¡Echad a temblar cuando escuchéis la palabra "reformas"!, por Diego Fusaro


No hay palabra más sometida a abuso hoy en día que el lema "reforma". Los gobiernos utilizan la palabra "reforma" con una frecuencia que no es exagerado decir que obsesiva. 

Hay que "llevar a cabo reformas", siempre y en todo caso: así se resume el trágico trabajo de un gobierno que parece no tener otro fin que el de apoyar los mercados y las políticas de lágrimas y sangre de una Unión Europea que no es más que la dominación absoluta del capital financiero y del neoliberalismo.

Así como el término "revolución" ya no es revolucionario hoy en día, también el término "reforma" ha dejado de ser auténticamente reformista. Cuando la palabra "reforma" surge hoy en día, inexorablemente, debemos alarmarnos: las reformas siempre significan privatización y supresión de los derechos sociales, recortes de salarios y normas dictadas por la perversa lógica de la austeridad, que bien puede definirse, variando el tema de Serge Latouche, como "infeliz decrecimiento". Es, por supuesto, una situación completamente orwelliana, en la que la carnicería social se llama "reforma" y en la que la eliminación forzada de los derechos sociales se llama –modestamente- "revisión del gasto".

El proyecto, ni siquiera demasiado larvado, de la política europea actual es el del triunfo ‒omniabarcante‒ del neoliberalismo y, con él, del nexo de la fuerza financiero-capitalista, con la obscena complicidad de las fuerzas de una izquierda que ya está al servicio del capital. Con respecto a esta lógica ilógica, que arroja al abismo a los trabajadores y a los pueblos, el recurso incesante a las "maniobras", a los "ajustes estructurales" y a las "reformas", practicadas sobre la carne viva de la población agonizante, y siempre en beneficio del capitalismo financiero, es totalmente coherente.

No obstante, a los más alegres por la llegada de las famosas "reformas", se les quitan, a través de estas mismas reformas, las últimas garantías y los últimos derechos sociales aún existentes, y se les priva siempre en nombre del sagrado dogma de la des-estatalización y despolitización de la economía. Debemos ser claros y no hacer concesiones al virtuoso coro del pensamiento único políticamente correcto. Las "reformas necesarias" presentadas como un camino necesario para una posibilidad futura y concreta de renacimiento de las economías son sólo maniobras neoliberales impuestas autoritariamente a los Estados en la fase de desintegración por el gran capital financiero.

Hay que despertar a la gente de la pesadilla en la que nos encontramos, descolonizando el imaginario y, con ello, el lenguaje que utilizamos a diario: entender lo que realmente significa "reforma" en el léxico eurocrático y financiero-capitalista puede, en este sentido, ser un buen punto de partida.

La fórmula "necesitamos reformas" es, a todos los efectos, el equivalente funcional del significado de "la libertad es esclavitud" en la novela orwelliana "1984″". Si trato de imaginarme el "1984" de Orwell actualizado y publicado, tal vez, como "2030", así es como me imagino el comienzo:

"Y entonces llegó un momento en que el conformismo masivo fue finalmente alcanzado. Ya no era posible ningún pensamiento desalineado. Cualquiera que se atreva a pensar en la existencia de hombres, mujeres y familias será silenciado, difamado y marginado inmediatamente por ser homófobo. Cualquiera que se atreviera a cuestionar las leyes sagradas del mercado y el orden neoliberal será inmediatamente silenciado, difamado y marginado como fascista o, alternativamente, estalinista. Que la falsificación era cierta y que el 2+2 daba 5 había sido metabolizado por todos. La neolengua estaba en todas partes: las criminales políticas de despido se llamaban revisiones de gastos, las misiones de agresión militar, misiones de paz, y la esclavitud juvenil, flexibilidad". Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: Fanpage.it