Bannon, el supervillano de las elecciones europeas, por Mathieu Bock-Côté


A medida que nos acercábamos al día de las elecciones europeas, la sombra de Steve Bannon planeaba todavía más pesadamente sobre las votaciones. Los periódicos multiplicaban las entrevistas con el que se presenta como un estratega maquiavélico llegado a Europa para lograr la victoria de los partidos nacional-populistas. 

A la cabeza de un nebuloso movimiento que se presenta como una organización casi planetaria llamada a alimentar por todas partes la revuelta contra las élites mundialistas, Bannon parece estar en condiciones de ejercer una fuerte influencia en el curso de los asuntos europeos.

Aunque son raros los que se interesan realmente por sus ideas, todos insisten en el superpoder que se le supone. Bannon habría conducido a Trump a la Casa Blanca y podría hacer lo mismo con los populistas europeos. Con un físico discreto y poco agraciado y su personalidad aparentemente antipática, tarde o temprano aparecerá como supervillano de alguna película hollywoodiense. Los grandes medios acreditan así la megalomanía de un hombre que, con toda evidencia, se vanagloria del poder que se le atribuye.

Por muy delirante que sea, este gran relato no es realmente nuevo para cualquiera que esté interesado en el ascenso del conservadurismo y del populismo en Europa. Recordemos la actualidad de los últimos años y nos convenceremos de ellos. Así, antes de las presidenciales francesas de 2017, en algunos grandes medios, se especulaba abundantemente con el trío (juzgado infernal) Buisson-Villiers-Zemmour, que todos creían capaz de hacer explotar la vida política francesa o, al menos, la de la derecha, que ya no sabía a qué demonio recurrir. Tal evocación hizo estremecer las redacciones de diarios y revistas. Se acusaba a Bannon de haber embrujado a Sarkozy para llevarlo, con su magia, al Elíseo. Zemmour era acusado de despertar sentimientos tóxicos como la xenofobia y el repliegue identitario. En ambos casos, un hombre engañoso y todopoderoso conspiraba contra el brillante futuro de la humanidad. 

Hay otra versión de esta teoría: Putin estaría programando, gracias a una empresa de desinformación a gran escala, la adulteración de las elecciones europeas. No cabe ninguna duda de que Rusia busca interferir en la vida política europea. Podemos condenar, con razón, esta injerencia. Que algunos partidos se dejan tentar por Putin también es cierto. Pero es ilusorio creer que Putin es capaz de crear artificialmente un malestar político en los pueblos europeos para, a continuación, manipularlo a su favor. 

Sin embargo, entendemos la idea. Hace falta que una presencia maléfica venga a acosar a los pueblos para impedirles votar correctamente, distorsionando el sentido normal de la historia. Ello se lograría excitando las malvadas pasiones de los hombres. Terribles hechiceros hipnotizarían a las poblaciones para que se dejaran llevar a la catástrofe. Esta explicación juega un papel esencial en la supervivencia teórica del progresismo, que intenta explicar sus fracasos mediante la intervención de una fuerza exterior que perturba el juego democrático.

¿Cómo no ver esto una forma de complotismo progresista, que no parece inquietar, sin embargo, a los autoproclamados decodificadores? La transformación de la diversidad de nuestras sociedades debería desarrollarse como estaba previsto y el progresismo debería, entonces, liquidar pacíficamente el viejo mundo siempre y cuando los ilegítimos perturbadores no vinieran a obstaculizar el sentido de la historia. La presencia de Bannon se convierte, así, en providencial en el relato mediático. Si el progresismo europeo es derrotado en las elecciones europeas será como consecuencia de la intervención de un malvado estadounidense..

Los pueblos europeos no necesitan la gran conspiración a cielo abierto atribuida a Bannon para sancionar a la Unión europea o, incluso, para rebelarse contra ella. No necesitan que un estadounidense ebrio de su propia leyenda venga a decirles que la UE sirve mal a sus naciones, para que los europeos le rindan cuentas libremente y hagan posible electoralmente poner fin a la inmigración masiva. Nadie puede creer que los europeos sean tan estúpidos que sean incapaces de constatar, por sí mismos, que la experiencia ideológica de la construcción europea cada vez tiene menos que ver con la grandeza de la civilización europea. 

Nuestros progresistas, simplemente, ni siquiera imaginan que se pueda estar en desacuerdo con ellos racionalmente, No conciben que un hombre bien informado, ajeno a las fake news, y sinceramente demócrata, pueda desear algo distinto para el futuro del mundo. Si vota de forma incorrecta es porque le han engañado. El progresista nunca se equivoca. Todo lo que tiene que hacer es culpar a los que impiden la modernidad y maldecir a Bannon, Putin y otros villanos que puedan representar ese odioso papel en la explicación de unos malos resultados. Fuente: Le Figaro