¡Y te pondrás el velo, hija mía!, por Mickaël Fonton


Por miedo de ser acusadas de racismo o por decisión deliberada de apoyar al adversario de un Occidente odiado, algunas feministas demuestran tener una gran indulgencia con el islam.

Recuerden: Fue en Colonia, la noche de San Silvestre, hace más de tres años ya. Europa sorprendida se enteraba, después de unos días de silencio, de que cientos de denuncias por agresiones sexuales habían sido presentadas esa noche, consecuencias de una verdadera caza a las mujeres realizada en las calles de la ciudad por varias decenas de jóvenes inmigrantes llegados de los albergues vecinos. Mientras que se esperaba, una vez los hechos conocidos, una petición de castigo ejemplar por parte de las feministas, generalmente prontas a indignarse en un abrir y cerrar de ojos, lo que se produjo fue todo lo contrario.

“Aquellos que me dicen que las agresiones en Alemania se deben a la llegada de inmigrantes: id a escupir vuestra mierda racista a otra parte”. Así reaccionó Caroline De Haas, cofundadora del movimiento Atreveos con el feminismo. “Se atreverá con el feminismo otro día, sobre otro planeta, cuando sea menos molesto”, ironizó la periodista Gabrielle Cluzel en su obra ¡Adiós Simone! Las últimas horas del feminismo. Denunciar una agresión sexista, sí, pero no cualquiera. Para ciertas feministas, las violaciones pueden ser buenas y malas. “Ser feminista hoy”, según Bérénice Levet en su obra ¡Liberémonos del feminismo! “es cerrar los ojos a las agresiones sexuales y las violaciones cuando no son cometidas por varones blancos occidentales”.


Este curioso fenómeno de ceguera voluntaria y de indignación hemipléjica se reproduce en un contexto más francés, menos grave pero muy revelador, un año más tarde. En mayo de 2017, el periódico Le Parisien reveló en efecto lo que todo parisino ya sabía, es decir, que existen barrios donde no es muy aconsejable pasear cuando se es mujer, sobre todo si se va algo desvestida debido al verano. Parisinas insultadas, silbadas, expulsadas de las aceras y sin poder beber en una terraza. Parecía que la onda de choque iba a ser violenta: No hubo nada. Como con las “no-go-zones” tiempo atrás, se empezó negando los hechos, después se pidieron pruebas, para acabar diciendo que eran sucesos que se habían exagerado. Como la realidad obligaba a apuntar al comportamiento de jóvenes hombres mayoritariamente musulmanes, era recomendable continuar el camino y no ceder al “pánico identitario”. Las mismas no tuvieron tanta prudencia cuando se trató, cinco meses antes, de denunciar al cerdo del varón blanco (“Balance ton porc…”).

“Debido al miedo de ser llamadas islamófobas, las feministas se prohíben nombrar correctamente lo que todo el mundo ve”, explica Bérénice Levet. “Respecto a Colonia fue así: ellas escogen el inmigrante contra la mujer blanca. La violencia contra las mujeres solo les sirve de coartada; el verdadero objeto de su combate es la civilización occidental. Todo lo que pueda derribarla será bienvenido. El asunto es flagrante con las mujeres musulmanas con velo, que son precisamente las que encarnan el islam y que encuentran a parte de las feministas a su lado”.

Es incontestable que las feministas están divididas sobre la cuestión del islam. Se observó con el velo de Maryam Pougetoux, portavoz del sindicato de estudiantes UNEF. También se vio hace diez años, pero se ha olvidado, con el caso de Ilham Moussaïd, candidata del Partido Anticapitalista, que defendía que se podía ser “laica, feminista y con velo”. El asunto hizo bastante ruido pero el debate quedó en el terreno de la laicidad. Cuestionadas e interpeladas, sobre todo a través de un vigoroso artículo de la revista Marianne, las feministas permanecieron en silencio. “Desde Beauvoir con Sartre, el feminismo siempre ha girado a la izquierda”, apunta Gabrielle Cluzel. “De ahí ha venido la deriva, que ha hecho del inmigrante el proletario de sustitución, el nuevo intocable. Si tienen que escoger, siempre escogen al inmigrante…”.

Esta evolución no se ha hecho sin dificultades. Han aparecido clanes. “Hay una diferencia entre Elisabeth Badinter, que se queja de que el miedo a ser tachadas de islamófobas empuja a las mujeres a callarse, o incluso Caroline Fourest, y otras militantes como Caroline De Haas, Clémentine Autain o Christine Delphy que han escogido disculpar a los agresores de Colonia y abrazar la causa musulmana”.

Esta elección ilustra, por ejemplo, la desgracia sucedida a la asociación “Ni putas ni sumisas (NPNS)”, colectivo hermano de SOS Racismo, cuya misión es defender la condición de las mujeres de los suburbios. Sus palabras han sido acusadas de vehicular “estereotipos sobre el varón árabe” y de favorecer “una xenofobia de Estado”. Demasiado laica, demasiado republicana, muy francesa en suma, NPNS no pega con los últimos códigos feministas en vigor. La época de aquellas que calificaban el islam de “la cadena más pesada que la humanidad ha llevado jamás” ya se ha terminado.

Por lo menos, así es en apariencia. En realidad, el asunto ha llegado a su final ya que, aunque parezcan diferentes, los dos movimientos feministas son, en realidad, convergentes. De un lado, están las que, como Marlène Schiappa, ahogan la variable musulmana en el fondo de las violencias machistas y consienten en criticar el velo porque ven un símbolo de opresión “religiosa”. Por otro lado, están las que, al grito de “mi velo, mi decisión”, reconocen a sus hermanas musulmanas el derecho a no ceder a los diktats coloniales. Aprovechándose de la realidad de la condición femenina en Occidente, las primeras no han hecho más que preparar el terreno a las segundas y favorecido la captación, por el islam radical, de una juventud femenina desheredada. Fuente: Valeurs Actuelles