La idea imperial en Europa: nuestra más larga memoria política, por Thibaud Cassel y Henri Levavasseur


En 27 a.C., al final de un largo período de guerras civiles, el Senado romano confiere a Octavio, ya calificado como emperador, el título de Augusto, “el más ilustre”. En un mundo donde la autoridad retiene un carácter eminentemente sagrado, el hijo adoptivo del divino César deviene algunos años más tarde en pontifex maximus, asegurando así el más alto cargo de la religión pública romana. Él es detentador de la auctoritas, es decir, de un poder fundado sobre una superioridad moral de orden casi sobrenatural, superando el simple ejercicio del poder legal o potestas. 

Según Virgilio, Júpiter había prometido a Venus este feliz resultado para la posteridad de Eneas, huyendo de Troya a la lejana Latium. Augusto reivindica esta ascendencia mítica. El vínculo establecido con la epopeya griega no sólo enlaza a Roma con el inmenso prestigio de la Hélade; indica también que la benevolencia de los dioses responde a las conquistas de un pueblo. Roma domina una gran parte del mundo entonces conocido, y su soberano es universal en esta medida.

A través de muchas mutaciones, el modelo imperial permaneció hasta principios del siglo XX como el fundamento supremo de la legitimidad política de las potencias centrales de nuestro continente. En una Europa dormida, olvidada de su identidad y de su destino, sin duda no resulta inútil meditar sobre la perennidad de la idea imperial, ligada a la dimensión sagrada del destino de la Ciudad.

La coronación sagrada del poder

El Imperio corona una larga ascensión hacia el poder, esmaltado de reveses provisionales y de divisiones internas: desde su fundación en 753 a.C., Roma ha conquistado la península itálica, la cuenca mediterránea transformada en Mare nostrum, después las Galias. En el curso de los siglos siguientes, un increíble mosaico de pueblos, unificados en el crisol de la civilización grecolatina, se encuentra sometido al prestigio de la Ciudad romana. Este brillante apogeo parece augurar una perennidad eterna: no fue así. Si el Imperio se mantuvo en Oriente hasta 1453, ya había caído en 476 en Occidente, fragmentado en diversos reinos “bárbaros”. El eclipse no termina hasta el 800, cuando Carlomagno, coronado sagradamente el día de Navidad por León III, emprende la primera renovatio imperii.

Tal es la gran lección de la Antigüedad: en tanto que construcción política, el Imperio está sometido a los ciclos de la vida y de la decadencia; el modelo hacia el que tiende no puede ser alcanzado definitivamente en este mundo, puesto que la historia no tiene fin. Pero el Imperio es también un ideal y una búsqueda; el esfuerzo incesante siempre renovado hacia el renacimiento constituye así un elemento principal de la idea imperial en sí misma.

Como fue el caso de los romanos, un largo ascenso hacia el poder funda la legitimidad franca para restaurar el Imperio. Jefe de guerra victorioso, Clodoveo recibe el bautismo en 496, inscribiendo la dinastía merovingia en la tradición romano-cristiana. En 732, el pipínido Carlos Martel adquiere un inmenso prestigio por su victoria sobre los árabes en Poitiers. La dominación de los francos sobre Occidente, reconocida por el papado, conduce finalmente al renacimiento imperial carolingio. La vieja oposición entre ciudad terrestre y ciudad celestial, propuesta por San Agustín, se desvanece ante la idea de un imperio cristiano.

A la muerte de Carlomagno, el imperio es derrotado nuevamente. De una parte a otra de la Francia central, dos conjuntos políticos principales van a surgir: el reino de los francos occidentales, cuyos reyes son coronados sagradamente por el arzobispo de Reims, y el de los francos orientales, cuyos soberanos reivindican muy pronto la dignidad imperial y reciben su corona del Papa. Estas dos potencias gemelas no cesarán de rivalizar en el corazón de la cristiandad occidental; desde el siglo XIII, el rey de Francia se siente “emperador” en su reino. 

La segunda renovatio imperii es obra de Otón I, coronado en 962, después de haber derrotado a los magiares en 955. Una vez más, el éxito militar abre la vía a la renovación del poder. El Sacro Imperio romano-germánico no es solamente alemán: Italia, Borgoña y Provenza lo afianzan también en el mundo latino; se extiende igualmente hacia el Este, integrando partes significativas de los mundos eslavo y báltico.

