Dos mujeres contra los delirios del feminismo. Entrevista a Gabrielle Cluzel e Ingrid Riocreux, por François Bousquet


Gabrielle Cluzel es redactora-jefe de la revista digital Boulevard Voltaire, cronista para otros medios y ha publicado un libro sobre el fin del feminismo a la Beauvoir titulado Adieu Simone! Les dernières heures du féminisme

Ingrid Riocreux es profesora de Letras Modernas y especialista en gramática, retórica y estilística, también ha publicado un libro sobre el lenguaje de los medios de comunicación: La langue des médias. Destruction du langage et fabrication du consentement.

Cuando las brujas organizan la caza de brujos... El asunto Weinstein fue el prodigioso revelador de las tentaciones paranoicas que atraviesan al feminismo. Reducido al estatus de mamífero porcino, violador en serie patentado, acosador patológico, a la vez esencializado y animalizado, el hombre es una criatura en peligro. Dos insumisas han venido a socorrer al viudo y al huérfano.

La opinión pública se ha quedado estupefacta tras la cantidad de “revelaciones” surgidas desde el asunto Weinstein. ¿No ha sido la primera operación mundial de denunciación ciudadana? ¿Y la fabricación de un chivo expiatorio ideal, el varón heterosexual y blanco, a ser posible?

G.C. Hemos asistido a una oleada de lapidación virtual, como en toda operación de linchamiento colectivo. Añadiendo, además, el anonimato que proporciona las redes sociales. En el montón, seguro que hay verdaderos culpables. Y ahí está uno de los efectos perversos del asunto: Al meter en el mismo saco las ganas de ligar y la voluntad de agredir, se criminaliza el ligue y se banaliza la agresión.

I.R. Esta oleada de delación mundial ha sido aterradora. Los que han hecho el paralelismo con las denuncias de los judíos durante el nazismo han sido llamados al orden: cuidado, las mujeres que “denuncian a su cerdo” no son todas unas fabuladoras. Y es cierto, por supuesto. ¡Por eso! El antisemitismo frenético y borreguil que condujo a una lógica de exterminio se alimentó de sucesos reales que aparecían en prensa. El judío violador, pedófilo o estafador fue un estereotipo construido a partir del ruido mediático y el aprovechamiento político que rodeó a algunos asuntos en los que el culpable era judío. Se ve hoy el mismo proceso a mayor escala: la desconfianza generalizada y pretendidamente justificada por los hechos a propósito de una categoría de personas y sobre la base de un criterio biológico, en este caso, un cromosoma. Hay que leer ciertos textos feministas: ¡se designa al hombre como el enemigo! Y las sesiones de autocrítica de varones arrepentidos se multiplican.

¿Parece como si el asunto Weinstein hubiera llegado justo para eliminar la cuestión del estatus de la mujer en las sociedades musulmanas? ¿No fue Caroline de Haas la que denunciaba las “mierdas racistas” de quienes ligaban las agresiones de Colonia a la llegada de inmigrantes a Alemania?

I.R. Recordemos la tribuna aparecida en el diario Libération, en la cual algunas feministas decían temer que la penalización del acoso en la calle contribuyera a estigmatizar a los “individuos racializados”. El feminismo está en crisis. Siempre ha estado atravesado por voces discordantes: a favor y en contra de la prostitución, por ejemplo. Pero ahora el neofeminismo declara la guerra al feminismo histórico. Mire lo que le sucede a Elisabeth Badinter, acusada de ser la “encarnación del feminismo blanco”. La moda ahora es la interseccionalidad de las luchas: se es, a la vez, feminista y antirracista. En realidad, se quiere reemplazar el combate cultural, que es un combate de ideas, por una guerra de sexos internacional y transcultural. Esta deriva está en su inicio en el término de feminista mismo: antes, se decía las “hembristas”. Ellas no luchan por la igualdad, luchan por las mujeres. Como dijo la ministra francesa Schiappa, “el empoderamiento de las mujeres pasará por el desempoderamiento de los hombres”. Es una deriva grave. No hay que olvidar que el primer gran movimiento feminista no fue precisamente un feminismo, sino una afirmación cultural frente a un modelo dominante: los primeros cristianos defendían la igualdad hombre-mujer contra la sociedad pagana sin igualdad y poco respetuosa con la dignidad de la mujer. No enfrentaban a los sexos, sino a las ideologías.

