¿Disciplina o docilidad? Bosquejo para una educación inconformista según el pensamiento de Confucio, por Thibault Isabel


A partir de la década de 1970, Francia y los demás países de su entorno experimentaron una verdadera revolución educativa. La autoridad entró en crisis, no solo en las escuelas, sino también, por supuesto, en las familias. Hoy en día ya no se acepta que un profesor hable desde un palco o que dé una lección magistral o que imponga un estricto silencio dentro de su clase sin que esos hechos busquen movilizar la espontaneidad y la creatividad de los alumnos que componen sus clases. 

Los padres, por su parte, pretenden proporcionar a sus hijos un gran margen de autonomía con la intención de animarles desde muy temprana edad a que actúen por su cuenta y a que tengan iniciativa propia. El placer, la libertad y la autoexpresión se consideran casi por unanimidad como virtudes esenciales que son necesarias para el desarrollo de los jóvenes. Sin embargo, ¿significa todo lo anterior que la educación contemporánea debe renunciar por completo a transmitir, como se suele afirmar constantemente, a toda una serie de valores fundamentales? 

De hecho, conocemos los argumentos según los cuales en el siglo XXI ya no importa inculcar ningún “principio”, es decir, establecer códigos de conducta que se supone permitan a todos comportarse de forma correcta en la vida. Esta crítica es particularmente recurrente en los autores con inclinaciones republicanos y cristianas. No olvidemos el hecho de que el viejo republicanismo universalista francés debe mucho al universalismo cristiano, y que no es sino, en cierto modo, una extensión secularizada del mismo: tanto en uno como en el otro se destaca antes que nada la moral, ya sea secular o espiritual, compuesta por un conjunto de preceptos más o menos dogmáticos destinados a adecuar al niño a las exigencias del mundo de los adultos. Y es en nombre de estos valores que desde hace tiempo siguen promoviendo la autoridad como el vector más esencial para la transmisión de los valores. 

Por lo tanto, los educadores republicanos y cristianos no han aceptado las ideas liberales promocionadas por las nuevas pedagogías, que no solo han devaluado la autoridad, sino que también han debilitado en cierta medida los valores que antes promovían las escuelas públicas o privadas. Sin embargo, estos valores no han desaparecido e incluso han tendido a reforzarse de nuevo, especialmente desde principios de los años noventa y han terminado por beneficiar a la creciente inestabilidad social que parece asentarse en nuestros problemas y en las tensiones identitarias que están reforzándose cada vez más en nuestros países. Occidente, ante su fragilidad cultural y el espectro de su propio declive económico, busca reafirmarse por medio de unos valores inamovibles, que a veces adoptan una inspiración republicana (como sucede en Francia) o cristianos (como sucede en los Estados Unidos), o intenta proponer valores innovadores que están destinados a reemplazar parcialmente a los antiguos (como el desarrollo sostenible, la higiene alimentaria o la globalización cultural).

Por lo tanto, el sistema educativo actual es ciertamente liberal desde el punto de vista de los métodos que emplea: rechaza la autoridad tradicional en favor de una gestión horizontal del aprendizaje de los niños en la cual se da un lugar privilegiado a la iniciativa individual, incluso se busca una independencia temprana (mediante la puesta en marcha de proyectos, la organización de trabajos en equipo, la autoevaluación, etc.). Pero, por otro lado, este enfoque resulta autoritario desde el punto de vista de su dogmatismo, ya que difícilmente renuncia a la transmisión de valores. El Ministro de Educación Nacional Vincent Peillon, inmediatamente después haber sido nombrado en el año 2012, recordaba a todos sus asociados la necesidad de que la escuela “enseñe una moral”, en el sentido de un contenido ideológico que debe ser inculcado por medio de la autoridad. Además, nunca intentó cuestionar la lógica libertaria que subyacía a las nuevas pedagogías que se estaban aplicando. Y los padres, a su modo, adoptan una postura similar, ya que suelen dejar que sus hijos se comporten de forma disipada y bulliciosa en casa, pero sobre todo quieren vigilar su vida sexual, o evitar que fumen y beban, la mayoría de las veces sin éxito, por no tener el más mínimo control sobre ellos. El papel del adulto sería entonces mostrar al niño lo que es bueno o malo, pero en ningún caso imponer una camisa de fuerza por medio de una disciplina rigurosa.

Evidentemente, el énfasis en los valores más que en la disciplina no es una constante histórica en la educación. Por el contrario, es mucho más probable que, en las sociedades antiguas tradicionales, los pocos filósofos que realmente pensaron en cuestiones pedagógicas adoptaran con mayor frecuencia una posición exactamente opuesta a la nuestra. En cualquier caso, esto fue lo que sucedió hace dos mil quinientos años con el confucianismo. Una relectura de las Analectas de Confucio, precisamente por su llamado a una completa inactividad, puede resultarnos de mucha ayuda para comprender mejor el papel que jugaron sus ideas y contrastarlas con nuestras actuales doctrinas en el sentido de que determinaremos si debemos apoyar o rechazar estas últimas.