Ciudad Antigua, modelo imperial y Estado-nación

En Roma, el imperio nace, en primer lugar, de una Ciudad: tal es, en efecto, la forma política, griega por excelencia, de la joven República romana trabajada por sus aspiraciones heroicas. La Ciudad antigua se funda sobre una organización política muy exigente: los deberes y los sacrificios impuestos a los ciudadanos preservan su libertad, supremo bien común. Cuando la República se entierra por su propio peso, cuando ya domina el mundo mediterráneo en el primer siglo de nuestra era, el Emperador se convierte en la clave de una obra de arte de colosales proporciones. Dos siglos después de Augusto, Marco Aurelio todavía cultivará la noble servidumbre de no ser más que el primero de los ciudadanos. La devoción cívica del Senado y del pueblo romano, en nombre de los cuales manda el emperador, proporciona toda su consistencia al orden político imperial. Los ocasionales reveses y la locura de algunos emperadores son compensados por esta vitalidad política donde la autoridad y la responsabilidad se retroalimentan mutuamente. 

La decadencia del civismo romano entraña ineluctablemente el declive del Imperio. El edicto de Caracalla, que concede en 212 la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio, constituye, a este respecto, una etapa remarcable. Estableciéndose en las provincias de Oriente, superficialmente helenizadas por Alejandro Magno, Roma se abre a influencias que modificarán profundamente su organización política, así como los valores sobre los que reposaba su civilización. El Estado imperial deviene, poco a poco, en un aparato tan aplastante como vulnerable.

Después de la caída del Imperio de Occidente, se opera una sorprendente fusión entre la herencia antigua, el cristianismo y la aportación de culturas celtas y germánicas. Al final de un largo período de sedimentación, este entrecruzamiento da nacimiento al sistema feudal, que reconstruye el orden político sobre un nuevo fundamento: la nobleza de la espada. El servicio del caballero revive, con su compromiso, el del ciudadano antiguo. A escala de Occidente, el garante último de esta jerarquía es el Emperador. 

El Sacro Imperio romano-germánico se sitúa igualmente en la prolongación de la Ciudad antigua cuando coloca el principio electivo en el corazón del orden político: la Dieta imperial sustituye al Senado romano. La autoridad propia de la función imperial es disociada de la que detenta tal o cual soberano sobre tal o cual pueblo: el imperio no se confunde con los reinos o principados que lo componen. Esta situación perdura en la época moderna en el Imperio austro-húngaro, donde la fidelidad a la dinastía de los Habsburgo prevalece sobre los lazos étnicos o confesionales. El poder imperial reposa sobre el principio de subsidiariedad: tiende a federar las entidades políticas, más que a oprimirlas, a uniformizarlas o a nivelarlas. Desde este punto de vista, la idea de imperio no se confunde con la noción de imperialismo. Organización superior, el Imperio no es incompatible con la existencia de “nacionalidades” (en sentido étnico y cultural), ni con la existencia de “Estados nacionales” (en tanto que entidades geopolíticas herederas de una larga historia), pero se opone claramente a la concepción ideológica de la nación “jacobina” derivada de la Revolución francesa. 

La patria revolucionaria constituye, de hecho, una entidad abstracta, en el seno de la cual los individuos iguales reclaman los mismos derechos universales. En nombre de “principios inmortales”, tiene por vocación expandir entre los pueblos las Luces de la Razón. Este discurso es igualmente el de la joven República de los Estados Unidos de América, cuyo “destino manifiesto”, arraigado en la cultura bíblica y protestante, revela una dimensión mesiánica perfectamente asumida.

La idea imperial permanece en cuanto ella es indisociable del reconocimiento de una forma de sacralidad propia de la función soberana: arraigada en la larga memoria europea, se sitúa en las antípodas de la religión laica y universal del progreso perpetuo y del culto al gran mercado mundial.

La soberanía, principio espiritual

Antes que corresponder a un sistema de gobierno o al ejercicio de la soberanía sobre una extensión geográfica determinada, el orden político imperial reenvía, en primer lugar, a un principio espiritual. Aquel que está revestido de la dignidad imperial está investido del poder sagrado de la auctoritas. Fuerza trascendente que procede de Júpiter, el imperium está asociado al derecho de consultar los auspicios (ius auspicium), es decir, de preguntar a los dioses: está conferido de un poder de orden militar, jurídico y religioso. La autoridad del Emperador manifiesta el poder del Senado y del pueblo romano, los cuales no son nada sin la pietas conforme a las exigencias del mos majorum, la “costumbre de los antiguos”: la sacralidad de una Ciudad piadosa se manifiesta entonces a través de la persona del emperador. Tal es el origen del culto imperial impuesto a las naciones conquistadas, que conservan, por su parte, su identidad religiosa.

En el curso del Bajo Imperio, el declive de la piedad romana contribuye al desgaste de las instituciones y a la perturbación de las referencias tradicionales. Los fundamentos de la religión de la patria son progresivamente minados, mientras que los cultos orientales a Mitra o al Sol Invictus recuperan un éxito creciente. Abren la vía a la adopción de una religión universal, que se impondrá a partir del siglo IV con el triunfo del cristianismo.

Al restaurar la dignidad imperial romana en Occidente, Carlomagno permanece fiel a la concepción romana del imperium, mediante su transposición en un universo cristiano. En tanto que institución sagrada, el imperio une estrechamente los principios de autoridad espiritual y temporal. La renovatio de Otón I se inscribe igualmente en esta tradición, que confiere al Emperador un aura espiritual propia, independiente del papado. A principios del siglo XI, esta rivalidad entre las dos dignidades que se reclaman ambas del plano espiritual conduce lógicamente a la disputa de las investiduras, prolongada bajo los Hohenstaufen por el enfrentamiento entre güelfos y gibelinos. Con la reforma gregoriana, la Iglesia se esfuerza en establecer una neta distinción entre los poderes temporal y espiritual, subordinando claramente el primero al segundo, del que ella reivindica el monopolio. El Sacro Imperio romano-germánico se encuentra así desprovisto de una parte de su dimensión sagrada, incluso di Dante considera todavía al emperador como “romano” en el sentido espiritual, es decir, sucesor de César y de Augusto. Aun fragilizada, la dignidad imperial no pierde totalmente su preeminencia en el seno de la república cristiana que constituye la Europa medieval.

La renovación al borde del abismo

Con las Guerras de Religión y después con la Guerra de los Treinta Años, la unidad espiritual de Europa se rompe y el Imperio se sobrevive a sí mismo. La orden de Westfalia, sin embargo, permite preservar hasta finales del siglo XVIII un cierto equilibrio entre poderes. Los acontecimientos de 1789 abren, por el contrario, la era de los nacionalismos y dan un golpe fatal al viejo edificio romano-cristiano: un general francés, heredero de la Revolución, reivindica para sí mismo la dignidad imperial antes de precipitar la desaparición del Sacro Imperio en 1806. Como resultado de las guerras napoleónicas, el Imperio austríaco, el Imperio ruso y Prusia ‒destinada a fundar algunas décadas más tarde el Imperio alemán‒ se unen en una Santa Alianza garante del equilibrio europeo. El traumatismo del primer conflicto mundial acabará por barrer estos últimos vestigios de tradición imperial. El fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán reivindicaron, en cierta medida, la herencia de la romanidad antigua y del Reich medieval, pero estas experiencias totalitarias modernas tuvieron poco que ver con sus modelos históricos.

Europa parece haber renunciado hoy a su destino. La mayoría de los Estados que la componen reniegan abiertamente de la identidad de nuestra civilización, mientras reivindican la paternidad de una construcción europea desprovista de toda referencia espiritual. No hay nada más urgente que recordar los períodos de la historia en el curso de los cuales nuestros pueblos, unidos por una conciencia identitaria común, despertaron ante la llamada de lo sagrado y manejaron los resortes del poder. Revivamos la nostalgia de la idea imperial en el corazón de los hijos de Europa, para que nuestras naciones vuelvan a encontrar su propio genio y puedan poner conjuntamente los fundamentos de un orden político con las dimensiones del viejo continente. Nietzsche lo predijo: Europa se hará al borde del abismo. Esperando este momento, continuemos edificando las ciudadelas de nuestro imperio interior… ■ Fuente: Institut Iliade