La caza a los judíos está abierta, por Franz-Olivier Giesbert


Al final del todo, cuando las sociedades se descomponen y ya nada tiene ningún valor, todo es siempre culpa del judío. El mal tiempo, las enfermedades, el alza de precios, etc.


Pero ¿qué está pasando en Francia? Es la pregunta que se hacía cualquier persona sensata descubriendo, el pasado 16 de febrero, las imágenes del filósofo judío Alain Finkielkraut injuriado en París por una banda de gente fuera de sus casillas. Delante de ese espectáculo, ¿cómo no tener ganas de llorar de rabia, de pena, sobre el cadáver de la dulce Francia? Parece ser que no hay que estigmatizar ni mezclar las cosas, como dicen los ridículos de la corrección política que, entre Le Monde y Mediapart, no han parado de dar muestras de negación de la realidad. Pero, digan lo que digan, nada puede esconder ya el odio islamista que está en marcha.


Las ofensas realizadas a Alain Finkielkraut por los falsos chalecos amarillos no son solo un hecho aislado. Es un giro societal, histórico. Una catarsis que permitirá al país reponerse, si tiene la valentía (lo cual está por demostrar) de los gritos proferidos: “Sucio sionista de mierda”, “Francia es nuestra”, “Lárgate”, “Vas a morir”, “Dios va a castigarte”, etc. ¿Qué le habría pasado a Alain Finkielkraut si no hubiera tenido cerca a unos antidisturbios y a unos verdaderos chalecos amarillos para sacarlo del atolladero? Mejor no pensarlo. Hoy, en Francia, un judío tiene su libertad de pensamiento, pero conviene preguntarse si todavía tiene la libertad de circulación, como en tiempos del III Reich o del falso paraíso de Al-Ándalus.


El concierto de insultos es la primera etapa del proceso. Enseguida viene el pogromo al cual, al ritmo que van las cosas, hay que empezar a prepararse. También entonces habrá mucha gente para relativizar y minimizar los hechos: cobardes, islamoizquierdistas, colaboracionistas, todos herederos de la Francia indolente, aquella que se zambulle hoy, sin vergüenza ninguna, en la sumisión.


La buena conciencia de esos compañeros de viaje ofrece una idea del infinito. Se llaman a sí mismos antisionistas y no antisemitas, ¡como si no fuera lo mismo! Hijo del antisemitismo, Israel, la obsesión y objetivo de aquellos, acogió durante el siglo pasado las cohortes de supervivientes de la Shoah, que pudieron reconstruirse. Hoy, el antisemitismo que se pudre en Francia y en una parte de Europa justifica plenamente la existencia del Estado hebreo, que los salafistas y sus tontos útiles, los islamoizquierdistas, quieren borrar del mapa.


La ignorancia enciclopédica de todo este movimiento le ha permitido repetir, sin vergüenza ninguna, una gran mentira que, a la larga, se ha convertido en una verdad histórica: Israel fue una tierra árabe que habría sido recientemente invadida y ocupada por los judíos. Un cuento increíble. Desde hace tres milenios ha sido, al contrario, una tierra judía que ha sido conquistada y devastada regularmente –por los árabes, sobre todo– varias veces.


La prueba es que, antes de la creación del Estado hebreo en 1948, los judíos se llamaban los “palestinos” y su bandera nacional tenía una estrella de David, mientras que el gran periódico judío llevaba por título el Palestine Post. El gran error de los judíos fue cambiar de nombre volviendo al de “Israel”: perdieron así la batalla de las palabras y permitieron a los árabes apropiarse del término histórico de Palestina, dejando vía libre a la desinformación.


En el mismo momento, se produjo otra revolución semántica: la palabra “antisemitismo”, demasiado incendiaria desde el nazismo, fue reemplazada por la nueva y virgen de “antisionismo”. Pero todos los antisionistas que claman, por definición, por la destrucción de Israel, son antisemitas. Son los mismos, con el mismo veneno en los labios.


Una encuesta oficial revelaba recientemente que el 22% de los franceses cree en la existencia de un complot sionista mundial, sobre el modelo de los Protocolos de los sabios de Sion, un texto falso que, en 1901, se presentaba como un plan de conquista del planeta por los judíos y los masones. Este libro es todavía muy leído en los países árabes desde donde, dicho sea de paso, los judíos han sido expulsados cuando que habían vivido allí desde la Antigüedad, antes de las conquistas musulmanas de África del Norte, en el siglo VII. De ahí la necesidad vital de Israel.

Ya conocemos el chiste: “¿Conoce usted al menos una sola democracia en el mundo árabe?”, pregunta uno. “No tengo ni idea”, responde el otro. “Pues Israel, ¡claro!”.

No olvidemos nunca recordar la verdadera naturaleza de Israel en un momento en el que el antisemitismo y el antisionismo, la peste y el cólera, corrompen el mundo árabe y la vieja Europa. Fuente: Le Point