Para Confucio, lo más importante dentro de la educación es la disciplina, que él no ve como un medio, sino como un fin en sí mismo. Disciplinar a un niño es empaparlo con unos principios, darle una base y fortalecer su corazón y voluntad. No debemos conformarnos con las ideas; lo hacemos apto para desarrollarse por sí solo. La disciplina, por tanto, excluye la docilidad, exige más bien la apertura. Estructuramos al niño sin reglamentarlo.

La cortesía, que hoy parece obsoleta, o de importancia superficial y secundaria, frente a la realidad de los valores (buenos o malos) que creemos que son lo más profundo que existe en nuestro interior, es por el contrario fundamental en la doctrina de Confucio, ya que se trate de respetar los ritos. Ser cortés, o “ritualizar tu comportamiento”, consiste en la práctica de disciplinar tu carácter, para no ser alguien caprichoso. “Usando las letras para abrir tu mente y los rituales para disciplinarte, uno no puede desviarse del camino correcto” (Entrevistas, XII, 15). Las letras nos enseñan toda clase de posibilidades, ideas y usos, mientras que la disciplina conseguida a través de la ritualización de nuestra existencia nos da la fuerza para decidir por nosotros mismos entre los diferentes caminos que nos ofrecen las primeras por medio de la reflexión. La cortesía es pura formalidad; en efecto, es válida por su forma y por su capacidad de formarnos conductualmente, pero no por su contenido, que es vacío y, por tanto, no nos condiciona ideológicamente. Respetar a nuestros maestros mostrando deferencia (como todavía se hacía hasta comienzos del siglo XX al empezar las clases) nos obliga a reconocer nuestras deficiencias, nuestros límites, nuestra necesidad de aprender y hacer esfuerzos para mejorar lo que somos, pero no se trata de encerrarse en una ideología determinada. Y la característica principal de una enseñanza exitosa no es fijar en nosotros valores que han sido determinados de antemano, sino invitarnos a pensar por nosotros mismos a partir de lo que hemos aprendido. “Pensar sin estudiar” es ciertamente “peligroso”, pero “estudiar sin pensar resulta en algo vano” (II, 15). De modo que podemos decir que sólo “tiene aptitud para enseñar” el hombre capaz de “extraer una nueva verdad de un conocimiento antiguo” (II, 11).

No se trata de inculcar en el niño valores como la caridad o la humildad, porque Confucio, por el contrario, nunca dejó de burlarse de los buenos sentimientos: “El pensar rectamente de forma provincial es la ruina de la virtud”, afirmó (XVII, 13). Más bien, se trata de forjar una estructura o marco de conducta apropiado, porque es esta estructura o marco el que nos elevará (y no aquello en lo que creemos). Nuestras convicciones tienen valor frente a la verdad; pero la capacidad de examinar honestamente el problema de la verdad es un asunto de nuestra estructura interna y no es parte de ideologías prefabricadas que nos alimentan por medio del prejuicio. Sin embargo, existen a menudo muchos prejuicios entre los maestros acerca de los buenos sentimientos, tanto como entre aquellos que enseñan a odiar.

En sus orígenes, el confucianismo no profesaba ninguna clase de dogmatismo educativo, como podemos ver, sino un gran rigorismo, ya que es el rigor adquirido por el niño lo que debe ser evaluado, así como su grado de estructuración, más que los dogmas en los que se basa este rigorismo. “El hombre honesto es recto, pero no rígido” (XV, 37): esto significa que la justicia debe constituir el carácter más que un determinado tipo de convicción. La justicia es la estructura de una casa; ¡pero a partir de los mismos cimientos, podemos concebir la construcción de muchos edificios diferentes!

De hecho, la estructuración del carácter debería incluso permitir que la vida escape a la rigidez de los dogmas impuestos desde el exterior. Las reglas que no tenemos la disciplina de darnos a nosotros mismos las recibimos obedientemente de los demás; y el individuo que ha sido disciplinado por la educación, ya que es capaz de disciplinarse a sí mismo, y a la inversa, no tiene la necesidad de vivir de acuerdo a un código fijo. Los niños disciplinados se convierten en adultos que deciden cuando ser rebeldes; mientras que los niños temperamentales y desordenados pronto se convierten en seres dominados por el gregarismo más inepto. “El hombre honesto cultiva la armonía, pero no la conformidad. El hombre débil cultiva la conformidad, pero no la armonía” (XIII, 24).

