Deconstructores de civilización, por Alain de Benoist


Para hacer crecer un árbol, hacen falta décadas, y solamente diez minutos para cortarlo. Una vida humana, apenas es diferente. Pero hacer perecer una civilización, es otra cosa. Hace falta algo más de tiempo. Hacen falta, sobre todo, otros métodos. ¿El más seguro?: convencer a esa civilización de suicidarse. En lo que concierne a Europa, algunos se emplean en esto desde hace mucho tiempo a un ritmo siempre acelerado.

Ellos son los “deconstructores”, es decir, aquellos que tienen la empresa de deconstruir todo lo que esta cultura ha construido. Cuando queremos hacer un injerto, es bien sabido, primero hay que destruir las defensas inmunitarias. En el caso de una cultura, esto significa minar las bases de las certidumbres más elementales, anular la libre expresión de los instintos naturales, arrojar la duda sobre lo que creemos seguro o inmutable, convencer de no ver más de lo que vemos, hacer aparecer las viejas evidencias como convenciones superadas.

La deconstrucción procede apoyándose sobre las técnicas del aturdimiento. Ella busca desarmarnos por el apabullamiento, Cuando estamos apabullados, como los conejos ante la luz de los faros, no encontramos cómo defendernos. No es el medio. No tenemos los recursos. Suena entonces la hora de la censura, la vigilancia, el control social, la tiranía de las minorías.

La ideología del progreso ha jugado desde este punto de vista un rol esencial, porque ella vehicula el rechazo despreciativo del pasado: lo que es de ayer es necesariamente de menos valor que aquello que será de mañana. El odio de lo anterior se apoya sobre la constatación de que el sistema de valores que prevalecía antes es el opuesto al de hoy en día.

Retrospectivamente, por lo tanto, es un insulto para lo que nosotros creemos. Como en la época soviética cuando se retocaban las fotos oficiales, se reescriben (en escritura “inclusiva”) las obras del pasado, se censura a Moliere y a Shakespeare, se cambian los nombres de las calles, se desmontan las estatuas (América) o se las hace saltar por los aires (yihadistas). Para la ideología dominante, la práctica totalidad de una herencia de siglos, empezando por las obras de arte y las obras maestras de la literatura, debe ser condenada.

“Hacer tabla rasa del pasado”: todas las ideologías totalitarias han formulado la voluntad de que el mundo recomienza con ellos. Desde esta óptica, el pasado constituye un constante reproche, un peso del que hay que liberarse.

Paralelamente, se incita a no recordar más que aquello de lo que hay que arrepentirse. Reducir la historia de Europa al colonialismo, la esclavitud y los campos de concentración, no es ver en esta Historia más que un asunto de “hombres blancos” y de “víctimas”, una buena manera de impedir que las raíces vuelvan a brotar.

Lo “políticamente correcto” (que, en realidad, es lo ideológicamente conforme a lo que “debe decirse”) es otra pieza central de este dispositivo. Muchos lo critican, pero subestiman todavía su importancia. Como bien lo vio Orwell, se procede a cambiar el sentido de las palabras para transformar el pensamiento. La policía del lenguaje es también la de los espíritus.

Alain Finkielkraut cualificó el antirracismo de “comunismo del siglo XXI”. Esto es muy descortés para el comunismo. En pocos años, el antirracismo se ha transformado en una suerte de buldócer que lo aplasta todo a su paso. Hace mucho tiempo que las “razas” no son más que un pretexto. Sermoneando la “lucha-contra-todas-las-discriminaciones” (excepción hecha, por supuesto, de las discriminaciones de clase), se empeñan en poner fuera de la ley todas las voluntades honestas y las preferencias. O, sobre todo, sustituirlas por las voluntades y las preferencias inversas.

Lo contrario del racismo acaba siendo así un racismo en sentido contrario. Cuando se comprende esto, todo se aclara: un espacio reservado a los blancos es una manifestación de racismo, un espacio reservado a los negros una legitima exigencia “postcolonial”. En el cine dar el papel de Nelson Mandela a un europeo provocaría un escándalo, dar a un africano el papel de Aquiles en una película sobre la guerra de Troya provocará los aplausos.

De delirio en delirio, Europa deviene Absurdistán.

Cuando se ve sexismo en todo cumplido hacia la mujer, cuando la islamofobia empieza con las huchas en forma de cerdito, cuando se amenaza con sancionar a los que se dirigen a los transgéneros con pronombres personales asignados a su sexo biológico, cuando asimilamos a Cristóbal Colón con Adolf Hitler, entonces estamos abandonando la política para adentrarnos en la psiquiatría.

La dominación supone el desarme ideológico. Inculcar el odio y el desprecio de sí mismo en nombre de la “apertura”, hace desaparecer todo sentimiento de identidad en nombre de la proscripción de las “fobias”, convertir el sentido de objetividad en universalismo, hacer creer que hay que detestar a los tuyos para amar a la humanidad, esto es lo que hace la ideología liberal, la patronal, una cierta extrema izquierda, pero también el Papa Francisco, para el que “todo inmigrante que llama a nuestra puerta es una ocasión de reencuentro con Jesucristo” (incorporando el desprecio al bien común, que debe situar siempre la seguridad personal por delante de la seguridad nacional).  

Hoy, la moral lo invade todo en perjuicio de la verdad. No hay más que dos categorías: “el reino del Bien y las tinieblas del Mal. El Bien es el autoodio; el Mal es el deseo de raíces. Y el terrorismo, que podría ocasionar que nos preguntáramos sobre “nosotros” ante el riesgo de la muerte, no estimula más que la venta de velas y la industria de los peluches.

Así prospera el nihilismo contemporáneo, factor de descivilización. Una sociedad que no quiere saber qué es ni de dónde viene, que no tiene dignidad ni memoria, que no tiene voluntad para combatir, está madura para la conquista.

Hasta aquí la crisis. Después será el caos. 

Fuente: Éléments pour la civilisation européenne