El futuro está en el conservadurismo. Entrevista a Bérénice Levet, por David L´Épée y Thomas Hennetier


El nombre de Bérénice Levet, profesora de Filosofía y especialista en Hannah Arendt, comienza a contar entre los pensadores contemporáneos. Su libro Teoría de Género o el mundo soñado de los ángeles, publicado en 2014, impresionó en su momento. El ensayo El ocaso de los ídolos progresistas, escrito bajo la influencia de Nietzsche, sacude enérgicamente los cimientos del progresismo.

Entre los siguientes calificativos, ¿cuál es el que mejor la define?: reaccionaria, antimoderna, conservadora...

Asumo con mucho gusto el de conservadora. Esta descripción es la que designa a quien se ocupa de la necesidad humana de continuidad, estabilidad, duración. “El conservador”, decía Thomas Mann, “aprecia y defiende lo que se ha probado que funciona desde tiempo atrás en la vida del ser humano”. La persona conservadora está unida a las tradiciones, los usos y costumbres, a esa ley no escrita que está en la base de un pueblo y que da a una nación su fisonomía particular. En este pensamiento, el ser humano es un heredero, sabe que el mundo no empezó con él, tiene un sentido agudo de la responsabilidad. Con el nacimiento, decía Hannah Arendt, los progenitores no dan solamente la vida, hacen entrar al hijo en un mundo, es decir, en una forma particular de humanidad, un mundo que ya estaba ahí antes, del que le tocará encargarse, y que continuará después. Por lo tanto, debe responder de sus actos ante los vivos, sus contemporáneos, pero también ante los muertos.

Quien es conservador no se deja intimidar por el imperativo de la adaptación al ritmo del mundo. La adaptación puede que sea la ley del ser vivo pero no es la del ser humano como tal. Antes de adaptarse hay que apreciar, evaluar. Hannah Arendt hablaba de una “degradante obligación de ser de su tiempo”. Ser de su tiempo es escoger el campo de los vencedores. El conservador es un resistente, un refractario.

Conservadora, pero no reaccionaria, yo no pienso que “antes vivíamos mejor” y no aspiro a restaurar el mundo de ayer. El pasado nos sirve como recurso, nunca como programa. El pasado guarda tesoros del pensamiento, maneras de ser y de sentir que queremos conservar, preservar, hacer revivir, es decir, asegurar un futuro, pero bajo beneficio de inventario. El conservador no hace del pasado un fetiche. No se transmite el pasado porque ya haya sucedido, sino porque está lleno de propuestas con sentido. Debo confesar cierta desconfianza respecto a la nostalgia, la realidad siempre está atravesada por contradicciones. Temo que el nostálgico solo suspira por una realidad mitificada.

Usted habla en su último ensayo sobre las necesidades antropológicas (identidad, raíces, fronteras, etc.) descalificadas por la ideología progresista pero reclamadas, en vano, por los pueblos. ¿Cómo va a terminar todo esto?

Ignoro cómo puede acabar, estamos en una transición, por ello he enmarcado mi ensayo bajo el signo del ocaso. La elección de Macron no debe confundirnos, no es más que una continuación de la ideología progresista y sus ídolos, nada más. El mayor pecado del pensamiento progresista es haber concedido virtudes emancipadoras a la desafiliación, la desidentificación religiosa, nacional, y ahora también sexuada y sexual. Pero, lejos de haber desembocado en una orgía creadora, en una fraternidad universal, esta filosofía ha producido individuos mutilados, zombis, personas vacías, y unos países descompuestos y disgregados. La gran mutación antropológica está en el desarraigo en sentido geográfico, pero también histórico. “¿Qué es la persona sin su historia?”, preguntaba Hannah Arendt. “Un producto de la naturaleza, nada más”.

Estamos teniendo dificultades para llegar a una nueva etapa por las resistencias ideológicas que todavía existen y que son un obstáculo para cualquier rearme intelectual. La élite política y mediática sigue teniendo el monopolio de la palabra legítima y dificultades con conceptos como el arraigo, el pasado, la nación, “puntos de dolor” por excelencia de la conciencia progresista. La ilusión comunista tardó en disiparse, ¿cuánto tiempo se necesitará antes de que se disipe la ilusión progresista?

Pero los pueblos ya no se dejan intimidar y expresan alto y fuerte su reprobación. Durante mucho tiempo han sido dóciles. Han querido creer a los “expertos” que les prometían la “mundialización feliz”. Y ya vamos varias décadas en las que se les ha hecho vivir en un no-mundo. Nuestros contemporáneos aspiran a ser repatriados a su historia, su nación, a retomar el mando [...]

En el plano económico, hay perdedores y ganadores con la mundialización, el desarraigo, la lógica liberal-libertaria, pero humanamente, existencialmente, solamente hay perdedores. Es ahí donde podemos tener cierta esperanza.

En las reacciones de solidaridad que siguieron a los atentados islamistas en Francia, usted oponía el recurso a los valores y el recurso al patriotismo. ¿En qué basa esta oposición?

La palabra “valor” fue la campanilla pavloviana que hicieron sonar los políticos, empezando por el Presidente de la República. Los valores presentan una ventaja considerable: permiten no decir la palabra “nación”. Son universales, unas abstracciones sin anclaje histórico. Ese vocablo demuestra la entrada de nuestras élites en la era de lo posnacional. La buena imagen que tiene este vocablo “valor”, importado de la esfera económica a la esfera política, es reveladora del espíritu de los tiempos. Ha sustituido al de “principio”, el cual tiene un acento demasiado autoritario. Los valores, sin embargo, son siempre negociables, como en la Bolsa. Estos “valores” nos dejan totalmente desarmados frente a un islam político decidido a aniquilarnos; de hecho, los musulmanes que quieren abiertamente su secesión de Francia aprueban gustosamente nuestros famosos valores, el derecho a vivir como a cada uno le parece. Estamos señalados como nación, como civilización, y es así como debemos replicar.

Usted dice, en una formulación original, que la identidad nacional es, sobre todo, una identidad narrativa. ¿Qué quiere expresar con eso?

Tomo prestada la noción de identidad narrativa del filósofo Paul Ricoeur. Es válida tanto para la identidad personal como para la identidad colectiva, nacional. A diferencia de la identidad sustancial que fija al individuo o a la nación en una identidad invariable, permite articular la continuidad y el cambio [...] Decir de la identidad nacional que es una identidad narrativa significa que se encarna en unos personajes, en unos hechos importantes. Se convierte en una identidad hecha carne.

Usted concede gran importancia a las raíces cristianas de Francia y a la antropología que resulta de ello. ¿Qué lugar le merecen las otras fuentes de nuestra civilización?

Un lugar igual de importante. Nosotros bebemos de las fuentes griega, romana y judeo-cristiana, que constituyen la identidad de la civilización occidental, europea y, sobre ese fondo común, cada uno de los pueblos europeos ha compuesto su propio modelo. Pero no es suficiente con enunciarlas, la cuestión está en saber si les somos fieles. De origen griego, heredera de Sócrates, Platón y Aristóteles, la civilización europea se define como el “continente de la vida cuestionada”, según la fórmula del filósofo checo Patocka. ¿Qué queda de todo ello? Nuestra tarea consiste en volver a dar un sentido a esas herencias para que sean memoria viva. Recordar de dónde venimos para cultivar nuestra excepción. El redescubrimiento de las raíces es el instrumento esencial de la resistencia.

Usted rechaza atribuir a los efectos devastadores del capitalismo la responsabilidad de la crisis en la educación y la transmisión. Dando prioridad a la dimensión ideológica, ¿no tiene miedo de descuidar la importancia del factor económico en las mutaciones que han afectado a nuestra sociedad?

No niego de ninguna forma la importancia de las cuestiones económicas en esta crisis nuestra, pero el liberalismo y el capitalismo no lo explican todo. Y en el caso de la crisis educativa y de transmisión, tendería a decir que no explican nada. La economía ha tomado el lugar que tiene porque nada se ha opuesto a ella.

La pedagogía progresista ha dado a la lógica liberal el individuo con el que soñaba. Un individuo desligado, que reclama continuamente productos siempre frescos, siempre nuevos, sin ningún esfuerzo. Los progresistas han introducido en el ámbito de la cultura y de la educación la lógica consumista: el niño debe poder relacionarse con las obras de arte como le parezca, según sus deseos. No es el capitalismo el que impuso el abandono del aprendizaje de memoria en la escuela. Sin embargo, una cabeza bien llena de palabras de poetas será menos permeable al lenguaje estereotipado y desestructurado de los medios, y mejor armada para no utilizarlo. Pero la escuela, que ya no instruye, sino que se conforma con “sensibilizar”, tiene su responsabilidad. El peor enemigo de la lógica consumista es aquel que tiene ataduras con los seres y con las cosas, que tiene el sentido de la duración, de la fidelidad, de la continuidad.

Esta acusación al capitalismo y al mercado sirve de escapatoria a cualquier examen de conciencia. En abril de 2016, el semanario Télérama dedicaba un suplemento a la crisis de la transmisión: “¿Queremos todavía de verdad transmitir?”. Pregunta muy pertinente. La ocasión era estupenda para aludir a los principios progresistas que gobiernan la educación desde los años 70. Sin embargo, solo hablaba el filósofo Bernard Stiegler para expresar que “el capitalismo de consumo y la data economy destruyen los circuitos de transmisión de los saberes y nos conducen hacia una nueva barbarie”. Que la ideología progresista haya descompuesto los cimientos mismos de la transmisión, el espíritu creativo en la infancia, la herencia vista como una pesada carga, la confusión transmisión/colaboración con el viejo mundo... nada de todo esto estaba en la mente de los redactores del suplemento.

Como nos lo enseña Jean-Claude Michéa, liberales y libertarios están unidos en una misma repugnancia por los límites o las normas. Si unos programan la obsolescencia de los productos industriales, los otros hacen lo mismo con nuestras costumbres, nuestras maneras de vivir. El vocabulario es el mismo en ambos ámbitos, llegó el tiempo de la fluidez de la identidad sexuada y sexual, proclaman encantados los progresistas. Es lo mismo que pide el mercado.

Frente a los “deconstructores” adeptos al cuestionamiento permanente, usted elogia los prejuicios. ¿No cae usted en la provocación antimoderna?

Yo no diría que alabo los prejuicios. Preguntarse, cuestionar lo que recibimos pasivamente, suspender las evidencias, todo eso está en la nobleza del ser humano. Pero devuelvo su legitimidad a los significados heredados, transmitidos por la familia, la sociedad, de los que no hemos sido autores y gracias a los que nos podemos orientar en el mundo. En este sentido, los prejuicios son “estructuras de comprensión”, como lo expone magníficamente Hans-Georg Gadamer.

Los prejuicios tienen un fundamento antropológico. El mundo no comienza con nosotros, somos precedidos por alguien. Mediante la transmisión de códigos, de las formas en vigor en la civilización donde entramos, estamos liberados del peso de empezar todo como si fuese la primera vez. Decía el filósofo Alain: “Porque hemos sido niños antes de ser adultos, cosa que Descartes no rechazó decir, entra dentro de un orden que no comencemos a interrogar por las cuestiones desnudas sino al contrario, que vayamos a la cuestión ya provistos de signos, casi diríamos armados con signos”.

Los progresistas, incapaces de expresar gratitud, abominan en los prejuicios de las dos cosas, primero que todo nos sea dado y, segundo, que venga del pasado. Así, descalifican y denuncian absolutamente todo lo que ha sido pensado, concebido y juzgado antes de nosotros. Cualquier pensamiento sobre la diferenciación de los sexos se encuentra recalificada como sexista y los alumnos, cuando estudian los cuentos de Grimm o de Perrault, convertidos en tribunal de delitos flagrantes de misoginia, dominación masculina y homofobia.

El desprecio que tenemos por los prejuicios y las costumbres tiene un aire de niños malcriados. Hacen falta generaciones que no han conocido la guerra y sus suplicios, haber sido salvados por la Historia trágica del siglo XX, para desconocer el sabor de las costumbres, los ritos, los prejuicios, las representaciones venidas de la noche de los tiempos. Es bueno releer el testimonio de aquellos que han pasado por esas experiencias en sus carnes, el exilio forzado, para saber lo que cuesta ser privado de todo ello.

Usted quisiera que la lengua sea declarada causa nacional y que la UE ratifique el derecho de los pueblos a la continuidad histórica. Que sea necesario legislar sobre ello, ¿no es revelador de la amplitud de la crisis identitaria?

La costumbre ya no es suficiente, ha perdido su autoridad. Yo preferiría que la costumbre sirviera para arreglar conflictos en lugar de tener que hacer intervenir a la ley, el Consejo de Estado y otras instancias políticas. Todo el tiempo que estuvimos seguros de nosotros mismos, nuestras costumbres y nuestra historia guardaron un carácter prescriptivo. Pierre Manent explica que no podemos exigir hoy nada a los musulmanes, sobre todo en materia de visibilidad o costumbres porque no exigimos nada en las primeras oleadas de inmigración. Pero no hay que olvidar, como nos dice Christophe Guilluy, que los franceses figuraban como una referencia a ojos de los recién llegados. Francia no tenía necesidad de formular explícitamente sus códigos, a los que aquellos que llegaban debían plegarse en el espacio público, para llegar a la aculturación. Hay que esperar al final de los años 70 o comienzos de los 80 para que ese estatus se pierda. Y hoy la cuestión nos desborda.

Si yo expreso el deseo de un reconocimiento por parte de la UE de un derecho de los pueblos a perpetuarse en su singularidad, en su genio propio, es porque esta institución trabaja para alinear unas naciones con las otras. Pero, más ampliamente, el sentimiento de “inseguridad cultural”, el miedo de los autóctonos a convertirse en minoritarios o simplemente relativos (un componente más entre otras culturas) llevan a sospechar. Pero se les reprocha ser generadores de crispación, de odio de sí mismo, de pusilanimidad...

Esta aspiración a continuar en su genio propio, a asegurar un futuro a la propia historia, debería ser una evidencia, un “instinto” según palabras del gran helenista Werner Jaeger: “Por instinto, cada pueblo que llega a cierto estadio de desarrollo se ve conducido a practicar la educación. La educación es el medio por el cual una comunidad salvaguarda, transmite sus caracteres físicos e intelectuales. Si el individuo pasa, la tipología se queda”.

En cuanto a la lengua, debería volver a ser, junto con la Historia, uno de los dos pilares de la escuela. No puede haber pensamiento libre, crítico, sin el dominio de la lengua. Paul Valéry invitaba a considerar los tesoros de la literatura como la “comida preferida” y no ver esa asignatura como “una materia para hacer programas, una dosis amarga para exámenes”.

Sus trabajos de filosofía contemplan las fuentes literarias y artísticas. ¿Cuál es para usted la función de la obra de arte y de la literatura, especialmente hoy? ¿Cuáles son para usted los autores contemporáneos más importantes?

La literatura y la pintura juegan un rol importante en mi pensamiento y en mi vida. Tengo la pasión de la lengua, de la palabra que enuncia el hecho. Las palabras son instrumentos de percepción. Las grandes obras son las que desvelan o revelan un aspecto desapercibido de la realidad. Cuando abro una novela, leo un poema, examino un cuadro, dejo en el aire todo lo que sé y escucho con atención lo que tienen de único que decirme.

Mis compañeros de pensamiento y de vida son, primero, los clásicos: Racine, Chateaubriand, Balzac, Flaubert, Baudelaire, Jane Austen o Conrad. Entre los contemporáneos, debo infinitamente a Milan Kundera, Philip Roth y a Michel Houellebecq; todos prolongan la gran tradición de la novela, mezclando arte del relato y fuerza meditativa. Houellebecq es un extraordinario sismógrafo de las mutaciones que han afectado a Francia y a Occidente desde los años 60, pero se equivocan quienes le reducen a ser un novelista sociológico. Es un visionario, presiente las fuerzas que funcionan soterradamente en nuestras sociedades y posee ese poder de revelación que distingue a las obras importantes. Su novela Sumisión es un ejemplo muy ilustrativo. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne