Cambio climático: los misioneros del apocalipsis, por Élisabeth Lévy


Desde hace algunos años, el calentamiento climático no es ya objeto de reflexión, ni siquiera de inquietud racional, sino de una fe apocalíptica. A través de demandas moralizadoras, los adoradores de la Tierra nos conminan a vivir sin consumir carbono. Y excomulgan a los herejes.

El fin del mundo se acerca y es por vuestra culpa. Sin embargo, si hacéis la suficiente penitencia, la humanidad puede ser perdonada. Este mensaje, salmodiado sin tregua por numerosos innumerables profetas y, además, por insoportables monaguillos, ha adquirido fuerza de verdad revelada. Es declinado en innumerables vídeos, donde youtubers y celebrities rivalizan en la bobada ecolo. Frente a una amenaza tan radical, no hay ni derecha ni izquierda, ni jóvenes ni viejos, ni poderosos ni débiles. La urgencia es tal que Pierre Arditi y Alain Delon hicieron una petición conjunta ‒bajo el liderazgo de Juliette Binoche (que ha olvidado a los palestinos) y del astrofísico Aurélien Barrau. En un texto publicado en septiembre de 2018, pocos días después de la dimisión de Nicolas Hulot, un impresionante grupo de estrellas francesas y mundiales (de Jane Campion a Wim Wenders, pasando por Jude Law, David Cronenberg y Nana Mouskouri) y científicos de todas las disciplinas (incluido un ecólogo que no parece ser un especialista en la escuela) evocan “el mayor desafío de la historia de la humanidad”. “Vivimos un cataclismo planetario. Al ritmo actual, en algunas décadas, no quedará prácticamente nada. Los humanos y la mayor parte de las especies vivientes están en una situación crítica. Será demasiado tarde para que pase algo: el colapso está en marcha. La sexta extinción masiva se desarrolla con una rapidez sin precedentes. Pero no es demasiado tarde para evitar lo peor”. Cataclismo, colapso, extinción masiva, la beautiful people no escatima en el uso de superlativos que asustan. Exigen, en consecuencia, que la lucha contra el peligro climático se convierta en la prioridad absoluta de todos los gobiernos. Además de la “reorganización de la sociedad sobre bases de justicia y solidaridad entre nosotros y para el planeta”, los peticionarios demandan “una fiscalidad justa sobre el carbono”, eficaz y redistributiva, medidas sociales y ecológicas que faciliten el tránsito hacia las alternativas que permiten vivir mejor, el fin de las energías fósiles y el desarrollo de parques eólicos y solares, un plan de formación masiva en los sectores de futuro, sobre todo  en los más precarios y vulnerables, el fin de la impunidad de las multinacionales, lobbies y grupos de presión climaticidas (sectores bancarios, energéticos, agrícolas…).

Sin embargo, los adoradores de la Tierra sospechan que este maravilloso mundo no llegará de una forma dulce y dialogante, por lo que instan a los dirigentes a tomar medidas “potencialmente impopulares”. Potencialmente impopulares, ya puestos, sería abolir la democracia ahora mismo. Si tomamos en serio sus exigencias, se trataría de cambiar inmediatamente y en profundidad nuestros comportamientos energéticos y aprender a dirigir nuestras economías y nuestras sociedades sin quemar tanto carbono ‒el objetivo fijado por los militantes y las asociaciones, que fantasean con devolver al planeta al estado en el que se encontraba antes de la revolución industrial, consiste ahora en reducir de aquí a 2050 las emisiones dividiéndolas por ocho y no por cuatro como había previsto el acuerdo de París, que los gobiernos, entre restricciones presupuestarias y disturbios sociales, tendrán dificultades en adoptar. Y como todos los especialistas, coinciden al menos en que, dado el estado de los conocimientos y la tecnología, las energías renovables difícilmente pueden servir de complemento, lo que presupone que la buena gente deberá aceptar la renuncia a las maravillas de la fluidez, de la movilidad y de la flexibilidad que con tanta fuerza se han conseguido durante los últimos años. Retorno a lo local, circuito corto y vecindad. Las estrellas, por supuesto, tendrán que seguir viajando, aunque sólo sea para entretener a los paletos sedentarios, condenados a comer alcachofas de su jardín y a pedalear un montón de kilómetros para llegar a su trabajo, si tienen la suerte de tener trabajo. Como lo explican Bertrand Alliot y Loïk Le Floch-Prigent, el cambio radical que piden los profetas del clima sería simplemente insoportable desde el punto de vista social y cultural. Esto no significa que debamos permanecer inactivos. Pero al pretender constantemente que todo debe cambiar, terminaremos sin que nada cambie.

Uno de los artículos más populares del catecismo climático es que resulta suficiente tener voluntad política. Mientras, “la supervivencia de la especie humana está en juego en una escala de tiempo muy corta: la nuestra”, asegura Philippe Torreton en Le Monde antes de fustigar “la mortífera inercia de nuestros dirigentes”, encontramos también a Binoche, con Cotillard y una reluciente galería de celebrities franceses, en el “Affaire del siglo”, petición en línea lanzada para apoyar a cuatro grandes tiendas ecológicas que demandan al Estado por no respetar sus obligaciones climáticas. Los periodistas que, poco antes, mostraban su devoción por esos “chalecos amarillos” bebedores de diésel, anunciaban que, con sus 2,2 millones de firmantes, habían batido todos los récords, como si el militantismo de salón tuviera la menor incidencia. François de Rugy saludaba “esta movilización histórica” e invitaba a 170 signatarios a dialogar. Junto al Presidente francés, también se invitaba a esa pequeña cabeza hueca y sueca que va dando lecciones a todo el mundo. En realidad, con su zurda terca y sedosa, la izquierdista Greta Thunberg es muy graciosa. El espectáculo de luminotecnia dándole la bienvenida como a un jefe de Estado, todo el mundo escuchándola con deferencia y animándola en la certeza de que sabe lo que hay que hacer, es, como mínimo, penoso.

La salvación vendrá de la juventud, se maravillan los comentaristas desde que la joven sueca (y algunos adolescentes belgas) hacían un llamamiento a sus camaradas europeos para manifestarse por el clima todos los viernes por la tarde. Son jóvenes, bellos, gentiles, y desean el bien para todos. ¿Cómo podríamos resistirnos ante esos ojos grandes y confiados que se conjuran para salvar el futuro del planeta? Que los jóvenes se inflamen por esta campeona de las buenas causas y piensen tener todas las verdades sobre el clima es, hasta cierto punto, normal. Que los adultos les tranquilicen fingiendo que los escuchan es irritante. Dicho esto, si las manifestaciones de los viernes atraen a un par de miles de adolescentes el día de la llegada de Greta Thunberg, este detalla poco importa a los comentaristas que adoran la “cruzada de los niños”.

No os enervéis. No creemos para nada que el calentamiento climático sea una invención del Mossad ni una moda pasajera. Pero el consenso sobre su existencia no debería prohibir escuchar a los que impugnan la doxa alarmista sobre las causas o sobre las consecuencias previsibles de este cambio. Que se nieguen a discutir una realidad mesurable y admitida por todos es una cosa excelente, pero el dominio de la verdad incontestable no puede ser extendido a las hipótesis sobre el futuro, como si estuvieran validadas por una mayoría de científicos. Es paradójico, incluso, que una compleja cuestión, que deriva, al mismo tiempo, de la ciencia y de la política, sea arrasada por un pensamiento mágico que adopta su léxico, sus códigos, e incluso su iconografía del campo de las creencias en lugar del de la razón. El calentamiento climático ya no es un objeto de reflexión ni de inquietud, sino de una fe apocalíptica, cuyos fieles siempre parecen entonar: “Salvad, salvad la Tierra, en nombre del verde sagrado”. 

Sin embargo, la devoción descarta la discusión. Al igual que las anteriores, la religión del clima tiene al escepticismo como un crimen. Caza herejes como ayer se cazaba al fascista. Y, curiosamente, con frecuencia son los mismos, según Mediapart en un artículo antológico: “Trump y Bosonaro no son los únicos en querer desmantelar la protección medioambiental: en Europa, los populistas de derecha disponen de excelentes redes que se esfuerzan en salvar las energías fósiles en el siglo XX”. Los estudiantes y los adolescentes que luchan valientemente por el clima deben enfrentarse a adversarios maléficos que Mediapart califica de “negacionistas del cambio climático”: “Ocupan puestos de responsabilidad en los grupos de presión en Bruselas, se sientan, en tanto que diputados conservadores y liberales, en el Parlamento europeo, dirigen asociaciones profesionales neoliberales y determinan la política climática de todos los partidos de derecha En Europa. Su punto común: son, principalmente, hombres mayores de 60 años”. ¡Sorpresa! He aquí que vuelve el viejo macho blanco, causa de todos los problemas, incluidos los ecológicos. Y, además, “negacionistas”. ¿No os recuerda nada? La semántica y la fonética indican muy bien que estos bastardos deben ser metidos en el mismo saco que los negacionistas del Holocausto o de los complotistas del atentado de las Torres Gemelas. Es curioso que nadie haya propuesto todavía una ley penal para todo aquel que cuestione la urgencia climática para reprimir la climatofobia oculta tras el climatoescepticismo. 

El climatoescéptico, que en ocasiones es completamente delirante, figura, pues, en un buen lugar en la lista de los bastardos a abatir. El pasado año, muchos se sintieron conmovidos por el nombramiento de Jim Bridenstine como nuevo jefe de la NASA, una "figura contestada” que, según L´Obs, “había declarado en particular que las temperaturas mundiales habían dejado de aumentar desde hacía una década”. Afortunadamente, los perdidos pueden regresar a la verdadera fe. Bill Nye, una figura popular de la vulgarización científica en los Estados Unidos. Aseguraba que Bridenstine “aceptaba ahora el cambio climático y que los humanos jugaban un importante papel en ello”. Desgraciadamente, nunca llegó a hacer una autocrítica o una disculpa pública.

Entre los especialistas entrevistados por Gil Mihaely, sólo François Gervais es considerado, y denunciado, como un climatoescéptico. Pero todos ponen el acento sobre las grandes incertidumbres que pesan sobre las previsiones, siendo los más alarmistas los que enfatizan la relación entre las emisiones y el calentamiento. Pero no sólo se exige del público que acepto las hipótesis como si fueran verdades reveladas, sino que se pretende prohibirles examinar los argumentos de los disidentes, incluso cuando les avala una legitimidad científica. Más allá del clima, es toda la política medioambiental la que parece escapar a la razón científica. Antes de reclamar una revolución que nadie está dispuesto a poner en marcha, comencemos por volver al sentido común, por ejemplo, practicando una agricultura respetuosa con la tierra y con la biología, propone el bioquímico George Oxley. Erwan Seznec demuestra también que la peligrosidad cancerígena del glifosato, por la que Francia ha prohibido su uso, es ampliamente contestada en otros países, incluida la OMS. Peggy Sastre examina, por su parte, la idea, aplaudida en todas las grandes recepciones ecologistas, según la cual se puede luchar contra el calentamiento mediante la reforestación. En apoyo de sus dudas, cita a Nadine Unger, profesora de química atmosférica de la universidad de Exeter (Reino Unido): “Científicamente hablando, gastar los en la reforestación los preciosos dólares destinados a la lucha contra el cambio climático es una empresa de alto riesgo: no sabemos si esto va a enfriar el planeta y tenemos buenas razones para temer un efecto radicalmente inverso”. Lo que le ha valido amenazas de muerte y reacciones airadas de sus colegas. No pretendemos cerrar el debate. Sólo queda señalar que los científicos que sólo saben defender sus puntos de vista mediante el anatema y la diabolización del adversario, están menos seguros de sus opiniones de lo que manifiestan en público. Además, resulta curioso que quieran salvar la diversidad de los seres vivos cuando tan poco se preocupan de la diversidad de las ideas. ■ Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Causeur