G.C. Eliminar la cuestión... o disolverla. Caroline de Haas hizo el ridículo con el tema de las violaciones en Colonia. Después de esto, la estrategia ha cambiado: Ya no se niega, ahora se disuelve el asunto. Es lo que hizo Schiappa, otra vez ella, cuando declaró después de los sucesos de La Chapelle-Pajol (la dramática situación de las mujeres en el barrio de mayoría musulmana de este barrio de París): “El antirracismo no debe ser una barrera contra el feminismo”. ¡Bien! Pero completó: “Pero no hay que olvidar que el acoso en la calle existe en cualquier barrio y cualquier clase social. Incluso en la Asamblea Nacional” (a propósito de algunos diputados acosadores). Francamente, pregúntele a una mujer dónde se siente más segura por la noche..., ¿en los pasillos de la Asamblea o en el barrio de la Chapelle-Pajol? Cuando escribí esta pregunta en Twitter, Schiappa me enseñó el testimonio de mujeres jóvenes acosadas por diputados. Pero ese es otro tema relacionado a su vez con nuestra sociedad ultralibertaria y ultraliberal (estando ligadas las desregulaciones de los mercados y de los sexos por la misma lógica) y la mirada consumista sobre la mujer que esa sociedad produce. Como explicó Jacques Séguéla, algunos comportamientos están ligados a un “lado un poco hippie descerebrado de los ecologistas, nacido del amor libre”. Y subrayemos que muchas denuncias apuntan a personas de izquierdas, esas mismas que caminan mano sobre mano con las feministas para denunciar la sociedad heterosexual y patriarcal...

¿Qué contenido hay que dar al acoso? ¿No se parece a la manera con la que se mide la temperatura del aire? Es decir, ¿habría un acoso real y un acoso percibido? ¿Qué sentido dar a esas investigaciones que ponen en el mismo plano el acoso (silbar a una chica) y la agresión (violación) para hacernos comprender al final que más de la mitad de los hombres son depredadores sexuales?

I.R. Cierto, se han perdido todos los matices. De la galantería a la agresión, pasando por las groserías y frases soeces, todo vale. Y ahí también se trata de borrar las diferencias culturales. Nuestras sociedades occidentales están marcadas por la palabra bíblica: “El hombre se unirá a una mujer y juntos formarán una sola carne”. El marido que pega a su mujer es reconocido como un ser indigno. ¡Choque cultural! Acogemos a inmigrantes impregnados de un discurso coránico que dice, sobre todo: “La mujer de la que sospechas desobediencia, repréndela, aléjate de ella en la cama y pégala”. Cuando se está cerca de mujeres víctimas de violencia, una se da cuenta de que las musulmanas tienen muchas dificultades para considerarse como mujeres maltratadas...

G.C. La palabra “acoso” es un cajón de sastre que no diferencia entre el cumplido y la injuria. Y se habrá dado usted cuenta de que cuando un hombre dice de una mujer que es guapa, se le trata de sexista, pero cuando se dice lo mismo de un hombre, nadie protesta. Pronto solo los hombres tendrán derecho a cumplidos sobre su físico. Cuando el tono es educado con una mujer, basta con decir “gracias” y ya está, asunto terminado. Antes se decía: “El hombre propone, la mujer dispone”. Los cumplidos formaban parte del acercamiento, permitían tantear el terreno, y la mujer, entendiendo con medias palabras, tenía mil maneras delicadas de reconducir la situación y hacer saber si quería o no llegar más allá. Nadie se sentía humillado ni insultado. Hay que volver a leer sobre la galantería francesa. Hoy, parece que ya solo existen el hombre que se impone (el cerdo) y la mujer que se opone (la que denuncia al cerdo). Como si fuera una guerra y ya no supieran dialogar.

¿Cómo explicar que, en los asuntos de acoso, ya no se hable de que no hay que meter todo en el mismo saco? ¿No hay una esencialización de la depredación masculina? Peor todavía: la esencialización no se une a una animalización (denuncia a tu cerdo) con el riesgo de encerrar a las mujeres en una postura de víctima?

