La alianza Europa carolingia-Rusia, por Marc Rousset


Europa no posee más que dos fronteras especialmente estables por naturaleza: el Atlántico y el Mediterráneo. Al este, todo el espacio está abierto. La Moscovia se construyó contra las oleadas tártaras y siempre se representa como una fortaleza erigida en el corazón de un océano de llanuras inmensas y sin límites.

Mientras que otros espacios tienen un exiguo territorio, la gran Europa dispone de un espacio económico, cultural y geográfico muy satisfactorio, que va desde el Atlántico hasta el Pacífico y desde los bosques nórdicos hasta el Cáucaso. Este diversificado espacio permite expresarse al imaginario, encontrar una forma de universalidad, realizar economías de escala y poder financiar grandes proyectos tecnológicos. La gran Europa no debe dejar de emprender porque el mercado de cada nación es demasiado pequeño, porque las inversiones dedicadas son insuficientes y dispersas, mientras ella dispone intelectualmente de los medios.

Rusia, por su parte, es uno de los países mejor dotados en materias primas de todo tipo, y la más extensa del mundo; su superficie útil se incrementa al mismo tiempo que los progresos técnicos. Rusia debe ser, entonces, el pulmón de una Europa poblada, rica en tecnología y capitales, pero anémica, sin perspectiva y cada vez más dependiente de sus aprovisionamientos esenciales, de ahí la necesidad de una cooperación entre la parte occidental y la parte oriental.

Rusia y Siberia ¿son europeas o asiáticas? Tres veces en su historia han sido atravesadas por conquistadores: por las hordas de los hunos de Atila, por los ejércitos de Gengis Kan y, después, por el millar de hombres del aventurero cosaco Yermak. En el mismo siglo, los españoles se disponían a conquistar el Nuevo Mundo, atravesando los mares, seducidos por el atractivo de la lejanía, para buscar glorias y aventuras. Yermak, el intrépido cosaco, atravesó los Urales y emprendió la conquista de Siberia. Siberia es el Far East de los europeos.

Los rusos colonizaron Siberia, el Cáucaso y Asia central porque estaban obligados a hacerlo. Ello corresponde a los imperativos vitales para sobrevivir, a la obligación geopolítica de encontrar fronteras naturales de las que estaban desprovistos y que eran indispensables para su protección. No hay que olvidar que hasta el siglo XVII, Rusia estaba totalmente desprovista de fronteras naturales al este y al sur, y que el relieve de las estepas permitía a las hordas nómadas turco-mongolas penetrar en sus territorios y anexionarlos, hasta que Rusia pudo reaccionar para conquistar su independencia y liberarse después de dos siglos de sometimiento. He aquí cómo se explica el expansionismo ruso que, contrariamente al de la Europa occidental, fue defensivo y estructural.

Hoy, el interés principal de Siberia reside en sus riquezas forestales, de su suelo, del petróleo y del gas. Siberia proporciona hidroelectricidad y carbón a sus vecinos. Gracias a Siberia, la federación rusa es el segundo productor mundial de carbón por detrás de Estados Unidos, y guarda reservas para quinientos años. También es rica en minerales de todo tipo. Pero el gran desafío de Siberia es su débil poblamiento: su inmenso territorio sólo está poblado por algo más de cuarenta millones de rusos, mientras su vecino superpoblado, China, ha comenzado ya con una colonización rampante de Siberia.

Que desde siempre la política sea una lucha por el espacio, por adquirir una base, una plaza, que el espacio constituye el alfa y el omega de toda vida, que la política, la ciencia, el comercio, no son nada más que la adquisición de ese espacio, he aquí una verdad que no siempre es reconocida.

Francalemania, alma y cerebro de la Europa carolingia

Pese a sus diferentes nacionalidades y a sus distintas afinidades políticas, varios antiguos primeros ministros franceses y belgas estaban de acuerdo en salvaguardar a Europa y dar confianza a cada nación, más allá de la supervivencia demográfica y cultural, hace falta organizar a fondo las instituciones europeas. Toda arquitectura debe ser reconstruida siguiendo una geometría variable a partir de la democracia de los pueblos en cada nación.

