¿Cómo interpretar el eurasismo? Por Yohann Sparfell (parte 1)

 

Entre muchos nacionalistas y disidentes de las naciones occidentales que comprenden la importancia de extender su ideal en la dirección de la recuperación espiritual y política de la civilización europea, sin embargo el neoeurasismo se percibe cada vez más, nos parece, como doctrina política, geopolítica e incluso metapolítica de interés exclusivo para Rusia. Pensamos que esta aprehensión de las cosas surge de una interpretación de esta nueva teoría política que emana principalmente de dos elementos, histórico y coyuntural. 

Por un lado, el hecho de que el eurasismo tiene su origen, digamos, a principios del siglo XX, y es la culminación del trabajo intelectual de ciertos pensadores rusos emigrantes en Europa (Mendeleev, Troubetskoy, Florovsky, Alexeïev, etc.). Por otro lado, la cuestión de que la mayoría de los activistas europeos actuales no comprenden siempre de forma clara la necesidad simultánea con su lucha (consistente en estimular y afirmar la singularidad de una civilización a partir de lo que queda de sus fundamentos culturales) de participar en la elaboración de una nueva teoría política universal que proponga, de una manera adecuada y diferenciada para cada civilización, un desarrollo que se inspire en la Tradición y que se oriente en relación a la centralidad atemporal de esta última. Este reto se sitúa en un nivel superior de la doctrina e incluso más allá, al nivel de una visión espiritual universal del mundo, incluso antes de poder ubicarse en el nivel inferior, aunque esencial, de su adaptación a una civilización particular para darle un centro intangible inspirado por esta cosmovisión superior, es decir, un Imperium).

El primer elemento histórico mencionado anteriormente podría parecer superado por el efecto del tiempo, pero sólo en apariencia, especialmente entre ciertos nacionalistas nostálgicos de Europa del Este principalmente, ya que todavía está sonando, debido a su origen ruso, un papel repulsivo ya que el eurasismo representa para ellos un ideal oriental, asiático, por lo tanto, estrictamente ajeno a la cultura europea originaria y, además, amalgamado con el pasado bolchevique. Es cierto que el eurasismo inicial se basó en gran medida en un “fusionismo” eslavo-turco-musulmán con énfasis en la visión de un singular destino imperial multiétnico y multinacional de Rusia integrando sus aspectos europeo y turco-mongol. De hecho, fue el resultado doctrinal de un deseo, en la mente de estos pensadores rusos exiliados, de restaurar perspectivas verdaderamente imperiales para Rusia, es decir, convertirla en la sede del centro político y espiritualidad de una civilización singular, siguiendo las lecciones que pudieron extraerse de la revolución bolchevique. Pero el objetivo aquí no es analizar, ni siquiera brevemente, este eurasismo original porque creemos por nuestra parte que el neoeurasismo, el cual llamaremos de ahora en adelante aquí para hacernos entender mejor con el término “eurasismo”, simplemente, supo trascender, gracias al trabajo y las relaciones internacionales apoyados por Alexander Dugin, el espacio al que se había entregado la sagrada tarea a la hora de restaurar una vida espiritualmente ordenada.

El segundo punto, que calificamos de cíclico, podría estar relacionado con el hecho de que Rusia se está afirmando cada vez más como un actor importante en el actual juego geopolítico global. De ahí lo que se percibe cada vez más como una nación, pero también como una civilización que, por derecho propio, no solo afirma su singularidad sino que, al mismo tiempo, es víctima del ostracismo del cartel de los países occidentales, que se ve beneficiada, y esto desde un punto de vista que lucha por comprender la necesidad actual de un nuevo enfoque espiritual y político de lo universal, de una teoría política indígena que, por tanto, se adapte a sus características culturales, geográficas e histórico, incluso étnicas (lo que en sí mismo es una tontería ya que Eurasia es esencialmente imperial y multiétnica),: el eurasismo. Esto, como de hecho sería correcto decirlo, tiene en cuenta directamente las situaciones geográficas y geopolíticas rusas dentro del Gran Continente Eurasiático y la realidad sociocultural de los diversos pueblos que conforman el imperio Ruso-Eurasiático hoy en día en fase de afirmación vacilante e incierta. Esta nueva teoría política, y espiritual (que debería ser analizada en primer lugar, pero volveremos más tarde a ella), se centra (y este término es de importancia en este sentido) en la realidad y la aspiración profunda de este imperio eurasiático. Por supuesto, se entiende que esta aspiración de motivación espiritual y esta realidad no corresponde precisamente a las de Europa (y esto más en vista de la actual fase degenerativa de esta última). Tanto más cuanto que la historia y las influencias espirituales orientales han hecho de la civilización ruso-eurasiática, centrada en la dominación imperial rusa, una entidad separada del destino del resto del subcontinente europeo que se ha ido abandonando gradualmente y sumergiéndose en las aguas infernales del occidentalismo. Nos parece importante aquí enfatizar que el desarrollo histórico y cultural de esta civilización de inspiración tanto occidental como oriental estuvo acompañado de una singular afirmación autónoma que se llevó a cabo tanto en el orden espiritual como político o geopolítico.

