De un delirio ideológico a otro, por Gerard Dussouy


En todas partes de Europa prevalece la negación de la realidad y el delirio ideológico que la acompaña. Es cierto que cuanto menos control tiene la gente sobre la realidad, más confía en las representaciones míticas. Esto ha sido comprobado desde hace tiempo por los sociólogos pragmáticos. Por un lado, están todos aquellos que se aferran a su visión universalista e ingenuamente humanitaria, mientras que la realidad del choque de civilizaciones e imperios es evidente, y por otro lado, están los que mantienen la nostalgia de una soberanía nacional perdida, que ya no puede serlo porque está desconectada del poder.

La cima del delirio del multiculturalismo, la versión posmoderna del universalismo, parece haberse alcanzado Alemania. Después de otras ciudades alemanas, el alcalde de Colonia acaba de anunciar que, en el futuro, todos los viernes, se permitirá la llamada a la oración del almuédano a todos los musulmanes. En determinadas condiciones, y dependiendo del barrio, dijo. El argumento es que la decisión está motivada por la tolerancia y la equidad y por el deseo de avanzar hacia una sociedad más homogénea y fraternal. Sin embargo, estas autorizaciones son claramente capitulaciones de la sociedad, indicativas, simplemente, de un cambio en el equilibrio demográfico de poder a favor del componente musulmán (principalmente turco) de la población alemana. Al igual que su vecina Francia, y quizás más rápidamente que ella, y de forma más clara debido al mayor envejecimiento de su población, Alemania se está transformando en una poliarquía étnica. En otras palabras, una sociedad en la que las comunidades étnico-religiosas emiten votos e influyen en la política nacional (véase la actitud siempre pasiva o aquiescente de Alemania hacia Erdogan, el dictador turco). Por tanto, hay motivos de preocupación para la nación alemana cuando sabemos la crisis demográfica a la que se enfrenta, y que los musulmanes "todavía" representan solo el 12% de la población de una ciudad como Colonia. ¿Qué pasará cuando este porcentaje aumente, si no explota?

Según Le Figaro, que cita al Instituto de Ciencias Sociales Insa-Consulere, el 61% de los alemanes está en contra de esta autorización, que se está extendiendo, de la llamada musulmana a la oración. Pero esta mayoría permanece en silencio en un país donde la opinión está fuertemente condicionada y donde el arrepentimiento está en pleno apogeo. ¿No es cierto que el ayuntamiento de la tradicional Múnich se está planteando cambiar el nombre de las calles que llevan los nombres de Richard Wagner y Richard Strauss, sospechosos de lo peor, es decir, de haber hecho, a su manera, con su música y los presupuestos que ésta pregonaba, el lecho del nazismo...?


En cuanto a Francia, que se hunde en el desorden comunitario provocado por las políticas migratorias laxas de los últimos cincuenta años, el debate público sobre esta cuestión vital está siendo más vivo y abierto que en su país vecino del otro lado del Rin en los últimos meses. La primera razón es el triste y brutal espectáculo permanente de este desorden, cuya denuncia es la miel de una cadena de televisión privada (las del servicio público practican por el contrario la omertá), cuyo nuevo propietario ha entendido todo el beneficio que podía obtener en términos de audiencia. Una segunda razón es el avance mediático conseguido por Éric Zemmour, en su planteamiento presidencialista, al centrar su discurso en la inmigración y el declive de Francia. La precisión de su diagnóstico, sus palabras directas basadas en una cultura real, en contraste con su competidor más derechista, lo convierten en un excelente candidato de primera vuelta en el contexto actual y frente a un panel de protagonistas insípidos.

Sin embargo, en la perspectiva de una victoria final, el discurso del polemista, si entra en la arena electoral, está demasiado lleno de nostalgia. Porque no se construye el futuro sobre la nostalgia (Francia no volverá a ser la Francia de Luis XIV o de Bonaparte), sino, por el contrario, en las adaptaciones y las estrategias audaces. Por lo tanto, tendrá que cuidarse del delirio soberanista y no abogar, como desean muchos de sus partidarios, por el repliegue nacional. Sería mucho más honorable y ambicioso para Francia, pero también mucho más apropiado en un mundo lleno de riesgos y hostilidades, erigirse en líder, al que otros Estados seguirían, para transformar la Unión Europea en una verdadera potencia al servicio de los pueblos europeos.

Por supuesto, no podemos prejuzgar el resultado de la próxima batalla electoral. El pasado aconseja ser prudente a la hora de hacer cualquier predicción, y nos abstendremos de hacerlo aquí. De lo que sí podemos alegrarnos a la luz de lo que observamos, y siempre que dure, es de la vuelta a la "guerra de los dioses" de Max Weber, es decir, la guerra de representaciones del mundo que marcaría el principio del fin de la ideología dominante. □ Fuente: voxnr.com