El primer nivel, destinado a la cooperación política y económica en el sentido más amplio, es el de la Unión europea confederal, funcionando según un principio intergubernamental de unanimidad: abierta a todas las naciones democráticas del continente europeo, incluyendo a Rusia, en un primer tiempo habría que excluir a países no europeos como Turquía. El segundo nivel es el de las comunidades especializadas, permitiendo las cooperaciones reforzadas y admitiendo mayorías cualificadas: construidas a la carta, en cada dominio, por los Estados que tenga, al mismo tiempo, aptitud y voluntad, permitirían reforzar la potencia europea, tanto como la moneda, la investigación, la estrategia industrial, la diplomacia o la defensa. Según la terminología de Guy Verhofstadt, Europa comprendería dos círculos concéntricos: un núcleo político, los Estados Unidos de Europa, fundados sobre la zona euro y, gravitando en torno a él, una confederación de Estados, una organización de Estados europeos.

Según Laurent Fabius, Europa debería constituirse en torno a tres círculos. Un primer círculo, en torno a Francia y Alemania, podría avanzar rápidamente: gobernanza económica unificada, armonización social y fiscal por lo alto, ejército europeo. Esto es también posible con los vecinos más próximos: España, Italia, Bélgica… El resto de la Unión europea actual formaría el segundo círculo para progresar poco a poco por la vía de la integración política, económica y social. En fin, un tercer círculo asociaría a la periferia de Europa: Rusia, Turquía, Magreb… con acuerdos de asociación privilegiados. A diferencia de Fabius, nosotros dudamos de la capacidad del segundo círculo para progresar y preconizamos una reaproximación política directa del primer círculo con Moscú.

Según Édouard Balladur, la Europa de los tres círculos es, ante todo, la Europa de la realidad, porque una Europa de treinta o cuarenta miembros nunca podrá avanzar igual respecto a todos sus miembros, como sucede hoy en día, mientras que una docena de naciones con niveles de vida homogéneos e intereses más próximos, podría avanzar con gran rapidez.

Europa podría entonces organizarse, de manera pragmática, en tres círculos. Un círculo de derecho común, que correspondería con la Unión actual, un espacio de intercambios y de derecho, donde serían proyectadas políticas comunes, por ejemplo, en materia de investigación, transporte y educación.

En el seno de esta Unión de derecho común se establecerían varios círculos de “cooperación especializada” en los dominios más diversos: fiscalidad, derechos sociales, defensa, investigación, industria, reuniendo a los Estados que quisieran avanzar en diversos proyectos. Sería deseable que el país que desease ir más lejos y más rápido, pudiera hacerlo sin trabas.

Pero si Europa quiera afirmarse como potencia política, debe igualmente encontrar con sus vecinos más próximos el medio de cooperar estableciendo asociaciones privilegiadas. La asociación privilegiada sería un contrato entre la Unión europea y sus vecinos, tales como Rusia y Turquía, que permitiría tener en cuenta las especificidades culturales, históricas, políticas, económicas y sociales.
El mito de Francia siempre ha sido el de constituirse como única heredera de Carlomagno. El mito de Alemania siempre ha sido el de la continuidad del Imperio romano, con el Sacro Imperio romano-germánico. Pero hoy, animadas por el espíritu europeo, deben reunirse en un equilibrio territorial entre ambas. Una Alemania que vaya de Nancy a Königsberg no podría ser hegemónica en Europa, de la misma forma que no lo sería una Francia que vaya hasta el Rin. Sobre una base igualitaria es posible reconstituir la Europa de Carlomagno. El gran historiador alemán Leopold Ranke consideraba que, hasta el siglo XIII, los pueblos de Occidente no formaban más que uno solo.

¿Habrá algún día un Estado franco-alemán igual que hubo un Imperio austro-húngaro? Francia y Alemania constituyen una continuidad espacial de 150 millones de habitantes. La restauración del espacio comunitario franco es una tarea que concierne tanto a franceses como alemanes. Es la condición previa de toda unidad europea. En el corazón de Europa, las relaciones franco-alemanas son particularmente significativas, que desde anteriores estados de guerra se han transformado en algo fuertemente conjunto para una paz perpetua. Francia y Alemania están ligadas por una “comunidad de destino”.

Francia y Alemania han manifestado claramente su voluntad de formar con la pareja franco-alemana el “centro de gravedad” de la nueva Europa sobre el tablero internacional. Incluso adoptaron una declaración política que inscribe a los dos países en el corazón de la construcción europea: «Francia y Alemania están ligadas por una comunidad de destino. Nuestro futuro común es indisociable del de una Unión europea profunda y alargada».

