Alegato por un conservadurismo más «fanático». La maldición de los moderados, por Driss Ghali


De retirada en retirada, nosotros, los amantes de la civilización europea, asistimos al triunfo del progresismo, la cabeza gacha y las lágrimas en los ojos.

Nuestra lucidez y la precisión de nuestro diagnóstico no son de ninguna utilidad, porque la mayoría de la población parece mirar hacia otra parte y prefiere cultivar su jardín. Nuestra derrota es tanto más desconcertante en cuanto el enemigo es débil. Nuestros “amos” dan sus órdenes y osan combinar, en la misma frase, islamismo y feminismo.

Estamos cansados de encajar golpes

La fuente de nuestra desgracia es simple: no somos fanáticos. Tenemos razón en el plano conceptual, pero equivocados en los métodos. Como un boxeador maniatado, no hemos comprendido la dinámica del combate y somos incapaces de devolver los golpes. Peor, el árbitro favorece al adversario despreciando las reglas. El árbitro es tanto la prensa biempensante, como una parte de la judicatura que, en lugar de separar a los combatientes, vierte la sal sobre nuestras heridas abiertas.

Ninguna guerra se gana sin una dosis de fanatismo

El fanatismo es una cosa distinta al extremismo religioso o al odio étnico que se manifiesta en otras partes, como la India o Ruanda, por ejemplo. El fanatismo es, ante todo, la adhesión visceral y exclusiva a una causa, hasta el punto de poder perder amigos, familia y situación socioprofesional. Un fanático no puede evitarlo. Se autoriza a emplear los recursos que la civilización siempre ha utilizado para provocar el cambio: el furor, el optimismo absoluto y un cierto grado de locura. El fanatismo es el arma de los débiles, y nosotros, adversarios del progresismo, somos demasiado débiles.

El progresismo, ¡he aquí el enemigo!

Sin embargo, la derecha y la gente de derechas rechazan cualquier forma de fanatismo. Prefieren recibir los golpes de una forma noble, cuando la verdadera nobleza, la de la Edad Media, era de todo salvo dulce y sumisa.

La violencia puede ser útil. Disuade al adversario y le incita a respetar las reglas del juego. Los no-violentos no se dejan linchar. El ejemplo de Ghandi es, en realidad, una lección a meditar por la derecha: es suficiente contar el número de muertos en la India y Pakistán en 1947/48 para comprender que la teoría de la no-violencia no resiste ningún choque con la realidad. Cultivar el espíritu guerrero es un derecho, sobre todo cuando se es objeto de un ataque. Pero se quiere privar a las nuevas generaciones de todo espíritu belicoso.

Sólo el fanatismo puede anular la ventaja del enemigo y transformar sus activos en pasivos. No son los think-tanks los que ganan la guerra, sino las ideas incandescentes y revolucionarias. Una idea así atrae a los seres más dinámicos y estimula en ellos recursos psíquicos insospechados. En 1940, había que ser un fanático de la nación francesa para alistarse con De Gaulle.

El islamismo aprovecha nuestra debilidad y la potencia del progresismo

Para evitar cualquier malentendido, yo precisaría que la violencia no tiene necesidad de realizarse mediante golpes. Debe, en primer lugar, habitar el pensamiento de los resistentes, el pensamiento de todos aquellos que rechazan el statu quo progresista. ¡Pero tienen que empezar por cesar la violencia que ejercen sobre sí mismos, dejando de ser moderados!

El islamismo, el mayor enemigo de Europa, es fanático. Y más cuando todos los musulmanes “moderados” son asesinados o exiliados, frente a los “grandes hermanos” con los que dialogan nuestros adversarios progresistas. Quieren organizar un islam de Francia, dicen… ¡una bella quimera!

Para salir, en fin, de este estado patológico llamado moderación, habría que aceptar administrarse una dosis de fanatismo. Toda cuestión es la de saber dónde, porque, a la derecha, ninguna ideología tiene el potencial de inflamar las almas. Pero evacuemos inmediatamente las nauseabundas ideas que viven en la nostalgia del fascismo. Ser fanático no significa ser un vándalo.

Laicidad, derecha liberal, Europa de los pueblos…

Evacuemos también la idea de la laicidad. Si bien la laicidad siempre ha cultivado un cierto fanatismo, su intolerancia y su inflexibilidad frente al cristianismo paradójicamente ha acentuado sus males. Porque mientras la laicidad está como programada genéticamente para erradicar el catolicismo, el islamismo, sin embargo, no le interesa.

Evacuemos también las ideas gerenciales del ala liberal de la derecha, porque jamás nadie se sacrificará por la libertad económica o el control de la inflación. El dogma liberal es lo que la intendencia a la estrategia militar: puede ser importante, pero nunca suficiente para alcanzar la victoria.

Inventar un fanatismo es tan difícil como crear un movimiento popular, porque es más fácil seducir a un grupo de doctores que hablar a la mayoría. Hay que reflexionar sobre dos nuevos términos: comenzar por las emociones antes de llegar a las ideas. Pensar en términos de melodía. El fanatismo es una dulce canción que desarma las reticencias de la razón y consigue las adhesiones que cuentan: las del alma. Por el contrario, el alma no es sensible a las cifras ni a los sabios discursos. Se identifica con los tormentos de los débiles y se indigna ante la arrogancia de los poderosos. Ama la justicia, frente a la desgracia y la tiranía. Razona en términos de “nosotros” y “ellos”, de ahí el éxito de las idean que avanzan sin poner alambradas. Es así de simple: una dosis de animosidad es necesaria para que una idea “interese” al alma. 

¿Democracia participativa, Europa de los pueblos? Demasiadas variables, demasiada abstracción, pero poca emoción. Para determinar si una idea tiene posibilidad de inflamar las almas, preguntaros primero si ella define claramente los campos del Bien y del Mal.

El progresismo tiene cuidado de distinguir entre los suyos (los biempensantes) y los otros (los malpensantes, es decir, nosotros). Asimismo, hace una promesa que tiene un grave defecto: es cortoplacista. De ahí la gran enfermedad de la civilización europea.

El progresismo promete la libertad sexual (una idea genial). Y nosotros tardamos en constatar que una sexualidad “liberada” no libera ni de la frustración ni de las desigualdades inherentes a la naturaleza humana. Todo el mundo asume que los criterios de belleza, de juventud y de buena salud son la última moda en materia sexual.

El progresismo promete la “convivencia multicultural”. Cada día es un desmentido mordaz (a veces, sangrante) de esta estúpida promesa.

El progresismo evoca a la Unión soviética de principios de los años 1980: nadie cree en el sistema soviético, pero todo el mundo repite los eslóganes y las gracias de la nomenklatura. El sistema resiste porque dispone del dinero de la gran burguesía, la atención de los “medios” y los métodos de la subversión comunista.

Fanatismo no significa irrealismo. Nada útil será realizado por los conservadores de derecha sin no miran de frente a sus naciones. El patriotismo y el amor por la civilización nacional y europea no pueden, en ningún caso, convertirse en sentimientos fosilizados, igual que se admira a los romanos. La pasión de nuestra época es el cambio, respondamos a este llamamiento para que ese cambio sea conforme a nuestros valores.

Estas palabras pueden chocar a una parte de los lectores que sueñan con un retorno al pasado. Yo les diría que los europeos de origen todavía no han dado a sus naciones lo que éstas esperan de ellos. El despertar ardientemente deseado por todos los amantes de la civilización puede ser la nueva bandera. Una nación es un acto de fe y toda fe tiene necesidad de un fanatismo para mejor servirla. ■ Fuente: Causeur