercio una forma de poder, es tal vez desplazar su objeto, no es cambiar su esencia. Finalmente, el intento tan penetrantes de Marcel Mauss no sugiera sino una cosa: que el comercio es en realidad la forma contra natura de la relación social (su forma viral); que todo comercio es antagónico, e instaura no la concordia sino la competencia: y que por lo demás podemos ver mal como el comercio podría tomar su aspecto “más noble” en sociedades como las nuestras en que el prestigio y poder son nociones malditas, no tan sólo como cualidades individuales sino incluso como virtudes colectivas (nacionalismo). 

Falta el lugar para reflexionar sobre las originales ideas desarrollada en los años treinta por Aron y Dandieu. Recordamos tal vez que les parecía entonces de una urgencia inmediata, frente al ascenso del socialismo y el nazismo, elaborar una tercera vía, la de una humanización de la economía. Tal vez inspirados también por la etnografía, estimaban posible de devolver al comercio su forma tradicional, que era en suma un crédito recíproco, una confianza, y en consecuencia una aventura y no un trueque. Adivinamos bien la orientación adoptada, vemos menos claramente cómo, suponiendo que se pueda devolver el comercio al crédito, esa forma excepcional del comercio podría ser la norma y no tan sólo la excepción en una sociedad de vocación económica, es decir en donde todo crédito gratuito, o toda verdadera confianza, está a priori prohibida. Y de manera general, la cuestión se plantea claramente de saber si se puede humanizar una relación económica, como se coloca un barniz sobre un mueble: lo que es preciso sino superar, si por lo menos dominar, es la misma economía. (Continuará...)