Asimismo, el hecho de que el mundo exterior acepte algo no puede convertirse en una garantía para que una conducta sea apropiada. A Confucio le gustaba repetir que no existe nadie que sea absolutamente digno de ser amado por todos los vecinos que tiene por igual, y tampoco nadie puede ser absolutamente despreciado por todos. “Esto no significa nada. Sería mejor ser amado por todos tus buenos vecinos y odiado por los malos” (XIII, 24). La disciplina que adquirimos nos capacita para actuar por nosotros mismos, según nuestro propio criterio de vida, en lugar de conformarnos a los ojos de los demás, como bestias de carga que se han vuelto ajenas a todo lo que los rodea, en lugar de asumir nosotros mismos una verdadera responsabilidad individual. La disciplina es una escuela de lucha contra el conformismo. Nos enseña a luchar y nos hace independientes.

Ciertamente podemos transmitir valores a nuestros hijos, así como naturalmente tratamos de transmitirles el gusto por las cosas que apreciamos. Pero, es absurdo ver la esencia de la educación en transmitir el amor particular que sentimos por un autor, un deporte o una profesión en lugar de la moral en la que creemos. Tratamos de hacer que nuestros hijos descubran ciertos intereses o ciertas actividades, e incluso ciertos preceptos o ciertas verdades que nos parecen primordiales, pero en última instancia les dejamos valerse y formarse sus propias opiniones. Lo que se les pide, en cambio, e incluso lo que se les exige, es comportarse siempre como hombres responsables e independientes, de carácter fuerte y capaces precisamente de formarse opiniones propias si las que les transmitimos no les convencen.

La autoridad, en el sentido de una disciplina educativa, y no de intentar adaptar a los niños a unos determinados dogmas, es la condición para de posibilidad que permite la creación de un comportamiento maduro. El niño debe estar acostumbrado a soportar ritmos, obligaciones, esfuerzos y, a menudo, frustraciones leves, para hacerlo consciente de la forma en que debe controlar sus deseos e inclinaciones y de qué manera debe regularse a sí mismo. El niño no debe ser malcriado gracias a una excesiva prodigalidad; no debe desperdiciar lo que obtiene; debe aprender a controlarse poco a poco, de manera gradual y sensata, a medida que envejece. Todo esto se logra limitando los deseos, aprendiendo a ser duro y exigente con uno mismo.

Confucio, sin embargo, nunca criticó inherentemente el deseo. El deseo no es un mal impulso en tanto que responde a una inclinación que es completamente natural y constitutiva de lo que somos; pero el niño debe entender que sus deseos más inmediatos no deben en ningún caso oponerse a la implementación de acciones más restrictivas que debe llevar a cabo en nombre de un bien a largo plazo (es decir, en vista de deseos más sutiles y superiores). Por lo tanto, el niño no debe rechazar sus deseos, sino que debe evitar en todo momento mostrarse caprichoso frente a las tendencias más primarias que lo mueven, es decir, negarse a querer todo de inmediato y sin distinguir las cosas. El consumo desenfrenado o la explotación brutal de las cosas y de los hombres, debe ser sustituido por la superación personal, la cultura y el refinamiento, que son en realidad una sublimación del deseo. “Quien de joven no respeta a sus mayores, en su mediana edad no produce nada y de viejo se niega a morir, se terminan convirtiendo únicamente en un ladrón” (XIV, 43). Otra forma de decir que solo “el hombre honesto sube por una pendiente, mientras que el hombre vulgar baja por ella” (XIV, 23). Debemos aprender a ascender, a ser enérgicos y no ceder ante el cansancio, la indiferencia o la ociosidad. Debemos aprender a ser frugales para apreciar verdaderamente lo que se nos da y no ceder ante la ingratitud, el agotamiento de los sentidos o el aburrimiento. Y debemos aprender a respetar para abrirnos a los demás y no ceder al egoísmo, la codicia rapaz o la ilusión de plenitud.

Pero, ¿es este tipo de educación adecuada para un mundo capitalista condenado al consumismo de mercado? La educación confuciana ciertamente correspondía a un mundo fundamentados sobre la escasez que existía en las antiguas aldeas conformadas por clanes y comunidades agrarias tradicionales. ¿Sigue teniendo sentido aplicar tales ideas en un mundo lleno de abundancias y lujo, donde la máxima ambición es disfrutar siempre de una mayor cantidad de bienes y guiados por un espíritu productivista dedicado a la búsqueda permanente de la rentabilidad? Sin lugar a dudas, las pedagogías de hoy cambiarán cuando las sociedades actuales se hayan derrumbado y los estilos de vida a los que ahora estamos acostumbrados dejen de ser viables. Mientras tanto, tenemos que afrontar los hechos: cada sociedad tiene las pedagogías que se merece.  Fuente: Rébellion 

www.rebellion-sre/fr  Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera