Feliz cumpleaños, Marx: ¿qué diría hoy el enemigo número uno del capitalismo?, por Diego Fusaro


Si estuviera vivo, el pasado día 5 de mayo hubiera celebrado su 201 cumpleaños. No estoy hablando de una estrella de cine desenfrenada o de un "héroe" de las finanzas. Me refiero, en cambio, a quien sentó las bases de una crítica despiadada al mundo del espectáculo y del único totalitarismo del siglo XX que hemos traído al nuevo milenio, el capitalismo, hoy celebrado como el reino de la libertad universal: me refiero a Karl Marx, un revolucionario profesional, filósofo crítico y enemigo irreductible de la economía de mercado, hoy transformada en monoteísmo de mercado.

Al menos, ya que celebramos su cumpleaños, ahorrémonos el acostumbrado lamento aburrido, falso y apaciguador que hace memoria de Marx: después de todo, celebrar hagiográficamente a Marx es una de las muchas maneras de declararlo muerto e inofensivo, de transformarlo en un monumento que hay que venerar con la certeza de que, con él, incluso sus "armas de la crítica" están enterradas. Significa hacer lo mismo que lo que se hace con la cara del Che, anunciada en camisetas vendidas a bajo precio en todos los templos de la mercancía.

Tratemos, entonces, de revertir la forma en que actuamos, y no nos dediquemos a decir cuán bueno era Marx, cuánto nos enseñó, qué cosas había visto en su tiempo, preguntémonos, en cambio, qué diría hoy si estuviera vivo. ¿Qué diría Marx si viera que, después de 1989, la "libertad" no triunfó, como se dice siempre, sino que la "religión del libre mercado" ‒así decía Marx en 1847‒ hizo que el planeta fuera cada vez más desigual y las vidas de sus miserables habitantes cada vez más reificadas? ¿Qué diría Marx si viera que hoy el sistema bancario está privando de sus hogares a los seres humanos en nombre del sagrado dogma de la competitividad? ¿Cómo reaccionaría Marx si viera que su profecía se había hecho realidad y que todo se había convertido en una mercancía, incluyendo el vientre de las mujeres?

¿Qué diríamos sobre el hecho de que el colonialismo no sólo no ha sido vencido, sino que sobrevive en la atroz explotación de migrantes, falsamente aceptados y realmente utilizados como nuevos esclavos por el capital? ¿Qué diría Marx si viera que la "aristocracia financiera" (así en el tercer libro de "El Capital") ha tomado el relevo y está privando al resto de la población tanto del futuro como de los derechos más básicos?

¿Qué diría Marx si viera su clase de referencia, la dominada, ahora no representada por nadie, traicionada por las izquierdas que pasaron de la lucha contra el capital a la lucha por el capital? ¿Qué diría Marx, una vez más, si viera las escenas cotidianas de seres humanos que mueren de hambre en los bordes de las calles de las opulentas metrópolis?

¿Qué diríamos, entonces, de un mundo en el que el embrujo del fetichismo de las mercancías no ha dejado de tener sus efectos más perversos, convirtiendo a los seres humanos en simples mediadores de los bienes? Tantas preguntas. Pocas respuestas, tal vez. Pero repensar a Marx hoy, debe servir sobre todo a este propósito: volver a plantearse estas y otras preguntas similares, a reconciliarse un poco menos con un mundo cuyas contradicciones siguen siendo, para el enésimo poder, las que Marx denunció en su tiempo. Debe servir para reconocer que, en el tiempo falsamente pacificado que se autocelebra como el "fin de la historia" algo, después de todo, sigue faltando. Traducción: Carlos X. Blanco Martín. ■ Fuente: fanpage.it