La civilización ruso-eurasiática se funda efectivamente según su posición central tanto histórica como geográfica resultante del encuentro de los pueblos indoeuropeos y los pueblos turanianos en su respectiva marcha escatológica, la primera buscando el Levante y las inmensidades continentales de Sur a Este, el segundo poniéndolo y abriéndose hacia los mares occidentales del suroeste. El eurasismo se basa precisamente en el reconocimiento de las implicaciones de esta aventura humana bélica y creativa que finalmente desembocó en una civilización cuya particularidad es asumir por sí misma un papel de pivote y apertura entre Oriente y Occidente. Rusia hoy, con las naciones independientes que están histórica, cultural y económicamente ligadas a ella, así como espiritualmente (es decir, Armenia, Georgia, Bielorrusia, Kazajstán, Ucrania, etc., debe lograr afirmarse como ese puente entre las dos civilizaciones, que es tanto parte de una como de la otra), es de hecho una civilización en toda regla en el corazón de Eurasia dentro de la cual debe asumir su papel de equilibrio. Su herencia europea primordial no puede diluirse en una realidad mucho más compleja y diversa por su encuentro con Oriente, tanto más asumida por su extensión dentro del continente eurasiático hasta el Pacífico (los cosacos llegaron al Pacífico en 1640) y el Cáucaso (anexión de varias naciones caucásicas a principios del siglo XIX: Armenia, Daguestán, Azerbaiyán), que de alguna manera reforzó su singularidad en comparación con el resto de la Patria europea. Pero en cierto modo sólo porque los lazos, que se aflojarán y compartirán más armoniosamente de Occidente a Oriente, están sin embargo presentes hacia Europa en una visión compartida del hombre que podríamos vincular correctamente a un “humanismo” europeo original heredado de las tradiciones precristianas hoy en día en gran medida equivocadas.

El eurasismo es el resultado de una conciencia de la genealogía de una civilización singular dentro de la cual apareció esta corriente de ideas, con todo lo que tal conocimiento pueda generar en el crepúsculo de un mundo que se esfuerza por negar la realidad profunda y sagrada de la afirmación de la personalidad (en la antítesis del individuo). El eurasismo es, por tanto, un enfoque de civilización, que implica profundamente una perspectiva espiritual y geopolítica, para lo cual es sobre todo importante que los hombres, así como sus comunidades, puedan asimilar la fuerza supra-humana que les dio nacimiento de manera singular en el mundo dentro creado y que puedan afirmarse a través de él.

Por tanto, el eurasismo nació de la conciencia de la constitución original, espiritual y singular de una civilización por parte de pensadores políticos y filósofos rusos que habían tocado con sus dedos la esencia sagrada y axial de su presencia en el mundo (Eurasia). Pero, dado que toca lo esencial de lo que hace posible una civilización en particular, esta teoría política no puede limitarse a la civilización ruso-eurasiática y, por lo tanto, pretende ser de interés para todas las civilizaciones humanas actuales y por venir, pero sobre todo para ser una forma de pensar a través de la cual sabrán poder dominar su futuro. Debe entenderse que el eurasismo quiere ser una nueva teoría llamada “política” que, sin embargo, es primero y más profundamente espiritual en esencia. Nos invita ante todo a reorientarnos en relación a un centro que necesitaremos descubrir en el corazón de cada civilización, así como de cada comunidad y persona que la compone. Este centro es diferente de un punto a otro (de una entidad humana a otra), pero es el mismo en todas partes, difuso, pero aún Uno en cada emanación del Ser. Es en esto que el eurasismo puede representar el motor espiritual de la elevación de los espíritus hacia una nueva interpretación de lo universal, un universal que no puede confundirse con la uniformidad (o, que equivale prácticamente a lo mismo, universalismo), a menos que se quiera corromper lo que constituye los cimientos de esta nueva teoría. En otras palabras, el eurasismo es un oportuno deseo de orientación hacia la Tradición y su Centro celeste que nuestra civilización europea ha ubicado en Hiperbórea, donde necesitaremos, huelga decirlo, recargar su pilar.

Esta nueva teoría, que hemos visto tiene un espíritu universal, es también política y geopolítica, y, por tanto, plenamente capaz de integrarse en el espacio planetario del pensamiento humano del siglo XXI, que poco a poco va tomando conciencia de la incoherencia aporética en la que lo encierra la teoría neoliberal, único superviviente y al mismo tiempo heredero del desorden ideológico del siglo XX. Esta teoría se ve, por tanto, llevada a participar en la renovación radical (en el sentido real del término, es decir, que se remonta a la raíz, a la esencia de las “cosas”) de un pensamiento político que efectivamente se ha arraigado y articulado hasta ahora en torno a las tres teorías políticas del comunismo, el fascismo y el liberalismo, incluidas en todas sus variantes, hasta hace poco tiempo, incluyendo por tanto la forma posmoderna del liberalismo: el posliberalismo impolítico que ha interferido insidiosamente en cada una de las civilizaciones para privarlas de cualquier vocación real y evitar que participen en una nueva armonía internacional llamada multipolaridad o mejor aún, policentricidad. Porque el eurasismo es también, y en segundo lugar después de su enfoque asertivo de una reorientación espiritual del mundo, la teoría de la multipolaridad civilizacional que, a su vez, concierne a todas las civilizaciones, así como a las comunidades humanas en el proceso de reafirmación y re-identificación con sus fundamentos originales.

Pero si el eurasismo es una teoría geopolítica, centrada en la esencia espiritual de las civilizaciones y en las relaciones singulares que mantienen con su propio espacio (habiendo participado el espacio en su fundamento carnal), es por tanto también una teoría política, la Cuarta Teoría Política, cuya particularidad es precisamente querer restituir la legitimidad al mismo término “político” con respecto al futuro de las comunidades humanas. La política debe volver a convertirse en un arte a través del cual las personas puedan, e incluso deben, reorientarse hacia el centro coordinador y armonizador de cada comunidad de la que son miembros. La decisión, que debe nutrirse de la multiplicidad de puntos de vista libremente expresados, encontrará finalmente una centralidad que la sacará de cualquier oscuridad ligada a las inestabilidades de la materia (es decir, de las vicisitudes vinculadas al mundo inferior de la necesidad). Centralidad y multiplicidad ya no deberían ser mutuamente excluyentes, sino que deberían poder reafirmarse conjuntamente a través de lo político, así como lo espiritual, que se encarnará en el Bien Común. El eurasismo es una teoría política que lleva consigo este altivo principio que apunta a plantear los conflictos políticos por encima de los intereses (especialmente económicos) y someterlos a la superioridad de lo espiritual (a través del Bien Común como nosotros lo entendemos y como debe entenderse desde la perspectiva de la Cuarta Teoría Política).

Teniendo en cuenta lo anterior, consideramos que sería bastante inapropiado considerar que el eurasismo puede interesar exclusivamente al universo ruso, o adaptarse específicamente a este universo oriental (en comparación con Europa), a pesar de que esta teoría ha estado marcada por esta especificidad desde sus inicios, abriéndose inevitablemente a lo universal a partir de entonces. Los activistas europeos tendrían, por tanto, toda la legitimidad para reclamar contra una nueva afirmación de Europa que todavía parece, en definitiva, hipotética ante la cruel falta de voluntad de sus líderes actuales (falta de voluntad de ser libres del hegemonismo unipolar americano heredado de las dos grandes guerras del siglo XX, como del totalitarismo progresista del pos-liberalismo “liberado” de la política y el arraigo). Y si la civilización europea pudiera tener la oportunidad de re-elevarse (¡y volverse Kultur nuevamente!) esforzándose por estudiar y adaptar las ideas del eurasismo (y por lo tanto las propuestas de la Cuarta Teoría Política), esto no sería precisamente no desviarse de lo que hace la singularidad del lenguaje y la Idea originaria de nuestra civilización, sino por el contrario, poder afirmarlo frente a una teoría política y geopolítica que hace de las civilizaciones y su singularidad ejes en torno a los cuales habrá que articular nuevas teorías y nuevas prácticas distintivas sobre el hombre y sus relaciones con el Otro y su entorno. Fuente: Rébellion (www.rebellion-sre.fr)  Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera