El cosmopolitismo es un individualismo, por Diego Fusaro


El cosmopolitismo capitalista aspira a disolver los Estados-nación en su condición de baluartes de la soberanía económica, pero también como fortalezas de las identidades colectivas, de los lazos comunitarios y del vínculo de la ciudadanía. 

En lugar de los Estados-nación, promete, en abstracto, la realidad más grande y atractiva de la única patria tan grande como el mundo: y, en términos concretos, transforma a cada individuo monádico en una patria por derecho propio, en un universo solipsista sin relación alguna. Más a menudo, en nombre del ennoblecimiento ideal, la globocracia del polo dominante destruye lo que realmente existe de no homogéneo con respecto al orden cosmopolitizado en el sentido liberal (la ciudadanía nacional real en nombre de la ciudadanía global irreal, la democracia nacional real en nombre de la democracia global irreal, etc.). Rompe todos los lazos sociales y deja sólo la separación individual para sobrevivir, centrada en la figura del "encuentro ocasional" ‒y sin consecuencias‒ de los átomos competitivos, determinados a su vez por el vínculo "infelizmente sociable" (Kant) del intercambio mercantil.

La intuición de Giacomo Leopardi

En esto reside el vínculo inextricable entre el cosmopolitismo y el individualismo, ya intuido por Leopardi, quien escribió el 3 de julio de 1820: «Y aquí hay otra hermosa curiosidad de la filosofía moderna. Esta dama trató el amor patriótico como una ilusión. Ella quería que el mundo fuera una patria entera, y que el amor fuera universal para todos los hombres. El efecto ha sido que de hecho ya no hay amor por el propio país, sino que en lugar de que todos los individuos del mundo reconozcan el propio país, todas las patrias se han dividido en tantas patrias como individuos existentes, y el encuentro universal promovido por una filosofía atroz se ha convertido en una separación individual». En resumen, en la cúspide de la cosmopolitización, el hombre no se convierte en el fantasma "ciudadano del mundo", según la quimera de las bellas almas del globalismo. Por el contrario, se transforma, como "individuo monádico" (Hegel), en una república por derecho propio, en conflicto con todas las demás.

El "amor por la patria" desaparece en lugar de la separación individual

El "amor a la patria" se eclipsa y las patrias, en lugar de resolverse en una nación más grande como el propio planeta, "se han dividido en tantas patrias como individuos": la reunión universal de la raza humana, prometida por el discurso de lo cosmopolita, se invierte dialécticamente en la separación individual, coesencial al atomismo de la sociedad del libre mercado, la monadología liberal-libertaria. Una vez más, la hostilidad entre los países desaparece, sí, pero no en el sentido de su neutralización: simplemente se mueve al nivel individual, según la figura del "sistema atómico" hegeliano y el bellum omnium contra omnes hobbesiano de los átomos que compiten en el plano liso del único mercado sin fronteras. Entendido así, el espacio cosmopolitizado no es una casa abierta a todos, sino un mercado al que todos están condenados. No es el conflicto ya superado el que se desplaza hacia la dimensión individual de la competitividad liberal, sino esa realidad social y política ‒la nación, de hecho‒ la única capaz, en la aventura de lo moderno, de ir más allá de las identidades individuales (ya sean religiosas, ideológicas o étnicas) y capaz de crear la figura de una identidad colectiva y de una democracia real, por muy perfectible que sea. La identidad coral, basada en la pertenencia a una visión de la sociedad, a un amplio conjunto de derechos y deberes, a la participación y a una comunidad de ideales y narrativas compartidas, ha hecho posible tanto la trascendencia del individualismo egoísta como la realización ‒nunca se insistirá lo suficiente‒ de las formas aún perfectas de participación democrática de las clases dominadas.

Ciudadanos del mundo, pero desarraigados y precarios

Según un nudo teórico, ya claro para el historiador francés Ernest Renan, autor de Qu'est-ce qu'une nation? (1882), desde la Revolución Francesa, la idea de nación se ha asociado de diversas maneras con las figuras de igualdad, ciudadanía y representación. Privadas de su patria, de sus raíces nacionales y de su pertenencia a una comunidad, las personas que viven en el mundo están condenadas al perpetuum mobile del vagabundeo determinado por el capitalismo flexible: en abstracto, son ciudadanos del mundo y, en términos concretos, liberadas del vínculo nacional, ya no tienen ciudadanía y están condenadas, como todos los bienes, al perpetuo movimiento browniano del mercado desregulado, en donde todo el mundo necesita ser apátrida y migrante, desarraigado y precario. Además, la única promesa de libertad de la que es capaz el cosmopolitismo liberal se refiere al individuo y a su liberación de cualquier restricción que pueda limitar sus movimientos, la adquisición del egoísmo y el deseo de poder consumista. ■ Traducción: Carlos X. Blanco Martín. Fuente: Il Primato Nazionale