Los espejismos del nacional-liberalismo. ¡Vamos populistas, todavía un esfuerzo!, por David L´Épée


Un fantasma recorre Europa: el del nacional-liberalismo. De Hungría a Bélgica, de Holanda a Polonia, de Suiza a Austria, se refuerza elección tras elección y busca ahora hacerse un lugar en Francia (y, posiblemente a corto plazo, en España). Retrato de una derecha populista que no retrocede ante ninguna contradicción y para la que la identidad y la nación no son, a menudo, más que pantallas que ocultan las proposiciones más antisociales, por tanto, más antinacionales.

En 1999, la revista Éléments establecía una tipología de la derecha repartida en 36 familias características. No se hablaba todavía, en aquella época, del iliberalismo, pero se evocaba ya una derecha nacional-liberal, que Charles Champetier, definía como una especie de antítesis de la socialdemocracia, inspirada en los fisiócratas, al mismo tiempo que en el liberalismo económico y en la tradición contrarrevolucionaria. Dos décadas más tarde, esta derecha parecer ir viento en popa en una parte de Europa. La idea no es nueva, ciertamente, la encontramos ya, hace varias décadas, en algunas publicaciones como la revista Valeurs Actuelles, en los trabajos del Club de l´Horloge (del que Henry de Lesquen encarna, todavía hoy, su expresión más paroxística y caricaturesca) o en Jean-Marie Le Pen, el cual, junto a su discurso patriótico, reclamaba la supresión del impuesto sobre la fortuna (sobre el patrimonio) y el abandono progresivo de la imposición sobre las rentas del capital. Pero de eso ha pasado mucho tiempo: su hija, a contrapié de su padre, apelaba no hace mucho a la creación de un impuesto sobre el capital, y una nueva generación de populistas parecía querer reconciliar lo nacional y lo social.

Sin embargo, el nacional-liberalismo parece estar levantando la cabeza en todas partes. El ejemplo más elocuente (en la medida en que la noción de iliberalismo es explícitamente reivindicada) es el de la Hungría de Viktor Orbán. En un discurso reciente durante un viaje por Rumanía, el primer ministro húngaro afirmaba claramente su adhesión a las tesis capitalistas. Y citaba, en lo que él llamaba una “perspectiva espiritual”, cuatro pilares esenciales de una civilización: la religión, la creación artística, la investigación y el espíritu de empresa.  Sin embargo, según él, este último había sido “suplantado por el espíritu burocrático que hoy domina en Bruselas y por la reglamentación de la economía”. Su antieuropeísmo, lejos del de, por ejemplo, Jean-Luc Mélenchon o Marine Le Pen, no se apoya en una crítica de la Unión europea como instancia que impondría a la fuerza reformas liberales a las naciones soberanas, sino, por el contrario, como instancia que prepararía el advenimiento… de un “socialismo europeo".  

Orbán, no obstante, está lejos de ser el único apóstol del nacional-liberalismo entre las derechas populistas europeas. Encontramos la misma receta en Polonia con el KNP, que el politólogo Jean-Yves Camus presenta como una “formación socialmente ultraconservadora, pero económicamente libertariana”. Es también el caso de Bélgica, con la Nueva Alianza Flamenca, cuyo programa recoge toda una terapia liberal de choque: reducción de las prestaciones por desempleo, no sustitución de las jubilaciones en la función pública, bajada del impuesto sobre las sociedades empresariales… Es el caso también de Austria y el FPÖ, que el escritor Patrick Moreau describe como “parcialmente crítica con la mundialización y el liberalismo integral”. De una forma muy particular, podríamos decir, porque entre los ministros del FPÖ encontramos, en especial, la figura de Karl-Heinz Grasser, ministro federal de Finanzas entre 2000 y 2007, cuyo balance es inequívoco: reducción de las cotizaciones empresariales y de la fiscalidad de las empresas, aceleración de las privatizaciones, precarización de las pensiones, amnistías fiscales para las grandes fortunas… Como crítica del liberalismo integral… se han visto cosas mucho mejores.

La nebulosa nacional-liberal europea
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En esta nebulosa nacional-liberal europea, a menudo se toma como modelo a la UDC suiza. Jean-Yves Camus, que compara este movimiento con el Partido por la Libertad en los Países Bajos y lo clasifica entre los "populismos de la prosperidad", lo define acertadamente como una "formación conservadora y liberal que combina el ultraliberalismo económico con una oferta de protección social estatal para los autóctonos y una oposición a la construcción europea federal”. Se puede leer en su programa que el partido se compromete “por la protección de la propiedad privada, por más economía de mercado, por una bajada impositiva (…) por flexibilizar los alquileres en beneficio del libre juego del mercado inmobiliario”, así como por la disminución de las prestaciones por desempleo. En el Parlamento suizo, la UDC no ha dejado de apelar a una flexibilización del derecho del trabajo, y no ha cesado de oponerse al salario mínimo, a la transparencia en el mercado de la vivienda, a las medidas propuestas para luchar contra la subcontratación salarial. “Creo que sería mejor no subvencionar nada más”, llegó a declarar su líder, Christophe Blocher, el cual nunca ha ocultado su admiración por Margaret Thatcher, igual que el consejero federal Guy Parmelin, que felicitaba a la Dama de Hierro por haber sabido “romper la espalda a una determinada izquierda dogmática para iniciar importantes reformas económicas”, rechazando de paso cualquier reforzamiento del Estado social y cualquier medida de protección en materia medioambiental. El politólogo Oscar Mazzoleni fue el primero en ponerle nombre a esta línea política: el liberalismo nacional. 

¡No toquéis el pastel!
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Es en nombre de esta doctrina que la UDC tiende a considerar a un determinado número de partidos nacional-populistas en Europa como partidos criptosocialistas. “El Front National (hoy Rassemblement National) es de izquierdas”, asegura Christophe Moche, apoyado por su compañero de partido Oskar Freysinger, que ve el partido tricolor como “estatalista, dirigista, colectivista y centralizador”. Tras recibir a Florian Philippot, poco después de su evicción del FN en el plató de su emisión, Zemmour le reprochaba haber olvidado las cuestiones identitarias en beneficio de una línea soberanista socializante. El polemista y ensayista, autor de El suicidio francés, veía una oposición (entre la cuestión social y la cuestión identitaria) en lo que Philippot buscaba una complementariedad. En Francia, los cuadros del movimiento Sentido Común van más lejos: “La gente de derechas quiere ser liberal pero sin asumir su identidad: no esperan sólo que su partido sea un simple gestor económico, sino que asuma los valores que acompañan la marcha del siglo”. Traducción: ciertamente, estamos del lado del capital, pero en fin, tomemos un poco de altura, ¡no sólo hay economía en la vida!

Esta dialéctica es característica de la nebulosa nacional-liberal que, en lugar de afirmar sin ambages una preferencia por las soluciones capitalistas (como lo hace la derecha liberal clásica), prefiere condenar las políticas sociales bajo el pretexto de rechazar el economicismo y el materialismo. No podemos negar esta necesidad de elevar el debate y de tener un auténtico proyecto de civilización, desde luego, pero en esta derecha, barrer la cuestión económica de un golpe con frecuencia significa eludirla a través de medidas más liberales, todo ello captando la atención de la opinión pública por sus grandes declaraciones sobre la identidad, la religión o los valores. ¡Hermanos y hermanas, orad conmigo por una nación orgullosa y espiritual, pero no toquéis el pastel! De hecho, el sueño de una cierta derecha, populista y patriota en las formas, pero resueltamente liberal en los contenidos, se asemeja cada vez más a eso que, en Francia, se llama nacional-macronismo… ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne