El progresismo del siglo XXI según Macron, por François-Bernard Huyghe


Hacia finales del siglo XIX, el progresismo estaba vagamente asociado a los republicanos más conservadores (existía un grupo “republicano progresista” en la Asamblea). La palabra tiene un nuevo uso después de la guerra, donde se convierte en sinónimo de amigos de la URSS (incluso de Stalin, “guía de la humanidad progresista”) por oposición al campo atlantista, colonialista, imperialista e incluso reaccionario en materia de artes y costumbres. Progresismo significa entonces “en el sentido de la Historia” que, en esa época, no podía ser más que el triunfo del internacionalismo proletario.

Habiendo perdido sus connotaciones de vaga simpatía por el progreso moral de la humanidad y de apoyo menos vago en el bando socialista, la palabra retoma un nuevo sentido en el vocabulario macroniano. Se opone a populismo, lo que es de por sí dudoso ya que la característica del populismo, la desconfianza hacia las representaciones y las élites, no implica ni “era mejor ayer” ni rechazo de que las cosas vayan “mejor” mañana.

El populismo es una crítica de la representación, basada sobre la idea de que la voluntad soberana del pueblo está mal traducida: para él, el problema es la fuente del poder. El progresismo, tal y como lo entienden los macronianos, está orientado a la eficacia: más innovación, todavía más transformaciones. El cambio aporta siempre, a priori, más y por lo tanto mejor; la cuestión importante es determinar los buenos objetivos. Con los buenos equipos.

Mientras que el populismo mitificado ‒multitudes enfadadas y gentes que no son nada‒ sirve de repelente, se va dibujando un progresismo del “nuevo mundo”, elitista sin complejos. El progreso así entendido no tiene nada que ver con su versión de los tiempos de la Guerra Fría: es progresista quien progresa mejor en el sentido liberal-libertario, es decir, las élites.

A defecto de principio histórico de referencia (perfectibilidad intrínseca del espíritu humano a la manera de Condorcet o dialéctica marxista de las fuerzas productivas y modos de producción), el concepto se convierte en un contenido vacío. Así es difícil decir lo contrario. ¿Quién querría que la medicina cure menos, que las personas sean menos felices, que se produzcan menos películas, que el clima se degrade o que muramos de hambre?

El progresista new-style no se fija una obligación de resultado sino de medios: dejar que las posibilidades de cada uno se desarrollen. Se refiere a la construcción de una autonomía mitificada: una especie de tendencia natural de aumentar las potencialidades que cada uno lleva dentro de sí, siempre que no se le impida. De pronto, la política se reduce a unos preceptos casi del ámbito emprendedor: favorecer la innovación, no perder nunca el ánimo, trabajar en equipo, vencer la inercia, etc. El postulado de base es que no se deben fijar objetivos comunes, sino crear las condiciones de su realización.

Retomando los códigos del viejo utilitarismo de Bentham o Stuart Mill, el progresismo macroniano entiende maximizar la utilidad colectiva, con un fondo de empirismo, individualismo y hedonismo. No es muy convincente filosóficamente reclamar un aumento o maximización sin precisar de qué (¿De felicidad? ¿De la fuerza colectiva? ¿De los recursos disponibles por todos? ¿De la autorrealización, subjetiva por excelencia?). Este programa “hace falta que sea mejor” reduce todo a la dialéctica problema/solución, pero habría que decir cuál es el criterio de la “buena” solución.

Así, en el libro de dos consejeros del Presidente Macron, se explica que la receta del progresismo se basa en tres reglas: la maximización de los posibles, el imperativo de actuar juntos para llegar mejor, y la prioridad de empezar por la base (es decir, mejorar las administraciones, los organismos intermedios, la democracia local). El programa inverso ‒estropeemos la vida de la gente, que cada uno se busque la vida en su rincón e impongamos todo eso por arriba sin consultar a nadie‒ tendría, evidentemente, menos éxito. Buen ejemplo de la neolengua de algodón cuyo principio es decir unas verdades tan amplias en unos términos tan melifluos que sea imposible articular una frase contraria sin ser odioso o absurdo.

El programa irrefutable recubre, en realidad, una sumisión a los dogmas del tiempo actual. O más bien el acompañamiento de un movimiento supuestamente espontáneo (¿seleccionado por una especie de evolución?) de las sociedades occidentales que van así hacia la apertura y la renovación. La izquierda socialdemócrata habría impuesto el principio de emancipación y de igualdad que va en el sentido de la demanda social; la derecha el de la eficacia económica que debe guiar a la gobernanza; el nacionalismo enseñaría el contramodelo de un autoritarismo cerrado: con esta triangulación, la dirección se impone ella sola, como por equilibrio de fuerzas; con la condición de no perderse en el triángulo de las Bermudas.

Todo esto sería, sin duda, bastante inocente ‒y recordaría los dilemas angustiosos de políticos de los años 90 que decían “¿Queremos más o menos crecimiento? ¿Más o menos justicia social?”‒ si la retórica progresista no hubiera servido de arma de disuasión. Ya que, ¿quién es el otro, el frustrado, el que no ha conseguido colmar sus deseos? Forzosamente es el populista. Emelien y Amiel distinguen tres versiones: populistas de derechas agarrados a la identidad; populistas de izquierdas agarrados a la vieja política de redistribución; y los integristas agarrados a su ley divina. Los opositores son considerados enemigos de lo posible por incapacidad a admitir lo nuevo. La cuestión no es que haya otros valores, la cuestión es que esas gentes no quieren que las cosas vayan mejor. De repente, hacen cosas horribles: instrumentalizan las revueltas de los frustrados (extremismo), designan chivos expiatorios (conspiracionismo) y les parece que hablan en nombre del pueblo (populismo). El partido de la desesperación voluntaria, querido como tal, traduce así una actitud ante la vida. Es el pez que se muerde la cola: se piensa mal porque se rechaza el bien. Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Huyghe.fr