La desencarnación del mundo o la teoría de género, por Mathieu Bock-Côté (y II)


La teoría de género se reclama por el feminismo ‒es, al menos, el caso de quienes la difunden con el mayor ardor mediático. Pero, ¿realmente estamos todavía en el universo del feminismo? 

Hay que señalar que el feminismo de género no es el mismo que aquel que luchaba por la igualdad de los sexos ‒sexos a los que se reconocía su existencia, hay que precisarlo. Se ha pasado de la lucha contra el sexismo a la erradicación de la diferencia sexual. No es, evidentemente, la misma cosa. ¿Podemos concluir que hay, en el neofeminismo contemporáneo adherido a la teoría de género, una usurpación del pasado feminista? Al menos, para entenderlo, la lectura del libro de Levet nos describe las tensiones entre las diferentes corrientes que hoy se reivindican del feminismo. Mientras que los neofeministas de género hacen del uso del velo islámico una simple expresión de las preferencias identitarias de un individuo que quiere expresarse socialmente como es (como si la cultura no contara para nada), las feministas tradicionales (¿deberíamos llamarlas feministas conservadoras?) se ocupan mayormente de liberar a las mujeres reales de símbolos que representen su servidumbre en las culturas en las que están efectivamente sometidas y/o esclavizadas.

Cabe señalar, sin embargo, que la crítica de Bérénice Levet se dirige al feminismo en general, y que no duda en lanzarle algunos dardos. Se pregunta si no podemos decir, simplemente, que el programa del feminismo clásico se ha cumplido, que su mandato se ha completado. Levet dice las cosas claramente: “cambiar las relaciones entre hombres y mujeres en el sentido de su igualación de condiciones era un proyecto legítimo, pero ya ha sido cumplido. Abolir el orden sexual sobre el que se funda la sociedad, hacer intercambiables al hombre y a la mujer es otro muy distinto que conviene cuestionarse”. Se mofa del gran delirio sobre el patriarcado occidental que habría que combatir, cuando ya ha sido abatido desde hace tiempo y la igualdad entre los sexos no es puesta en tela de juicio, incluso si, evidentemente, ninguna sociedad es absolutamente fiel a sus ideales, lo que proporciona, sin duda, un espacio para el compromiso político y las luchas sociales. Cosa cierta, ya no vivimos en una sociedad patriarcal, y contrariamente a la fórmula consagrada, quizás no tengamos mucho camino por recorrer.

El fanatismo de los militantes de género: retrato de la izquierda religiosa
______________________________________

Desde que accedieron al reconocimiento mediático, como se constata frecuentemente, los partidarios de la teoría de género son de una intransigencia que raya el fanatismo. Están en guerra, en cruzada. Representan muy bien a esta izquierda religiosa que intenta liberarnos del mal y que no permitirá a nadie que lo impida. Su perspectiva no puede ser matizada: es la lucha del bien contra el mal ‒el bien de la utopía postsexual, el mal de la historia sexuada. ¿Por qué atacar a los defensores del viejo orden sexuado, “heterosexista” y “patriarcal”, el cual quieren destruir a toda costa, para que nazca ese nuevo mundo que hará posible un nuevo hombre, sin sexo ni prejuicios, ni (añadimos) patria ni historia, solamente ocupado con tener su identidad al día, antes de cambiarla a la mañana siguiente? Para hacer de este mundo un paraíso postsexual, ellos no dudarán en condenar a los infiernos a todo aquel que no haga causa común con su entusiasmo. Tal es el precio a pagar si realmente queremos empezar de cero.

Los activistas de género están convencidos de haber descifrado, por fin, el secreto de la alienación humana. Saben cómo liberar a la humanidad esclava desde la noche de los tiempos, y no se dejarán distraer por aquellos que desean un debate contradictorio sobre las virtudes y los límites de su filosofía. Tienen el fanatismo de quienes creen conjugar la verdad científica y la virtud moral, y desean, por tanto, la reeducación de la sociedad para convertirla a sus valores. Además, ¿no es transformada la escuela en un laboratorio ideológico que apela a inculcar esta teoría y sus mandamientos a las generaciones futuras? El objetivo de los militantes de género es una resocialización completa de la humanidad ‒lo que presupone, por otra parte, una previa desocialización. Es en la escuela donde hay que arrancar a los niños sus prejuicios. Y si alguna vez tenemos la extraña idea de enseñar a los niños las obras clásicas, hay que buscar menos que las admiren como encontrar en ellas los estereotipos y prejuicios que transmiten. 

Pero este fanatismo, que no dice su nombre, también se alimenta de la resistencia a lo real. Sucede que el hombre y la mujer existen en la realidad y no solicitan el permiso a los teóricos del género. La feminidad y la masculinidad se exacerban incluso en aquello que tienen más caricaturesco cuando se trata de negarlas, como lo demuestra la hipersexualización de las mujeres y la búsqueda de una virilidad ostentosa (y terriblemente empobrecida, hay que decirlo) de los jóvenes occidentales. Dicho de otra forma, la feminidad y la masculinidad, cuando no son civilizadas por la cultura y las costumbres, degeneran en sus representaciones arcaicas. Es, precisamente, el refinamiento de la civilización lo que suaviza el intercambio entre los sexos, lo que puede hacerlos agradables, y lo que conduce a los sexos a saberse complementarios e iguales. Los activistas de género no se dan cuenta de que, en muchos sentidos, provocan la exacerbación de lo que denuncian. Camille Froidevaux-Metterie, en La revolución de lo femenino, propone, a través de una reflexión tan erudita como brillante, una rehabilitación antropológica de lo femenino sin abandonar por ello la perspectiva feminista.

El sexo, ¡he aquí el enemigo!
______________________________________

Pero, ¿cuál es exactamente la situación en el mundo del género, del intercambio entre los sexos? No se trata de una cuestión banal, ¿no se trata de una cuestión de civilización? Pero los activistas de género han logrado politizarlo completamente, como si una vez más, toda la vida sexual tuviera que entrar en el interior de una teoría política por las buenas o por las malas. ¿Qué hay de la sexualidad? Porque, en el corazón de la relación entre el hombre y la mujer, existe, bien evidente, el deseo sexual, su parte misteriosa, las pulsiones, los impulsos y las tentativas de un sexo para complacer al otro, cada cual a su manera, y esto desde la noche de los tiempos. ¿Habría que decir, incluso, que de una cultura a otra los hombres y las mujeres no se seducen de la misma forma, aunque encontremos arquetipos que parecen estar presentes en todas ellas? Con sólo decir esto hoy, te pueden caer los peores epítetos, Los ideólogos de género, puesto que no toleran este sutil intercambio entre los sexos, despliegan un nuevo puritanismo para expurgar sus particulares fantasmas. El sexo entre los sexos sería sórdido y un sistema de dominación particularmente abyecto que debería ser desmantelado.

Es la sexualidad misma la que está ahora bajo sospecha, como lo demuestra recientemente la ley californiana Yes Means Yes, que desplaza muy lejos la búsqueda de la transparencia absoluta del deseo. Obviamente, el consentimiento es lo más fundamental en materia sexual. El acoso debe ser denunciado abiertamente. Es incluso la cosa más elemental. (Hay que recordarlo, la violación es absolutamente despreciable porque no se basa en el deseo, sino en la apropiación salvaje de las mujeres por parte de los hombres, que se aprovechan de su mayor fuerza física para esclavizarlas]. Pero, Pero ¿debemos asimilar el acaso a la simple expresión del deseo masculino, como sugieren aquellos para los que el más mínimo cumplido no solicitado ya implica una agresión? ¿No hay una parte irreductiblemente inasible y ambigua en el deseo sexual? El consentimiento excesivamente formal se fundamenta, de hecho, en una negación de la sexualidad. Estamos siendo testigos, incluso, de la proliferación de aplicaciones para los móviles que exigen la formalización del consentimiento en cada una de las etapas de la relación sexual, desde los preliminares hasta el coito ‒adiós a la seducción, la pasión, y hola a los formularios detallados. Por ejemplo, si un hombre y una mujer jóvenes están bajo los efectos del alcohol, el consentimiento se considera problemático. Por lo tanto, podemos adivinar las desviaciones programadas en una disposición legal de este tipo. ¿Deberían prohibirse las relaciones sexuales después de los bares, donde hombres y mujeres jóvenes coquetean entre sí, ya que el alcohol se utiliza aún más que en otros lugares como lubricante social?

La visión del mundo que atraviesa la ideología de género sugiere, en realidad, la naturaleza inevitablemente depredadora y criminal del deseo masculino, que se manifestaría en la tentación por la violación ‒esto lo dice una filósofa de género como Beatriz Preciado, que propone una huelga de úteros para reducir y negar el diabólico falo. Como dice Bérénice Levet, “la criminalización de los hombres avanza a un ritmo acelerado". Es la buena relación entre los sexos lo que peor se lleva. Así que, muy pronto, cualquiera que quiera tener sexo tendría que llevar su formulario de consentimiento. En fin, el sexo regulado, encuadrado, domesticado, inhibido, contenido, culpabilizado, diabolizado. Es el contractualismo integral. Según el género, todo hombre al que le gusta seducir y conquistar es un bárbaro violador en potencia; toda mujer que ame a los hombres es una esclava colonizada mentalmente por un sistema avasallador.

¿Cómo resistir al género?
______________________________________

“Negar la naturaleza por principio es hundirse en una abstracción fatal”. Es un juicioso consejo de Levet. Podríamos añadir que la idea de naturaleza, por difícil de concretar que sea, obstaculiza por definición la tentación totalitaria, recordando que el hombre, cuando quiere ser demiurgo, encuentra siempre una parte de sí mismo que no es reformable por la voluntad política, que el hombre, ser social, no es sólo una criatura de la sociedad, que una parte de sí mismo está y estará siempre oculta, ya sea su parte pulsional o su parte espiritual. Una parte del hombre no se deja absorber completamente por lo social, lo que hace que, en cualquier régimen, incluso en el más opresivo, una parte de sí mismo resista y pueda conducirle nuevamente a la libertad. Paradoja, pero sólo aparentemente: es en su naturaleza, en su parte socialmente inasible, donde el hombre encuentra parte de las condiciones para su libertad. 

Levet pone los fundamentos de una crítica ilustrada del género, que pasa no por una absolutización de la naturaleza (no se muestra conforme con aquellos que se contentan oponiendo al género una serie de estudios biológicos o de lecturas bíblicas), sino mayormente por una recuperación de la historia, pensada no como un montón de prejuicios y de estereotipos, sino como un lugar que “esconde tesoros de la experiencia”. Es a partir de un don natural que lo femenino y lo masculino son construidos, pero es a través de la historia que ellos se despliegan, se matizan, se reinventan. Leven tiene razón al añadir que no teníamos que esperar a la teoría de género para aprender que existen variaciones históricas y culturales en lo masculino y lo femenino. Si las culturas y las civilizaciones han pensado lo masculino y lo femenino a su manera, y si en esta diversidad de formas es la libertad humana la que se desarrolla, ninguna, por el contrario, ha creído posible abolir estas dos categorías irremplazables de lo humano.  

Se trata, por tanto, de volver a captar la historia y liberarla de esta visión victimista que la reduce a la tiranía del hombre blanco heterosexual sobre el resto de la especie humana, hoy en rebelión contra él. Levet se muestra severa hacia el feminismo: “porque se ha empleado en repintar el pasado del intercambio entre los sexos con los únicos colores de la dominación”. Independientemente de lo que piensen los autoproclamados especialistas del feminismo académico, las relaciones sociales de sexo no se limitan a la dominación, y toda disparidad entre los sexos no se explica automáticamente por tal discriminación. Levet se lo recuerda a aquellos que quieren hacerle un malvado proceso: “no se trata, evidentemente, de defender los estereotipos, sino de estar en guardia para no convertir cualquier pensamiento de la diferencia sexual en estereotipo, en prejuicios sexistas”. Y Levet confirma su inquietud: “todo pensamiento de la diferencia de los sexos ¿no está amenazado de ser recalificado de estereotipo sexista?”

La teoría de género promueve el individualismo radical y representa una tentativa de desarraigo y de deculturación de hombres y mujeres. Está movida, incluso, por una pulsión casi religiosa. Esta ideología pretende decretar el mundo para recrearlo, sin que el ser humano se resista al pensamiento de lo ilimitado, soñando finalmente con darse a luz a sí mismo, una fantasía alimentada por la tecnología moderna, que no espera solamente mejorar la condición humana, sino transfigurarla radicalmente. Encarna la barbarie universalista de aquellos que creen necesario desnudar al hombre para emanciparlo. La modernidad radical cree que la emancipación del hombre pasa por su desencarnación ‒y por una huida de la historia.

Esta es una de las grandes victorias del siglo pasado: la cultura ha ganado terreno sobre la naturaleza. El hombre y la mujer han ganado en libertad. Se han despojado de los roles sofocantes que comprimían en exceso las posibilidades de cada uno. En la teoría de género, ciertamente, vemos una forma de individualismo radical, desjerarquizado en una sociedad remodelada por el igualitarismo. En la teoría de género encontramos la exigencia de que el Estado pilote, de forma autoritaria, la deconstrucción de la cultura y el desmantelamiento de las grandes referencias identitarias que la simbolizan. En todo aquello que el individualismo liberal-libertario ha querido realizar, ha necesitado un Estado autoritario y terapéutico. Pero, como el hombre, abandonado a su suerte, no quiere sacrificar su herencia ni su memoria, los teóricos de género no dudan entonces en apelar a un inédito totalitarismo para transformarlo en una mónada y reconstruirlo según sus fantasías antropológicas. Fuente: Argument
(Ir a La desencarnación del mundo o la teoría de género I)