La regulación del comercio, por Claude Polin (y II)


El futuro del pasado

Entre otras enseñanzas, el pensamiento de Mauss comporta así una que es casi involuntaria: es la imposibilidad donde parece ser que no importa qué sociedad pase del comercio, lo que corresponde finalmente, tal vez, a la enseñanza más clásica, de Aristóteles y Santo Tomas. Desde entonces, es la misma manera en que la cuestión se plantea, la que es falaz: si el comercio aparece en algunos casos en ese punto corrosivo para el cuerpo social que obliga a erradicarlo, en otros, constituye una forma fundamental de las relaciones sociales a pesar de esa nocividad, ¿no podría suceder que no fuera el comercio en sí lo que hubiera que temer o del que esperar algo, sino que fuera el espíritu que habita y preside en su práctica lo que haría falta comprender en lo que puede ser diferente y en algunos casos hacerlo inofensivo, entre otros vicios?

Repitamos los términos del problema.

a) El comercio puede ser necesario a todo organismo social es tal vez una función natural.

b) Pero el comercio es agónico por esencia, es decir que no pues surgir del simple hecho de que es un comercio y no un don, y en un comercio cada cual busca su interés, de donde se deduce que no puede existir sociedad entre individuos que se consideran recíprocamente como ligados tan sólo por relaciones de comercio.

c) La solución consiste en darle el lugar que le corresponde, quitándole la fuerza precisa para convertirse en la forma exclusiva de relación social, es decir determinando lo que debe ser el espíritu comercial para que siga conformándose a lo que hay en él de natural.

Tres hipótesis se nos presentan.

a) Puesto que el desarrollo de los comercios (y en consecuencia de sus virtualidades) es el mismo de la actividad económica, es decir que permite y acompaña el crecimiento de la riqueza de las naciones, parece completamente natural atribuirle la causa a un gusto hacia esa riqueza que se desarrolla con sí misma y produce a largo plazo una avidez hacia ella más consciente sin cesar. Parece también igualmente natural el ir a buscar en la frugalidad el remedio al comercio. Una civilización de costumbres más simples, gustos más austeros, que algunos llaman más primitiva y otros más tradicional, mantendrá espontáneamente un nivel y formas de comercio que podemos creer que no afectarán a su sociabilidad.

La idea es muy razonable, plausible, e incluso simplemente muy verdadera. Pero antes incluso de elaborar las condiciones, hace falta matizarla hasta tal punto que ya no veríamos una solución propiamente satisfactoria para el espíritu.

Ante todo, no podría tratarse de esa frugalidad artificial que ya hemos mencionado, porque esta, lejos de ser invocada como aseguradora de la sociabilidad, lo es en realidad porque permite bloquear esa sociabilidad y prevenir las mismas relaciones sociales. No es casualidad que el Rousseau, el hombre del retorno al agua fresca y las nueces, es también el filósofo de la soledad: el hombre no es feliz sino en solitario. Ahora bien, hay una gran distancia entre esa realidad esencialmente contradictoria porque es puramente reactiva: no la amamos por sí misma, sin tan solo porque cortocircuita relaciones sociales que amenazan la independencia individual.

Hace falta pues penetrar esa simplicidad, si no queremos que sea simplemente esnobismo de ricos o necesidad desgraciada, sobre una convicción cualquier otro orden, quiero decir espiritual: se es pues espontáneo, y así pues auténticamente frugal cuando, en una palabra como en cien, somos capaces de desapego respecto a los bienes materiales, cuando se considera que la vocación del hombre no es de este mundo, y la economía debe como mucho asegurar el mínimo vital necesario en el cumplimiento de fines esencialmente no económicos.

Sin embargo, hace falta comprender que la fuerza de la idea no nace de su misma radicalidad: los efectos del comercio son ciertamente anulados, pero no es la misma anulación del comercio en sí. El desapego es tanto más eficaz cuando es completo: el comercio no ha cesado de ser nocivo porque se ha puesto en la situación de ya no tener la necesidad de intercambiar. Desde el momento en que la frugalidad no procede en realidad de un rechazo puro y simple del mundo, vemos mal que pueda ser algo más que una feliz casualidad: siendo en última instancia el comercio lo que es, la simplicidad de las costumbres, desde que no excluye el comercio sin otra forma de proceso, no puede sino coexistir de alguna manera con aquel, en una forma de equilibrio eminentemente frágil desde el punto de vista de la naturaleza de las cosas. Para ser probablemente más propicio a una cierta sociabilidad, una sociedad del trueque, donde el comercio se ve limitado porque es el de los bienes inmediatamente consumidos (donde la acumulación no engendra el comercio propiamente dicho), no deja de ser sin embargo una sociedad en que el comercio es como un cáncer que roe en secreto los espíritus. Se es frugal a falta de algo mejor, o por tradición, por pereza, por falta de imaginación, o bien se lo es verdaderamente, pero la sociedad en la cual se vive ya no es una sociedad al alcance del hombre medio. La verdadera frugalidad no es posible de esa manera sino en una sociedad de santos, genios o héroes, solo lo sería en las sociedades de los conventos, las academias o los liceos, y los ejércitos. Es posible que sea cierto, todo es cuestión de intentar determinar si no podría existir, aparte de esos modelos, tal vez perfectos pero extremos, una sociedad que incluya comercios, pero a la que esos comercios no destruyan.

b) Siendo la frugalidad un asunto de hombres excepcionales porque son insensibles a la tentación, todo sucede como si se hubiera pensado en otro precepto, propio para inutilizar el comercio, también producto del sentido común: puesto que el comercio cataliza el amor de uno mismo en cada individuo, parece claro que la rehabilitación del comercio pasa por su transmutación bajo el efecto del altruismo: al comercio hay que sustituirle el amor, es decir el don puro y simple.

Se dirá que Comte ya lo había dicho: esto no es cierto más que si se comprende a Comte como él mismo no se comprendió. Ya que pensaba, lo hemos visto, que de la solidaridad económica podía surgir, como su verdad escondida, la solidaridad a secas, pero realista, pensaba también que necesitaba de la ayuda de un poder espiritual, lo que deja claramente transpirar que, entre las dos solidaridades, no hay continuidad sino ruptura, e incluso derribo, no siendo la primera sino una apariencia. De tal manera, haría falta en realidad decir que no es el positivismo lo que es la verdad del cristianismo, el cristianismo realizado, sino precisamente lo contrario: es porque el cristianismo ya estaba ahí que Comte, sin aceptarlo conscientemente, lo moviliza en al servicio de la solidaridad industrial, porque su filosofía misma le impedía pensar que Cristo podía ser algo más allá que la forma simbólica del Gran Ser, de la Humanidad. Así, si quiere pensarse claramente, lo que muestra el ejemplo positivista (entre otros), es que no hay sino una doctrina para la que el amor se encuentre en el centro del mundo, y es el cristianismo. Y predicar el amor, ciertamente, es propagar el antídoto absoluto contra la mentalidad comercial.

De nuevo hace falta comprender las cosas. De cierta manera, si el cristianismo es coherente, no pude volver a caer ante el golpe de la objeción presentada contra la frugalidad, con la cual, por otra parte, está enteramente ligado, y con razón. Fundar toda una sociedad sobre el amor, es renunciar a una cierta forma de vida que el mismo Santo Tomas consideraba como natural, es decir a una sociedad compuesta por familias, entre las cuales ninguna era absolutamente autárquica (incluso si la frugalidad permite un nivel de autarquía sin medida común con lo que incluso la gran riqueza permite en el mundo moderno), y donde en consecuencia los procedimientos comerciales no pueden realizarse, procedimiento en el seno de los cuales sería contra natura que una familia se plantease arruinarse por otra, practicando el despego absoluto y/o el don, de su propio patrimonio, hasta el agotamiento de sus constituyentes. 

c) Si queremos comprender correctamente el espíritu de la filosofía tradicional en lo que respecta al comercio, creo que es necesario mantenernos en esto a la exhortación de un amor que en realidad no busca verdaderamente sino a Dios. Lo opuesto a la mentalidad cambista no es un lirismo más o menos místico, sino una cierta sabiduría, inspirada por el sentido común, aunque necesariamente iluminada por algunas convicciones espirituales. Resumiendo, me pregunto si, para comprender mejor el espíritu cristiano, no hace falta iluminarlo con una inspiración que no tan sólo preparaba la venida, sino que, de cierta manera, ha integrado, sin renegar nada, puedo decirlo, la inspiración estoica.

Repitámoslo una última vez.

El comercio es contradictorio con toda auténtica sociedad porque anima a cada parte a no pensar ante todo sino en sí misma. Pero los hombres necesitan los unos de los otros, y la división del trabajo que muy naturalmente se desarrolla no puede sino reforzar la dependencia mutua. Por otra parte, parece poco razonable exigir de cada cual que renuncie absolutamente a preocuparse por sí mismo y los que le son inmediatamente más próximos, es decir a comportarse, en una relación comercial, de manera absolutamente desinteresada. ¿Es así pues imposible plantear esa cuestión?

Considerando correctamente los términos del problema, no parece, y, a decir verdad, parecen indicar por si mismos la solución: aunque parezca contradictorio que cada individuo no deje de ser un todo cediendo parcialmente su individualidad —lo que define eso que podríamos llamar el comercio natural—  en realidad es una situación que responde a sus requisitos, y es la misma en que se encuentra no importa que nota de música en una melodía en que es irremplazablemente ella misma sin dejar de ser sino una parte (aunque necesaria) de la armonía final. El universo del hombre que no intercambia está hecho de partes absolutamente irreductibles las unas con las otras y cuya esencia es ser concretas, pero que al mismo tiempo no son lo que son, no tienen sentido, no son nada más para los demás y para sí mismas, que en la relación que mantienen con los demás. Tal es, para mí, la intención central del pensamiento clásico —intuición que permite comprender como puede haber una forma natural y una contra natura del comercio.

Bastaría entonces sugerir —un desarrollo más completo de esta idea tendrá lugar en otra parte— que, para frenar el comercio, convendría tal vez no ceñirnos a las razones a las que ordinariamente se atribuye su desarrollo y en lo que podríamos llamar su evolución hacia los extremos. Es evidente que ausencia de todo interés hacia las cosas terrenas, el comercio ni siquiera nacería. Por el contrario, me parece ver claramente que más allá de un cierto grado de satisfacción, permitido por el desarrollo económico, es decir por el del comercio, este se vuelve algo misterioso: el costo individual es muy superior al beneficio, como la misma civilización moderna ha descubierto; más allá de un cierto límite, el consumo no se justifica en sí mismo, y aún menos cuando supone, puesto que resulta del comercio, un esfuerzo incrementado sin cesar del individuo para facilitar materiales al comercio. Es pues, en una palabra, la hybris del comercio a la que sería necesario prestar más atención.

¿Pero acaso la palabra no es la misma respuesta a la cuestión? A decir verdad, la verdad estaba delante nuestro. ¿No la habían visto y presentado los etnólogos, subrayando que la forma acabada del comercio era su forma agónica, y que era menos comprador que atacante, menos libido habendi que libido dominante?

Si trae consigo recaídas de tipo hedonista no serían entonces sino un accidente, no siendo tanto su principio más profundo el disfrute de los placeres entendidos en un sentido banal, como su propensión, que va más allá de la inclinación hedonista, a poner otro a su servicio, sin colocarse, o colocándose lo menos posible, al suyo. Lo que nos conduce a ver en el principio del desarrollo de los cambios, un cierto tipo de hombre, una cierta forma de naturaleza humana, una cierta forma de alma, las de un ser capaz de tomarse personalmente como un ser en sí mismo.

Vemos la hipótesis: en el comercio, al que los hombres se ven obligados desde el instante en que ya no quieren vivir como animales y e incluso, realmente, mucho peor porque no son animales, hay una fuerza que descansa, dispuesta a apoderarse del mismo, y esa fuerza es la del individuo en tanto estima que no tiene nada que hacer con el otro si no es porque el otro tiene algo que quiere tener, o porque el otro puede ayudarle a alcanzar su objetivo. En el fondo, no se trata sino de considerar esa verdad evidente que no es en realidad tal: si comerciar no es da, en el cambio no entra ninguna consideración del otro más que en la proporción en que el otro puede ser reducido a la categoría de medio, ¿por qué no suponer simplemente que en el principio de su desarrollo hay algo en el alma humana que precisamente se encuentra satisfecha con la utilización del otro? En suma, me gustaría sugerir dos cosas.

Ante todo, que, en el origen de la mentalidad mercantil, hay un ser para el que los demás no son nunca sino instrumentos al servicio de su voluntad, hay un ser que nunca considera al otro no como un fin sino siempre como un medio, hay un ser que es para sí mismo el centro verdadero del mundo, al que todo debe subordinarse, resumiendo hay un lo llamaré la subjetividad absoluta. Darse la subjetividad absoluta, es darse el desarrollo de los cambios, el principio generador de la mentalidad comercial, porque es darse un ser que no puede concebir otra forma de relación con sus semejantes que la del comercio, un ser que no puede vivir sino en solitario o del comercio.

Después, cuando podemos ver el medio de domar el cambio sin proscribirlo, método que según creo toda la filosofía tradicional había visto. Ese medio, es comprender —y hacerlo comprender— que el hombre no es dentro del universo general, como en la sociedad, ese universo humano, un absoluto, sino parte; que el hombre no es un universo por solitario (un todo perfecto y solitario) sino un miembro en un organismo y, sin embargo, aunque no es más que átomo indiscernible entre otros átomos, un grano de arena en un montón, es una nota que debe resonar para que la armonía sea perfecta. Lo que implica que cada cual tenga su papel y lo cumpla bien, aunque cada cual sea como el artesano que tiene un buen oficio y está preocupado por esa hermosa obra, y por la obra bien hecha, incluso si sabe que no es sino una parte de la obra del gran todo. El secreto de la armonía a través del comercio, ya lo hemos visto, no es preciso que sea la generosidad absoluta del amor, esa forma de sociabilidad superior, tampoco la frugalidad, esa forma de ascetismo radical que es tarea de santos, basta con que sea, no importa como lo digamos, la humildad, una cierta modestia, la costumbre, que la educación de antaño animaba, al respeto de todo lo que aparece como superior a la misma persona, ya sea el pasado, los antepasados, la tierra, la naturaleza, el oficio, el Rey, el maestro, Dios y los hombres de Dios, en una palabra todo lo que suponía sacrifico y abnegación hasta cierto punto, en una o en cien palabras, todo aquello que puede servir de principio a una comunidad y puede alimentar constantemente el sentimiento, haciendo de los mismos que recurren al comercio no rivales sino socios dándose mutuamente servicio, porque unos y otros están al servicio de algo que los supera.

¿Supone esto regresar a Durkheim? Evidentemente no: la solidaridad orgánica de Durkheim suponía la conciencia que no poder ser nada sin los demás, que en consecuencia tenía por fundamente la percepción de una inevitable reciprocidad de individuo a individuo, inevitable no significando ni lo deseable ni lo deseado. Ahora bien, ya no se trata de esto, sino más bien del sentimiento que muestra cada parte del universo para contribuir a su armonía general, de la coincidencia entre su cumplimiento y concreto y la perfección del conjunto, en una palabra, entre la mediatización de las relaciones entre individuos a través de la participación en algo que los supera a todos, con la conciencia de una comunidad. Ahora bien, esta no puede ser puramente humana: incluso Durkheim lo había sentido puesto que había intentado fundamentarla en una especie de sucedáneo de la trascendencia, la Sociedad, a imagen de Comte, intentando descubrir esa transcendencia en la inmanencia del mismo hombre, bajo la forma de Humanidad. Pero esa trascendencia se anula por sí misma desde el momento en que se la nombra: no puede haber auténtica participación, incluso en un orden puramente humano, más que si parece en sí misma ser el reflejo de un otro, propiamente sagrado.

Dirán que es soñar, y que, en todo caso, el remedio no podría ser prescrito hoy. Aunque sólo sea porque la sociedad natural ya no existe porque es natural, Así yo diría que una cierta clase de división del trabajo ya no existe, no porque sea mala, sino porque los hombres de hoy la ven mala; no es porque las cosas sean buenas que las presentamos como tales, dice el espíritu moderno, es porque somos nosotros los que decimos que son buenas. Y ya no queremos escuchar la lengua de la naturaleza. Bien. Sin embargo, si el lenguaje de la naturaleza no puede ser oído es que ya estamos cercanos al final de los tiempos.