Coronavirus, la salvación del cuerpo es la nueva religión y los médicos sus pastores, por Diego Fusaro



Occidente no ha creído en nada desde hace tiempo. Al menos desde que "el huésped más perturbador", el nihilismo, se ha colado en sus espacios, ocupándolos integralmente y sin dejar zonas libres. No más valores e ideales, no más dioses e ideas eternas: todo se ha hundido en el abismo, devaluándose. Nietzsche nos enseñó que el nihilismo es el proceso de transvaloración de todos los valores, al final del cual –literalmente‒ no queda nada. O, más precisamente, nada permanece como el único valor sobreviviente.

Por esta misma razón, las preguntas más importantes siguen sin respuesta, las de los fundamentos, a las que Occidente ha tratado de responder de diversas maneras: ¿por qué? ¿Con qué propósito? ¿Adónde? A merced del tecnonihilismo y de la sombra de la nada que se extiende sin dejar nada fuera de su propio campo, queda un único punto fijo para el hombre occidental, un valor único y extremo, compartido con otros animales y, propiamente, ni siquiera encuadrado como tal en esa esfera, siempre a su manera ideal, de los valores: este valor es la vida o, si se prefiere, la mera supervivencia de su cuerpo individual. El conatus sese servandi [la expresión latina alude a la teoría spinozista del conatus –esfuerzo- según la cual cada cosa se esfuerza por conservar su ser, NdT], así como lo denominó Spinoza.

Para Occidente, que desde hace tiempo ya no cree en el alma y en su destino, sólo queda como punto de referencia la desnuda materialidad del cuerpo, como valor inmanente al que aferrarse, transfigurándolo en un valor supremo y exclusivo. Durante siglos, como sabemos, la Iglesia se ha preocupado por la salvación de las almas, cuidando de trabajar para que, en vez de perderse, se salven en la eterna bienaventuranza y asciendan al reino de los cielos. Para que esto tuviera éxito, se requería la técnica que Foucault, en muchos lugares, llama "pastoral": el pastor como salvador de almas tenía que controlar siempre y en todas partes su rebaño, a cada uno de sus miembros.

A través de la práctica de la confesión, tenía que saber lo que pensaban y cómo actuaban, lo que deseaban y qué pecados cometía su "oveja". Ahora, Occidente ha abandonado hace tiempo su figura histórica de la Iglesia: donde todavía existe, juega un papel marginal, ya no es un protagonista, muy a menudo ‒dijo Andrea Emo sin demasiadas perífrasis‒ como "cortesana". Últimamente el Occidente descristianizado, habitado por el nihilismo, se ha rendido a una figura sin precedentes: la de la Iglesia médico-científica.

No promete salvar almas, en las que ya nadie cree, sino cuerpos, que son lo único en lo que todos creen ahora: ahora promete garantizar la supervivencia física en la época del "valle de lágrimas" de la pandemia y el nuevo orden terapéutico. El resultado es una soteriología materialista paradójica, que no tiene otro propósito que garantizar la salvación de los cuerpos en este mundo, su supervivencia. La salvación trascendente que la Iglesia prometió para las almas es prometida por la ciencia médica para los cuerpos, en una forma estrictamente inmanente.

Incluso para el éxito de esta operación, sigue siendo necesario un pastor, aunque sea diferente del que la Iglesia le ha confiado: un pastor ‒el médico, el experto, el científico‒ que sustituya los antiguos símbolos, fórmulas y ritos por otros nuevos. Sólo él, con su relación asimétrica con el "rebaño" y su eventual inmunidad, como lo designa en una curiosa analogía, posee un conocimiento privilegiado, capaz de producir la salvación de los cuerpos y de garantizar que, si uno se atiene al conocimiento difundido por él, puede vencer el mal que siempre acecha. Esto también es una guerra, como la de la Iglesia contra el demonio. Se trata de una lucha contra un enemigo invisible y malvado, que el hombre común, a diferencia del sacerdote, no puede reconocer y por el cual, en efecto, se deja engañar fácilmente.

Así como el diablo toma a menudo la apariencia de un hombre honesto, volviéndose indistinguible y confuso, así el nuevo enemigo invisible, y no menos pura y rigurosamente material, se esconde en aquellos que ‒los "asintomáticos"‒ aparecen como todos los demás en el rebaño. Incluso la de la ciencia médica es una batalla sagrada contra un principio maligno, que puede afectar a lo más precioso, el cuerpo, negándole la salvación y corrompiéndolo. La masa profana, el nuevo rebaño que hay que salvar, no sabe nada de él; y sólo debe, con fe y observancia, confiarse al cuidado del pastor, confiándole todo, dejándose controlar en los gestos y movimientos, en las operaciones y hasta en los pensamientos.

La supervivencia del cuerpo, es decir, lo único en lo que todavía creemos, está en juego. La única cosa en nombre de la cual uno está dispuesto a sacrificarlo todo: incluyendo, por supuesto, esas realidades ‒la libertad, en primer lugar‒ por las que, antes del advenimiento del nihilismo tecnocientífico, uno estaba dispuesto a sacrificar la vida. Es precisamente en esto en lo que se mide el cambio radical: el cuerpo como mera vida, como simple supervivencia, es decir, lo que antes se estaba dispuesto a sacrificar por valores juzgados más altos, por ideales considerados más nobles, se eleva hoy en día a la única realidad a la que todo ideal puede ser sacrificado.

La Iglesia misma, que, cada vez más, da la impresión de que sólo se sobrevive a sí misma, se ha convertido a la nueva religión materialista de la ciencia médica: hasta el punto de abandonar todo anhelo de trascendencia, todo impulso de mayor supra-sensibilidad: esto explica el tránsito desde Francisco de Asís, que abraza a los leprosos, y de Carlos Borromeo, que comunica las víctimas de la peste, al Pontífice de hoy, que, por contraste, cancela sus viajes pastorales a causa del Coronavirus y acepta, con un silencio culpable, la prohibición de los servicios religiosos por motivos de salud.

Es la entrega sin resistencia de la vieja Iglesia, la de la salvación de las almas, a la nueva, la de la salvación de los cuerpos. ■ Fuente: ilfattoquotidiano.it