La utopía del Imperio paneuropeísta, por Aristide Leucate


Privilegiar el Imperio, como unidad política de la alter-Europa comunitaria, organicista, federalista y alboétnica, sugerida por Georges Feltin-Tracol, no parece incompatible, a priori, con la elevada conciencia de sí mismo que requiere toda actitud nacionalista consecuente. La europeidad representa la culminación identitaria de un proceso intelectual donde “la Europa de las cien banderas” simboliza la abstracción teórica perfecta. Se encasilla, sin embargo, en no ser vista más que como una vía del espíritu mental, una pura construcción intelectual, en la medida en que ella tropieza con las irreductibles realidades etnonacionales de los Estados-nación, ellos mismos resultado de un largo proceso histórico que se inicia, en primer lugar, con el colapso del Imperio carolingio y, después, del Sacro Imperio romano-germánico. 

Como recuerda Feltin-Tracol, «el Imperio no es, ante todo, un territorio, sino fundamentalmente un principio y una idea. El orden político está, de hecho, determinado, no por factores materiales o por la posesión de una extensión geográfica, sino por una idea espiritual y jurídico-política». La nación responde a una definición exactamente inversa en la que ella «encuentra su origen en la pretensión del reino de atribuirse las prerrogativas de la soberanía remitiéndolas, no a un principio, sino a un territorio». La nación es de orden patrimonial y telúrico, el Imperio es de orden ideal e incorporal. Dicho de otra forma, la nación reivindica explícitamente una posesión de la tierra que implica una ocupación física pero también, y sobre todo, política, mientras que la idea de Imperio, liberándose de los límites territoriales nacionales, pretende subsumirla bajo un imperium, “la fuerza casi mística de la auctoritas”, según Julius Evola. Entonces, se plantea invariablemente la cuestión de la legitimidad del “emperador”: ¿civil (por elección o herencia), militar (por conquista) o divino?

Pero hay más, porque si los imperios conocidos en la historia no lo han sido nunca en estado puro, «los historiadores describen frecuentemente la historia de los pueblos como el enfrentamiento perpetuo entre el imperio y la nación ‒Persia y Grecia, Roma y Galia, Sacro Imperio y Francia. La lucha sostenida por el pueblo francés en su construcción nacional, frente al hegemonismo de los Habsburgo, ilustra perfectamente esta dinámica de enfrentamiento, observa juiciosamente el geopolitólogo Aymeric Chauprade, el cual precisa que «la historia de la construcción de Francia es la historia de un combate multisecular contra la idea de un Imperio europeo. La idea francesa, en tanto que nación independiente, se edifica durante mil quinientos años por oposición a las tentativas imperiales, con frecuencia procedentes del este, que querían absorber el territorio histórico de la Galia».

El paneuropeísmo, de derecha o de izquierda, está convencido de que la continuidad continental debe implicar mecánicamente la unificación política, inscribiendo implícita pero también necesariamente tal razonamiento (largamente desmentido por la historia, así como atestiguado por la caída y el fracaso de los imperios) en la teleología progresista de un improbable “sentido de la historia”. Aquí, la geografía es entendida como un determinismo, una incoercible ley de bronce que dictaría su “nomos”, prohibiendo, de hecho, que la historia pueda arrancar, condenando, desde entonces, a los pueblos diversos reunidos bajo la férula de un emperador o de una diarquía (cuando no un triunvirato como en los inicios del Imperio romano) a sufrir un destino que no es el suyo. La idea de imperio no es plebiscitada espontáneamente por los pueblos, los cuales tienen tendencia a preferir naturalmente espacios de “talla humana”, más conformes con sus aspiraciones y afinidades sociales y comunitarias.

El Imperio implica, incluso, una propensión a la desmesura en su pretensión de “conciliar lo uno y lo múltiple, lo universal y lo particular”, según Alain de Benoist. Problema filosófico tan antiguo que ya Heráclito planteaba los términos en el siglo V a.C. Pero sabemos por Platón, y sobre todo por Plotino, que esta dialéctica de lo uno y de lo múltiple participa de la búsqueda de la verdad. Por hipótesis, en el orden de las actividades humanas, es necesariamente relativa y plural. Sin embargo, a riesgo de arruinar sus propios cimientos, la idea de imperio no puede consecuentemente acomodarse al pluriversum, la fuerza centrípeta de su principio que la lleva irresistiblemente hacia un universum al cual no puede sustraerse. Aquí, la henología ‒platónica‒ (lo que lleva a lo uno) arrastra a la ontología ‒aristotélica‒, primando el principio imperial sobre el ethos de las naciones. Históricamente, la idea de imperio ha demostrado que era el laboratorio temporal (a excepción de las experiencias imperiales que, con ocasión del Imperio romano o del Sacro Imperio romano-germánico, son muestras de una remarcable longevidad), de errores entonces indelebles que llegaron a desacreditar duraderamente todo proyecto imperial, incluso pacífico como el caso de la Unión europea actual.

Porque conviene definir precisamente el Imperio según una taxonomía que le distingue de todas las otras formas de unidad política existentes, reteniendo la sugerida por el historiador Jean Tulard, para quien el imperio se caracteriza por una voluntad expansionista, una organización centralizada de los pueblos encuadrados en una armadura política y fiscal común en la creencia de una superioridad esencial, un principio y una finalidad claramente identificados. La noción de imperio, en la medida en que ella ha sido objeto de un establecimiento tan antiguo como probado, debe, por así decirlo, “responder de sus actos” ante la historia. Fijar esta noción en el firmamento inalcanzable de las ideas puras, como hacen (brillantemente, por otra parte), Alain de Benoist y Georges Feltin-Tracol, a continuación de autores fundamentales como Julius Evola o Carl Schmitt, es una empresa que parece perjudicar la causa que ellos quieren defender. De hecho, ellos utilizan la economía de confrontar directamente su ideal paneuropeo con la praxis imperial que, como también lo ha demostrado Emmanuel Buron, «durante los siglos XVI y XVII, los propagandistas franceses y españoles desarrollaron las teorías imperiales en beneficio de sus respectivas soberanías. Sin embargo, las reformas y la afirmación de los Estados en Europa tendieron progresivamente a hacer obsoleta la idea de una unificación religiosa y política de la Cristiandad, mientras que los grandes descubrimientos abrían ampliamente el espacio del mundo a conquistar. La idea imperial medieval cedió progresivamente ante el imperialismo colonizador moderno; y es precisamente en este momento que la noción de Europa penetra en el discurso político. Es también el momento en que se representa el continente con una forma humana: se trata menos de afirmar la unidad (problemática) de los países europeos, que de imaginar los derechos de una Europa representada como monarca para apropiarse del mundo».

Es decir, que la voluntad de poder continúa siendo el gran y púdico no-pensamiento de la noción de imperio que termina por devenir en hegemónico, cuando, incluso, como afirma Darío Battistella, «la hegemonía es el exacto contrario del imperio», señalando, no obstante, que la hegemonía puede conducir al imperio.

En resumen, si la europeidad (por ejemplo, de los pensadores citados, Georges Feltin-Tracol y Alain de Benoist) no es interpretada en sus defectos, bajo la única y completa convicción del autor de estas líneas, su europeísmo adopta el pretexto de un imperialismo ideal que no es, en última instancia, sino la máscara de un imperialismo particular de conquista y dominio de la tierra, en nombre, eso sí, de loables intenciones, a saber, la salvaguardia de la raza europea, puesto que adopta los caminos escarpados de la utopía, la cual tropezará siempre, al menos en lo que concierne al continente europeo, con las irreductibles realidades de las patrias carnales.

El paneuropeísmo, porque lleva en sí mismo ‒precisamente a causa de su dimensión utópica‒ la peligrosa promesa de lo impolítico, es también por esta razón, propiamente anti-schmittiano en la medida en que se fundamenta en la insostenible axiomática del fin del conflicto y, por tanto, de lo político entre los “hermanos” europeos. ■ Fuente: EuroLibertes