Partiendo de la voluntad de reconciliación bilateral, de la necesidad de solidaridad frente a la amenaza de otras potencias y de la preocupación por contrabalancear la influencia angloamericana, la relación franco-alemana se ha convertido en una fuerza de arrastre en Europa. La densidad de los vínculos no tiene equivalencias y ha resistido la prueba del tiempo. Los Estados Unidos, Inglaterra y Jean Monnet hicieron todo lo posible para edulcorar y sabotear el tratado del Eliseo hasta su ratificación por el Bundestag alemán, mediante la introducción de un preámbulo insidioso por parte de Norteamérica, la pérfida Albión de la OTAN. Este tratado había creado contactos cotidianos entre ambas administraciones y permitido múltiples iniciativas comunes, como la cooperación transfronteriza, la integración diplomática, la promoción de ambas lenguas en la educación o la doble nacionalidad. Incluso vio la luz un primer manual de historia franco-alemana con el objetivo de «liberar la enseñanza de la historia franco-alemana del corsé de la visión mononacional y proponer un enfoque común del pasado europeo»: así, Carlomagno, ordinariamente presentado como francés en Francia (Charlemagne) o alemán en Alemania (Karl der Grosse), ya no sería ni uno ni otro, sino un franco. El objetivo final es llegar a una auténtica unión, a un destino maestro entre Francia y Alemania.

Si Europa desea disponer de un peso político, trascendiendo el discordante concierto de las tomas de posición nacionales, sólo podrá hacerlo a través de un núcleo de Estados determinados a conducir una política coherente. Esta idea de un núcleo duro fue formulada por el famoso plan Schäuble-Lamers. Hoy se ha convertido en la única idea que puede permitir a Europa salir de su dilema transatlántico. «Si Europa quiera progresar necesita un acuerdo dinámico entre Alemania y Francia. Esto no supone una voluntad de hegemonía, es una constatación mecánica. El eje franco-alemán es la clave de Europa». Sea cual sea su influencia, Francia no puede imponer sus puntos de vista sin apoyarse en Alemania y ésta sin el concierto de Francia. Los dos países tienen necesidad el uno del otro. Para Edouard Husson, «si hay un núcleo europeo, éste lo constituye la sociedad francesa junto a la sociedad alemana». En contra, los Estados Unidos juegan con el resentimiento provocado por la pareja franco-alemana en las otras naciones europeas y tratan siempre de utilizarlo igual que la Francia del siglo XVII lo hacía respecto a Austria: mantienen y sostienen a los “pequeños principados” europeos contra su federador potencial.

Según Christian Saint-Etienne, la federación o confederación de Estados-nación no puede reunir a más de seis o siete países, en el marco de una República confederal europea (RCE), constituida fuera del tratado de Roma para escapar al control de los otros países miembros de la Unión. Estos países, unidos por valores comunes e intereses estratégicos compartidos, se organizarían sobre un modo intergubernamental para la mayoría de las decisiones a adoptar, no reteniendo más que un mínimo de disposiciones federales en los campos en los que sean necesarios para dotar de eficacia al conjunto. Se trata especialmente de elementos que no funcionan en un conjunto heterogéneo de muchos países: inmigración, derecho de asilo, policía de fronteras, defensa, fiscalidad… Pero estos temas de inquietud en un conjunto heterogéneo se convierten en factores de cohesión en un pequeño conjunto homogéneo.

La RCE organizaría entre sus miembros, beneficiándose de un nivel de vida comparable, una armonización fiscal y social mediante la definición de unos mínimos fiscales y sociales que no impedirían una concurrencia hacia una gestión más rigurosa, sin introducir una ultraconcurrencia perversa. La RCE podría prefigurar unos futuros Estados Unidos de Europa, en los que sólo los Estados que aceptasen esta evolución podrían ser admitidos en su seno. En otras palabras, ¡Inglaterra no podría ser aceptada! Francia, Alemania, Italia, España, Bélgica y Austria, podrían convenir sobre proyectos diplomáticos y de defensa. Sería la voz de Europa en el mundo y no el artificio de un ministro europeo de asuntos extranjeros que represente a veintiocho o treinta países, coportavoz, de hecho, de los Estados Unidos de América. Un informe del European Council on Foreign Relations reconocía en 2008 que Francia, Alemania, Italia y España habían sido ya clasificados como “socios estratégicos” de Rusia, porque mantenían intensas relaciones con Moscú y tenían una gran influencia sobre la política extranjera de la Unión europea.

También Jacques Julliard estima que ha llegado la hora del reforzamiento de la pareja franco-alemana, escribiendo incluso, que también «para la fusión orgánica de las dos naciones en los dominios diplomático y militar, porque no hay otro medio de salvar la idea europea amenazada por el neoimperialismo americano». No hay actualmente, continúa, «más que dos países que, pese a sus dificultades coyunturales, reflejen la idea de una Europa-potencia: Francia y Alemania, Hay que poner en común nuestro ejército, nuestra diplomacia y nuestra política económica. Todos los países que deseen asociarse a esta iniciativa serían bienvenidos. Estoy convencido de que varios países se adherirían, Italia y España, por ejemplo. Sería suficiente que Francia y Alemania pusieran en común sus recursos en materia de diplomacia y defensa para que la escena europea y mundial se viese modificada radicalmente».

Tal es también la opinión de Jean-Louis Bourlanges, el cual estima que “lo que tendría sentido es hacer, en el interior de la Unión y en los dominios donde la competencia de la Unión es incierta o no exclusiva ‒defensa, política extranjera y política presupuestaria‒, un pacto federal entre algunos Estados decididos a poner en común sus medios institucionales, administrativos, financieros y militares, con vistas a llevar una política común”. Alain Joxé declaraba: «Me parece que la opción de Alemania, Francia y Bélgica de reunirse para comprometerse en un núcleo de fuerza de defensa europea, es un paso importante».

La idea de una federación limitada a algunos países y organizada a partir de un núcleo federal franco-alemán está en trance de iniciar su camino. Veremos una federación europea nacer en el interior de la Unión que acelerará la convergencia fiscal, social y económica. Tal núcleo resultaría muy atractivo para los otros Estados miembros. Independientemente del peso económico, político, demográfico y militar, no hay potencia sin voluntad… La potencia necesita la voluntad de imponer su marca en el curso de los acontecimientos. La Unión europea no será potente salvo que sus Estados miembros pongan en común, consciente y colectivamente, su voluntad para constituirse en uno de los polos de un mundo multipolar y actúen en consecuencia. Sólo la autonomía de decisión permite la toma de conciencia de su identidad y de su soberanía, y ofrece la responsabilidad en la decisión, sin las inhibiciones causadas por la habitualidad de ser dependientes, sometidos o necesitados de reconocimiento”.

En 2004, Günther Hofman escribía: «No se puede hacer de otra forma: dos, tres, cuatro, incluso cinco o seis gobiernos deben simplemente tomar la iniciativa de una política que refleja lo que es específicamente europeo». En 2005, el economista René Passet se pronunciaba también por la creación de un “núcleo duro comunitario europeo”: «el retorno al espíritu de los orígenes, que la mayoría no podría realizar, sí pueden efectuarlo algunas naciones».

Conviene señalar que, actualmente, la mayoría de los Estados miembros de la Unión europea abdican de partes enteras de su soberanía nacional sin que exista a escala europea una entidad política capaz de asumir una capacidad de decisión y de actuación autónomas. Esta disipación de la soberanía en la vida estratégica de las naciones es, evidentemente, inaceptable. Sólo una Europa carolingia de esencia federal permitiría colmar esta vida, dotando a los europeos de un soplo creativo. Es a partir de Estrasburgo y de un centro franco-alemán que debe operarse el dispositivo decisivo por el cual un bloque unificado de la Europa occidental se reaproxime a Rusia, a fin de construir el nuevo mundo de la gran Europa.

Resumiendo, resulta que el común denominador a todos estos propósitos es la creación de una auténtica confederación franco-alemana, a la cual, si ve la luz algún día, se adherirían, sin duda, tres o cuatro países más. Esta confederación aparecerá algún día ineluctablemente de la misma forma que se realizó finalmente la unidad alemana con la ayuda de Prusia o la unidad italiana con el Piamonte-Cerdeña. Este grupo “pionero” debería ser capaz de asumir plenamente las prioridades político-estratégicas. Los Estados de la vanguardia deberían fijar conjuntamente una política responsable en términos de soberanía, la cual no toleraría ni la obcecación del angelismo pacifista ni los reflejos de la subordinación atlantista. Así se realizaría el proyecto del general De Gaulle: revisar el tratado de Verdún que dividió el imperio de Carlomagno a fin de reunificar a los francos del oeste y los francos del este.

Uno de los primeros objetivos de una confederación franco-alemana sería el de combatir el librecambismo planetario desenfrenado, pero no el juego del mercado en un espacio continental interior protegido. El librecambio debe ser regionalizado en el seno de zonas protegidas. La Unión europea debería reconvertirse nuevamente en proteccionista restableciendo la “preferencia comunitaria”. Por la misma razón, el comercio mundial se organizaría en grandes espacios regionales con niveles de vida y modelos sociales comparables.

Además, la creación del euro en el marco de la Unión europea, con economías nacionales tan dispares, ha supuesto una huida hacia adelante que sólo tiene por objetivo ocultar su impotencia y sus debilidades. El euro sólo tiene futuro en el marco de un Estado federal neocarolingio estructurado con una comunidad de destino claramente expresada, porque, en caso contrario, los temores de Milton Friedman se verán un día justificados.

Finalmente, la puesta en común de los medios militares constituirá la clave decisiva de los próximos años. Una fuerza militar es necesaria para intimidar y hacerse respetar. El objetivo debe ser el establecimiento, al margen de la OTAN, dejando algunos países al margen, de los primeros elementos de una defensa europea integrada, a fin de desarrollar una auténtica Europa de la defensa. Esta es la razón por la cual Alemania, Francia, Bélgica y Luxemburgo han planteado la creación de un cuartel general militar de la Unión europea en Bruselas. Los norteamericanos ya lo consideran como un competidor de la OTAN. Pero el objetivo debe ser aportar un contrapeso a la influencia de los Estados Unidos. Una Europa capaz de actuar en el campo militar es necesaria para el equilibrio mundial. (Continuará…)

El eje París-Berlín-Moscú, la única vía de futuro para Europa

La lectura de la prensa norteamericana muestra que el eje París-Berlín-Moscú se toma muy en serio y es percibido como un peligro real para los Estados Unidos. «Todos los factores combinados, escribe así el neoconservador John. C. Hulsman en el periódico de la Heritage Foundation, Francia, Alemania y Rusia tienen potencialmente todos los atributos de una gran potencia capaz, a nivel global, de servir de contrapoder a los Estados Unidos, Francia proporcionando las orientaciones políticas e ideológicas, Alemania la potencia económica y Rusia la capacidad militar», concluyendo el autor que, frente a esta amenaza, los Estados Unidos deben jugar al “golpe por golpe”, intentando fraccionar, por todos los medios, el núcleo antiamericano.

En 2003, en Berlín, Richard Perle, uno de los más flamantes halcones del Pentágono, atacaba violentamente al ministro alemán de la defensa denunciando «el estrechamiento de los vínculos franco-alemanes» y «la fuerte tendencia de Francia y Alemania a expresar su solidaridad a la menor ocasión». Más tarde, Thomas L. Friedmann escribía en el New York Times: «Es el tiempo para los americanos tomar nota; Francia no es solamente nuestro irritante aliado, Francia se ha convertido en nuestro enemigo”. Michael Ledeen, otro neoconservador, afirmaba también sin ambages: “Francia y Alemania se han convertido en los enemigos estratégicos de los Estados Unidos».

¿Por qué esta increíble agresividad? Porque los americanos exigen de sus aliados que se comporten como vasallos y no soportan la idea de un mundo multipolar, y temen, más que nada, la aparición de una auténtica potencia europea. Durante mucho tiempo tergiversada, ellos denuncian ahora la perspectiva de una Europa unida y se esfuerzan, sobre todo, en prevenirse contra lo que más temen: la emergencia de un eje París-Berlín-Moscú.

Los tres grandes pueblos continentales que son los franceses, los alemanes y los rusos, ocupan un lugar particular en Europa. Cada uno ejerce un rol de pivote geográfico sobre una parte de Europa, Francia sobre el sur y la parte occidental, Alemania sobre el centro y la parte oriental, Rusia sobre el extremo este de Europa, el Cáucaso y Asia central.

En cuanto a Europa, puede considerarse como la prolongación occidental de Rusia o Rusia como la prolongación oriental de Europa. Europa puede cambiar a Rusia, igual que Rusia puede cambiar a Europa. El eje París-Berlín-Moscú podría ser un medio pacífico para realizar lo que nunca se ha podido obtener por la fuerza de las armas, concretar el sueño visionario gaullista de una Europa del Atlántico a los Urales.

Señalar que, sobre este eje, de la ribera del Atlántico hasta la ribera del Pacífico, sobre catorce husos horarios, el sol no se pondría jamás. Sería un medio para crear, por fin, esa Tercera Roma con la que han soñado, por separado, Francia, Alemania y Rusia. Esta Eurosiberia sería verdaderamente independiente, no amenazaría a nadie, pero tampoco nadie, sea China, el islam o los Estados Unidos, podría realmente amenazarla. Esta es la razón por la que Francia y Alemania deberían remodelar la arquitectura europea en concertación con Rusia.

El eje París-Berlín-Moscú se exige por varias razones.

Un eje París-Berlín-Moscú por razones económicas. El eje se justifica por razones económicas a las que ya hemos aludido. Rusia ocupa el vigésimo lugar como exportador hacia los Estados Unidos y el trigésimo lugar como importador de bienes estadounidenses. Por el contrario, Europa no puede rechazar a Rusia, que le proporciona entre el 30 y el 40% del gas y el 25% del petróleo. Sólo hay tres países capaces de hacer esto: Irán, Qatar y, cómo no, Rusia. La elección es sencilla. Conviene, pues, desarrollar la asociación estratégica franco-ruso-alemana edificada sobre dos pilares que son las riquezas energéticas, por el lado ruso, y las posibilidades inversoras, por el lado franco-alemán. Eurasia está poblada e industrializada, y dispone, además, de las necesarias materias primas.

Un eje París-Berlín-Moscú por razones militares. Una alianza continental con Moscú, al margen de una alianza atlántica renegociada con los Washington, debería ver la luz algún día. Esta alianza paneuropea, esta cooperación militar del siglo XXI entre la Europa europea con las fuerzas integradas con Rusia, no representarían solamente el contrapoder a la potencia militar norteamericana y a la alianza atlántica, sino también una alianza suplementaria a corto plazo para Europa frente a diversos riesgos geopolíticos posibles tales como el Medio Oriente, el terrorismo, el islamismo radical, el peligro nuclear, la crisis energética, la potencia china e india… y no es cierto que Norteamérica estaría dispuesta a intervenir sistemáticamente, pues esta potencia tiene sus propios intereses, sus propios riesgos y su propia evolución.

En cuanto a la Europa carolingia, núcleo duro de la Europa política, ella sería equidistante tanto de Moscú como de Washington, aliada de las dos potencias y cooperadora en sus proyectos industriales comunes, en relación con la defensa y las operaciones militares conjuntas, al nivel de los propios intereses, en ocasiones con Moscú, otras veces con Washington; de ahí la necesidad de un cuartel general europeo independiente con base en Estrasburgo, a medio camino entre Berlín y París, mítico lugar de la reconciliación franco-alemana y fundamento del Eurocorps.

Recientemente, el diario alemán Die Zeit constataba que los europeos están condenados actualmente a la impotencia porque han renunciado al empleo de la fuerza, y su ausencia de ambición imperial obstaculiza cualquier esperanza de contrabalancear la hiperpotencia norteamericana. En caso de conflicto Estados Unidos-Rusia, Europa podría permanecer neutra o apostar por una u otra parte, según la naturaleza del conflicto, en función de sus exclusivos intereses, sin estar a disposición sistemática del gran aliado americano como sucede con el actual sistema de la alianza atlántica y del protectorado unilateral de la OTAN. Sería un medio inteligente para Europa convertirse en actor activo, capaz de defenderse, controlar su destino y contribuir por sí misma a disminuir las tensiones siempre posibles entre la potencia continental rusa y la potencia marítima angloamericana.

Europa está tomando conciencia lentamente de que Rusia, no sólo no es una amenaza estratégica, sino que puede convertirse en una contribución a su seguridad militar. Como escribe Emmanuel Todd: «Si la relación de América con el mundo se reinvierte, pasando de la protección a la agresión virtual, la relación de Rusia con el mundo se reinvertirá igualmente, basculando entre la agresión y la protección virtual. En tal modelo, el único elemento estable es, finalmente, el carácter antagonista de la relación ruso-americana».

Teniendo en cuenta la desproporción del esfuerzo militar al PNB por parte de los Estados Unidos, en relación con los dedicados por Francia, Alemania y Rusia, aunque las cifras por sí solas no reflejen del todo la realidad de la potencia rusa y europea, el avance norteamericano en el plano militar continúa siendo colosal. Sólo si Francia, Alemania y otros países europeos, como Italia y España, ponen en común sus inversiones en defensa con Rusia, podrá Europa compensar una parte de su retraso.

El eje París-Berlín-Moscú por razones demográficas. Francia y Alemania, más allá de los problemas de la inmigración y de la inclusión o no de los territorios de ultramar, tienen aparentemente el mismo déficit de natalidad, especialmente grave en el caso de Alemania. De aquí a 2035, Alemania perderá 7 millones de activos y Francia perderá casi 2 millones. Rusia, por su parte, sufrirá un auténtico cataclismo con una disminución de población todavía más drástica. Alemania y Rusia, habiendo perdido su vitalidad demográfica, no representan ya un peligro real de expansionismo, sino más bien al contrario, estos dos países están a la búsqueda de alianzas defensivas y de equilibrio demográfico. El acelerado declive demográfico ruso, la demasiado rápidamente disminución alemana y el leve declive francés, reequilibran paradójicamente el conjunto europeo, según un proceso inverso que desestabilizó Europa durante los siglos XIX y XX. Durante este período histórico, el estancamiento demográfico francés a partir del año 1800 procuró una Francia de unos 40 millones de habitantes, un poco más de la mitad de la población alemana cuando sobrevino la Primera guerra mundial. En el este, la expansión todavía más rápida de la población rusa engendró, de la misma forma que en Alemania, una auténtica fobia del mundo eslavo por el mundo germánico.

Alemania, hoy, disminuida territorial y demográficamente tras la Segunda guerra mundial, ya no puede ser la gran potencia en el corazón de Europa. Los europeos, por las mismas razones, ya no deben temer ser sumergidos por una nación-continente rusa en plena expansión demográfica, estando esta última, por el contrario, temerosa por ser invadida subrepticiamente por las poblaciones musulmanas del Cáucaso y Asia central, en la parte rusa, y por los excedentes chinos, en su parte siberiana.

En conclusión, la Europa-potencia sólo puede realizarse mediante la alianza París-Berlín-Moscú y no en el marco de la Unión europea. Una política europea común e independiente es un mito. El riesgo es, por el contrario, que Europa derive hacia la impotencia y tome, como ya predican algunos, el camino del Sacro Imperio romano-germánico, un conjunto heterogéneo de principados y de ciudades, hacia el final de la Edad Media, que no pasó de ser una ficción de poder común.

Una mayoría de socios europeos se ha adherido a la concepción angloamericana de un simple espacio de librecambio protegido, por su seguridad, por el paraguas de la OTAN. El impulso no puede venir, entonces, más que de Francia y Alemania, compartiendo la misma visión de Europa, la de una comunidad de destino que tenga la voluntad de pensar política, económica y culturalmente. La adhesión de España, Italia y Austria podría constituir la feliz prefiguración de la "Europa europea”.

Por otra parte, en la conducción de las relaciones internacionales, parece que los europeos hayan abandonado a Hobbes y Maquiavelo, como lo ha señalado el geopolítico norteamericano Robert Kagan. Los europeos deben guardarse de reducir la política extranjera a la noción abstracta e inoperante de los derechos humanos, velar de una forma realista por la evolución de la relación de fuerzas geopolíticas, y defender, sobre todo, la moral del derecho internacional fundado en la multilateralidad, así como sobre la igualdad jurídica entre las naciones. Frente al Imperio angloamericano, el islam y la China, el terrorismo de Oriente Medio, los europeos deberían inspirarse, ante todo, en Richelieu, Bismarck y De Gaulle.

El eje París-Berlín-Moscú desde el punto de vista de los franceses. El general Charles de Gaulle deseaba la Gran Europa que fuera desde el océano Atlántico hasta los montes Urales, la salida de la OTAN, la creación de una fuerza de choque y la lucha contra el dólar. «Francia y Rusia don dos polos de Europa que ejercerán, el uno sobre el otro, una eterna atracción», escribía por su parte Milan Kundera. Francia es el eslabón débil de la alianza atlántica que encuentra sus apoyos en Alemania y en una Rusia nostálgica de su esplendor soviético. La diplomacia francesa deber ser el elemento motor de la cooperación eurorrusa. El interés económico de Rusia para Francia es importante, pero también es fundamental para Alemania. Los intercambios comerciales están mucho menos desarrollados que con Alemania, aun cuando Francia ocupa el cuarto lugar por sus inversiones en Rusia. En París, la alianza con Rusia reposas sobre datos más geopolíticos y sentimentales: hacer frente a los desafíos del siglo XXI, contrabalancear la influencia norteamericana y resucitar la alianza del sueño gaullista.

El eje París-Berlín-Moscú desde el punto de vista de los alemanes. Para Alemania, ha llegado la hora de las decisiones: el alineamiento con Washington, lo que parece poco probable, o una ambición mundial, con vocación multipolar y de base continental, apoyada sobre el corazón de la vieja Europa y el aliado ruso. El fundamento para su aproximación es la asociación o partenariado económico estratégico; el apoyo de Francia hará a esta asociación más equilibrada, teniendo en cuenta la inmensidad del espacio ruso. Etimológica y curiosamente, el nombre de Prusia (Preussen) deriva de “Po Russen”, que puede traducirse como “colindante con los rusos”. Alemania es el puente indispensable entre París y Moscú; el general De Gaulle señalaba ya: “Es destino de Alemania que nada pueda ser edificado sin ella”. Dreikaiserbündnis, la alianza de los Tres Emperadores (Alemania, Rusia, Austria-Hungría), tal era ya, a los ojos del canciller Bismarck, la fórmula mágica que llegaría a asegurar, finalmente, la clave de cualquier organización de la Europa continental y el equilibrio de todo tipo de relaciones de la vieja Europa en vías de la acelerada industrialización, con un mundo anglosajón, dominador de los mares y fundado en el acercamiento constante de las dos orillas del Atlántico.

El eje París-Berlín-Moscú. Según Vladimir Putin «el partenariado entre Rusia, Alemania y Francia, constituye el principal factor positivo de la vida internacional y del diálogo europeo». Destruida la Unión soviética, perdido su rol de superpotencia, Rusia no puede esperar volver a ser una potencia sino con una Europa presente en la escena mundial; este nuevo proyecto permitiría a Rusia salir airosa del fin de la Unión soviética. Conviene, pues, relanzar la idea de la “casa común europea”, a fin de separar, de una vez por todas, lo máximo posible, a los países europeos del ámbito angloamericano. La masa industrial, tecnológica, financiera, de Europa puede sumarse a la potencia militar, nuclear, energética, de Rusia. Con el apoyo de Francia y de Alemania, las dos potencias de esta vieja Europa, anclada en el oeste, deviene posible construir un contrapoder a Norteamérica y apoyarse sobre un hinterland eurosiberiano frente a Asia central y China.

La alternativa, nos dice Henri de Grossouvre, es simple: «Sea que los europeos se encarguen de sus intereses políticos, económicos, militares y demográficos y vuelvan a ser los actores de la política internacional, o sea que salgan de la historia y desaparezcan progresivamente en términos físicos y espirituales en el seno de una vasta zona de librecambio bajo el protectorado estratégico americano». Porque las geoestrategias estadounidense y británica se esfuerzan, bien evidentemente, en “desintegrar preventivamente” este gran espacio eurasiático. Inglaterra y Estados Unidos han intentado dividir la Unión europea en dos bloques, uno en torno a Inglaterra (que ha desaparecido con su salida) y otro con la ampliación a los países del este (con Polonia a la cabeza), sustrayéndole, al mismo tiempo, su dignidad política y militar.

Gracias al eje París-Berlín-Moscú podríamos responder a la famosa pregunta de Henry Kissinger: Europa… ¿qué número de teléfono? Pues bien, tres números, señor Kissinger: París, Berlín o Moscú, según vuestros problemas con la línea telefónica… Recordemos también a Donald Rumsfeld, el cual veía en la auténtica Europa europea resumida en la alianza entre Francia y Alemania a la llamada “vieja Europa”, al que podríamos responder que la “nueva Europa” es la del eje París-Berlín-Moscú, pero, ciertamente, con los “caballos de Troya” inglés y polaco que han hecho juramento de fidelidad con los Estados Unidos.

Hace algunos años, el escritor Vladimir Volkoff planteaba la siguiente cuestión a la diplomacia norteamericana: “No comprendo. ¿Deseáis que Europa se haga o que no se haga? El diplomático le respondió: “Nosotros deseamos que se haga, pero que se haga mal”. El eje Francia-Alemania-Rusia es un método para que se haga… muy bien.