La derecha será social… o no será, por Romain Sens


La unión del pueblo. ¿Por qué? Porque un pueblo no está nunca constituido de manera socialmente homogénea. Un proyecto liberal dirigido nada más que a una parte de ese pueblo es, en realidad, factor de división y juega en contra de su pueblo. La solidaridad necesita a la nación, la nación necesita solidaridad: la derecha será social o no será.

Con toda seguridad, la “Convención de las Derechas” en Francia fue un éxito. Se encontraron, por primera vez desde hace tiempo, personas de sensibilidades diversas. Cargos electos o militantes, periodistas o escritores, especialistas o militantes de asociaciones y, sobre todo, simples simpatizantes en gran número que tienen todavía a Francia en el corazón y que no abandonan el combate para salvarla.

La mayor parte de las personas que se reunieron allí tienen un cierto nivel intelectual y conocen perfectamente los desafíos, además de seguir cotidianamente el desarrollo de los acontecimientos políticos. Pero faltaba el pueblo. O, por lo menos, esa parte del pueblo en gran medida abstencionista o en separación política con los partidos del sistema liberal-libertario. Aquellos que, cuando se les ocurre votar, solo se desplazan a las presidenciales y únicamente por el Rassemblement National, o por la France Insoumise para los despiertos a medias.

Sin embargo, lo esencial se ha dicho claramente. La identidad y la soberanía son el primero de todos los combates a realizar. Todo el mundo de derechas (la verdadera) se ha puesto de acuerdo en ese punto y esta etapa era la primera piedra que había que poner en el combate hacia la victoria. Pero eso no es suficiente.

Un eje “liberal-identitario” no reunirá a la mayoría del pueblo histórico. No será suficiente con prometer a la masa de trabajadores el control del gran cambio antropológico si es para garantizarles la perpetuación de su estado de semiesclavitud una vez que el país se haya salvado.

Si los Chalecos amarillos, ese pueblo auténtico, salieron con tanta virulencia de ninguna parte hace cerca de un año es porque tenían sus razones. Es cierto, es legítimo pensar que ese grito del pueblo tenía en el fondo la voluntad de expresar su desesperación frente a la eliminación de su identidad. Y los mamporreros profesionales de la extrema izquierda, apoyados con todas sus fuerzas por los medios atemorizados, consiguieron por desgracia correr un tupido velo sobre el sentimiento de desposesión identitaria que solo pedía poder expresarse. Dicho movimiento surgido de una exasperación frente al enésimo impuesto del Gobierno se ha impuesto finalmente como una revuelta social. Y, ahí, las interpretaciones han sido diversas.

Algunos de los que han podido expresarse durante esta Convención de la Derecha tienen un análisis económico-social de este movimiento que es cierto pero limitado. Como: “Los franceses que se han expresado en las rotondas eran sobre todo pequeños empresarios de PYMES que rechazaban la montaña de impuestos”. Cierto, una parte de los manifestantes del sábado eran efectivamente esos. Pero la mayor parte de los Chalecos amarillos venía de otro sitio.

Una gran mayoría de ellos son, sobre todo, trabajadores pobres o desempleados que buscan trabajo. Muchos de ellos perciben el salario mínimo o poco más pero, en todo caso, gritan de rabia por no poder vivir dignamente de su trabajo. Igualmente, algunos comentaristas de sensibilidad liberal afirman que los Chalecos amarillos no piden más servicios públicos, no piden más Estado. No hay nada más falso. Lo que piden los abandonados de la República es que sus impuestos, que por principios no rechazarían de ninguna forma pagarlos, sirvan al pueblo francés al que están orgullosos de pertenecer.

El dinero público no debe ser dilapidado ya más en los cuatro rincones del planeta, por ayudas y subvenciones a otros pueblos, a otros cuerpos en lugar del suyo y debe ir prioritariamente a los franceses. ¿Cómo comprender que el Gobierno corra al socorro de todos los desafortunados de la Tierra cuando sus compatriotas se mueren en su propia tierra?

Es un Estado fuerte, social y protector de cada uno de los miembros de su pueblo lo que reclaman muchos franceses enfurecidos. “Para el que no tiene nada, la Patria es lo único que le queda”. En cuanto a aquellos que piden más protección para su libertad de emprender, son los más fuertes, los más valientes, los más ingeniosos, que legítimamente no quieren que los riesgos personales que corren se traduzcan en un éxito frenado por un Estado incoherente, que se lleva su dinero a través de impuestos cada vez más numerosos para seguir manteniendo una paz social cada vez más incierta. El Estado debe simplemente revisar sus gastos sociales y dedicarlos a una política inteligente, coherente y que beneficie a todos.

No obstante, hay que reafirmar lo siguiente: si el pueblo francés es el pueblo de Europa que más se preocupa por la igualdad entre sus conciudadanos, es indudablemente refractario a cualquier forma de comunismo, de igualitarismo desenfrenado o de socialismo mal pensado. Un Estado fuerte, estratega y social en la más digna tradición de Colbert, pero con la preocupación de las libertades individuales entre las que se encuentra, evidentemente, la libertad de emprendimiento.

En cuanto a la derecha, hay que ser de una claridad absoluta: aquellos que han escogido el Dinero contra el Pueblo ya no pertenecen a él, ya sea porque se les considere como definitivamente vendidos al sistema liberal-libertario o porque “se llame de izquierdas a todo lo que tenga la cara del Primer Ministro”.

Pero no olvidemos que toda unión de la derecha, inevitablemente social, no será victoriosa si no tiene como fin último la reunión del pueblo. Ya sea porque se siga la Doctrina Social de la Iglesia o bien un populismo laico (ateo o incluso pagano), el pueblo francés no puede renunciar a la alta consideración que debe tener con cada uno de sus conciudadanos. Y, como máxima, esta orientación milenaria: los nuestros antes que los otros. Fuente: L´Incorrect