El islam abarca todos los dominios de la vida cotidiana. Entrevista a Rémi Brague, por Benoît Dumoulin, Odon Lafontaine y Rémi Lélian


No podemos aplicar al islam el concepto de religión tal y como ha sido forjado en Occidente, porque es un sistema de una naturaleza totalmente diferente.

¿Es el islam una religión en el sentido en que la entendemos tradicionalmente en Occidente? En caso contrario, ¿cómo calificarlo?

Es una pregunta curiosa. Para la mayoría de la gente es evidente que el islam es una religión. Pero si la miras más de cerca percibes que detrás de esta palabra hay nociones extremadamente variadas. Para nosotros, cristianos o personas de cultura cristiana, lo que llamamos religión es, sobre todo, un credo, es decir, un conjunto de dogmas y un culto dedicado a la divinidad. Esto, eventualmente, puede incluir tanto la oración como momentos de ascesis (ayuno, privación del sueño o peregrinación).

El problema es que aplicar este esquema al islam resulta muy complicado. Encontramos, ciertamente, algunas prácticas de culto (Ramadán, peregrinación a la Meca, etc.). Encontramos también la oración, que está mucho más ritualizada que en el cristianismo. Pero lo que es central es la idea según la cual todas las dimensiones de la vida humana deben estar regladas por los mandamientos divinos. Esto comienza con la simple confesión de fe ‒no reconocer más que un solo Dios y mantenerse alejado de todo lo que pretenda ser divino y no proceda del único Dios‒ y llega hasta las dimensiones más banales de la vida cotidiana (por ejemplo, dejarse la barba pero afeitarse el bigote).

Todos estos detalles de la vida humana están regulados por la ley musulmana. Es algo que nosotros no llegamos a comprender en la cultura cristiana. Tenemos sólo 10 mandamientos ‒lo que ya es mucho menos que los 613 mandamientos del judaísmo ortodoxo. Además, no sólo estos mandamientos son poco numerosos, sino que su contenido es extremadamente banal, refiriéndose a principios de la moral humana accesibles para todo el mundo, hasta el punto de poder preguntarnos, legítimamente, si realmente necesitábamos una Revelación que nos proporcionaría dichos mandamientos. Es interesante, por otra parte, comprobar cómo Tomás de Aquino explicaba que el Decálogo no era más que un recordatorio, una forma de recordar a los hombres las prácticas cuya legitimidad era evidente.

La dificultad con el islam es que introducimos en un marco cristiano o, al menos, de origen cristiano, fenómenos que, para nosotros, no derivan de la religión, sino de la cultura. Es el caso, por ejemplo, del velo: para una musulmana piadosa, usar el velo implica obedecer un mandamiento divino transmitido por el Corán, mientras que para nosotros se trata de una tradición cultural. Es esta dificultad para pensar comúnmente el hecho religioso la que está en la raíz de numerosos problemas. Mientras el Estado o un responsable político afirma aceptar el islam en tanto que culto, pero lo niega en cuanto cultura dirigida a imponer la sharia, al musulmán le resulta muy difícil hacer la diferencia, porque para él todas las reglas son de origen divino. 

En nuestras categorías occidentales, ¿no nos recuerda la sharia a un código civil? En este caso, ¿no saldríamos del ámbito de la religión para entrar en el ámbito del derecho civil, lo cual sería, quizás, la raíz del problema?

Sobre todo, la sharia no debe presentarse como el derecho canónico de los musulmanes. Porque el derecho canónico es, en el cristianismo, de uso interno y estrictamente religioso, y rige, por ejemplo, las condiciones de admisión a los sacramentos. Por este hecho, partes enteras de la vida humana permanecen fuera del derecho canónico en el cristianismo. A la inversa, la sharia, o las diferentes formas de sharia, responden a toda cuestión sobre la buena conducta a seguir tanto en el derecho pena, como en el civil o como en el sucesorio. Pongo el ejemplo del derecho de sucesiones porque es uno de esos raros dominios de la legislación que son tratados en el Corán, que en última instancia contiene relativamente pocas normas. Es por ello que hace falta recurrir a las declaraciones y las prácticas de Mahoma para establecer un sistema de reglas que gobiernen todos los niveles de la vida humana.

El problema es que estas reglas pueden entrar en competencia ‒en el mejor de los casos‒ o en conflicto ‒en el peor de los casos‒ con las legislaciones de los países donde se instalan los musulmanes y que no están regidos por la sharia. En los países musulmanes, encontramos en ocasiones sistemas legislativos que pretenden no depender de la sharia pero, en general, se intenta hacer de la sharia el principio constitucional de los países islámicos. Porque, para un musulmán, Dios es el único legislador absolutamente legítimo y sus mandamientos deben dictar toda conducta humana. En Occidente, no estamos acostumbrados a esta situación. De ahí las soluciones a medias, por ejemplo en Inglaterra, donde, en algunos lugares, se deja que prosperen una especie de tribunales islámicos que juzgan el derecho de familia. Hay otros sistemas oficiales u oficiosos que han sido adoptados en otros países, como es el caso de Francia. Por lo tanto, se trata de una situación extremadamente preocupante.

¿Cómo son tratadas las minorías no musulmanas en tierras del islam? ¿Cuál es su estatuto y en qué medida son toleradas?

Hay que ver la situación con ojos de historiador. Antes de ser minorías religiosas, las poblaciones judías, cristianas, o simplemente no musulmanas, constituían la inmensa mayoría de la gente que poblaba las tierras conquistadas por el islam. Es progresivamente, bajo el efecto de la conquista militar y del régimen jurídico de la dhimmitud (nombre árabe que designa la condición de los infieles que viven sometidos en tierras del islam), cuando se invierten las relaciones demográficas. No hay que olvidar que los caballeros de Alá eran, en la mayoría de los países conquistados, una pequeña minoría de la población. Era esencial que los conquistadores conservaran su identidad, por lo que promulgaron leyes para evitar cualquier marcha atrás. La conquista islámica funcionaba como un sistema parcialmente asimilatorio que permitía a algunos convertirse para integrar la élite dirigente y así escapar a las obligaciones y los impuestos exigidos a los dhimmis.

Por otra parte, se adoptaron medidas que tenían específicamente por objeto humillar a los pueblos sometidos. El Corán explica, por ejemplo, que “la gente del Libro que no conoce la verdadera religión debe pagar impuestos para empequeñecerlos”. La sumisión podía concernir a todos los detalles de la vida cotidiana, como la prohibición de montar a caballo, la obligación de ceder el paso a los musulmanes en la calle, la de saludar en primer lugar a un musulmán, etc. Estas reglas tenían por finalidad hacer comprender a los no musulmanes que era conveniente para ellos abrazar la verdadera religión, es decir, el islam. Es un clásico medio de presión. En qué medida estas disposiciones se han aplicado, depende de las épocas y las regiones. ¿Tenían que vestirse los cristianos de azul y los judíos de amarillo? Hay una gran variedad de casos, que van desde la coexistencia pacífica hasta los pogromos.

En el plano jurídico, es fundamental comprender que, en la dhimmitud, el contrato que vincula al dominador musulmán y al dominado judío o cristiano, no es un contrato negociado sino otorgado. No vincula más que a una de las partes contratantes, por lo que la parte dominante no está obligada, en absoluto, a respetar las reglas que valen para el dominado. Este contrato es revocable y su duración depende de que sirva a los intereses de la religión dominante.

Con frecuencia hemos oído decir que los musulmanes serían como éramos nosotros en la Edad Media y que lograrían un día ser tan evolucionados como nosotros, cuando ellos conozcan las luces de la ilustración y la secularización. ¿Qué os inspiran estos comentarios?

Esta comparación me inspira el mayor desagrado y revela una gran ignorancia histórica. Viene a suponer que la historia sería lineal y que hay etapas que deberíamos franquear para alcanzar el estadio superior de la civilización, lo que no es más que un contrasentido para quien conozca el carácter imprevisible de la historia. Además, nunca las culturas cristianas y musulmanas han sido tan diferentes como en la era medieval. Esta comparación es muy eurocéntrica: en la medida en que el islam se mide a través de fenómenos que sólo tienen sentido en la historia europea. Porque la noción de Edad Media no tiene sentido en la civilización islámica. Durante este período, el islam conoce su etapa de florecimiento: se beneficia del monopolio de las rutas comerciales que conectaban el Extremo Oriente y Occidente, se apropia de todas las riquezas que estaban ocultas. En ese mismo momento, Occidente vivía una historia totalmente diferente. Además, el Occidente medieval no conoció nada semejante a una “sharia cristiana”. Las relaciones entre los dos mundos fueron, con demasiada frecuencia, conflictivas.

Es ya en la época moderna cuando comienza a verse el islam con criterios más favorables. Rousseau, en El contrato social, explica que Mahoma tenía ideas muy sanas, porque no desgarraban la conciencia humana, como lo hace el cristianismo cuando dice que el cristiano es ciudadano de dos ciudades ‒la terrestre y la celeste‒ y que no puede consagrarse totalmente a la ciudad terrestre. Para Rousseau, el islam, al no distinguir entre lo temporal y lo espiritual, no limita la conciencia de los ciudadanos y los conduce a su único objetivo, la sharia.

En el cristianismo, la fe está inserta en la inteligencia humana y el mundo creado es directamente accesible a través de la razón: la ley divina permite que el mundo funcione de manera autónoma, según su propia causalidad. ¿Qué hay en el islam en lugar de la razón?

Es paradójico. La apologética islámica con frecuencia acusa al cristianismo de ser totalmente irracional, mientras que el islam sería, por el contrario, una religión racional. En efecto, sería racional por creer que no hay más que un solo Dios que recompensa a los buenos y castiga a los malos. Mientras que el cristianismo, según el islam, enseña que hay tres dioses, que el Dios supremo tiene un hijo y que puede transformar el pan en carne. Hay, en verdad, una suerte de quiasmo de la racionalidad. El cristianismo considera que Dios es misterioso, incluso más personal que las personas que conocemos. Su existencia no es evidente, pero forja una alianza con los hombres, emprende una aventura por la cual se revela poco a poco a los hombres en la espesura de la historia humana que culmina con la Encarnación. A la inversa, para el islam, la existencia de Dios es evidente porque está en el Corán. Dios es racional, no se compromete en una aventura, sino que, simplemente, dicta la ley que debe seguirse. 

En revancha, cuando se trata de encontrar normas para la acción humana, el cristianismo es racional, mientras que el islam no lo es. En el islam, la razón humana es incapaz de captar lo que es bueno para Dios. Todo debe ser revelado, si bien el islam dicta los mandamientos que conciernen a todos los detalles de la vida cotidiana. A la inversa, en el cristianismo, no hay una moral específicamente cristiana; sólo hay una seria concepción de la moral natural que amplía su ámbito de aplicación, pero sin añadir nuevos mandamientos. La relación con la razón es, pues, muy compleja: cuando se trata de conocer a Dios, el islam es racional, mientras que el cristianismo es suprarracional, haciendo un llamamiento a la Revelación que supera la inteligencia humana. Pero en el orden de la conducta humana, el islam se funda en una revelación, mientras que el cristianismo se basa únicamente en la moral natural. ■ Fuente: L´Incorrect