G.C. Claro. Se cae en todos los clichés sexistas: “mujer débil” se ha convertido en un pleonasmo. La palabra de la mujer, como la de un niño, es sagrada, como si la mujer, inocente o ¿simple? por naturaleza no fuera capaz de dobles sentidos, cálculo, manipulación... Esta presunción de candidez es el colmo de la misoginia. En cuanto al hombre... Simone de Beauvoir denunciaba, como usted menciona, la “esencialización de la mujer”, y se indignaba en El segundo sexo de que se redujera a la mujer a su útero y sus ovarios. ¿Y a qué reducimos al hombre ahora? No a su cerebro, desde luego.

I.R. Eso de no mezclar las cosas siempre ha sido variable. Fíjese en la cuestión de la pedofilia en la Iglesia: todo sacerdote es un pedófilo en potencia. El feminismo es un comunitarismo, como atestigua la sustitución progresiva del término “misoginia” por el de “ginefobia”, calcado de islamofobia, homofobia, etc. Sin embargo, un comunitarismo agresivo está abocado al fracaso ya que suscita una reacción de rechazo epidérmica. Para ser potente y eficaz, todo comunitarismo debe tener un discurso victimista. Así se asegura el conseguir aprobación, compasión y culpabilidad autoacusadora.

¿Por qué razón se circunscribe el campo de la denuncia a las relaciones heterosexuales nada más? No se dice nada de los homosexuales. Ha habido casos, pero han sido acogidos con un silencio ensordecedor. ¿Será porque el objetivo es el hombre heterosexual?

I.R. El feminismo tiene la ceguera voluntaria y culpable de toda ideología. Si la mujer es necesariamente víctima y el hombre necesariamente culpable, entonces los hombres víctimas de violencia conyugal no están en ninguna categoría, ya estén en pareja con un hombre o con una mujer, y la violencia conyugal en las parejas de lesbianas es tabú igualmente.

La prensa femenina ha erigido a las mujeres como iconos publicitarios y reinas de belleza con un poder de atracción sexual irresistible. Todo lo contrario de las feministas que quieren acabar con la mujer objeto. Es un caso perfecto de contradicción: “Ignore esta señal”; “Deseen a las mujeres, pero sin tocarlas”... ¿No hay materia ahí para volver a los hombres locos?

G.C. El hombre está tenso porque la mujer está también dividida entre las influencias liberal-libertarias (en la prensa femenina) que tienen necesidad de su poder de atracción ultrasexuado para vender, y la mentira feminista de la “indiferenciación” que encontramos también en esas mismas páginas. ¿Por qué las feministas toleran la prensa femenina (frívola, infantilizante, hipersexuada), que deberían detestar? Porque sirve para enseñar el pensamiento ya prefabricado de temporada al mismo tiempo que la ropa de moda. Es muy práctico. Pero completamente esquizofrénico.

“Si hay unos Weinstein, si nadie dijo nada es porque hay mujeres a quienes no les molesta”. ¿Qué hay que entender en esa frase?

I.R. He querido testimoniar de lo que sucede sobre todo en el ámbito universitario, donde la cooptación es lo que funciona. Algunas estudiantes consideran, y no lo esconden, que es menos cansado acostarse con el director de un equipo de investigación que multiplicar las publicaciones. En ese ámbito tan feminizado, la promoción por esa vía concierne también a los jóvenes estudiantes masculinos, cortejados por mayores intelectuales excéntricas… o por profesores del sexo masculino aficionados a las costumbres griegas. Son situaciones en las que todo es posible: se liga con el objetivo de obtener un trabajo, o bien se cede por oportunismo. Por placer o por asco, o por los dos al mismo tiempo… De hecho, en general, nuestras feministas no reconocen la complejidad del deseo: quieren hacernos creer que se resume a una especie de pacto.

¿Qué les hace decir que asistimos a las “últimas horas del feminismo”? A la vista de la ofensiva feminista, ¿no habremos pecado por exceso de triunfalismo, al creer que la guerra cultural estaba ganada y que asistíamos a los últimos estertores de un feminismo reivindicativo?

G.C. Es el canto del cisne. El feminismo inspirado en Simone de Beauvoir, calcado de la lucha de clases, es ya antiguo. Por otra parte, sus contradicciones múltiples, sobre todo en lo que concierne al islam, son muy claras. No se puede servir a dos dueños: la mujer y la inmigración, a pesar de lo que digan algunas, es decir: los musulmanes están estigmatizados, las mujeres también, por lo tanto los musulmanes son feministas, y ¡Sócrates es un gato!. La izquierda, de la que el feminismo ha sido siempre el acompañante dócil, le obliga a escoger. Y se sacrifica a la mujer.

¿Cómo han llegado a pensar que el feminismo es una amenaza para la condición de las mujeres?

G.C. Si al perfeccionista le gusta la perfección y al intervencionista la intervención, al feminismo no le gusta la mujer. O, más bien, la quiere como un perverso narcisista que dice ayudar a su pareja denigrándola, buscando convencerla de que sus cualidades propias no tienen ningún interés, y que debería adoptar las del vecino, lo que la dejará infeliz ya que ella no podrá ser nunca un hombre por entero. El feminismo les hace dudar de ellas mismas, les retira lo que tenían conseguido y es inoperante frente al islam.

El feminismo tiende hoy a reconocer que no defiende a la mujer en toda su acepción, sino solo en tanto que “penetrada” (sic) y oprimida por los “penetrantes” (re-sic). Si eso no supone reducir a la mujer a su vagina… De ahí la convergencia de las luchas feministas con los movimientos LGTB… y el objetivo, en el horizonte, de una indiferenciación. Una solución para erradicar la opresión sería que cada persona sea “el uno y la otra”, como dice una canción. El libro de la filósofa feminista Olivia Gazalé titulado El mito de la virilidad es muy esclarecedor sobre el tema.

¿Qué opinión les merece el lenguaje inclusivo?

I.R. Para empezar, el nombre es incorrecto: es un separatismo lingüístico. El masculino plural es un género que se considera “no marcado”, es decir, perfectamente inclusivo. Por eso, la fórmula “ciudadanos y ciudadanas” es una yuxtaposición innecesaria, eso es todo. En cuanto a las arrobas, barras y otros signos de escritura la hacen a la vez fea y complicada. Aparte de personas muy fanatizadas, nadie dominará nunca ese lenguaje artificial. En cuanto a la feminización de los nombres de las profesiones, lo que nadie se digna en recordar es que los primeros que lo sistematizaron fueron los cristianos, que hicieron de ello incluso un marcador identitario. Todavía se seguía haciendo en la Edad Media: filósofa, autora, etc.

G.C. ¿Y qué tal si dejáramos de dar el espectáculo de un condensado de caricatura femenina? Emotiva como Emma Bovary, ombliguista como Scarlett O´Hara, indiferentes al mundo que se hunde a su alrededor, pero apegadas a las fruslerías como el lenguaje inclusivo o el color de las carpetas. Como aquella protagonista de Irene Nemirovsky que, en el momento de huir de los bombardeos, se acordaba de coger la cubertería de plata, pero olvidaba llevarse a su abuelo.

Usted escribió su tesis sobre los moralistas franceses. Un autor de los que estudió, La Rochefoucauld, acudía a menudo a la sede de las mujeres seguidoras del Preciosismo (movimiento del siglo XVII muy influente en la estilística de la literatura francesa refinada), el Palacio de Rambouillet. Pero el Gran Siglo literario no ahorró críticas a esta corriente. ¿No estamos otra vez en ello a través del lenguaje inclusivo?

I.R. ¡Todas las Preciosas no eran ridículas! Para mí, las Preciosas eran sobre todo unas damas románticas, que soñaban con vivir bellas historias de amor y que inventaban palabras bonitas. El feminismo actual me hace pensar, más bien, en una obra más antigua: Las asambleístas, del comediógrafo griego Aristófanes. Las atenienses se levantan una mañana, se ponen a escondidas las ropas de sus maridos y organizan una sesión de deliberación política en la Asamblea, durante la cual decretan que las mujeres feas o mayores tendrán derecho a una vida sexual y podrán escoger un amante. Me imagino a las feministas actuales dictando este tipo de leyes, ¿usted no? Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne